LOS «chíbiris» tenían acotados para sus domingos los más bellos parajes de los alrededores madrileños, a donde no se podía ir a pasear con las novias o las hermanas por lo indecoroso del espectáculo de la «expansión» proletaria. La Falange quería reivindicar para todos aquellos parajes y demostrar a los marxistas que nadie tenía derecho a impedir a los ciudadanos con decencia tomar el sol y el aire bajo las frondas oscuras de los paseos públicos y los antiguos Parques reales.
La actuación violenta del 10 de junio debía consistir en mezclarse un par de Centurias -las heroicas Primera y Segunda Centurias de la Falange de Madrid- con los marxistas y a una hora determinada cantarles la cartilla con la voz contundente de nuestros muchachos.
A tal efecto, Juan Cuéllar, con otros elementos de su escuadra, se situó en las primeras horas de la mañana a la orilla izquierda del Manzanares, frente a la Playa de Madrid. Acamparon cerca de un numeroso grupo marxista, vociferador y soez en extremo. Hombres y mujeres, medio desnudos, retozaban y se achuchaban cerca del agua. Cuéllar y los suyos comentaban en voz baja el juego -que tan poco tenía de danza de ninfas y faunos- y ardían en deseos de que llegara la hora de las «explicaciones» con los marxistas. Estos, al ver que los falangistas no participaban en su regocijo espeso y dominguero, empezaron con pullitas. Cuéllar y los suyos, acatando la orden que habían recibido, las aguantaron tragando bilis. Los marxistas se animaron y comenzaron a cantar la «Internacional», con los puños en alto. Los muchachos de Falange callaban, pálidos de ira. Uno de los jaques marxistas se les acercó provocador:
-Y vosotros, ¿cómo no cantáis la «Internacional»?
-Porque no queremos -repuso Cuéllar.
-¿Sois cenetistas?
-No. Somos la Falange. ¿Qué pasa?
Los cuatro o cinco elementos se vieron rodeados rápidamente por el grupo. Valientemente, los veinte o treinta matones y aprendizas de «tiorras» se abalanzaron a ellos. Puñetazos, mordiscos, patadas, navajazos. Sonaron dos tiros. Juan Cuéllar cae malherido. Los otros se baten en retirada para buscar ayuda en los camaradas que andan cerca, desperdigados. Algunos socialistas les persiguen. Entretanto, las enfurecidas hembras rojas se ceban con el caído y ensayan sobre su cuerpo joven y su cara de fresca mocedad el feroz ensañamiento que habían de realizar dos años más tarde con los «paseados» abandonados en las cunetas, en las tapias, en las callejas. Le pisotean, la arrancan el pelo, le machacan el rostro con un cántaro lleno de vinazo, que se mezcla con su sangre; le insultan, bailan satánicamente alrededor de su cuerpo, y Juanita Rico orina encima de él. Todo esto lo ve un camarada de Juan Cuéllar que ha quedado herido y espantado apoyado en un árbol, esperando que le descubran las arpías. Este camarada -José Costas, de la Vieja Jefatura de Prensa y Propaganda, fusilado en Madrid en 1936, como tantos otros-, íntimo amigo de Cuéllar, lloraba de rabia y horror recordando la escena, en la que no podía intervenir sin correr el mismo riesgo. Duró unos minutos trágicos. En seguida llegaron otros escuadristas -Miguel Primo de Rivera y Cobo de Guzmán, Guillermo Aznar, Escartín, Palao, avisados por los primeros-, y otros marxistas, con los que nuevamente se golpean. Y la Guardia Civil, atraída por el tumulto, los tiros y los chillidos de los bañistas de la Playa de enfrente. La Guardia Civil, ante la que huyen los marxistas y a la que se presentan los de Falange para denunciar lo ocurrido. La Guardia Civil, que ve horrorizada el cadáver de Juan Cuéllar -tumefacto y mutilado, como los de sus compañeros de Arnedo-, pero que en vez de disparar sus mosquetones contra los criminales que huyen por la arboleda detiene -son las órdenes del Gobierno, que tampoco recibe «lecciones de republicanismo»- a los falangistas.
Por las declaraciones de éstos y los papeles que lleva en los bolsillos se identifica el cadáver de Juan Cuéllar en el Juzgado de El Pardo. Y se avisa a su padre, que es Agente de Policía. Llega el padre, que, deshecho de dolor y espanto, no acierta a reconocer el rostro -grabado a fuego en sus pupilas- del hijo amadísimo en aquel montón de piltrafas moradas y negruzcas, sin forma de facciones humanas, sobre el que ha pateado inmundamente la fiera marxista. A la madre no se le permite ver el cadáver, que es llevado subrepticiamente al Depósito judicial.
Pocos momentos después del horrible suceso, José Antonio, que con uno de sus hermanos paseaba por la carretera de El Pardo , dispuesto, como siempre, a intervenir con sus muchachos en el instante en que empezara el jaleo previsto, se entera de lo ocurrido y va a rezar ante el cadáver. El espectáculo impresionante de aquel mozo «masacrado» (permítaseme por una vez emplear el odioso barbarismo de la propaganda marxista), de aquel padre que no quiere creer sea su hijo, de aquella madre a quien no dejan entrar a ver el cadáver para que no se vuelva loca de dolor, actúa profundamente sobre su sensibilidad humana y cristiana. Por primera vez abandona su concepto humanista de la Falange ( Véanse los capítulos del libro citado de Francisco Bravo: «José Antonio y el terrorismo» y «El humanismo del fascismo». En ellos se señala con toda exactitud el odio del Jefe a la lucha terrorista, que sólo aceptó porque no había otro remedio, ya que nos obligaban a ir a ese terreno y no era hombre que esquivase el riesgo o la responsabilidad de ir a cualquiera.) y murmura como para sí: «Esto se tiene que acabar.» Da órdenes a los camaradas de que se retiren todos, en evitación de nuevos sucesos, y convoca a los otros Triunviros.
Los asesinos han vuelto a acampar por los alrededores del lugar del crimen. Nadie vuelve a importunarlos. Siguen el retozo, el cántico, el baño, el vinazo y el contacto sucio, mientras la Falange Española de las J. O. N. S. oye, transformadas en órdenes de la Jerarquía suprema, las palabras de José Antonio: «Esto se tiene que acabar» ( No quiere decir esto que José Antonio diese la orden de lo que sucedió después de la muerte de Juan Cuéllar, ni otra alguna del mismo tipo. El día de la muerte de Cuéllar, José Antonio «se resignó» a que la Falange dejara de ser angelical, como la había soñado. Pero nunca tuvo intervención en la preparación de las represalias, que corrían a cargo de las Milicias, mandadas entonces por Juan Antonio Ansaldo y por Groizard. La fiereza de la lucha endureció un poco el alma de José Antonio, aun cuando siempre sostuvo su parecer de que Falange no iniciara atentado alguno). Esto era la ardorosa ingenuidad combativa, de frente e inermes, como si el enemigo fuera leal, caballeroso y deportivo. Esto era el rezar cristianamente por los Caídos sin venganza. Esto era el juego, absolutamente limpio, pero perfectamente estéril, en el que se sacrificaba a los mejores. Esto era la letra futura de la primera canción de la Falange:
Cuando avanza la Falange
y se oyen silbar las balas
o te quitas por las buenas
o te quitas por las malas.
Los falangistas, los falangistas
no tienen miedo a «ná»,
porque ya saben que si les matan
con diez se les vengará.
Esto era el terror contra el terror, lo que no había querido su alma delicada. El Talión, que repugnaba su espíritu de jurista. Pero no había opción: como en España no había ley y aún la Falange no podía imponer la suya, era menester aceptar la bárbara retorsión en legítima defensa. Ante siete Caídos, la Falange había tenido plegarias y ¡presentes!. Desde el octavo, para cada asesinado a traición habría también la plegaria humana de la venganza.
A las nueve y media de la noche, las manadas de «chíbiris» atravesaban Madrid con un griterío provocativo. Una de ellas había subido por Rosales y los bulevares de Marqués de Urquijo y Alberto Aguilera y desembocaba por la glorieta de Quevedo en la calle de Eloy Gonzalo, hacia la de Cardenal Cisneros. De diosa Razón -fémina marxista del grupo- iba Juanita Rico, la «heroína» del crimen de la mañana, acompañada de dos hermanos suyos y una docena de tagarotes, que celebraba todavía con chacota el suceso. En la esquina hay un coche parado, y en él las pistolas de Falange, que por primera vez van a dar la réplica en lenguaje marxista a los marxistas. Tal vez así comprenderán de una vez los asesinos que la Falange no es débil ni blandengue. Suenan varios disparos. Caen en el suelo los hermanos Rico y el coche se pierde a toda velocidad por las calles, en que la bullanga dominguera se hacía pánico indescriptible.
Describir la campaña que desencadenaron los periódicos de izquierdas contra la Falange es difícil (El Mundo Obrero acusaba concretamente de la muerte de Juanita Rico a un falangista a quien llamaban el Cejas y que era el camarada Alberto Ruiz, hijo del cronista oficial de la Guerra de Liberación señor Ruiz Albéniz. Alberto no intervino en el suceso.). Todo el sentimentalismo y la cursilería de las redacciones rojas inundaron de folletín truculento las páginas de El Socialista, de La Libertad, de Claridad, de Luz, del Heraldo. Juanita Rico se convirtió poco menos que en la Manuela Malasaña de los marxistas. Póstumamente la adornaron con todos los chafarrinones de que es capaz una mala literatura burguesa al servicio del proletariado. Los tópicos de Juan José, invertidos, le fueron aplicados. La gimieron en prosa Zozaya y Castrovido, y en verso, Luis de Tapia y Alberti. Podían hacerlo, pues el cuartel de la Montaña de julio del 36 perdió una de sus milicianas más frenéticamente morbosas. Toda la Prensa roja -que dedicaba dos líneas a la muerte de Cuéllar, las mismas que habían dedicado a Sampol, a Montero, a Montesinos, a Hernández- consagraba amplias páginas a llorar a la Rico y a excitar contra Falange a las hordas comunistas. Nacen entonces las amenazas contra Pilar Primo de Rivera, de quien más tarde, por orden de la Pasionaria, llevarán el retrato en la cartera todos los pistoleros marxistas, con la consigna de asesinarla donde la encuentren. La propia Pasionaria, en plenas Cortes frentepopulistas, incitará públicamente a que se la asesine.
El Gobierno obliga a enterrar clandestinamente a Cuéllar y a los hermanos Rico; pero también la clandestinidad tiene horas diferentes para los gobernantes radicales, y a Cuéllar le recibe la tierra sagrada con la luz del amanecer, mientras el pleno día quiebra el secreto del entierro de Juanita Rico, que tiene lugar entre una apoteosis de puños en alto.
PROCESO RUIDOSO
LA Policía, contra lo que venía haciendo en anteriores sucesos sociales, busca activamente a los autores de la muerte de Juanita Rico. Tanto influye en su actividad la presión del Gobierno, que quiere escarmentar a los fascistas, como el chantage de los marxistas, atribuyendo el suceso de la calle de Eloy Gonzalo a la propia Policía, de acuerdo con la Falange, por ser Cuéllar el hijo de un agente del Cuerpo.
Se encuentra un automóvil que, al parecer, tiene una huella como de quemadura de bala en una ventanilla. Se detiene a su propietario, el secretario de Embajada Alfonso Merry del Val, quien niega obstinadamente su participación y la de su coche en el hecho. El automóvil, no obstante ser de una marca y modelo nuevos en Madrid y perfectamente identificable, no es reconocido por los testigos. Pero la detención de Merry del Val es un buen argumento para los periódicos que adulan las bajas pasiones de la plebe. Merry del Val es un señorito y diplomático -esta «carrera de señoritos que cobran en oro por bailar y jugar a las cartas», según afirman todos los periodistas mediocres que sueñan ponerse de frac alguna vez y ser llamados excelencia-, hijo de un Marqués Embajador del Rey y sobrino de un Cardenal de la Corte Romana. Tienen todos los blancos para lanzar sus calumnias y escupitajos contra todo lo jerárquico y tradicional, contra la aristocracia y el clero. Pero Alfonso Merry sigue imperturbable, y los esfuerzos de los abogados y los jueces y la tenacidad de la Prensa voceadora no logran arrancarle una declaración que justifique su responsabilidad. En la vista ante el Tribunal de Urgencia es defendido por el abogado del Ilustre Colegio de Madrid don Alfredo Serrano Jover, que había de pagar con su vida, en el verano sangriento de 1936, esta defensa y la de algunos otros camaradas de la Falange (El señor Serrano Jover no pertenecía a Falange, sino a Renovación Española. Algunos otros abogados de este partido monárquico y caballeroso alternaron con José Antonio y sus pasantes Garcerán, Matilla, Sarrión y Reyes en las defensas de los falangistas sin temor a las amenazas rojas ). La prueba le es favorable y, a pesar de la enorme presión de los socialistas y comunistas, es absuelto. Pero el Ministerio de Estado, advertido de las gravísimas amenazas lanzadas sobre él, le destina a América, y sale de la cárcel para ganar rápidamente la frontera, sin ir siquiera a su casa, rondada día y noche por pistoleros rojos que cobrarían su muerte. Algún falangista, detenido por vagas sospechas, es puesto en libertad también. José Antonio se había retorcido de dolor las manos ante la necesidad imperiosa de contestar a los marxistas con su mismo ademán, pero no había tenido otro remedio que aceptar la lucha en esos términos De no haber acabado con las contemplaciones se habría resquebrajado la moral y la disciplina en las Milicias, y ya había bastante con la inquietud que se observaba en los dirigentes, a que antes se ha aludido, y que iba a cuajar pronto en actitudes desagradables de algunos en quienes precisamente José Antonio confiaba más por su preparación intelectual d por su personal amistad.
