Desde Londres y en dos series que dominaron el panorama político español durante la primavera de 1975 Manuel Fraga Iribarne publicó en ABC un conjunto de artículos sobre la Reforma que luego reuniría en su libro Un objetivo nacional. Con ellos trata de afianzarse como el hombre de la transición y casi todo el mundo parecía seguro de que el brillante embajador sería el elegido para misión tan delicada. Pero no lo era. Funcionaba ya entonces, informal pero eficacísimamente, un Gabinete de la transición formado por un grupo de consejeros españoles y extranjeros del Príncipe de España, cuya figura centralizaba al grupo. Sin la existencia de este grupo de estrategas de la transición, de los que nadie habla más que parcial y anecdóticamente, a lo sumo, no se entiende nada; con ella se explica todo.
Los miembros extranjeros del Gabinete eran el Rey Balduino de Bélgica, el secretario de Estado Henry Kissinger y el presidente de Francia en Madrid. Ocasionalmente comunicaba también sus consejos al Príncipe el duque de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II de Inglaterra. Estos personajes hablaban cada vez más frecuentemente con el Príncipe a medida que avanzaban los meses; las conversaciones se hacían casi diarias cuando don Juan Carlos accedió al trono. Los contactos se realizaban con frecuencia, antes de la muerte de Franco, por medio de emisarios seguros, para evitar el control telefónico a que estaba sometida la residencia de los Príncipes desde su boda, el palacio de la Zarzuela.
Los consejeros internos eran, ante todo, el padre del Rey, conde de Barcelona, que casi siempre supo separar sus conveniencias personales del problema dinástico; el exministro Laureano López Rodó, apoyado por un influyente eclesiástico del Opus Dei que frecuentaba la Zarzuela; el antiguo profesor del Príncipe Torcuato Fernández Miranda, algunos militares que transmitían al Príncipe los «estados de opinión» —como se decía oficialmente— de las Fuerzas Armadas y algunos amigos personales bien introducidos en los medios financieros y económicos —Jaime Carvajal— o políticos y sociales, como el duque de Primo de Rivera y el empresario Manuel Prado y Colón de Carvajal. De todos estos contactos surgía en la mente del Príncipe, como tapado para dirigir políticamente la fase siguiente de la transición, el ministro secretario general del Movimiento Fernando Herrero Tejedor, cuyo segundo, el vicesecretario Adolfo Suárez, estaba ya entonces muy introducido en la amistad y la confianza del Príncipe.
Cuando el 31 de mayo llega en visita oficial a España el presidente de los Estados Unidos Gerald Ford sorprenden sus alabanzas —que coincidían con las de Richard Nixon en su visita de 1974— al equipo tecnocrático que había dirigido la etapa del desarrollo, aunque Carlos Arias Navarro había marginado a sus miembros. Los adversarios y émulos de Fraga habían acertado a envenenar contra él el discreto ambiente de la Zarzuela, con efectos que no terminarían de disiparse nunca.
Un día de mayo el joven grupo democristiano Tácito, que actuaba como un embrión para un partido democristiano.
