Testimonio del general ruso Walter Krivitsky
«La historia de la intervención soviética en España es todavía el mayor misterio de la gran tragedia española que toca ahora a su fin. El mundo sabe que hubo intervención soviética en España, pero este simple hecho es todo lo que se sabe. Ignora el por qué Stalin intervino en España, como desarrolló allí sus actividades, quienes eran los hombres que detrás de la escena estaban encargados de su realización y lo que obtuvo de su aventura en España.
Ocurre, precisamente, que soy yo él único superviviente en el extranjero del grupo de empleados y oficiales del ejército soviético encargado personalmente de organizar la intervención soviética en España y también yo el único libre en estos momentos de poder exponer este episodio dramático e histórico contemporáneo digno de ser conocido. Como Jefe del Soviet Military Intelligence de la Europa Occidental estaba en el intríngulis de todas las resoluciones de carácter internacional tomadas por el Kremlin. Tenia en mis manos los principales resortes de la política extranjera de Stalin de la cual formaba parte la cuestión española.
No fue por mera casualidad que la nave del Estado de Stalin fuese a parar a los lejanos puertos españoles. Desde la subida de Hitler al poder en 1933, la política extranjera seguida por Stalin ha sido desastrosa, motivada por el temor al aislamiento. Cogido entre la creciente amenaza japonesa en el Este y la amenaza alemana en el Oeste, Stalin fue a la caza de un aliado fuerte entre las grandes potencias del mundo. Todos sus esfuerzos para llegar a un acuerdo con Hitler, eran estimulados unas veces y desairados otras. Nuevamente trató de restablecer el antiguo tratado zarista con Francia, pero no le fue posible obtener la estrecha alianza en la forma que él esperaba. Sus intentos de darse la mano con Gran Bretaña tuvieron aún menos éxito. En 1935 Anthony Eden y el Presidente Laval habían hecho una visita oficial a Moscú. El Comisario de Relaciones Exteriores Litvinof, había estado en Washington, logrando el reconocimiento norteamericano y luego había jugado un papel de primera magnitud en Ginebra. Consiguió un renombre mundial pero esto es todo lo que obtuvo. Londres no quería entrar en compromisos formales y el tratado con Francia era un sostén muy endeble en que apoyarse.
Moscú y Madrid
Stalin, en busca de seguridad y después de la sublevación de Franco, dirigió su mirada hacia España. Su actuación fue muy lenta, como todas las suyas. Al principio adoptó una posición expectante y de tanteo. Stalin quería estar seguro que la victoria de Franco no seria fácil ni rápida.
Entonces, Stalin intervino en España con la idea de hacer de Madrid un vasallo del Kremlin. Con un tal vasallo, obtendría, por un lado estrechas relaciones con París y Londres y por el otro, reforzaría su posición para un tratado con Berlín y Roma. Una vez dueño de España, posición de vital y estratégica importancia para Francia y Gran Bretaña, su nave del Estado encontraría la seguridad que deseaba y entonces vendría a ser una potencia con la que habría que contar y un aliado codiciado.
Pero Stalin, al revés de Mussolini, quería jugar en España sin arriesgar nada. La intervención soviética pudo, en ciertos momentos, haber sido decisiva si Stalin hubiese arriesgado del lado gubernamental lo que Mussolini hizo del lado de Franco. Pero Stalin no arriesgó nada. Hasta se aseguró con anterioridad que había bastante oro en el Banco de España para cubrir con creces el costo de su aventura material a Madrid. Stalin procuró siempre por todos los medios evitar que la Unión Soviética se viera envuelta en una conflagración. Su intervención fue bajo la consigna de: “Mantenerse fuera del alcance del fuego de la artillería”. Esta consigna trazó nuestra línea de conducta durante toda nuestra campaña de intervención.
El día 19 de Julio de 1936, en que el general Franco se sublevó contra el Gobierno de España, me encontraba en la oficina central de La Haya (Holanda). Vivía allí con mi esposa y mi hijo de corta edad, haciéndome pasar como anticuario austriaco. La simulación de anticuario justificaba admirablemente mi lujosa residencia, los fondos cuantiosos que me suministraban y mis frecuentes viajes a distintos puntos de Europa.
Casi todas mis energías las había dedicado a organizar una red de servicio policíaco secreto en Alemania. Los esfuerzos de Stalin para conseguir mi acuerdo con Hitler fracasaban siempre. El tratado Alemán-Italo-Japonés que entonces acababa de negociarse en Berlín, tenía al Kremlin sumamente preocupado. Secretamente, yo estaba siguiendo de cerca las negociaciones.
Al primer estruendo de los cañones del otro lado de los Pirineos desplacé un agente a Hendaya en la frontera Franco-Española y otro a Lisboa a fin de organizar el servicio secreto de información en el territorio de Franco.
Estas no eran para mi sino medidas rutinarias. No había recibido instrucciones de Moscú referentes a España y no existía en ese tiempo contacto entre mis agentes y el gobierno de Madrid. Como jefe responsable del servicio secreto europeo del gobierno soviético, procuraba simplemente obtener informes y comunicarlos a Moscú.
Mis agentes de Berlín, Roma, Hamburgo, Brennen, Ginebra y Nápoles, me informaban escrupulosamente de la inmensa ayuda material que Franco recibía de Italia y Alemania.
Todos esos informes los enviaba al Kremlin donde eran recibidos con silencio. No obstante, no recibía instrucciones referentes a España.
Solamente el Komintern –La Internacional Comunista con ramificaciones en lodos los países del mundo– rompió el silencio de Moscú.
Desde hacía mucho tiempo, la oficina central del Komintern había sido relegada a un humilde suburbio y sus manifiestos carecían de toda influencia en nuestros consejos privados. El mismo Stalin había calificado desdeñosamente al Komintern de “la vachka” –aglutinante– y éste calificativo era el apodo que se le daba en las altas esferas soviéticas.
Desde la antorcha luminosa de la que tenía que prender la revolución mundial, el Komintern había degenerado a poco menos que a un simple accesorio de la política extranjera de Stalin. A propia conveniencia podía emplear “la vachka” para promover en cualquier país una agitación interior en contra de un gobierno hostil, o crear, ambiente sobre determinado problema internacional.
En 1935, puso en juego al Komintern para establecer la nueva política del «Frente Popular». En lodos los países democráticos los afiliados disciplinados del Partido Comunista cesaron su oposición al gobierno y en nombre de la «democracia» juntaron sus fuerzas a las de otros partidos. La técnica consiste en elegir, con la ayuda de unos incautos v otros varios crédulos, un gobierno nacional de simpatía hacia la Unión Soviética. En Francia el Frente Popular eleva a León Blum al poder, pero fue León Blum quien con la ayuda de Londres, creó la política, de no-intervención en España.
Dimitrov, secretario general del Komintern en Moscú, héroe del juicio sobre el incendio del Reichstag que se había infiltrado en el régimen, lo cual motivó la creación del Nazismo en Alemania, era también encargado del Partido Comunista Español, el cual después de cinco años de una propaganda muy costosa y con toda clase de agitación revolucionaria solamente había podido reunir 3.000 comunistas en España.
Las organizaciones obreras españolas al igual que todos los partidos políticos más avanzados, se mantenían obstinadamente anticomunistas. La República Española, después de cinco años de existencia, no había reconocido aún al gobierno soviético ni tenia relaciones diplomáticas con Moscú.
Oro convertido en hierro
Naturalmente, el Komintern emprendió una campaña virulenta contra Franco organizando en todos los países grandes mítines de propaganda y recaudando fondos para Madrid. La Unión Soviética envió cientos de comunistas extranjeros, quienes expulsados de sus respectivos países, vivían en Rusia como refugiados.
Para algunos antiguos líderes del Komintern que permanecían fieles al postulado de una revolución mundial, la lucha en España significaba para ellos un rayo de esperanza, pero esos antiguos revolucionarios, supervivientes de la primera depuración sangrienta del proceso Kamenev-Zinoviev, eran unos cuantos timoratos. Toda su palabrería no produjo municiones ni tanques ni aviones, ni ninguno de los elementos de guerra que Madrid pedía a gritos y que las potencias fascistas suministraban a Franco.
Las confidencias obtenidas sobre la ayuda militar de Italia y Alemania a Franco y las angustiosas demandas de los jefes revolucionarios españoles en petición de ayuda al extranjero, no obtuvieron respuesta alguna por parte del Kremlin. La guerra civil española se había convertido en una enorme conflagración y aún así Stalin permanecía callado e inmóvil.
Por toda Europa y América los comunistas y sus simpatizantes se preguntaban el por qué la Unión Soviética no hacia nada para ayudar a la defensa de la revolución española, mientras que ellos por si solos levantaban la opinión pública y recababan donativos.
A pesar de que el gobierno de Madrid poseía reservas en oro en el Banco de España por valor de 700.000.000 de dólares, los esfuerzos de la República Española para comprar armamento de la casa Vickers de Inglaterra, de la fábrica Skoda de Checoslovaquia, de la de Schneider de Francia e inclusive de los productores más importantes de municiones de Alemania, fracasaron debido a la no-intervención.
Esta era la situación internacional a la que mis agentes secretos estaban ojo avizor y sobre la cual me enviaban informaciones en profusión constante a La Haya, las que retransmitía urgentemente a Moscú. A todo lo cual Stalin permanecía callado.
A fines de agosto de 1936, y con el permiso de Moscú, tres altos empleados de la República Española llegaban en secreto a Odesa para adquirir material de guerra soviético ofreciendo a cambio sumas enormes de oro español. En vez de permitírseles llegar a Moscú, fueron retenidos calladamente en un hotel de Odesa.
El jueves 28 de agosto de 1936 Stalin firmó un decreto por el cual el Comisario de Relaciones Exteriores prohibía «la exportación, reexportación o tránsito a España de toda clase de armamentos, municiones, material de guerra, aeroplanos y barcos de guerra».
Este decreto fue publicado y emitido por radio para conocimiento de todo el mundo. Este decreto oficial del soviet estaba en armonía con la política de no-intervención de León Blum. Ello levantó severas críticas por parte de todos los grupos del occidente europeo y de América, donde el Komintern procuraba a toda prisa crear un ambiente de simpatía en favor de la desesperada República Española.
Entre tanto, Stalin convocó al Politburó a sesión extraordinaria.
El Buró político es la suprema autoridad del partido y por lo tanto del gobierno soviético. Contra las decisiones del Politburó no hay apelación posible. Tienen la fuerza de una orden militar dada sobre el campo de batalla.
En esta sesión del Politburó Stalin se manifestó en favor de una acción inmediata en España. En aquellos momentos, los primeros días de septiembre de 1936, había formado gobierno en Madrid el Frente Popular Español. Con la intensa ayuda del Komintern, Largo Caballero había formado un gobierno de coalición, en el cual entraron dos miembros comunistas, figurando él como Presidente del Consejo y Ministro de la Guerra. Largo Caballero era uno de los jefes socialistas. Al igual que León Blum era partidario de la cooperación con el Soviet.
Stalin argüía que la vieja España había desaparecido y que la nueva España no podía subsistir por sí sola. O tendría que aliarse con Italia y Alemania o bien con los contrarios de esas dos potencias. Stalin dijo que ni Francia ni Inglaterra podrían permitir que España, que domina la entrada al Mediterráneo, fuera controlada por Roma y Berlín.
Para Paris y Londres, la amistad de España era asunto de primordial importancia. Stalin era de opinión que él podría crear en España un régimen controlado por Moscú. Con España en el bolsillo podría realizar una alianza permanente con Francia e Inglaterra. Al mismo tiempo su intervención haría avivar la fe de los partidarios del Soviet en el extranjero, que habían sufrido un rudo golpe con la depuración de la vieja guardia Bolchevique.
Con referencia a los 700.000.000 de dólares de oro acumulados en España, el gobierno de Largo Caballero estaba dispuesto a invertirlo en material de guerra. La cantidad de oro que podía transportarse a Rusia en pago de las municiones entregadas a España constituía un problema a estudiar sin demora por cuanto el gobierno soviético se había adherido oficialmente a la política de estricta no-intervención.
El Politburó se pronunció a favor de una acción inmediata. Stalin hizo hincapié a sus comisarios de que la ayuda a España por parte del Soviet, debía llevarse con todo secreto con el fin de eliminar toda posibilidad de que su gobierno se viera envuelto en un conflicto armado. Su última frase que debían tener presente los reunidos por el Politburó y que se retransmitió como una orden a todos los empleados fue: «Podalshe el artilleiskavo ognia» («Mantenerse fuera del alcance del fuego de la artillería»).
Dos días después, un enviado especial que vino a Holanda en avión, me trajo instrucciones de Moscú. Las órdenes fueron: «Amplíe inmediatamente sus actividades a la guerra civil española. Movilice todos los agentes disponibles y dé todas las facilidades para la pronta creación de un sistema de compra y transporte de armamento a España. Sale un agente especial para París para ayudarle en este trabajo. Se presentará a Vd. y trabajará bajo su dirección».
Al mismo tiempo, Stalin en Moscú daba instrucciones a Yagoda, entonces jefe de la GPU, de establecer una ramificación de la policía secreta soviética en España.
El 14 de septiembre, Yagoda convoca una conferencia urgente de la Lubianka, en su oficina central de Moscú, en la que estaban presentes: el General Uritaky del Estado Mayor del Ejército Rojo; Frinovsky, actual Comisario de Marina, en aquel entonces Jefe de las Fuerzas Militares de la GPU, pero considerado ya en el seno de los círculos soviéticos como uno de los hombres de Stalin que más prometía; y mi camarada Sloulsky, jefe del departamento extranjero de la GPU.
Supe por Sloulsky, con quien me encontraba con frecuencia en París y otros puntos, que en dicha conferencia había sido nombrado un antiguo oficial de su departamento para establecer la GPU en la España republicana. Este era Nikilsky, alias Schewed, alias Lyova, alias Orlov.
La conferencia de la Lubianka puso también bajo el control de la policía secreta soviética las actividades del Komintern en España. Decidió coordinar o armonizar las actividades del Partido Comunista Español con la política de la GPU.
Otras de las decisiones de esta conferencia fue que la policía de la GPU se hiciese cargo del movimiento de voluntarios de cada país hacia España. En el Comité Central de cada partido comunista del mundo hay un miembro que desempeña una misión secreta de la GPU.
En muchos países, incluyendo los Estados Unidos, la cruzada para salvar la revolución española se apreció como una noble expedición internacional para rescatar la democracia y mantener la justicia en nombre de la humanidad. Jóvenes de todo el mundo se alistaban voluntarios para luchar en España por estos ideales. Pero la España Republicana que luchaba contra Franco, no estaba de ningún modo unida en ideologías ni tácticas políticas. Estaba constituida por muchas fracciones demócratas, anarquistas, socialistas y sindicalistas. Los comunistas lo eran en gran minoría. El éxito de Stalin en asegurarse el control y hacer uso de él como arma para conseguir una alianza Franco-Inglesa con el gobierno Soviético, dependía de que antes diera al traste con la poderosa oposición anticomunista en el campo gubernamental. Era primordial, por lo tanto, controlar el movimiento de estos voluntarios idealistas extranjeros hacia España, para evitar que ellas se uniesen con los elementos opuestos a la política y ambiciones de Stalin.
El principal problema de organizar los embarques de armamento a España fue resuelto por la conferencia de la Lubianka con la decisión de llevarla a efecto simultáneamente desde Rusia y desde el exterior. La labor en el extranjero se me encargó a mí. La relativa al interior fue atendida por Yagoda personalmente. La de éste presentaba mayores dificultades que la mía, porque era absolutamente necesario no dejar el menor rastro en territorio soviético, de la participación oficial del gobierno en el asunto.
Yagoda, llamó al capitán Oulansky de la GPU encargándole que organizase un sindicato privado de comerciantes de municiones en la Unión Soviética. El capitán Oulansky era un hombre excepcionalmente hábil en trabajos de servicios secretos. La GPU le había confiado inclusive el servicio de escolta de Anthony Eden y del presidente Laval en su visita a la Unión Soviética.
«Vd. encontrará en Odesa a tres españoles que desde hace algún tiempo se les han enfriado los pies», dijo Yagoda al capitán Oulansky. «Están aquí para comprar armamento nuestro extraoficialmente. Constituya una firma de carácter privado y neutral para tratar con ellos».
Puesto que en la Rusia Soviética nadie puede comprar ni un simple revólver al gobierno, el cual es el único fabricante de armas, la idea de una firma privada dedicada al negocio de municiones en territorio soviético es tan absurda que ningún ciudadano soviético podría, por un momento, creer en ello. Pero esa farsa era un caso olvidado ante el extranjero en previsión de sobrevenir alguna complicación internacional. En realidad, el trabajo del capitán Oulansky era el de organizar y dirigir una cadena de contrabandistas de armas y llevarlo a cabo de una manera tan inteligente que no pudiera ser descubierto rastro alguno por agentes secretos extranjeros.
«Si tiene éxito», le dijo Yagoda, «vuelva con un ojal en la solapa para colocarle la ‘Orden de la Bandera Roja’».
El capitán Oulansky salido para Odesa con instrucciones de tratar solamente a base de pago al contado y con la información de que los españoles facilitarían sus propios barcos para transportar las municiones, las cuales naturalmente serian entregadas de los arsenales del Ejército Rojo. Iba provisto con documentación en la que se le otorgaban plenos poderes y por las que se ponían bajo su control todas las autoridades de Odesa, desde el Jefe local de la policía secreta, hasta el Presidente de la región.
Los intermediarios
El general Urisky representaba la Intelligence Service del Estado Mayor del Ejército Rojo en la conferencia de la Lubianka. Era función propia de su departamento entender en la cuestión técnico-militar de nuestra empresa. Fue su sección la que determinó las cantidades y clases de tipo que los arsenales debían proveer, fijar el número y personal de los expertos militares, pilotos, oficiales de artillería y tanques a enviar a España. Concerniente a los asuntos de índole militar, estos hombres quedaron bajo las órdenes del Estado Mayor del Ejército Rojo; de todos modos eran vigilados por la policía secreta.
La intervención de Stalin en España estaba ya en marcha: Yo me puse en acción como si estuviese en el frente en verdad, yo había sido designado para activo servicio militar. Llamé a un agente importante de Londres, a otro de Estocolmo, un tercero de Suiza y dispuse que nos encontráramos en París para celebrar una conferencia en unión de un agente especial desplazado de Moscú. Este agente llamado Zimin, era experto en municiones y miembro de la sección militar de la GPU.
El 21 de septiembre y con absoluto secreto nos encontramos en París. Zimin, trajo instrucciones explícitas y concretas de que nosotros debíamos evitar toda posibilidad de mezclar al gobierno soviético con nuestro tráfico de armamento. Debíamos llevar el asunto de las municiones “privadamente” por medio de firmas comerciales creadas a este fin.
Nuestro primer paso fue estudiar la creación de una nueva red europea de empresas comerciales aparentemente «privadas e independientemente», aparte de las que ya teníamos, para dedicarse a la importación y exportación de materiales de guerra, lo cual se trata de una antigua profesión en Europa.
El éxito dependía de la selección de personal apropiado. Contábamos ya con elementos de esta clase. Algunos de ellos figuraban en las organizaciones aliadas con los distintos centros del Partido Comunista en el extranjero, tales cono los amigos de la Unión Soviética y las muchas Ligas para la Paz y la Democracia. La GPU y el Military Intelligence del Ejército Rojo veían a ciertos miembros de estas sociedades como reservas de guerra, y como auxiliares del sistema de defensa soviética. Nosotros podíamos escoger hombres de los ya suficientemente probados en trabajos extraoficiales para la Unión Soviética. Unos cuantos eran aprovechados y arrivistas pero los más eran sinceros idealistas. Todos ellos eran discretos, de confianza, contaban con las relaciones indispensables y eran aptos para jugar un papel sin delatarse así mismos en ninguna ocasión. Nosotros suministramos el capital, montamos sus oficinas y garantizamos sus beneficios.
En el término de diez días se estableció una red de firmas de importación y exportación de reciente constitución en París, Londres, Copenhague, Ámsterdam, Zurich, Varsovia, Praga, Bruselas y otras ciudades europeas. En cada firma había un socio comanditario que era el agente de la GPU, el cual suministraba el dinero y controlaba todas las operaciones. En caso de equivocarse pagaría su error con la vida. Mientras esas firmas recorrían los mercados de Europa y América para encontrar material de guerra disponible, el problema del transporte preocupaba mi atención de manera urgente. En Escandinavia, podían conseguirse barcos apropiados para este objeto a buen precio. La dificultad consistía en conseguir permisos para el envío de armamento a España. Esperábamos consignar los envíos a Francia y reembarcarlos desde Francia para los puertos gubernamentales. Pero el Ministro de Relaciones Exteriores de Francia se negó a conceder la documentación de despacho.
Pero había otra salida, la de proveerse de documentación consular de otros gobiernos certificando que el armamento había sido adquirido para importarlo a sus países.
De determinados consulados Latinoamericanos pudo conseguirse un sinnúmero de certificados de importación y, de vez en cuando, tuvimos la suerte de obtener otros similares de consulados europeos y asiáticos.
Con tales certificados obtuvimos el despacho de aduanas. Los barcos continuaron, no para Suramérica o China, sino para los puertos de la España gubernamental.
Hicimos grandes compras a las fábricas Skoda de Checoslovaquia, a varias firmas de Francia y a otras de Polonia y Holanda. Tal está el comercio de municiones, que llegamos a comprar armamento de la Alemania Nazi. Envié un agente que representaba a una firma nuestra de Holanda a Hamburgo, donde averiguamos que había en venta una cantidad de fusiles y ametralladoras anticuadas. El director de la firma alemana solamente se interesaba por el precio, las referencias bancarias y la documentación legal del embarque.
