Seguimos pensando que fue un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican España y sostienen lo español aun desde campos opuestos… ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España, si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!
Diego Abad de Santillán, dirigente anarquista
Era un hombre extraordinariamente atractivo… Tenía un gran sentido de la amistad… Mantuve amistad con él, lo veía de tarde en tarde. Vino a verme cuando yo era subsecretario de Gobernación, durante la República… Se presentaba a las elecciones más que nada para defender la memoria de su padre.
Justino Azcárate, secretario de la Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República
Considero una insensatez y un error capital condenar y fusilar a José Antonio en estos momentos. Sinceramente, y hablando entre nosotros, no reconozco ninguna razón o pretexto que aconseje, y mucho menos justifique, tan precipitada e insólita decisión… Con su muerte, si llega a consumarse [Durruti fallecería el mismo día que José Antonio], morirá también toda esperanza de reconciliar a los españoles antes de muchas décadas.
Buenaventura Durruti, dirigente anarquista
Creo que fue posible lograr al principio que el propio José Antonio Primo de Rivera hubiese cooperado con la República de izquierda, si con la acción y la retórica que amaba por igual, se le hubiera sabido atraer a nuestro régimen, pues yo no he olvidado que, delante de mí, le dijo un día a don Indalecio Prieto, por quien sentía afecto y admiración, que él se inscribiría en el partido socialista si éste se declaraba nacional.
Félix Gordón Ordás, presidente del Gobierno republicano en el exilio
Conozco bien tu patriotismo, tu desinterés y tu valía y sé, porque las he pasado, todas las amarguras que sufres.
Miguel Maura, ministro republicano de Gobernación, en carta a José Antonio
Se batió por su vida con denuedo juvenil. Puso en su palabra de abogado la emoción del político… Su conducta en la prisión era liberal, cariñosa. En las horas de encierro tejía sueños de paz: esbozaba un gobierno de concordia nacional y redactaba el esquema de su política. Temía una victoria de los militares. Ése era, para él, el pasado, lo viejo, la España del siglo diecinueve prolongándose, viciosamente, en el veinte.
Julián Zugazagoitia, ministro de Gobernación con Negrín
¡Qué diferente habría sido la política española si se hubiese sentado en el Congreso! No habría secundado los ataques corrosivos y demagógicos de Calvo Sotelo; caminaría con rumbo propio; no habría sido detenido arbitrariamente y no habría sufrido la prisión y la sentencia de muerte.
Manuel Portela Valladares, presidente del Gobierno republicano
Él supo llegar al problema de España, al definirla por carencia, por vacío. Al no poder decir que España era una zona geográfica o un determinado proyecto histórico, dijo: «España es una unidad de destino en lo universal». Yo he utilizado este concepto varias veces. Él fue, además, un individuo con una concepción estética de la política y de la muerte.
Julio Anguita, ex secretario general del Partido Comunista de España
De todos los protagonistas de aquella zarabanda electoral, el más claro y noble fue José Antonio Primo de Rivera, quien, preso gubernativamente, tuvo la gallardía de renunciar a la inmunidad parlamentaria, que habría de procurarle la libertad. Los hombres eligen, con sus actos, su destino y José Antonio eligió el suyo con estoicismo senequista.
Mariano Ansó, ministro de Justicia en el Gobierno de Negrín
No hay duda de que llevaba un sueño en la cabeza, un sueño peligroso para él y para nuestro pueblo, pero un sueño al cabo, que no sería lícito confundir con la codicia bastarda de esos «falangistas nuevos» que vemos hoy en la España de Franco.
José Antonio Balbontín, diputado republicano en 1931
Era en realidad, desde su punto de vista, la protesta contra lo que él llamaba la catástrofe nacional, contra la mediocridad de una vida sin horizontes, contra el enanizarse constante de España. Apoyándose en esto, frente a la desnacionalización o desespañolización de los partidos obreros que no habían sabido tocar este resorte emotivo de las masas, frente a la romántica estupidez de los partidos republicanos supo crear una mística y con ello atraer a no pocas gentes.
Enrique Castro Delgado, comunista y jefe del Quinto Regimiento
Fue muy de lamentar que fracasáramos todos en salvar a un hombre que quizá hubiera podido cambiar la historia de España, si hubiera vivido. Los responsables de la ejecución fueron unos insensatos.
Salvador de Madariaga, académico de la Historia
Recuerdo que siempre me decía: «Teodomiro, si no fuese por sus ideas religiosas, qué cerca estaríamos usted y yo en política. En el fondo, todos queremos lo mismo». Y tenía razón.
Teodomiro Menéndez, dirigente socialista
Dos diputados, situados muy lejos en el cuadrante político del momento, han pronunciado sendos discursos durante la discusión del proyecto de reforma agraria en las segundas Cortes de la República. Se encuentran, poco después, sentados ante dos pupitres vecinos corrigiendo las copias taquigráficas de sus dos oraciones parlamentarias. Uno pertenecía al Partido de Acción Republicana, que presidía Azaña. Otro acababa de crear la Falange Española. Había aprobado éste parte de las ideas del otro. Charla intrascendente entre ambos.
El primero dice al segundo:
—Si continúa por el camino que le he visto avanzar esta tarde, va a desilusionar a las derechas españolas que le siguen.
—Albornoz —le replica—, lo sé y hasta he podido comprobarlo. Desde que he girado hacia la izquierda, me han suprimido la subvención con que antes favorecían mis campañas.
Doy fe de la autenticidad de este diálogo y de estas palabras de José Antonio.
Claudio Sánchez Albornoz, presidente de la República en el exilio
