El 12 de febrero, Arias Navarro pronunció un discurso híbrido y administrativista, exento de ambiciones y de interés políticos. Lo escribió, según he podido leer en algunos libros que aluden a la época, Gabriel Cisneros. Siguiendo la línea de colaboración solicitada por el presidente del gobierno, le había mandado yo algunas anotaciones. Ni una sola fue recogida en el texto, cuestión que tampoco me extrañó. José Utrera Molina, que había sido designado ministro secretario general del Movimiento, se convirtió en objeto del despotismo del ex ministro de la Gobernación. Meses antes, en la toma de posesión, había pronunciado un discurso muy bien construido y excesivamente literario, pero que tenía, cuanto menos, la virtud de expresar un lenguaje de emociones necesarias para aquel momento.
Tuve mucho contacto con Utrera en aquel tiempo. El 28 de abril iba a celebrarse una de esas conmemoraciones tópicas del Movimiento Nacional: la efemérides de la epopeya de la Sierra de Alcubierre, pero unos días antes, concretamente el 25, se había producido el golpe militar en Portugal: la revolución de los claveles. La prensa hizo gala en algunos casos de una indignidad de tal calibre que la serenidad con que el pueblo español había cruzado la última década empezó a arruinarse de forma ostensible. Se daba entrada a ríos de prensa extranjera, maltratando brutalmente a la insigne figura del Caudillo. La prensa afecta al sector oposicionista del Opus Dei, seguida de una serie de nuevas publicaciones, arreciaba de forma inaceptable, sin que el gobierno tomase decisión alguna. Utrera Molina era destinatario de las iras de Carlos Arias Navarro, que veía en el Movimiento Nacional el mayor escollo para la política de entrega que se proponía. Franco vivía en cierto modo absorto por los problemas que rodeaban a España en aquellos instantes. Creo que fue el 26 de abril cuando Utrera solicitó mi ayuda para contener las iras y el despotismo con que Carlos Arias Navarro le trataba a él y a todo lo que se refería a nuestro origen. Me dijo: «Vivo en la permanente humillación, ya no sé qué hacer.» Le tranquilicé y le dije que podía contar conmigo. El día 27 por la mañana telefoneé en su domicilio privado al director de Arriba:
— Llama a tu secretaria y dile que esté a la una en el periódico. Yo llamaré a esa hora y le dictaré por teléfono una declaración política. Cuando te la pase a máquina la lees y me telefoneas.
Antonio Izquierdo hizo lo que le dije. Cuando llamé a la una de la tarde a su despacho, me pasó la conexión a su secretaria y dicté la declaración política que iba a originar, sin yo proponérmelo, una escandalera de padre y muy señor mío. Izquierdo me llamó poco después:
—Ya la he leído…
— ¿Qué te parece?
—Buena…, pero un poco dura. Vamos, ¡la leche de dura! Esto es dinamita.
— ¿Tienes algún inconveniente en publicarla?
— En absoluto. Me lo voy a pasar fenomenal. Pero ¿has hablado con el ministro secretario?
— No. Tú de eso no te preocupes. Se lo he comunicado al presidente del gobierno. A Utrera ya se lo diré, pero yo.
— Puedes estar tranquilo. ¿Qué más?
— Nada, que lo saques por encima de todo; pase lo que pase.
El director de Arriba cumplió gallardamente mis órdenes. No tenía por qué hacerlo, pero lo hizo. Dedicó prácticamente el número, con un alarde tipográfico espléndido si se considera que frente a aquel Arriba estaba toda la prensa… Una revista que se podía adquirir en los quioscos dedicaba la portada a Franco: el mapa de España era la efigie del Caudillo y, en su gorra de plato, los bastones de mando habían sido sustituidos por dos horcas. Naturalmente la declaración política fue como un pepinazo del quince y medio en plena siesta. Lo sorprendente es que el que se cogió el mayor cabreo fue Utrera, que destituyó por teléfono al director de Arriba cuatro veces esa mañana, aunque cinco veces le repuso en el mando. Izquierdo no mostró ningún enfado, cosa bastante rara por cierto. Me di cuenta de que tenía clara la conciencia de haber cumplido con su deber. Indudablemente en la historia de los directores de Arriba, «el gironazo», como lo calificó inmediatamente la prensa, y Antonio Izquierdo, tendrán siempre una referencia. Lo curioso es que Arias Navarro no se alborotó nada, quizá porque supusiera que tras «el gironazo» – había algo más…
Una campaña infinitamente más dura que la que sufrí tras el discurso de Valladolid, cayó sobre mis espaldas, de suerte tal que me convertí en una especie de Juan Martín el Empecinado. Sin embargo no tuve que esperar mucho tiempo para que un ilustre periodista, miembro de una estirpe vinculada al periodismo español, calificase «el gironazo» «como aquel clarividente artículo de José Antonio Girón…». El propio Utrera Molina, que echó pestes, explica en un libro suyo de memorias que, leído el texto, estaba absolutamente de acuerdo con su contenido. Pero que lo que no podía aceptar era el alarde tipográfico con que lo trató Arriba. El pobre director empezó a sufrir toda suerte de trabas y zancadillas. Un día se enfadó y me dijo: «Me marcho, no aguanto un pelo más. Que le den aire al glorioso Movimiento Nacional y a mí que me borren del censo.»
— No hagas eso —le aconsejé—. Si quieres irte, te vas, pero escribiendo una carta razonada de dimisión.
La carta llegó a manos del ministro secretario general del Movimiento, que se dio cuenta de la razón que asistía al director de Arriba y, al menos temporalmente, cambió de conducta con él.
En el mes de julio se produjo la primera enfermedad de Franco, una tromboflebitis que se complicó, gravísimamente, por la aplicación de un medicamento contraindicado a personas de edad avanzada. Franco se vio precisado a que entrara en funcionamiento el mecanismo de la ley, y el príncipe de España asumió las funciones del Jefe del Estado. Las intrigas aceleraron el proceso político y Carlos Arias Navarro, aconsejado, según parece, por Antonio Carro, pretendió asumir la Jefatura del Movimiento para iniciar un proceso de declaración de incapacidad del viejo estadista. Llegué al Hospital Provincial Francisco Franco, donde se encontraba postrado el Caudillo y le paré en seco los pies al presidente del gobierno. Nos enredamos en una bronca que alcanzó proporciones bastante serias. Hasta la habitación del Generalísimo llegaban, según parece, las voces.
— ¿Qué sucede —preguntó el Caudillo.
— Están discutiendo el presidente del gobierno y el señor Girón de Velasco.
—Que pase Girón —dijo el enfermo.
Me vino a buscar el ayudante y junto a él entré en la habitación. Tumbado en la cama, desnudo y sólo cubierto por una sábana, daba una sensación de mayor salud de la que le suponíamos. Los brazos eran fuertes, y el pecho terso. Se puso a hablarme con un grato afecto y lo que dejó asombrado a todo el mundo ¡a tratarme de tú!, cosa que no había hecho en su vida con nadie. Yo no le di mayor importancia, pero quienes estaban más en su cercanía le dieron un valor que a mí me pareció excesivo. Claro está que Carlos Arias no asumió ni la Jefatura Nacional del Movimiento ni se le ocurrió iniciar el expediente de incapacidad.
Otro problema grave fue una declaración de Arias Navarro a la Agencia EFE, donde el presidente del gobierno la emprendía con el Movimiento Nacional. Nos reunimos varias personas con Utrera Molina, todas vinculadas al Consejo Nacional. Y con nosotros, Antonio Urcelay. Se llegó a una conclusión: la actitud de Arias Navarro no admitía más que una salida: la dimisión del ministro secretario, pero en la conciencia de que, junto al ministro secretario, nos iríamos la inmensa mayoría. Cuando menos, los más cualificados, empezando, en orden de antigüedad, por mí. Cuando se disponía a salir camino de Ta Presidencia del Gobierno, le dije:
—Creo que no debes entrar en discusiones. Vas, le presentas la dimisión y te das la vuelta. Si entras en discusiones, malo.
Se marchó Utrera y empezó a transcurrir el tiempo, lenta, pausadamente. Unos a otros nos mirábamos. No sé con exactitud cuánto tuvimos que aguardar. Cuando volvió, nos dijo que no había podido dimitir. Se hizo el silencio y sólo se oyó la voz de Urcelay, que decía:
— Bueno, señores: discúlpenme, pero tengo prisa.
La agitación iba creciendo. En setiembre se produjo la matanza de la calle del Correo. Arias Navarro tuvo otro enfrentamiento con Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes Españolas, y con Carlos Iniesta Cano, teniente general del ejército. El incidente fue en el mismo lugar de los hechos, lugar poco oportuno, por cierto. Las únicas noticias buenas llegaban de Galicia. El Caudillo se recuperaba activamente de su enfermedad. En octubre Cristóbal Martínez Bordiu, marqués de Villaverde, por indicación de su suegro, llamó al príncipe de España para comunicarle que el Caudillo volvía a asumir las funciones de Jefe del Estado.
