INTRODUCCIÓN
El golpe de Estado de julio de 1936 no fue únicamente una operación militar: estuvo acompañado de un ideario político embrionario que, aunque deliberadamente ambiguo en su formulación pública, contenía ya los elementos esenciales del nuevo orden que se pretendía implantar. Las cartas privadas entre los principales protagonistas de la conspiración, las instrucciones reservadas redactadas por el general Mola y las llamadas Normas de ejecución permiten reconstruir el clima ideológico que impregnaba a los conjurados y los objetivos políticos que, aunque no siempre explicitados, orientaban su acción.
A ello se sumó un acontecimiento decisivo que actuó como catalizador emocional y político del alzamiento: el asesinato del diputado José Calvo Sotelo. Este crimen, cometido en un contexto de extrema polarización, fue instrumentalizado por los conspiradores como justificación moral y política de la sublevación, reforzando la cohesión interna del movimiento y arrastrando a los últimos indecisos. En este apartado se analizan los fundamentos ideológicos del golpe, el proyecto de dictadura militar que se perfilaba tras las directrices de Mola y el papel que desempeñó el asesinato de Calvo Sotelo en la aceleración final de la conspiración.
En una carta enviada por Yagüe a Mola el 25 de junio de 1936, se aprecia con claridad el clima ideológico y emocional que impregnaba a parte de los principales protagonistas de la conspiración:
«En fin, mi general, soy optimista, tengo fe en España que estaba dormida y ha despertado. La juventud está en la calle y mata y muere por sus ideales; terminarán triunfando los mejores, los más fuertes, los más valientes, y estos gobernarán con autoridad por haber escalado los puestos con valor y sangre, no con amaños electorales ni marrullerías. ¿Qué más podemos pedir?»[107]
Entre los documentos redactados y enviados por Mola en los últimos meses previos al alzamiento se encontraban las Normas de ejecución, un conjunto de directrices estructuradas en nueve puntos sobre la organización del poder tras el triunfo del movimiento militar. Su finalidad era dotar de una pauta común de actuación a los sublevados y consolidar el nuevo orden desde el primer momento.
Estas normas contemplaban, entre otros aspectos fundamentales:
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La militarización de la vida pública.
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La clausura de las sedes de sindicatos y organizaciones obreras.
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La prohibición de manifestaciones.
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La implantación de la censura previa en todo tipo de publicaciones y comunicaciones.
Estas directrices anticipaban el modelo de control político y social que se pretendía implantar inmediatamente después del éxito del golpe militar, subrayando el carácter no solo insurreccional, sino también programático del movimiento.
| Letra | Norma de ejecución |
|---|---|
| a) | Declaración del Estado de Guerra. Bando breve y enérgico, justificando una actuación unánime del Ejército que no puede mantenerse indiferente ante el espectáculo anárquico y criminal que ofrece España a partir del 16 de febrero. |
| b) | Clausura de las Casas del Pueblo, sindicatos de la CNT, FAI, etc., deteniendo como medida de seguridad y de protección personal a sus directivos y a cuantos se hubieran significado por su participación o influencia en los últimos desórdenes. |
| c) | Llamada a filas, a título provisional, de los tres últimos contingentes de cuotas, que serán encuadrados por oficiales en situación de disponibilidad y, a falta de estos, por retirados. Estas unidades así organizadas, con el armamento de que se disponga, se destinarán a la custodia de edificios públicos y a la protección de los servicios esenciales (agua, luz, electricidad, transportes). |
| d) | Organización ciudadana. Recoger el movimiento entusiasta que ha de producirse para organizarlo, clasificándolo en un grupo técnico de colaboración en los servicios públicos y otro de ayuda para el mantenimiento del orden. |
| e) | Intervención en los servicios de correos, telégrafos y teléfonos, ejerciendo en ellos una severa censura. Análogas medidas respecto a la prensa y cualquier otro medio de publicidad y difusión de noticias. |
| f) | Adopción de todo género de medidas (requisa de automóviles y otros medios de transporte) para poder enviar fuerzas del Ejército a aquellos lugares donde su presencia sea necesaria. |
| g) | Las fuerzas de la Guardia Civil, apoyadas por las del Ejército que sean necesarias, atenderán exclusivamente a mantener el orden en la provincia. Las de Seguridad, que desde los primeros momentos se pondrán a las órdenes del jefe de la Guardia Civil, coadyuvarán al mismo fin, una vez asegurado el orden en la capitalidad. |
| h) | Los Gobiernos Civiles se entregarán a los jefes más caracterizados de la Guardia Civil. |
| i) | Prohibición de todo género de manifestaciones de tipo político que pudieran quitar al movimiento el carácter de neutralidad absoluta que lo motiva. |
Fuente: Archivo Histórico Nacional, Fondos Contemporáneos, Causa General, Leg. 1538-2.
La última norma de ejecución de Mola establecía la prohibición de manifestaciones de tipo político «que pudieran quitar al movimiento el carácter de neutralidad absoluta que lo motiva».
Muchos no entendían su significado concreto ni el objetivo político de la sublevación militar que se preparaba. Tal vez por ello, días antes de la fecha prevista para el golpe una parte importante de los altos mandos militares y de las fuerzas de orden permanecían indecisas. El objetivo político no estaba claro o, mejor dicho, no quería definirse por presentarse como apolítico, aunque sí era evidente que no era un movimiento monárquico. En 1957, Franco confesó a su primo:
Jamás oí decir a ninguno de los que intervinieron en la preparación del Movimiento militar que se contara con S. M. el rey. Nunca oí que se nombrase al rey y se hablara de monarquía como ideal de dicho Movimiento; sonaban los nombres de los dirigentes, se hablaba de Sanjurjo, de Mola, de Franco, de Queipo, etc.; pero no del que había sido rey de España, porque el Movimiento militar no tuvo carácter monárquico, aunque lo fuéramos muchos firmantes del mismo y un sinfín de jefes y oficiales decepcionados con la actuación de los republicanos.
Que Don Alfonso estuviera con el Alzamiento, o, mejor dicho, que lo viera con simpatía, es cosa distinta[109].
En efecto, el objetivo monárquico no estaba entre los conspiradores. Los distintos manifiestos dirigidos los primeros días de la guerra así lo atestiguaban, al firmar con un contundente «¡Viva la República!». Incluso así aparece en los comunicados de la formación de la Junta de Defensa Nacional. El 23 de julio de 1936 el general de la VI División escribe un radiograma al general Franco:
«Para augurar triunfo se nombrará en Burgos hasta designar el gobierno provisional la Junta de defensa nacional que presidirá el general Cabanellas el más antiguo de los que intervienen en el movimiento representará a España y afirmará su nueva personalidad ante las naciones. Viva España, Viva la República»[110].
Otro dirigido en el mismo sentido a todas las divisiones dice que asume el poder «hasta que se constituya el Directorio Militar que ha de desarrollar el programa exigido por el sentimiento nacional».
Este era el único objetivo político definido dentro de la indefinición general. En la primera de las Instrucciones reservadas, Mola hablaba en la Base 6.ª del establecimiento de una dictadura militar. Un nuevo documento del 5 de junio intentaba aclarar su composición y objetivos:
Tan pronto tenga éxito el movimiento Nacional, se constituirá un Directorio que lo integrarán un Presidente y Cuatro Vocales Militares. Estos últimos se encargarán precisamente de los Ministerios de la Guerra, Marina, Gobernación y Comunicaciones… El Directorio se comprometerá, durante su gestión, a no cambiar en su gestión el Régimen Republicano, mantener en todo las reivindicaciones obreras legalmente logradas, reforzar el principio de autoridad… y adoptar cuantas medidas se estimen necesarias para crear un Estado fuerte y disciplinado[111].
Además, mencionaba los primeros decretos y leyes que haría el Directorio, entre ellos: la suspensión de la Constitución, la disolución de las Cortes, el cese del presidente de la República y de los miembros del Gobierno, la separación Iglesia-Estado, la libertad de cultos y la «Defensa de la Dictadura Republicana».
EL ASESINATO DE CALVO SOTELO
El 13 de julio un acontecimiento iba a resultar trascendental para el discurrir no solo de la conspiración, sino de la propia existencia del régimen republicano: el asesinato del diputado José Calvo Sotelo. La noche del domingo 12 de julio —horas antes pistoleros falangistas habían asesinado al teniente de la Guardia de Asalto José Castillo— la pasó Calvo Sotelo en su casa conspirando contra la República. Así, por lo menos, lo reconocía su íntimo amigo Andrés Amado, ministro de Hacienda del autodenominado Gobierno Nacional en 1939, con quien estuvo conversando entre las diez y las once de la noche:
«La conversación versó, principalmente, acerca del Movimiento Nacional, por cuyo triunfo trabajaba sin cesar el señor Calvo Sotelo»[112].
Les acompañaban Arturo Biempica y Modesto Fernández Román. Mientras tanto, en el cuartel de la Guardia de Asalto de Pontejos el ambiente estaba muy exaltado por el asesinato del teniente Castillo, pidiendo venganza muchos miembros de la guardia republicana.
Pocas horas después, José Calvo Sotelo era sacado de su domicilio y asesinado. Según la declaración de dos guardias de seguridad, de servicio en la puerta de la casa del diputado, en la calle de Velázquez, sobre las dos y media de la madrugada del día 13 de julio pasó ante ellos una camioneta oficial ocupada por una veintena de hombres, vestidos unos con uniforme de la Guardia de Asalto del grupo de especialidades del Cuartelillo de Asalto de Pontejos y otros de paisano. Un grupo quiso penetrar en la casa, y la pareja de seguridad se opuso, pero el más caracterizado les enseñó un carné de la Guardia Civil (oficial), alegando al propio tiempo que iba al piso del señor Calvo Sotelo a cumplir un servicio, y, ante las manifestaciones del oficial y su identificación mediante el carné —pues iba de paisano—, le permitieron subir con algunos de sus acompañantes. Otros miembros de la camioneta se quedaron en la puerta y los demás se apostaron en las bocacalles inmediatas, impidiendo el acceso de los transeúntes, a los que cacheaban. Mientras esto sucedía, Calvo Sotelo se asomó al balcón, preguntando a los guardias de seguridad si los que habían llegado eran agentes de la autoridad, y la pareja le contestó que sí; e insistiendo dos veces más en la pregunta de si eran auténticos agentes, los de seguridad le repitieron otras tantas la misma contestación afirmativamente. Pasado algún tiempo, Calvo Sotelo bajó a la calle con el oficial y los demás que habían subido al piso, el portero de la casa, la señorita de compañía y el botones de la familia, y volvió a ocuparse la camioneta por los que en ella habían llegado, quedando en tierra el oficial y Calvo Sotelo, al cual invitó aquel a subir, ocupando una de las banquetas, y seguidamente arrancó el vehículo en dirección a la calle de Alcalá[113].
Según testimonio del guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeiro, que estuvo presente en la camioneta n.º 17, cuando esta arrancó Calvo Sotelo se despidió de su familia, que estaba en los balcones, diciéndoles adiós con la mano:
Unos momentos después de haberse puesto en marcha la camioneta y hacia la altura de la calle de Ayala, sonó un disparo, y al instante volvió la cabeza el mismo que declara, y vio que al propio tiempo caía el señor Calvo Sotelo hacia la derecha; el pistolero esgrimía una pistola con la que sin duda acababa de disparar a quemarropa sobre la nuca de aquel. En el acto se retiró al departamento posterior el guardia que iba a la derecha del señor Calvo Sotelo, y el referido pistolero, levantándose de su asiento e inclinándose sobre el cuerpo de aquel, hizo otro segundo disparo sobre su cabeza[114].
Sobre las once de la mañana, el juez de instrucción n.º 3 de Madrid recibió una comunicación del depósito de cadáveres del cementerio del Este de que había allí, sin identificar, uno que pudiera ser el de Calvo Sotelo. Se trasladó rápidamente al depósito. Allí pudo comprobar que, efectivamente, era el del líder monárquico. Entre las tres y media y las cuatro de la madrugada la camioneta de la Guardia de Asalto dejó allí el cuerpo sin vida, colocándolo en una mesa:
«Presentaba este dos heridas de arma de fuego inmediatas en la región occipital y una erosión reciente en casi todo el largo anterior de la tibia izquierda, producida, a no dudar, en un movimiento reflejo por consecuencia de la lesión del cerebelo y el roce brusco de la pierna contra una parte dura del vehículo»[115].
La derecha se radicalizó aún más. José Bernal Torres escribía una carta al diputado José María Cid pidiendo la retirada del Parlamento: «Si la minoría agraria, a la vista de los sucesos que presencia el país y tras el vil asesinato de Calvo Sotelo, no se retira del Parlamento, es que carece esa minoría de patriotismo y dignidad. Ya perdonaron Vds. a los traidores del 6 de Octubre, ya perdonaron Vds. a los dinamiteros de Asturias. ¿Pueden Vds. convivir con asesinos? No sean cómplices, señores agrarios»[116].
A pesar de la pérdida dolorosa, a los conspiradores les vino muy bien, porque supieron aprovechar la conmoción que en los sectores más proclives al alzamiento había provocado la muerte del líder monárquico para justificar su acción y atraer a los últimos indecisos, dando el impulso necesario que faltaba, según el propio Mola había reconocido en su informe reservado del 12 de julio.
CONCLUSIÓN
El ideario político de la conspiración contra la República se caracterizó por una combinación de ambigüedad calculada y autoritarismo explícito. Aunque los dirigentes del movimiento evitaron definirse públicamente como monárquicos o como portadores de un programa político cerrado, los documentos internos revelan la clara voluntad de instaurar un régimen de excepción sustentado en una dictadura militar, la militarización de la vida pública, la supresión de libertades políticas y el control estricto de la información. La proclamada “neutralidad política” del movimiento no fue sino un recurso retórico para facilitar la adhesión de sectores diversos del Ejército y de la derecha social, al tiempo que se posponía la definición del nuevo régimen.
El asesinato de Calvo Sotelo actuó como el detonante emocional definitivo que permitió legitimar la sublevación ante amplios sectores conservadores y cohesionar a los conspiradores en el momento decisivo. Más allá de su impacto inmediato, este crimen fue utilizado como argumento político para presentar el golpe como una respuesta necesaria al “caos” y a la supuesta quiebra del orden republicano.
