¿Quién fue Luis Rosales, el falangista que se jugó la vida para salvar a García Lorca?
Luis Rosales, falangista y poeta, intentó salvar a García Lorca de su detención y quedó para siempre marcado por la culpa de no haber podido evitar su asesinato.
La historia de Federico García Lorca está inevitablemente ligada a su asesinato en Granada en agosto de 1936, pero alrededor de aquellos últimos días existe otra historia menos conocida y profundamente trágica: la de Luis Rosales, poeta granadino, falangista y amigo de Federico, que lo acogió en la casa familiar de los Rosales cuando la violencia política convirtió al poeta en un hombre perseguido.
Rosales no fue un espectador distante. Cuando Lorca fue detenido en aquella casa, intentó intervenir para conseguir su liberación y llegó a enfrentarse directamente con quienes se lo habían llevado. Su actuación tuvo además consecuencias personales graves: el propio Rosales quedó bajo sospecha y llegó a temer por su vida. Sin embargo, nada de aquello pudo impedir el destino que esperaba a Federico.
Durante décadas, Luis Rosales cargó con una sensación de culpa que no procedía de haber traicionado a Lorca, sino precisamente de lo contrario: de considerar que quizá podía haber hecho más para protegerlo y de no haber sido capaz de comprender hasta qué extremo llegaba la violencia desencadenada en Granada. Su silencio posterior, su rechazo a convertir aquella tragedia en un negocio y algunos de sus textos literarios permiten acercarse a una conciencia atormentada por aquella noche de agosto.
En 1977, ante Joaquín Soler Serrano, Rosales decidió finalmente contar públicamente lo ocurrido. Su testimonio aportó detalles sobre la detención de Lorca, sobre la intervención de Ramón Ruiz Alonso y sobre los intentos de la familia Rosales por conseguir su liberación. Años antes, además, una entrevista grabada clandestinamente por Ian Gibson había recogido otras reflexiones de Rosales sobre Lorca, su relación con José Antonio y la situación política de los últimos meses de la República, aunque algunas de aquellas afirmaciones no han podido ser corroboradas documentalmente.
La figura de Luis Rosales resulta así especialmente compleja: poeta y falangista, amigo de un escritor identificado con sectores de la izquierda, testigo de una tragedia que no pudo evitar y hombre que pasó el resto de su vida intentando convivir con el recuerdo de aquel fracaso. Su historia obliga a mirar el asesinato de García Lorca desde otro ángulo: el de quienes estuvieron cerca de él, intentaron protegerlo y quedaron también marcados por su muerte.
Luis Rosales murió llevando consigo una herida que nunca terminó de cerrarse. La muerte de García Lorca no fue para él solamente uno de los episodios más terribles de la Guerra Civil, sino una experiencia personal que condicionó su memoria, su literatura y, probablemente, buena parte de su relación con la culpa y con la muerte.
Rosales no pudo salvar a Federico. Pero los testimonios que dejó muestran que intentó hacerlo cuando comprendió lo que estaba sucediendo. Se presentó ante quienes lo habían detenido, exigió explicaciones, reclamó su liberación y llegó a enfrentarse directamente con Ramón Ruiz Alonso. Después, su propia posición quedó comprometida hasta el punto de que tuvo que temer por su propia vida y la de su familia.
Resulta especialmente significativo que rechazara durante décadas convertir aquella historia en una fuente de beneficio personal. Cuando finalmente habló, lo hizo para defender su nombre y dejar constancia de lo ocurrido, no para presentarse como protagonista de una hazaña. Su actitud revela hasta qué punto consideraba que cualquier protagonismo suyo quedaba empequeñecido ante la tragedia de Federico.
Tampoco puede ignorarse la complejidad política de Rosales. Su pertenencia a Falange y su relación con Dionisio Ridruejo contrastaban con su amistad con Lorca y con la protección que intentó proporcionarle. La historia de ambos demuestra que las relaciones personales durante aquellos meses de 1936 no siempre encajaban en las categorías políticas que posteriormente se utilizaron para interpretar la Guerra Civil.
La reciente aparición de Por qué, obra teatral escrita por Rosales en 1946 y estudiada por Noemí Montetes-Mairal, añade otra pieza a este complejo rompecabezas. No constituye una confesión ni demuestra que Rosales traicionara a Lorca, pero sí ofrece una vía literaria para aproximarse a la culpa que el poeta arrastró durante décadas: la de no haber podido hacer más.
Quizá por eso la figura de Luis Rosales resulta inseparable de la de Federico García Lorca. Uno murió asesinado en Granada; el otro sobrevivió para cargar con el recuerdo de aquella muerte. Y mientras la historia ha convertido a Lorca en símbolo universal de la tragedia de la Guerra Civil, la vida de Rosales plantea una pregunta mucho más íntima y dolorosa: ¿qué siente quien intenta salvar a un amigo y descubre que, pese a todo, no ha podido salvarlo?
Esa pregunta explica buena parte del silencio de Rosales y también la fuerza de su poesía. Porque, como demuestra su obra, para él la memoria de Federico no terminó aquella madrugada de agosto de 1936. Continuó durante toda su vida.
Luis Rosales, cuarto de ocho hermanos, familia católica y acomodada. Filosofía y Letras primero en Granada, después en Madrid. La intención de un doctorado en Filología Románica. Y la guerra, que se lo lleva todo por delante: su carrera de poeta recién estrenado, los amores y los amigos de izquierdas.
A Rosales, si Lorca le influyó en la estética, Dionisio Ridruejo le influyó en la política.
Es cierto que los hermanos mayores de Luis Rosales se hicieron pronto de Falange, pero quien convirtió a Luis en uno de los ideadores de esa estética revolucionaria e imperial estilo italiano que iba a tener el franquismo fue Ridruejo.
Rosales estaba en el frente aquel día de agosto de 1936. Le llamaron.
Habían descubierto que Lorca estaba en su casa. Al parecer, un escuadrón de la muerte se plantó en la casa familiar de los Lorca y arrancó el verdadero paradero del poeta amenazando con llevarse a Federico padre.
Luis fue corriendo a casa, pero llegó tarde.
¡Le pidieron tantas veces que contara esta historia! Le propusieron escribir libros, hacer un documental, prestarse a una película con él como personaje. Le pusieron durante décadas mucho dinero encima de la mesa.
Rosales contempló cómo muchos hicieron del asesinato de Lorca un negocio y no quiso participar, pero se vio obligado a dar su versión para librarse de la presunción de la culpabilidad.
En muchos de los versos de Rosales está ese dolor: el vivir desmintiendo el rumor mientras se sufre, en el silencio más hondo, la culpabilidad por no haber podido hacer más.
El testimonio
En 1977, fue al programa de televisión de Joaquín Soler Serrano por el que iban pasando los grandes escritores de ese tiempo.
Soler Serrano, con el prestigio que atesoraba y la medidísima amabilidad que practicaba, pudo hacerle a Rosales la pregunta que muchos no se atrevían a hacerle: qué pasó con Federico, qué fue lo que viste.
Y contó. Quiso contarlo todo y, además, exigió una mesa redonda, también televisada, en la que participaran todos los testigos vivos del asesinato y sus prolegómenos para que, así, pudiera confeccionarse una suerte de «libro blanco» sobre el fusilamiento de García Lorca. Esa mesa llegaría en La Clave, de Balbín.
Quien se presentó en casa de los Rosales fue Ramón Ruiz Alonso, un viejo diputado cedista. Parecía «una acción de guerra» –le contó a Luis su madre, que fue quien abrió la puerta–: hombres apostados en los edificios colindantes, toda una milicia armada para llevarse a un poeta de una casa donde solo había mujeres.
Cuando Luis llegó, a Federico ya se lo habían llevado. Era un odio político y sociológico, pero también de lo que hoy en los periódicos llamamos «fuego amigo».
Ruiz Alonso, de la CEDA, tosco, inculto, nunca tuvo el aprecio de los camisas viejas de Falange ni de su líder. Es más: lo despreciaron y no se fiaron de él.
Detener a un poeta como Lorca en casa de los Rosales y pisoteando a los Rosales era orgásmico para Ruiz Alonso, que así podía mostrar su poder y colgarse una medalla ante el gobernador civil de la provincia, José Valdés, el otro gran responsable del asesinato.
Leí esta historia, en la novela de Carlos Mayoral, Yo no maté a Federico (Espasa, 2022).
El caso es que Luis –le contó a Soler Serrano– se presentó junto a alguno de sus hermanos en el lugar del aparato represor. Exigieron que soltaran a Federico, pero se les contestó con una mezcla de crudeza e ironía. Ruiz Alonso se encaró con Luis Rosales y le dijo: «Ha sido bajo mi responsabilidad».
Rosales –un fuego de furia amenazaba con traspasar el cristal de sus gafas muchos años después, en 1977, cuando lo contaba– le dijo: «¡Repítelo!». Así hasta tres veces.
Rosales, ahí sí, tuvo la lucidez de saber que se encontraba en el ojo del huracán de la Historia y quiso que quedara constancia ante tanta gente –vieron la escena «unas cien personas»– de quién había ordenado el asesinato de Federico García Lorca.
El hermano mayor de Luis pudo hablar con Gobierno Civil, la instancia superior, pero, aunque todavía no lo habían asesinado, le dijeron que ya no había nada que hacer.
Un fusilado que todavía no lo había sido era ya un muerto a ojos del escuadrón de la muerte.
Jugarse la vida
Luis no pudo hacer nada más porque no sabía dónde tenían retenido a Federico. Presionó todo lo que pudo. Hasta el punto de decidirse también su asesinato. Iban a matar a Rosales, que era poeta, que era amigo de «un rojo» y, además, lo había refugiado.
El padre de los Rosales, pese a la gestión de Perales, tuvo que pagar una multa enorme para sellar la salvación de su hijo.
Luis Rosales no quiso dar detalles de esto a Soler Serrano. Era el mismo pudor que le impedía ganar dinero con su testimonio sobre lo que pasó. Cómo iba él a relatar sus momentos al borde del asesinato cuando a Federico sí que lo habían asesinado.
Del testimonio de Rosales me llamaron la atención las sensaciones. Ni él ni Federico consideraron en ningún momento, cuando decidieron el refugio, que alguien pudiera asesinarlo. Era más bien un refugio para que no le pegaran, para que no le robaran cuadernos o libretas, que no era poco, pero no era la muerte.
«Federico era muy inocente», dijo Rosales, en el mejor sentido de la palabra, para reflejar el terror con el que Federico vivió aquellos días de 1936, pero también su poca implicación política en comparación con la de otros escritores.
Federico firmó algunos manifiestos contra la derecha y lo que iba a ser el golpe militar, pero no dedicaba su tiempo a hacer política. Seguía escribiendo sobre los mismos temas y de la misma manera que en años anteriores.
Rosales explicó que esos temas eran prepolíticos; estaban en lo más sagrado del hombre, casi en su era más primitiva: el amor, el deseo, la separación, el asesinato carnal. Bernarda Alba y todas esas obras maestras.
Lo que quería decir Rosales era que ni por su cabeza ni por la de Federico pasó la idea de que pudiera producirse ese asesinato. Si no, no lo habrían dejado solo en una casa tan desprotegida.
Eso es lo que pesó para siempre en la conciencia de Rosales: el no haber medido los riesgos y, luego, cuando ya era tarde, no haber podido hacer más.
Uno de sus poemas más famosos, Autobiografía, termina con estos versos: «sabiendo que jamás me he equivocado en nada/sino en las cosas que yo más quería».
¿Una dictadura militar?
Rosales se vio obligado a dar detalles de aquella noche de la detención y los días siguientes, pero nunca habló en público sobre el Federico al que veía, noche tras noche, esos días de agosto del 36, escondido en su casa.
Sin embargo, en una ocasión, el hispanista Ian Gibson, corría 1966, consiguió una entrevista off the record con Luis Rosales… y la grabó a escondidas. Mucho después, y sin autorización de Gibson, un documental incluyó esa grabación.
Ahí Rosales decía que Lorca y José Antonio tuvieron cierta amistad y que «Federico», en los últimos días de la República, quiso una «dictadura militar», «ni de derechas ni de izquierdas», que acabara con el «desorden y la violencia».
No hay pruebas que constaten que lo de la «dictadura militar» sea cierto. De hecho, Gibson, al no confirmarlo por otras fuentes, no lo incluyó en sus trabajos. Hizo bien. Pero, ¿lo habría incluido de haber dicho Rosales que Federico era, vete a saber, un ferviente admirador del Partido Comunista?
De su amistad con José Antonio sí hay pruebas. Lo contaron Gabriel Celaya, Pepín Bello, el propio Rosales… Mucha gente.
La culpabilidad
Escribo aquí estos dos datos porque forman parte del atormentado pensamiento de Rosales sobre Lorca a lo largo de su vida. No sería arriesgado decir que todos los días de su vida, ¡todos!, Rosales pensó en Federico y se sintió culpable.
En la conversación con Soler Serrano, Rosales dijo que, quizá, no le quedara más remedio que escribir sus memorias. Nunca lo hizo. En realidad, ya las había escrito… en la ficción.
En 2025, la investigadora Noemí Montetes-Mairal encontró una obra de teatro de Rosales fechada en 1946 y titulada Por qué. Cuenta la historia de un hombre que carga con la culpa de haber delatado a un amigo.
No es una confesión. Rosales jamás traicionó a Lorca. Pero es un texto hermoso donde el poeta experimenta con la culpa que sí sentía por no haber podido hacer más, por no haber podido prever que se llevarían de su casa a Federico para matarlo.
En Diario de una resurrección , hay un poema fechado en los días de la Transición que dice así:
Sabes que llega un día en que el suelo que pisas se convierte en pared,
esta es la gran lección
y la medianería que separa los muertos de los vivos;
los extremos se tocan,
no podemos salir de su contigüidad,
más tarde o más temprano
en cada orilla queda un muerto nuestro.
Luis Rosales es el gran poeta del amor y la muerte, que acaso sean la misma cosa. Le mataron a su amigo. Sus padres murieron con apenas diez días de diferencia. El padre, antes de morir, le regaló el mejor papel que había en casa para que escribiera allí «la mejor elegía» a la madre.
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Una historia muy triste.