José Guerra Campos fue una de las figuras intelectuales y religiosas más relevantes de la Iglesia española durante la segunda mitad del siglo XX. Nacido en el seno de una familia humilde gallega, destacó desde muy joven por sus brillantes capacidades académicas y por una sólida formación teológica que le llevó a convertirse en uno de los principales especialistas españoles en el estudio crítico del marxismo. Su trayectoria estuvo marcada por una intensa actividad docente, pastoral e intelectual, así como por una notable presencia en algunos de los acontecimientos más importantes de la Iglesia contemporánea, entre ellos el Concilio Vaticano II.
Obispo auxiliar de Madrid y posteriormente obispo de Cuenca, Guerra Campos desarrolló una intensa labor pastoral y doctrinal que le situó frecuentemente en el centro del debate eclesial y político de su tiempo. Defensor firme de la ortodoxia católica, mantuvo posiciones críticas frente a determinadas corrientes surgidas tras el Concilio y ante algunas transformaciones políticas y sociales de la España de la Transición. Su producción intelectual, especialmente en torno al marxismo, la filosofía, la teología y los estudios jacobeos, lo convirtió en una referencia obligada dentro del pensamiento católico español.
La figura de José Guerra Campos ocupa un lugar singular en la historia religiosa e intelectual de la España contemporánea. Su sólida formación académica, su prestigio como teólogo y su intensa actividad pastoral le permitieron ejercer una notable influencia tanto dentro de la Iglesia como en los debates culturales y políticos de su época. Su intervención en el Concilio Vaticano II y sus estudios sobre el marxismo fueron especialmente valorados dentro y fuera de España, consolidando una reputación que trascendió el ámbito estrictamente eclesiástico.
A lo largo de su vida defendió con convicción sus principios doctrinales y pastorales, incluso cuando ello le situó en posiciones minoritarias o controvertidas. Su legado permanece vinculado a la reflexión teológica, a la defensa de la identidad católica y a sus investigaciones sobre la tradición jacobea. José Guerra Campos representa así el ejemplo de un intelectual y pastor que dedicó toda su existencia al estudio, la enseñanza y el servicio de la Iglesia, dejando una profunda huella en el pensamiento católico español del siglo XX.
Guerra Campos, José. Seares de Abajo (La Coruña), 13.IX.1920 – Setmanat (Barcelona), 15.VII.1997. Eclesiástico, teólogo, canónigo, profesor, obispo.
Hijo de una familia humilde —su padre era aserrador—, pronto se distinguió como alumno del seminario conciliar compostelano. Soldado en el ejército de Franco durante la etapa final de la Guerra Civil, estudió posteriormente en la Universidad Gregorianade Roma (1940-1943) y en la Pontificia de Salamanca (1943-1945), donde, tras su ordenación como sacerdote en octubre de 1944, se doctoró en Teología. Canónigo “clavero” de la archidiócesis de Santiago en 1951, compaginó sus tareas con las de profesor en el seminario de la misma —en el que tuvo a cargo las asignaturas de Historia de la Filosofía, Teología, Derecho y Sagrada Escritura— y en e l instituto de enseñanza religiosa superior, así como en las Facultades de Medicina y Farmacia del alma mater compostelana, en la que fue igualmente consiliario de los jóvenes universitarios de Acción Católica y viceconsiliario de la Archicofradía del Apóstol Santiago, al tiempo que desplegaba una descollante actividad publicística, en la que alcanzarían resonante eco las primeras páginas de corte científico de un eclesiástico hispano sobre el marxismo (1961). Secretario de las juntas de los años santos jacobeos y consultor del episcopado español en el Concilio Vaticano II (1962-1963), su intervención —ya como prelado— en la tercera sesión —debate en torno a la constitución Gaudium et Spes— respecto al ateísmo marxista se reputó como la más destacada de la jerarquía hispana en la citada asamblea, elogiándose primordialmente en los medios más avanzados de España e Italia.
Nombrado obispo auxiliar de Madrid el 15 de junio de 1964 y procurador en Cortes por designación directa de Franco tres años después, participó como miembro hasta 1975 en sus comisiones de Justicia y Educación. Obispo de Cuenca a partir de 1972, desempeñó con anterioridad la secretaría general del episcopado español y fue obispo delegado de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar para la Acción Católica y presidente de la Unión Nacional de Apostolado Seglar. Tanto en varios de éstos y otros cargos —como, por ejemplo, el de Consejo Asesor de Radio y Televisión Española— como en su posición negativa ante la Ley de Reforma Política de diciembre de 1976, la Constitución de 1978 y algunas de las medidas adoptadas por los gobiernos de la democracia en materia religiosa y moral, le acompañó la polémica, especialmente virulenta frente a su protagonismo en la crisis general de Acción Católica y la asamblea conjunta de obispos y sacerdotes de septiembre de 1971. Automarginado y aislado en su sede, haría de ella un notable vivero de vocaciones sacerdotales y un poderoso foco espiritual, conservando hasta el término de sus días una dedicación intelectual, fruto de la cual surgiría una de las principales obras científicas de la jerarquía española contemporánea y numerosas publicaciones, varias de ellas dedicadas al estudio de distintos aspectos de las excavaciones del sepulcro del apóstol Santiago, tema de su especial predilección. Le fue admitida la renuncia el 26 de junio de 1996.
