INTRODUCCIÓN
El 17 de julio de 1936 la sublevación militar contra la Segunda República española dejó de ser una conspiración para convertirse en un hecho armado. Melilla fue el primer escenario donde el golpe se materializó, dando inicio al proceso que desembocaría en la Guerra Civil.
Lejos de tratarse de una improvisación, el levantamiento en el Protectorado de Marruecos fue el resultado de una planificación minuciosa, apoyada en la experiencia colonial del Ejército de África y en la convicción de que la Península ofrecía mayores resistencias iniciales, especialmente en Madrid.
Este episodio reconstruye, con testimonios directos y documentación contemporánea, cómo se desencadenó la sublevación en Melilla, la reacción de las autoridades civiles, la rápida ocupación de los centros de poder, la represión de los focos de resistencia y el papel decisivo que jugó el Ejército colonial en el arranque efectivo del golpe de Estado.
Primero fue el grito lejano de una sirena; grito como arrancado del corazón; grito que era chillido y desgarramiento, como si el aire quedara desflecado. Grito de apocalipsis para que nos aprestáramos.
[Carlota O’Neill, Melilla, 17 de julio de 1936].[1]
Melilla fue la primera, la escogida por Mola. Era uno de los baluartes más firmes en el apoyo al alzamiento y el general no quería arriesgar. Mola confió en llevar su inicio a tierras africanas por cuatro razones principales. La primera, porque no podía contar con Madrid. La segunda, porque en el Marruecos español se concentraba la parte del Ejército más preparada y entrenada, curtida en la lucha colonial, que sirvió de escuela y promoción a muchos de los jefes sublevados, algunos de ellos con un prestigio y carisma que no solo les hacía populares entre la clase militar. La tercera, porque las tropas y, sobre todo, los jefes y oficiales de Marruecos eran bien conocidos por él, pues desempeñó el cargo de jefe superior de las Fuerzas Militares de Marruecos hasta el gobierno del Frente Popular, en febrero de 1936. La cuarta, por la mayor libertad de acción para los jefes y oficiales comprometidos. A tantos kilómetros de Madrid y con el mar por medio, muchos de ellos se movían a sus anchas, como el general Francisco Franco, comandante militar de Canarias, quien era considerado cabeza de la sublevación en Marruecos. Un ejemplo fueron las maniobras que se celebraron unos días antes, que resultarían muy importantes en el plan de acción. Estas maniobras resultaron claves en el alzamiento. Allí se cerró la organización del mismo en Marruecos y allí aprovecharon algunos mandos, como el jefe de la 2.ª Bandera de la Legión Extranjera, teniente coronel Juan Yagüe, para concienciar y preparar el ambiente ante la insurrección.
Además, en el triunfo del alzamiento en Melilla y el resto del Protectorado en Marruecos jugó a favor un factor coyuntural: el factor sorpresa, extraño en todo este laborioso proceso conspirativo. La conspiración fue pública, pero el golpe causó cierta sorpresa. Todos sabían que se conspiraba, pero las autoridades desconocían dónde y cuándo se daría el golpe…, hasta el 14 de julio. Ese día el delegado gubernativo de Melilla, Jaime Fernández Gil, que llevaba en el cargo ocho días, recibió un telegrama cifrado de Gobernación en el que se indicaba que «elementos militares y de derecha preparaban una sublevación»[2]. Habló en seguida con el general jefe de la Circunscripción Oriental del Protectorado, Manuel Romerales Quintero[3], quien le aseguró que no tenía temor de que se alzasen en armas las fuerzas a sus órdenes. No era tan optimista el coronel Delgado de Toro, jefe del Sector de Alhucemas, quien le confirmó sus temores, pero le comunicó que él había alertado al general Romerales, al Ministerio de la Guerra y a algunos jefes de partidos políticos de izquierda, pero no sirvió de nada.
La noche del 16 de julio, el delegado gubernativo recibió una confidencia del presidente de Unión Republicana, Felipe Aguilar: al día siguiente los militares iban a repartir armas cortas entre paisanos de derechas. El delegado habló con el general Romerales, que seguía confiado, aunque le prometió interesarse por el asunto: «Usted ve, Peñuelas. No ocurre nada… ¡Podemos dormir tranquilos!», diría la mañana del 17 a su jefe de Estado Mayor. Cuando se confirmó el golpe, le llamó a su presencia y le dijo, lamentándose: «Peñuelas… ¡era verdad el movimiento!»[4].
A las dos y media de la tarde comenzaron a llegar los insurrectos a la Comisión de Límites. Pero el delegado gubernativo conoce el reparto de armas a los falangistas y comunica al Gobierno el inicio de la sublevación, obteniendo como respuesta más preguntas que propuestas, para desesperación de la máxima autoridad civil de la ciudad, que llega a confesar a uno de sus pocos aliados: «¡Esa gente de Madrid se figura que estamos jugando aquí a las revoluciones!». Al cabo de unos minutos vuelve a insistir con un nuevo telegrama:
¡Pero no acabo de informar que el coronel Solans es el jefe del movimiento rebelde en Melilla! ¡Y que lo que pasa aquí no es un juego de chicos, sino una sublevación en toda regla! ¡Que ahora la cosa sí va en serio! ¿O es que nadie se entera de lo que digo?[5]
Ante la pasividad del Gobierno, el delegado ordena al general Romerales actuar. Este decide enviar una pequeña tropa para detener a los jefes y oficiales que dirigían el reparto en la Brigada Topográfica y a los conspiradores de la Comisión de Límites, quienes consiguen desarmarla gracias a la intervención de la Legión Extranjera, a la suma de los Regulares, con el teniente coronel Barrón al frente, y las fuerzas venidas de acuartelamientos exteriores a Melilla. Desde allí el coronel Luis Solans Lavedán, que era el militar de máximo rango entre los conjurados en la plaza y el jefe previsto del alzamiento en Melilla, dirigió la sublevación.
Sobre las cinco de la tarde («el 17 a las 17» era la consigna)[6], todas las fuerzas comprometidas salían a la calle con el fin de controlar la ciudad. El coronel Luis Solans procedería en primer lugar a despojar al general jefe del mando de la guarnición, que previamente acababa de comunicar a Madrid lo que estaba sucediendo en Melilla. El general preguntó a sus más estrechos colaboradores y vio que solo contaba con el apoyo de tres de ellos. El capitán Rotger, de forma airada y descompuesta, dando sucesivos golpes en la mesa del general, aconsejó a Romerales no dimitir. Otros dos oficiales le secundaron. Pero el resto de jefes y oficiales presentes en el despacho del general se mostraron partidarios del alzamiento. Romerales llamó al delegado gubernativo:
Sr. Delegado. En este momento acabo de resignar el mando en el coronel Solans, lo que he hecho ante la necesidad de evitar el derramamiento de sangre. Solamente cuento con las asistencias personales del comandante Seco, comandante Ferrer y capitán Rotger, y quizás algunos otros más; pero en pequeño número. Es este el momento más amargo de mi carrera militar y estoy sufriendo el dolor más grande de mi vida como servidor leal de la República[7].
Desde las dos y media el delegado estaba conectado con el Ministerio de la Gobernación a través del telégrafo Hugues, informando minuto a minuto de los acontecimientos y solicitando refuerzos navales y aéreos. De poco sirvió. Tras la detención del general Romerales, las fuerzas insurrectas marcharon hacia la Delegación Gubernativa. La ocuparon sin ningún tipo de resistencia, abandonada la máxima autoridad civil hasta por sus propias fuerzas de seguridad, según relato de uno de los presentes:
La puerta del reducto oficial gubernamental estaba abierta, sin la custodia de la Guardia Civil, que era la fuerza que la guardaba de manera normal. En todo el edificio quedaban solamente cuatro guardias de Asalto, cuatro agentes de policía y tres amigos políticos del Delegado Gubernativo. Esa era toda la asistencia con la que podía contar la primera autoridad civil de la plaza para enfrentarse a la sección reforzada del Tercio, que en plan de ataque rodeaba el objetivo enemigo. Empleando más exactitud, podía decirse que únicamente los cuatro guardias de Asalto y uno solo de los agentes de policía constituían la expresión visible de lealtad y de apoyo al Gobierno de la República[8].
Todos los edificios oficiales fueron ocupados con la colaboración de la Guardia Civil y de los Carabineros, que se sumaron al alzamiento. Al anochecer, frente a Comandancia, en la esquina de la calle del General Marina con la de Luis de Sotomayor, previo toque de cornetas y tambores de la fuerza de Cazadores n.º 7, el teniente coronel Bartomeu leyó el bando de guerra, firmado por el general Franco. Luego marcharon por el centro de la ciudad y volvieron a leer el bando frente al Casino de Unión y Recreo. A las nueve de la noche del 17 de julio de 1936, los principales lugares estratégicos estaban tomados, quedando ocupada toda la población.
Bando de guerra del general Franco en Melilla
Hago saber:
Una vez más, el Ejército, unido a las demás fuerzas de la nación, se ha visto obligado a recoger el anhelo de la gran mayoría de españoles que veían, con amargura infinita, desaparecer lo que a todos puede unirnos en un ideal común: ESPAÑA.
Se trata de restablecer el imperio del orden dentro de la República, no solamente en sus apariencias o signos exteriores, sino también en su misma esencia…
La resistencia al golpe provocó algunos tiroteos, que fueron apagados sin víctimas por los sublevados, salvo en la Base de Hidros. En esta, poco después de las cinco de la tarde, comenzó el movimiento de tropas y el ruido de la sirena: «la sirena llamaba y llamaba con arrebato de fuego», recuerda Carlota O’Neill, esposa del capitán Virgilio Leret Ruiz, jefe de la Base de Hidros de la Mar Chica, perteneciente a la Aviación:
Hubo un silencio; nada se veía ni oía, hasta que reventaron disparos y machaqueo de ametralladoras. Los soldados de la República disparaban desde las ventanas de la Base en loco empeño, en inútil empeño, pues tenían perdida la jugada, ya que, por ser verano, se había dado permiso de vacaciones a la cuarta parte de la tropa. Estas eran las órdenes de Manuel Azaña que habían de cumplirse, como las de que desmontaran los motores de todos los aparatos de tierra y agua, en espera de los que tenían que llegar de Francia. Los oficiales vivían en Melilla, y por la tarde sólo estaba el de guardia. Todo era inútil, y así lo sabían los hombres que aguantaban el empuje, que crecía en marejada, contra la Base en remolino de chilabas, barbas erizadas y caras de moros; todo era estrépito de muerte y fuego[9].
Los pocos hombres que había en la base se refugiaron en el edificio de oficiales, desde donde estuvieron disparando hasta que se acabaron las municiones. Cuando todo estaba perdido, el capitán salió, arrojó el revólver vacío a sus pies y se cruzó de brazos mirando cómo avanzaban los moros cuesta abajo; ¡llovían las balas sobre él, pero ninguna le rozó siquiera!, atestiguaron los presentes. Apareció el capitán Soler, que mandaba las fuerzas que ocuparon la base, y el capitán le dijo que allí nadie era responsable, más que él, de la resistencia que se había hecho y que había ocasionado la muerte a un soldado y a un sargento moros: «Yo soy el jefe, y estos hombres se han limitado a obedecer mis órdenes».
El capitán Leret fue arrestado junto al resto de oficiales y tropa y fusilado el 23 de julio: «Se colocó sereno frente al piquete y exclamó: ¡Viva la República!», según manifestó un testigo a su mujer. Virgilio Leret Ruiz era un joven de 33 años que había servido en la guerra de Marruecos como capitán de Infantería, estando en un blocao con veinte hombres cerca de un mes. Después se hizo aviador, observador militar y observador civil internacional. Había participado en la toma de Xauen y en Alhucemas.
La Base de Hidros del Atalayón, situada en el oeste de la llamada Mar Chica, a unos 10 kilómetros de Melilla, por sus condiciones excepcionales en el Mediterráneo occidental, estaba considerada como la mejor de todo el norte del continente africano, por lo que representaba un objetivo central para los organizadores del movimiento al garantizar el control aéreo de la zona.
Después de apoderarse de la Base de Hidros en el Atalayón, los sublevados tomaron el aeródromo de Tahuima, donde detuvieron al general Agustín Gómez Morato, jefe de las Fuerzas Militares de Marruecos, a quien el gobierno de la República ordenó su rápido desplazamiento en avión desde Tetuán, capital del protectorado. Tal vez aquí el gobierno perdió su primera batalla de la guerra.
En Tetuán las tropas quedaron acuarteladas a la una de la tarde, y al comenzar el movimiento en Melilla el coronel Eduardo Sáenz de Buruaga se hizo con suma rapidez con el control de la ciudad, a excepción del aeródromo, que fue controlado al amanecer del día 18 después de un breve intercambio de fuego con sus defensores. A continuación, el coronel Buruaga detuvo al alto comisario, Arturo Álvarez Buylla, que fue depuesto.
En Larache, sobre las 22 horas, el coronel Múgica ordenó el despliegue de las tropas. El capitán Moreno Farriols, con una compañía del batallón de Las Navas, se encargó de la lectura del bando de guerra. El teniente González Vidaurreta y el teniente Bozas se dirigieron a ocupar los edificios de Correos y Telégrafos con una sección de Ingenieros. El teniente Reinosa Martínez, del batallón de Transmisiones, se posicionó en Comandancia. Se produjeron algunos incidentes cuando el capitán López de Haro, con el apoyo de algunos militares y paisanos, intentó oponer resistencia al movimiento, pero fueron reducidos sin demasiadas complicaciones.
En Ceuta el alzamiento triunfó sin necesidad de disparar ni un solo tiro. El teniente coronel Juan Yagüe era el jefe de los conspiradores en la ciudad y principal coordinador de la conspiración entre los jefes y oficiales del Protectorado. Hacia las once y media de la noche se hizo con el control de una ciudad prácticamente vacía porque fueron muchos los que marcharon a Melilla. Por no estar, no estaba ni el general Capaz, jefe militar de la Circunscripción Occidental del Protectorado, lo que facilitó aún más la acción de las tropas de Yagüe y su ocupación de los edificios oficiales.
Con la misma facilidad transcurrieron los acontecimientos en otras poblaciones de la zona, como Xauen, Alcazarquivir o Villa Sanjurjo. Resultó clave en este sentido la colaboración y apoyo de las altas autoridades marroquíes del Protectorado, el jalifa Muley Hassam y su gran visir Sidi Ahmed el Ganmía.
El 18 de julio Franco comenzó a desempeñar un papel de gran importancia estratégica y moral. Una vez comenzada la sublevación, los implicados le cablegrafiaron rápidamente a Tenerife:
Tetuán, 18 de julio, a las 10. Urgentísimo.
Coronel Sáenz de Buruaga, jefe del Ejército de África, al general
Franco, Santa Cruz de Tenerife.Dueños absolutos de todas las plazas de Marruecos agradecemos
de corazón el entusiasta saludo, anhelando pronta llegada ponernos
a sus órdenes.
Puede tomar tierra en Tetuán o Larache sin consecuencias.
Conviene avise salida y esperamos noticias.
Viva España[10].
El general se hallaba en Las Palmas para asistir al entierro del general Balmes. Una vez que leyó el cablegrama, respondió con otro:
Gloria al heroico Ejército de África. España sobre todo. Recibid el saludo entusiasta de estas guarniciones, que se unen a vosotros y demás compañeros de la Península en estos momentos históricos. Fe ciega en el triunfo. ¡Viva España con honor![11]
A las once de la mañana del 18 de julio el general Franco entregó el mando del archipiélago canario al general Orgaz. De uniforme descendió al patio de la Comandancia Militar, donde le aguardaba el coche. Al subirse al mismo, parece que pronunció las siguientes palabras a la multitud expectante:
No venimos a luchar por ningún partido político, no somos retrógrados. Nuestra misión, la única, será la de labrar una nueva España, haciendo frente a la anarquía, al caos, al desorden y al crimen. ¡Fe, fe y fe! ¡Disciplina, disciplina y disciplina![12]
El coche oficial se dirigió al muelle pequeño de Las Palmas, donde esperaba el remolcador España para llevarle al aeropuerto de Gando con el fin de tomar la avioneta que había de conducirle a Tetuán. A las catorce horas del 18 de julio se elevaba del Campo de Gando, en Las Palmas de Gran Canaria, el Dragon Rapide, avión privado fletado por el banquero Juan March y pilotado por Cecil Bebb. Había salido diez días antes de Inglaterra y esperaba órdenes.
Franco iba acompañado de su ayudante y primo, el teniente coronel Franco Salgado. Hicieron escala en Casablanca. Allí recibieron instrucciones para tomar tierra en Tetuán, donde aterrizó el avión la mañana del 19 de julio.
La salida de Franco de Canarias constituye todavía un episodio enigmático. Como comandante militar de las Islas Canarias tenía su cuartel general en Santa Cruz de Tenerife. El Dragon Rapide había aterrizado en Gran Canaria, ya fuera por su mayor proximidad al continente africano, por la nubosidad que suele rodear Tenerife o porque se temiera que Franco pudiera estar sometido a vigilancia. Lo cierto es que no podía salir de Tenerife sin autorización del ministro de la Guerra. Al parecer, su solicitud de una visita de inspección a Gran Canaria fue denegada. Su salida «fue resultado de una asombrosa coincidencia o, posiblemente, de un juego sucio», en palabras de Preston[13].
La muerte el 16 de julio del general Amadeo Balmes, comandante militar de Gran Canaria y excelente tirador, al resultar herido de bala en el estómago cuando probaba una pistola, resultó providencial, al permitir a Franco llegar a Gran Canaria para asistir al entierro y, de paso, coger el Dragon Rapide.
Una vez concluido el triunfo absoluto e inapelable de los sublevados en el protectorado de Marruecos en la mañana del día 18, había que iniciar la segunda fase de la sublevación, que era la expansión hacia la Península.
CONCLUSIÓN
La sublevación de Melilla no fue un episodio aislado ni una simple anécdota local, sino el verdadero pistoletazo de salida de la Guerra Civil española. En el Protectorado marroquí se materializó por primera vez el proyecto golpista diseñado por Mola, poniendo en marcha el engranaje militar que en pocas horas se extendería por buena parte del territorio español.
El rápido control de Melilla, Tetuán, Ceuta y el resto de plazas norteafricanas proporcionó a los sublevados un capital estratégico decisivo: tropas profesionales, dominio aéreo inicial y una base territorial desde la que proyectar la guerra hacia la Península. Al mismo tiempo, la pasividad del Gobierno republicano ante las advertencias previas y la falta de reacción eficaz en las primeras horas evidenciaron la fragilidad institucional del régimen en ese momento crítico.
En Melilla se cruzaron conspiración, sorpresa, disciplina militar y represión temprana. Allí comenzó, de forma irreversible, el conflicto que marcaría de manera traumática la historia de España durante décadas.
