1. Los alardes de presencia de los nazis y fascistas, al amparo de sus representaciones diplomáticas en Salamanca, bastaban para alarmar a otros sectores básicos del Movimiento Nacional, como los tradicionalistas, y de un modo especial a la Iglesia católica, cuya existencia misma parecía pendiente del resultado de la lucha. La pastoral conjunta de Olaechea y Mújica (6 de agosto), reiterada por el segundo el 8 de setiembre; las declaraciones del obispo de Salamanca (23 de agosto) y del arzobispo de Valladolid cinco días más tarde; las palabras, sobre todo, del Papa Pío XI a los quinientos peregrinos que, presididos por los obispos fugitivos de Cartagena, Vich, Tortosa y Seo de Urgel, se encontraban en Roma y ante los que habló de «verdaderos martirios, en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra»; la repetición prácticamente de estas palabras por el cardenal secretario de Estado, Eugenio Pacelli, no dejan lugar a dudas. La Iglesia compartía la idea de Pla y Deniels en su pastoral sobre las Dos ciudades (30 de setiembre de 1936): aquella guerra era una cruzada en defensa de la religión católica, aunque fuese también otras cosas.
Estas disposiciones explican que el Generalísimo, que había conseguido desde el primer momento apoderarse de las dos embajadas españolas en Roma, haya hecho reiterados esfuerzos, a través de un representante oficioso, el marqués de Magaz, para obtener el reconocimiento del Vaticano. Gomá, que era, como hemos recordado, cabeza de la Iglesia española, no parecía tener excesiva prisa, pues un apoyo demasiado ostensible de la Santa Sede podía tener repercusiones desfavorables para los católicos que aún vivían sometidos al Frente Popular. El primado estaba tomando contacto con todos los obispos a fin de crear un frente común: sostenía el criterio de que la Iglesia, que había sufrido muy graves daños en los cinco años de República, tenía que aprovechar la oportunidad dolorosa de la guerra para un esfuerzo de reconversión, reclamando del Estado nuevo el restablecimiento de un sistema de leyes y de una educación pública y privada enteramente acomodadas a la doctrina de la fe.
El 23 de noviembre, el cardenal Gomá, que preparaba ya su viaje a Roma, anunciado desde el 20 de setiembre en carta a Pacelli, publicó una carta pastoral destinada sobre todo a orientar a la opinión pública en el exterior; la titulaba El caso de España. Dos eran los argumentos esenciales de los cuales partía: el comunismo tenía ya en marcha la conquista de España, a la que el Alzamiento militar había conseguido anticiparse; la guerra actualmente en curso, no exenta de las durezas y crueldades propias de una contienda civil, significaba para la Iglesia una esperanza de superar las persecuciones. Cuando emprendió el viaje, el cardenal llevaba consigo un paquete voluminoso de documentos.
2. La carta de Gomá circuló por ambientes eclesiásticos europeos al mismo tiempo que su autor viajaba hacia Roma donde celebraría entrevistas sumamente importantes.
Franco no conoció el texto hasta después de haberse impreso, pero agradeció profundamente el gesto, que permitiría a numerosos grupos de católicos no españoles, reajustar sus criterios porque el cardenal comunicaba, como en una llamada de socorro, que en España, la fe católica estaba librando una batalla a vida o muerte. En Roma, Gomá se mostró más explícito. De sus palabras, no destinadas a hacerse públicas aunque sí a contrapesar las vacilaciones y recelos de la Secretaría de Estado, salía magnificada la significación de Franco, gobernante católico, que rezaba cotidianamente el rosario, se mostraba «enemigo irreconciliable de la Masonería» y no concebía otra forma de Estado que aquella que se acomodara a la tradición católica.
En sus conversaciones con Eugenio Pacelli explicó que los falangistas «tienen considerable fondo de fe cristiana y de sentido de patria», pero que le preocupaba mucho el efecto que sobre ellos pudiesen ejercer las corrientes del totalitarismo europeo y el gran número de socialistas y sindicalistas que estaban llegando a las filas del partido. Estaba seguro de que las leyes antirreligiosas iban a ser derogadas y de que la Iglesia recobraría la libertad de acción en la enseñanza. Pero se mostró realista y en cierto modo crítico: parte de la responsabilidad por lo sucedido correspondía a ciertos sectores del clero, excesivamente inclinados a la política y a las soluciones temporales. Al término de la guerra, la Iglesia española tendría que cambiar de conducta otorgando la atención primordial a la formación de sus ministros en seminarios mejores que los antiguos y a la organización de los laicos por medio de la Acción Católica.
El 12 de diciembre de 1936, Gomá fue recibido por Pío XI. Captó inmediatamente la naturaleza de las dificultades que habría de vencer porque «en Roma predominan en este respecto las conveniencias de la diplomacia sobre las exigencias de esta expresión de fe y entusiasmo religioso que han acompañado al estallido de la guerra». Mújica, que apoyaba a los nacionalistas vascos, y Vidal Barraquer, que seguía esperando un entendimiento con la Generalidad, ayudados por la embajada de Francia y por los sectores «maritainianos» del catolicismo francés, ejercían presión. La entrevista con el Pontífice fue difícil.
Al regresar a su residencia, el cardenal se sentó a escribir, con paciencia —confiaba mucho en su pluma— un largo informe que entregó al Secretario de Estado, el 15 de diciembre. Con él ganó la batalla: la Iglesia no puede perderse por los pasillos de la diplomacia; si no se hubiese producido el alzamiento militar, España sería hoy comunista y los católicos estarían en la cárcel o en las catacumbas. ¿Puede considerarse esto como deseable? Pacelli consultó con el Papa y Pío XI le ordenó que convenciese a Franco, por medio de Gomá, de que aunque la Santa Sede le apoyaba sin reservas, pues la Iglesia «ha de estar al lado de la autoridad contra la anarquía, de la religión contra el ateísmo», era preciso que tuviese aún paciencia pues un reconocimiento público en estos momentos podía suscitar males muy graves para los perseguidos. Pero entre tanto le enviaba, como Jefe de Estado, su bendición.
El 19 de diciembre, Pacelli entregó a Gomá un documento importante: era la credencial que le reconocía como representante oficial de la Santa Sede cerca de Franco. Acompañaba un pliego de instrucciones para guiarle en su misión. Este fue el resultado final del viaje. Su autoridad se vio confirmada. Hasta el fin de su vida, incluso después del nombramiento de nuncios, el cardenal primado actuaría como un jefe efectivo de la Iglesia española. Siendo un hombre de paz —de vigorosa paz y no de pacifismo— y un obispo de plena vocación pastoral, su obra dejó huella profunda en la Iglesia española.
3. Esta Iglesia, envuelta contra su voluntad en la guerra civil, comenzaba a desprenderse de vacilaciones para adoptar una postura más definida. Pío XI, que había hecho extensiva su bendición «a Franco, lo mismo que a cuantos contribuyen a la obra de salvación del honor de Dios», aludió en su mensaje de Navidad a la situación española, culpando a quienes habían querido imponer el extremismo de su Revolución. Cuando, el 19 de marzo de 1937, se publica la Encíclica Divini Redemptoris condenatoria del comunismo, la situación española era presentada como ejemplo de la persecución implacable que el marxismo reserva a los católicos. Hay un error en muchos escritores de nuestros días: la Iglesia española estaba entonces con Gomá y no con Vidal Barraquer, que había visto desplomarse —con peligro para su propia vida— todos los proyectos de entendimiento. Companys no pudo hacer por él nada mejor que enviarlo a Roma en un barco el 30 de julio.
Esta postura merece calificarse más de paciente que de beligerante: los religiosos y sacerdotes en particular y los católicos en general —se suele pasar por alto el elevado número de víctimas producidas en el ámbito de dominio del llamado Gobierno de Euzkadi— sufrían persecución exclusivamente por su condición de creyentes. Mientras que el Frente Popular procuraba arrancar hasta las raíces de la religión —en 1938 comprenderá su error e intentará sin éxito un ensayo de tolerancia que nadie creyó— Franco se ofrecía como restaurador. No estaba en poder de la Iglesia modificar estas trayectorias: tenía que acomodarse a las circunstancias que le ofrecía la coyuntura.
Apenas regresado a España, Gomá pidió al Generalísimo una entrevista, que se celebró el 29 de diciembre de 1936. Trataba, sin la menor duda, de obtener garantías para el futuro. Franco afirmó que respetaría todas las libertades de la Iglesia y que nunca se tomarían decisiones que de algún modo la afectasen sin consulta y negociación con sus autoridades. Respecto a Antonio Pildain, obispo electo de Las Palmas, «habida cuenta de que no aparecen contra él cargos probados de orden político y haberse hecho el nombramiento con antelación al actual Movimiento Nacional», declaró que podía tomar posesión de su diócesis. Recomendó en cambio que Múgica no regresase a Vitoria; los ánimos estaban demasiado exaltados y no estaba en condiciones de garantizar el respeto que, como prelado, le era debido.
El Caudillo negó por otra parte la noticia que le daba Gomá de que el gobernador civil de Guipúzcoa estaba disponiendo unilateralmente el traslado de los clérigos considerados nacionalistas a otras diócesis; pero prometió abrir información. En cualquier caso, aseguró, serían el propio Gomá y el ordinario de la diócesis de Vitoria quienes decidirían, finalmente, el problema de la incardinación de sacerdotes culpables de actividades políticas. Por último Franco prometió que todas las leyes contrarias a la Iglesia serían modificadas y solicitó de la orientación de la Santa Sede una ayuda en todos los problemas políticos que, de alguna forma, se relacionasen con lo espiritual.
En una carta que envió a todos los obispos de la zona nacional el primado expresó la satisfacción que la entrevista le había producido. Pero advirtió que aquel era tan sólo punto de partida: la tarea de restablecer el papel de la Iglesia se anunciaba larga y difícil. Todos contestaron felicitándose por aquella perspectiva, incluso el cardenal Vidal Barraquer que, desde su refugio de Italia, le rogó «se digne expresar verbal y reservadamente, sólo a la persona cerca de la cual ejerce su misión altísima, mis salutaciones y homenajes de simpatía y afecto y mis sinceros votos de que se logre, cuanto antes, alcanzar y establecer en nuestra España una paz sincera y perdurable». Y concluía: «ruego a Dios por el triunfo de la causa de la Iglesia».
