INTRODUCCIÓN
El año 1936 marcó uno de los momentos más traumáticos de la historia contemporánea de España. El estallido de la Guerra Civil no solo supuso una fractura política y militar, sino que, para amplios sectores del país, representó una agresión directa contra los fundamentos religiosos, culturales y sociales que habían configurado la identidad nacional durante siglos. El texto que aquí se presenta interpreta el conflicto como un ataque sistemático contra la tradición cristiana de España y contra las estructuras básicas de su civilización: la religión, la familia, la propiedad, la autoridad y el patrimonio cultural.
Desde esta perspectiva, la violencia anticlerical, la destrucción de templos y archivos, el asesinato de religiosos y la persecución de quienes eran identificados como representantes del orden cristiano no aparecen como episodios aislados, sino como parte de un proyecto ideológico más amplio, inspirado en doctrinas materialistas de raíz extranjera. El autor sitúa estos hechos en el marco de un enfrentamiento entre dos modelos de civilización, percibidos como irreconciliables, que se disputaban el alma de España.
La actuación de la parte contraria ofrece, por contraposición, el mismo resultado. Nadie ignora hoy que para los mismos días en que estalló el Movimiento Nacional había el comunismo preparado un movimiento subversivo. Un golpe de audacia en que debía sucumbir todo cuanto significase un apoyo, un resorte, un vínculo social de nuestra vieja civilización cristiana. La religión, la propiedad, la familia, la autoridad, las instituciones básicas del antiguo orden de cosas debían sufrir el tremendo arietazo (sic) de la revolución, organizada para destruirlo todo y para levantar sobre sus ruinas el régimen soviético. Cinco años de propaganda, de tolerancia inconcebible, de organización, de acopio de material de guerra permitían presagiar el estallido casi a plazo fijo.
El hecho ha demostrado la realidad del propósito en las regiones no dominadas por el ejército nacional. El primer empuje de la revolución fue contra este gran hecho de la religión que, si lo es en toda civilización y en todo pueblo, tenía todavía en España un exponente social no superado por ninguno La religión es el soporte de todas las civilizaciones, lo que les da su fuerza y matiz. La religión católica es la forma de nuestra civilización, y aquí se dirigió principalmente el empuje de nuestros enemigos. Y con la religión sufrió todo cuanto ella soporta o de ella se alimenta.
Jamás se ha visto en la historia de ningún pueblo el cúmulo de horrores que ha presenciado España en estos cuatro meses. Millares de sacerdotes, religiosos han sucumbido, entre ellos diez obispos, a veces en medio de vergüenzas y tormentos inauditos. El sacerdote es el «hombre de Dios»; para aniquilar a Dios, los que a sí mismos se llaman los «sin Dios» y «contra Dios» debían eliminar de la sociedad a sus representantes. Cuando lo sepa el mundo, porque hoy es todavía un secreto que se oculta en las regiones no reconquistadas, causará espanto esta hecatombe de los ungidos del Señor.
Con los «ministros de Dios» han sufrido las «casas de Dios». Un sinnúmero de templos, muchos de ellos orgullo del arte, síntesis de nuestra historia cargados todos con las preseas de la piedad que los siglos acumularon en ellos, centros vivos de la fe tradicional de nuestros pueblos, han sido incendiados, destruidos a ras de tierra no pocos de ellos. El arte español ha sufrido quebranto irreparable al desaparecer de nuestros templos obras famosas, con las que se hubiese podido formar todavía la mejor colección del mundo.
La destrucción de bibliotecas y archivos, la profanación de sepulturas, los atropellos contra las vírgenes consagradas a Dios, la matanza de inocentes niños, las formas de la ferocidad más repugnante en los millares de asesinatos cometidos, el instinto sacrílego que ha guiado a estos hombres sin Dios ni ley en la destrucción de lo más representativo de nuestra religión cristiana, especialmente las veneradas imágenes de Jesucristo y María Santísima, han dado la nota antihumana de esta explosión de bastardas pasiones que han azotado la sociedad española desde que estalló la guerra.
Y, junto con ello, esta decapitación del estado mayor cristiano, estas matanzas de «derechistas» calificados, es decir, cristianos conspicuos, jefes de las instituciones religiosas de todo matiz, que han sucumbido a millares sin más delito que la profesión de la fe de sus mayores y sus trabajos de apostolado, sin más juicio que el capricho de los enemigos de nuestras organizaciones cristianas
No omitamos un hecho terrible: la destrucción sistemática de la riqueza privada y nacional, y de sus fuentes. La riqueza es fuerza y vinculo en todo sistema social y político. Lo era, con todos los defectos de nuestra montura económica, de la España tradicional. Era preciso destrozarla, y más en la concepción marxista o comunista del Estado, que no tiene más filosofía ni más alma; ni más valor que la riqueza material. De aquí el sistemático e inmenso expolio que hemos sufrido. La riqueza privada y pública, cuanto ha sido posible, ha pasado a manos de los dirigentes.
Véase el hecho: abolición de la propiedad privada, confiscación de bienes, intervención de cuentas, sovietización de explotaciones e industrias, enajenación de los depósitos de oro del Estado, persecución sistemática ―asesinato, no pocas veces― de los dirigentes de grandes industrias, sustracción de inmensos tesoros de arte. Así se ha quitado al viejo régimen uno de sus recios soportes; así, llenos los huecos abiertos por la ambición personal, podrá verterse un caudal enorme en las arcas del futuro estado soviético. Y así se han deshecho el alma y el cuerpo de España, cuanto ha cabido en la intención de los revolucionarios.
Demos a la claudicación de la autoridad, a la ignorancia de las masas, a la exacerbación producida por el fenómeno de la guerra, al espíritu de venganza y de rapiña cuanto les corresponda como causa de la espantosa hecatombe. Aun exagerándolas, no igualarán el efecto producido. Lo que ha causado esta subversión del espíritu cristiano en nuestro país y ha hecho posible la catástrofe ha sido la labor tenaz de varios años de inoculación de doctrinas extranjeras en el alma del pueblo; la legislación impía, determinada por la presión de las sociedades secretas de carácter internacional; el proselitismo de Moscú, auxiliado por la corriente de oro que sin cesar llegaba a España, produciendo la prevaricación de los dirigentes y la perversión de las masas; la mística fascinadora del comunismo exótico.
Ha sido el alma tártara, el genio del internacionalismo comunista la que ha suplantado el sentido cristiano de gran parte de nuestro pueblo y le ha lanzado con frenesí contra la España que, forjada en los concilios toledanos y robustecida en sus luchas contra los enemigos de su fe, había llegado hace tres siglos a las más altas cumbres a que puede aspirar una nación, y que aún conservaba la fragancia de sus esencias en el fondo del alma nacional.
Y, so pena de sucumbir sin remedio nuestra patria, ha debido llegar el momento del choque entre las dos Españas, que mejor diríamos de las dos civilizaciones; la de Rusia, que no es más que una forma de barbarie, y la cristiana, de la que España había sido en siglos pasados honra y prez e invicta defensora. Esto es lo que representa la lucha entablada en el suelo español, tinto en sangre de hermanos, es verdad, pero más bien teatro de una guerra en que la vieja España soporta la tormenta desencadenada sobre ella por esta barbarie internacional que se llama comunismo.
Al escribir estas líneas mientras miles de soldados procedentes de las estepas de Rusia desembarcan en Barcelona, junto con material copiosísimo de guerra, se constituye un Kremlin barcelonés, sucursal del Komintern ruso, cabeza de la República soviética del Mediterráneo y centro de bolchevización de los países occidentales de Europa. El proyecto que, por providencia especialísima de Dios, no pudo ejecutarse en Madrid, capital de España, se ha realizado en la bella y desgraciada capital de la región catalana. Es la demostración de nuestra tesis. Cuanto cabe en la intención de Moscú, el pabellón comunista se ha plantado en España frente a su cristianísima bandera. Aquí se han enfrentado las dos civilizaciones, las dos formas antitéticas de la vida social. Cristo y el Anticristo se dan la batalla en nuestro suelo.
Se ha acusado, como siempre, de fanático al pueblo español. La lucha fratricida, emplazada en el terreno religioso, se debería a la intransigencia de unos contra la intransigencia de otros. Hasta al ejército ha llegado la calumnia, afirmando algún periódico extranjero que se han destruido templos protestantes y causado víctimas entre los que no profesan la religión católica. ¿No debía haberlas, de estas últimas, cuando en las milicias rojas y a su retaguardia se cuentan por miles los europeos de todo país y religión? La fantasía de los informadores, aquí y fuera de España, ha inventado cuentos terribles para desprestigio del sentimiento religioso de nuestro pueblo. Del extranjero se nos ha pedido información sobre este punto, para vindicar el nombre de España católica. No se necesita. Quien acusa debe probar. No se demostrará un solo hecho que importe para el ejército nacional un crimen por motivo religioso. Si lo hubiese, debería imputarse a un error particular o a un celo reprobable.
Pero no, ni aun esto; la guerra va contra los que hacen armas en favor del materialismo marxista, corrosivo de todas las piezas de la montura magnífica de la civilización occidental, y combaten el espíritu cristiano y de patria, de jerarquía y respeto, sin el cual Europa y España retrocederían veinte siglos en su historia.
CONCLUSIÓN (Cierre del post)
El texto propone una lectura del conflicto de 1936 como una confrontación radical entre dos visiones opuestas de la vida social: una tradición cristiana que había modelado la historia de España y una ideología revolucionaria de inspiración comunista que aspiraba a sustituirla por un nuevo orden materialista. En este relato, la persecución religiosa, la destrucción del patrimonio y la violencia contra personas e instituciones se interpretan como síntomas de una voluntad de ruptura total con el pasado histórico y espiritual del país.
Más allá de compartir o no esta interpretación, la reflexión invita a reconocer la profundidad del trauma vivido y la intensidad ideológica del enfrentamiento, que desbordó el plano estrictamente político para adentrarse en el terreno de las creencias, los valores y la identidad colectiva. Comprender el conflicto en toda su complejidad exige atender tanto a las dinámicas de violencia y propaganda como al sufrimiento humano que padecieron personas de uno y otro bando, así como al impacto duradero que aquellos acontecimientos dejaron en la memoria histórica de España.
