Aunque resulta harto difícil sorprenderse en estos tiempos de libertades y democracia, -o mejor dicho, de oclocracia (del griego oclocratia, gobierno de la muchedumbre o de la plebe)- la noticia recogida por los medios de comunicación a finales del mes de marzo de 2001, es como dejar “pasmao” –que diría el intelectual numerador de galápagos y profundo latinista, Alfonso Guerra-, al sufrido españolito de a pie. El encabezamiento de la noticia decía así:
“Suiza: 4.000 hijos de españoles leen textos que loan a Franco”.
Y a continuación:
El libro de dos centros del MEC (Ministerio de Educación y Cultura) destaca su “audacia”, “fino instinto” y “arrojo”. ¡Habrase visto tamaño dislate! ¡Parece increíble que a estas alturas de la película se presente al “terrible dictador” como “audaz”, “brillante militar”, “valeroso” y de un “certero instinto”!.
Como eso no se podía consentir, un grupo de emigrantes españoles hizo llegar al Ministerio de Educación una denuncia contra este “espantoso” libro de texto con que estudiaban sus hijos, en el que se ensalzaba, nada más y nada menos, la figura de Franco, a la vez que se mostraban escandalizados porque sus descendientes habían tenido que escuchar cosas como estas en el aula, a través del manual de la editorial Santillana. Según la nota, “afortunadamente el Ministerio de Educación ordenó inmediatamente la retirada de este ofensivo manual. No podía ser de otro modo, aunque cabía preguntarse por las razones que llevaron al citado Ministerio, en el año 1984, a autorizar oficialmente este libro como texto escolar”.
El portavoz de Izquierda Unida, Felipe Alcaraz, calificó esta hagiografía como “lectura perversa”, ya que el retrato que se hacía de Franco como “brillante militar, creativo estratega y pacificador de España”, cuando nada más se dedicó a “amparar el secuestro de las libertades, los derechos y la democracia en España”. (Esta denuncia realizada por uno de los herederos del Partido Comunista, no deja de ser chusca).
A los pocos días de salir publicada esta noticia, el director general de Santillana Educativas, negaba dicha comunicación, afirmando que el texto educativo estaba descatalogado desde hacía varios años, y que además no decía ni por asomo lo que la información periodística pretendía presentar,
“ya que la figura de Franco, no se resalta, ni mucho menos, sino que se presenta como la de un dictador que impidió en España durante años el ejercicio de las libertades”.
Una vez leídas las dos “versiones” se llega a la clara conclusión de que gozamos de una magnífica transparencia informativa, tal como corresponde a una auténtica y verdadera democracia. Con la retirada del tendencioso y desestabilizador texto, se logró la tan deseada libertad de expresión, evitando la denostada censura protagonizada por la oprobiosa. A partir de esa democrática medida, se tendrá que hacer desaparecer también todos los libros, diarios y revistas que han osado hablar bien de Franco. Para empezar habrá que aniquilar las manifestaciones que hiciera en su día el Ministro de Guerra de la República, Diego Hidalgo Durán:
“Conocí al general Franco en Madrid, en el mes de febrero de 1934. Lo traté por primera vez en mi viaje a Baleares y en aquellos cuatro días pude convencerme de que su fama era justa. Entregado totalmente a su carrera, posee en alto grado todas las virtudes militares y sus actividades y capacidad de trabajo, su clara inteligencia, su comprensión y cultura están siempre puestas al servicio de las armas”.
A la hoguera habrá que enviar el escrito sobre el juicio que hizo el socialista Indalecio Prieto Tuero:
“No he de decir ni media palabra en menoscabo de la figura del ilustre militar. […] Para mí, el general Franco llega a la fórmula del valor, es un hombre sereno en la lucha. Tengo que rendir homenaje a la verdad”.
Al fuego eterno con las declaraciones del que fuera presidente de EE UU, Eisenhower:
“Admiraba a Franco como general, pero ahora le admiro también como estadista”.
Al averno con el “piropo” que le lanzó el mariscal francés Henri Philippe Pétain:
“Franco, la espada más limpia de Occidente”. Y por último, también tendrá que ser retirado de la circulación, lo proclamado por el Rey Don Juan Carlos de Borbón, el 22/XI/1975: “El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad que asumo al servicio de la Patria. Es de pueblos grandes y nobles saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda su existencia a su servicio”.
Prohibido hablar de El Alcázar de Toledo en los libros de texto “democráticos”.
En el magnífico libro “El Alcázar de Toledo: final de una polémica” de Alfonso Bullón de Mendoza y Luis E. Togores. (Actas Editorial. Madrid, 1997), Fernando Esquivias Franco, esposo de la hija del general Moscardó, doña Marichu Moscardó (epd), escribe en el prólogo lo siguiente:
[…] Uno de los casos más notorios de manipulación, de mentira sistemática, de reiteración de falsedades, lo constituye la historia de lo acontecido en la Guerra Civil Española durante el asedio del Alcázar de Toledo, tal vez el acontecimiento más universalmente conocido de los que se sucedieron en esos tres trágicos años. Fue sin duda inconmensurable la difusión que tuvo la gesta que dentro de sus muros protagonizaron sus defensores, acrecentada aún más, si cabe, por el episodio heroico de la negativa del jefe de la defensa, el entonces coronel Moscardó, a rendir la fortaleza aún a riesgo de la vida de uno de sus hijos, el cual fue asesinado por quienes en vano asediaron el Alcázar durante dos largos meses del verano de 1936. […] Es harto curioso a la par que indignante ver cómo en los libros escolares de Historia en los que se forma la juventud española no aparece, salvo en contadísimas excepciones, ninguna cita, ninguna alusión al Alcázar de Toledo”.