INTRODUCCIÓN
Durante décadas, una parte de la historiografía ha presentado el estallido del alzamiento militar de julio de 1936 como una reacción inmediata al asesinato de José Calvo Sotelo. Sin embargo, la documentación y los testimonios de los propios conspiradores muestran una realidad muy distinta: la fecha, la hora y el escenario del golpe habían sido pensados con antelación, atendiendo a criterios estratégicos, logísticos y políticos.
La elección del momento no fue fruto de la improvisación ni de una decisión precipitada. Al contrario, respondía a una planificación minuciosa que tenía en cuenta factores como la climatología, el calendario de permisos militares, la capacidad de reacción del Gobierno y el papel decisivo del Ejército de África. El conocido “17 a las 17” sintetiza una conspiración que había calculado incluso el margen temporal necesario para que el efecto dominó del levantamiento surtiera efecto en toda la Península.
El asesinato de Calvo Sotelo no determinó el alzamiento. Cuando este sucedió, la conspiración ya estaba plenamente consolidada y la fecha más o menos escogida desde mucho tiempo antes, no a raíz de la muerte del diputado, como apuntan buena parte de los especialistas de este período. La organización de la conspiración había estudiado meticulosamente las fechas más idóneas y había decidido que el alzamiento se produjera en plenas vacaciones de verano, en la segunda quincena de julio, por varios motivos. Uno era la climatología, cuya estabilidad debería resultar fundamental en las operaciones navales o aéreas previstas en el margen del Estrecho. Otro era el período vacacional. Durante la segunda quincena del mes de julio la mayor parte de los militares se encontrarían de vacaciones, por lo menos los que más les interesaban, los no afines al movimiento. Así sucedió: los partidarios del alzamiento permanecieron todos en su sitio, alertados por los enlaces, atentos a las órdenes de Mola. Mientras tanto, muchos oficiales y suboficiales afines a la República estaban lejos de sus destinos al comienzo de la sublevación, lo que evitó cualquier conato de resistencia en algunas guarniciones. La mayor parte de los declarantes en las causas judiciales abiertas tras la Guerra Civil apuntan en esta dirección como una de las claves del triunfo del alzamiento en algunas provincias. Los partidarios del régimen republicano, en cambio, muestran su lamento al encontrarse muchos de sus compañeros lejos del acuartelamiento.
Hay que decir que la fecha estaba muy bien elegida y muy pensada, como el resto de la trama. Y esto no pudo decidirse unos días antes, como dicen muchos autores al referirse a la incidencia del asesinato de Calvo Sotelo, que para ellos puso fecha al alzamiento. Según los plazos habituales de solicitud de permisos y vacaciones, estas tenían que solicitarse como mínimo un mes antes (una vez publicados en el Diario Oficial, en el caso de los oficiales, por ejemplo, las unidades procedían a confeccionar las relaciones de turnos, que enviaban a la división para su aprobación), por lo que es probable que a finales de mayo o principios de junio quedara definida la fecha de la sublevación, por lo menos los días sobre los que se desarrollaría, porque es fácilmente justificable que el día definitivo y la hora solo se divulgaran unas jornadas antes, por motivos de seguridad. Pero todos los implicados sabían lo que tenían que hacer y sobre cuándo lo tendrían que realizar, aunque esperaban ansiosamente las claves para dar comienzo a la sublevación.
La mayor parte de los libros sobre el alzamiento hablan de la importancia de las maniobras celebradas en el Rif durante los primeros días de julio para decidir la fecha de la sublevación militar. El día 11 de julio quedaron reunidas en Ketama, inmediaciones del Llano Amarillo, todas las fuerzas que habían tomado parte en las maniobras militares celebradas en la Sierra, unos 20 000 hombres dispuestos para desfilar el domingo 12 ante el jefe superior de las fuerzas militares de Marruecos, general Gómez Morato, y el alto comisario, en el acto solemne de fin de maniobras. Desde Ketama, en el Rif Central, la noche del día 12 de julio, el teniente coronel Yagüe escribió una carta al director general del movimiento, general Mola, en la que daba cuenta de los múltiples compromisos y su plena seguridad de que el día 16 de julio estarían todas las fuerzas de maniobras en sus respectivas bases, y que todas ellas tenían misión concreta para dar principio a su ejecución tan pronto como se recibieran las órdenes que impacientes aguardaban. «Tengo todo preparado; los Bandos de guerra hechos. No dudo un momento en el triunfo. El espíritu de todos, magnífico», finalizaba Yagüe[117].
Este escrito, resultado de unos días de convivencia militar en el Llano Amarillo, resulta una prueba más de que la decisión del alzamiento estaba tomada, que aun sin el asesinato de Calvo Sotelo se hubiera producido igual, y de que la fecha ya había sido elegida tiempo antes, aunque es obvio —por razones de seguridad— que en muchos casos no fue comunicada hasta el último momento; de ahí las claves estipuladas con las que se ordenaría comenzar el alzamiento.
Hasta la hora estaba bien estudiada. El general Mola había decidido iniciarlo por la tarde para impedir la llegada de la aviación gubernamental.
CONCLUSIÓN
La fijación del “17 a las 17” no fue un gesto simbólico ni una coincidencia, sino la culminación de una estrategia cuidadosamente diseñada por los organizadores del alzamiento. La elección de la segunda quincena de julio, el aprovechamiento del período vacacional de los mandos no afines al movimiento, la concentración de fuerzas en Marruecos y la previsión de las condiciones climáticas en el Estrecho evidencian hasta qué punto la conspiración estaba avanzada mucho antes del asesinato de Calvo Sotelo.
Lejos de acelerar o determinar el golpe, la muerte del diputado monárquico sirvió sobre todo como elemento de justificación moral y de movilización de los últimos indecisos. La maquinaria del alzamiento ya estaba en marcha. La carta de Yagüe desde el Llano Amarillo, la planificación de las maniobras y la elección de la hora del estallido confirman que el golpe de julio de 1936 respondió a una lógica estratégica propia, pensada para maximizar sus posibilidades de éxito en un contexto de comunicaciones lentas y de capacidad limitada de reacción por parte del Estado republicano.
