Las relaciones entre España y Marruecos durante el franquismo no pueden comprenderse sin atender a la profunda huella que dejó África en la trayectoria personal, militar y política de Francisco Franco. Desde su llegada al Protectorado español en 1912, el entonces joven oficial fue construyendo una parte esencial de su identidad como militar en las campañas del Rif, en las unidades de Regulares y en la Legión. Allí se forjó una generación de oficiales africanistas que contemplaba Marruecos como un escenario decisivo para el futuro de España y que entendía la experiencia africana como una escuela de mando, sacrificio y disciplina.
Franco nunca perdió esa vinculación con el norte de África. Su trayectoria posterior estuvo condicionada por aquella experiencia y, ya como jefe del Estado, las relaciones con Marruecos adquirieron una dimensión que iba mucho más allá de la diplomacia convencional. La independencia marroquí en 1956, el reinado de Mohammed V y posteriormente el de Hassan II obligaron a Franco a enfrentarse a una cuestión particularmente delicada: cómo mantener los intereses y territorios españoles en el norte de África mientras Marruecos construía su proyecto nacional y territorial.
Ceuta, Melilla, Ifni, Tarfaya y, sobre todo, el Sáhara se convirtieron así en asuntos recurrentes de una relación marcada simultáneamente por la negociación, el respeto mutuo, la desconfianza y la firmeza. Hassan II comprendió pronto que ante Franco existían determinadas líneas que resultaban extraordinariamente difíciles de franquear. La personalidad del Caudillo, su pasado africano y su concepción de la soberanía española condicionaron durante años las aspiraciones territoriales marroquíes.
El episodio final de esta historia llegó en 1975, cuando la agonía de Franco coincidió con la Marcha Verde organizada por Hassan II. La posterior salida española del Sáhara y los Acuerdos de Madrid cerraron una etapa histórica y abrieron otra cuyas consecuencias continúan proyectándose sobre las relaciones entre España y Marruecos.
Este artículo analiza esa compleja relación desde la perspectiva del General Chicharro: la formación africana de Franco, sus vínculos con los monarcas marroquíes, la cuestión territorial y, finalmente, el contraste entre la firmeza del régimen franquista y la situación posterior a la muerte de Franco. Una mirada a un capítulo de nuestra historia que sigue siendo especialmente relevante para comprender la posición española en el norte de África.
Francisco Franco Bahamonde forjó gran parte de su carácter y de su carrera en el norte de África. Llegado a Marruecos como joven oficial en 1912, el futuro Caudillo se integró en esa elite militar conocida como africanistas que veía en el Protectorado español no solo un territorio colonial, sino el crisol de una España regenerada. Participó en las campañas del Rif, en el desembarco de Alhucemas de 1925 y dirigió unidades de Regulares indígenas y fue jefe de la Legión. Él mismo confesaría años después: «Sin África, apenas puedo explicarme a mí mismo». Aquella experiencia militar y política marcó de forma indeleble su visión del mundo y de las relaciones con el vecino del sur.
La independencia de Marruecos, proclamada por Francia en marzo de 1956, obligó a España a definir su posición. Franco, a diferencia de París, había reconocido la legitimidad de Mohammed V incluso cuando este fue depuesto por las autoridades francesas en 1953. En abril de 1956, el sultán viajó a Madrid y ambos dirigentes se reunieron. Franco se comprometió a respetar la soberanía e independencia marroquíes y a negociar la formalización del fin del Protectorado. Mohammed V, por su parte, elogió el papel histórico de España y subrayó la importancia de la amistad y la buena vecindad. El encuentro se desarrolló en un tono de cortesía protocolaria, pero ya entonces se percibía la firmeza del jefe del Estado español respecto a los territorios que España consideraba irrenunciables: Ceuta, Melilla, Ifni y el Sáhara.
Con la muerte de Mohammed V en 1961 y el ascenso de Hassan II, las relaciones adquirieron un carácter más personal y, al mismo tiempo, más tenso. Hassan II, pragmático y hábil diplomático, se enfrentó a un interlocutor intransigente. Franco, profundamente apegado a su pasado africano, percibía cada cesión territorial como un desgarro. El monarca alauí experimentó esa resistencia en las negociaciones de Ifni y Tarfaya, y más tarde en las reivindicaciones sobre el Sáhara.
Los encuentros directos entre ambos revelan el equilibrio de respeto y cautela. En julio de 1963, Hassan II hizo escala en el aeropuerto de Barajas y mantuvo una conversación privada de noventa minutos con Franco. El comunicado oficial habló de «excelentes relaciones» y de un ambiente «muy cordial». El rey invitó al Caudillo a visitar Marruecos y se discutieron Ceuta, Melilla y los derechos de pesca. Sin embargo, no se alcanzó ningún acuerdo territorial concreto. Franco se mantuvo inflexible. Años después, Hassan II recordaría una audiencia en El Pardo: habló durante más de dos horas pidiendo la restitución del Sáhara; Franco le contestó en apenas dos o tres minutos: «Majestad, me pide un suicidio y no lo haré». La anécdota, contada por el propio soberano, ilustra el temor y el respeto que inspiraba la determinación del Caudillo.
Hassan II nunca dejó de reconocer el peso de Franco. En declaraciones posteriores llegó a expresar admiración por el «hombre de Estado» que había instaurado un «régimen sui generis» y agradeció implícitamente que España hubiera impedido el paso de tropas alemanas hacia el Magreb durante la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, el monarca comprendía que solo la debilidad del régimen podía abrir la puerta a avances territoriales. En noviembre de 1975, con Franco agonizante, Hassan II lanzó la Marcha Verde. Desde su lecho de muerte, el Caudillo ordenó declarar la guerra a Marruecos; sus colaboradores, sin embargo, ignoraron la orden. España firmó los Acuerdos de Madrid y abandonó vergonzosamente el Sáhara. La muerte de Franco, apenas días después, cerró un ciclo.
Las relaciones entre el General Franco y los últimos reyes de Marruecos estuvieron marcadas por la memoria del africanismo, por la firmeza territorial española y por un cálculo político mutuo. Mohammed V y, sobre todo, Hassan II trataron al Caudillo con una mezcla de respeto personal y de prudente temor a su intransigencia. Franco, por su parte, nunca dejó de ver en Marruecos el escenario donde se había forjado como militar y donde España había ejercido una influencia que consideraba legítima. Las reivindicaciones marroquíes de las centenarias ciudades españolas morían allí donde aparecía la figura de Franco, tal era el temor y respeto que les imponía su figura. El moro solo entiende de fuerza y su proverbial astucia y paciencia les aconsejaba esperar a su muerte; y así fue como tras su fallecimiento, desaparecida la firmeza de la gobernanza en España y convertida esta en una nación dividida y enfrentada por mor de políticas partitocráticas, que solo buscan su interés personal, la ocasión que durante tanto tiempo han esperado los dirigentes marroquíes la tienen ahora delante.Tras los sucesos recientes acaecidos en Ceuta, un empujoncito y listo.
Aquí y como en tantísimos asuntos de esta índole, y otros, la figura histórica de Franco se acrecienta.
No sé si los ceutíes y melillenses que contribuyen desde hace tiempo vergonzosamente a borrar todo vestigio de la obra de Franco – recordemos como en Melilla muchos se enorgullecen de retirar la estatua del comandante que les libró de las hordas de Abd el Krim – acabarán , al final, acordándose e implorando su recuerdo. Mucho me temo que así será y ojalá me equivoque pero sin Franco , su capitanía y el temor reverencial a lo que representaba tienen los días contados en soledad. ¿Acaso no lo hemos visto apenas hace una semana?

Sería muy triste la verdad, pero el general tiene toda la razón, ahora posiblemente se acuerden del general Franco, y los melillenses querrán volver a levantar la estatua de Franco, porque la pregunta a estos es, y ahora que?
Franco se forjó en Marruecos, paso por guerras, conquistó luchando para obtener parte de lo que el consideraba bueno para su país. Tenia la cabeza y hacer en España, como lema Una Grande y Libre. Hizo muchas cosas que ahora nos parecen mal. Pero? Creo que estamos en un periodo que las hacemos peor o no las hacemos. Tenemos dirigentes que no aman realmente a España, van como pollo sin cabeza, eso sí estos no se llevan las perlas en collares se llevan los collares repletos de diamantes, los esconden y los bolsillos llenos de billetes, todo a escondidas y lo peor no hacen nada, no trabajan, no, no hacen nada. Esto puede acabar, no se de qué manera, pero tiene que acabar.