Por H. M. V.
«Alégrate en tus muertos y tendrás nueva vida». (La Bestia y el Ángel. Canto III. — Mensaje de la Alegría, José María Pemán.)
¿Alegrarme en tu muerte?
Yo sé, José Antonio, que es éste tu callado deseo. Sé que, allá, desde tu alto lucero, querrás ver en éste tu glorioso aniversario sonreír a los campos, y vestir la pálida tristeza del otoño, con un traje del más alegre y brillante sol, y que en esta fecha, tuya y de España, la tierra en un gesto de elegancia y de poderío se engalana de luz, de amor, y de serena alegría, y de un ansia optimista de vida, que —incienso fervoroso— llegue, subiendo, para dejarte el perfume del honor.
¿Alegrarme en tu muerte?
Yo, José Antonio, te evoco en aquel tu día en que llena de lentas resonancias varoniles se alzó —flecha aguda— tu voz. Tu voz firme, precisa, serena, hecha de palabras engastadas en el ansia de una Patria única, heroica y formada en tu Falange azul. Una Patria donde los hombres supieran sin miedo —héroes sin saberse— en sencilla humildad, morir; y que defendieran la bandera —busco tus palabras— «alegremente, poéticamente». La Patria distinta y una, como tú la soñabas; de ahora y de antes, vieja y nueva, orgullosa y sencilla, marchando recta hacia adelante, pero con una ancha espalda tradicional. Una Patria rehecha a la luz honrada del campo, por las manos de aquellos rústicos campesinos que tú añorabas sin un gesto excesivo ni una palabra ociosa.
Y yo te evoco, y siento dolor y pena de tu muerte; pero me alegro en tu muerte misma que nos da tu presencia en la medida que tú la querías.
¿Alegrarme en tu muerte?
Y tú amabas la vida. Y porque la amabas, te defendiste de una muerte que no temías, pero que tampoco deseabas, humano y sincero en tu última actitud. Porque para ti la vida era la sublimidad de la Patria fundidas en abrazo inseparable, como causa y efecto, formando la unidad.
Tu sitio lo pedías fuera, «al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo y en lo alto las estrellas…» «… en vigilia tensa —centinela de las tinieblas— para esperar el amanecer». La presentías en la tristeza soñadora de tus ojos proféticos.
Y los mismos por quien tú habías luchado, te hieren esta vez. Ellos, gente del pueblo, que tú solo comprendiste, y para quien pedías el Pan y la Justicia, hizo noche tus ojos cerrándolos a la visión de este brillante amanecer. Tu sacrificio es redención, y dará la libertad verdadera a aquellos que quisieron tu muerte, en un contrasentido de amor.
¿Alegrarme en tu muerte?
Hoy sentimos, hoy 20 de noviembre, tu presencia, José Antonio, tu presencia azul, marcada por las flechas en alta dirección. Y nos alegramos en tu muerte porque ella es Nueva Vida. Nueva savia infundida en la Patria torturada con el Movimiento que comenzó en aquel día en que tu voz clamaba por encontrar un «buen señor», legítimo señor de España, pero un Señor como el de San Francisco, que no se nos muera».
Franco, José Antonio, ha respondido a tu voz.
(Patria, 20 de noviembre de 1938.)
