INTRODUCCIÓN
En los días inmediatamente anteriores al estallido del golpe militar de julio de 1936, la conspiración alcanzó su fase final. La obtención de armas, la circulación de instrucciones operativas y el envío de consignas cifradas marcaron un clima de tensión y clandestinidad en toda la geografía peninsular y en el norte de África. Lejos de la improvisación, los preparativos finales revelan el grado de organización alcanzado por la trama dirigida por el general Mola, así como la conciencia de sus limitaciones, especialmente en plazas clave como Madrid. Esta última fase permite observar con nitidez cómo se activó la maquinaria del alzamiento y cómo se dio la orden definitiva para pasar de la conspiración a la acción armada.
Durante los últimos días se intensificaron los esfuerzos por conseguir armas allá donde faltaban. Según el testimonio de uno de los implicados de la Comandancia de la Guardia Civil de Córdoba[118], dos o tres días antes del 18 de julio se empezaron a recoger de las armerías y establecimientos dedicados a su venta las armas de fuego, cortas y largas. Después fueron trasladadas con sus municiones al cuartel de la Guardia Civil, adonde fueron también llevadas las que existían en otras dependencias oficiales, para quedar allí depositadas. En Madrid fueron más madrugadores. En el mes de junio se presentaron en Lérida dos enlaces de la CEDA, trasladándose con Carlos La Rosa, afiliado al partido, a Andorra. Allí compraron unas trescientas pistolas, que llevaron a la capital[119].
Mola comenzó una amplia difusión de órdenes a todas las juntas militares. En las Instrucciones que deben tenerse en cuenta por todos los comandantes de fuerzas destacadas, sea cualquiera su importancia numérica[120], los conspiradores recomendaban, entre muchas cuestiones, evitar la diseminación de fuerzas en pequeños grupos, estar alerta para la lucha en las poblaciones porque el enemigo puede surgir en todo momento y de cualquier lado, vigilar en todas direcciones y rondas nocturnas para evitar emboscadas, evitar la aproximación de la gente y, si es preciso, con las manos en alto, y no estorbar la actuación de los paisanos armados que lleven el distintivo que se indicará oportunamente. Además, «no deben mezclarse las tropas con el pueblo, en general (paisanos) por ningún pretexto (salvo el caso de fuerzas armadas organizadas), ni admitir obsequios de comidas o bebidas que puedan encerrar engaño».
Mola era consciente de la falta de apoyos y entusiasmo en Madrid, por lo que exigía un mayor compromiso al resto de capitales. El 12 de julio enviaba a todos los comprometidos un informe reservado: «La dirección del movimiento patriótico estima necesario dirigirse a los compañeros comprometidos en él para ponerles al corriente con toda lealtad de ciertos hechos demostrativos de que el entusiasmo por la causa no ha llegado todavía al grado de exaltación necesario para obtener una victoria decisiva y de que la propaganda no ha alcanzado un resultado completamente halagüeño»[121]. Finalizaba diciendo que todo estaba en marcha y que no debía de cundir el desaliento ni por la falta de apoyos ni por las detenciones. «Los que queden deben proseguir la obra iniciada», diría para mantener la moral. Finalizaba mostrando cierto desencanto con algunas fuerzas políticas como los carlistas, que pretendían mercadear su apoyo, «pues la colaboración es ofrecida a cambio de concesiones inadmisibles que nos harían prisioneros de cierto sector político en el momento de la victoria».
Unos días antes de la fecha prevista para el alzamiento, Mola envió a todos los enlaces y a todas las provincias en las que los jefes militares estaban comprometidos las claves telegráficas con las que se daría orden de inicio del golpe[122]:
— Barcelona: «Dígale al Procurador que presente la demanda. Rodríguez Sánchez».
— Bilbao: «Se vendió la casa. Serrano».
— Burgos: «Se ganó asunto Audiencia. Fernández».
— Valencia: «A las… se hizo contrato naranja. Velarde».
— Sevilla: «La escritura se firmó a las… Santiago».
— Zaragoza: «Luisa ha dado a luz robusto niño… hora. Zabala».
El día 15 de julio, Arraiza entregó en Madrid a Serrano Suñer las últimas instrucciones y mensajes de Mola para Franco. Además, el capitán Garicano las dejaba en manos del teniente coronel Galarza[123]. La orden de comenzar el alzamiento se extendió por todas las provincias comprometidas. En Valencia, por ejemplo, el día 16 le llegó a la Junta Militar la comunicación del general Mola de que el movimiento se iniciaría en África en la tarde-noche del 17 de julio y que las distintas guarniciones debían levantarse sucesivamente en las fechas establecidas[124].
A las siete y cuarto de la mañana del día 17 de julio, el enlace de Mola, B. Félix Maíz, enviaba desde Bayona tres radiogramas en clave para Franco, en Tenerife; para Sanjurjo, en Lisboa; y para Seguí, en Melilla[125]. En ellos se recordaba la orden de comenzar el alzamiento el «17 a las 17».
CONCLUSIÓN
Los últimos preparativos y las últimas órdenes muestran que el alzamiento de julio de 1936 no fue un estallido espontáneo, sino el desenlace de una planificación meticulosa que combinó logística, disciplina conspirativa y control de la información. La recogida de armas, las instrucciones de actuación en combate urbano, el envío de claves telegráficas y la activación coordinada de las guarniciones comprometidas evidencian un entramado organizado a escala nacional. La consigna del «17 a las 17» simboliza el paso definitivo de la conspiración al golpe abierto, culminando meses de preparación clandestina y poniendo en marcha una operación que transformaría de forma irreversible el curso de la historia de España.
