En junio de 1975, pocos meses antes de la muerte de Franco, una entrevista publicada en la prensa española provocó una considerable conmoción. Su protagonista era el padre José María de Llanos, un sacerdote cuya trayectoria anterior parecía situarlo en las antípodas de las posiciones que defendía entonces.
Llanos había sido durante los años cuarenta un fervoroso partidario de la Cruzada, un destacado animador religioso de la Falange y un sacerdote estrechamente vinculado a los círculos próximos a Franco. Había dirigido ejercicios espirituales para el propio Caudillo y para personas de su entorno y había desarrollado una intensa actividad entre determinados sectores de la juventud madrileña.
Sin embargo, su trayectoria experimentaría una profunda transformación. Su traslado al Pozo del Tío Raimundo marcaría un nuevo periodo de su vida y, con el paso de los años, sus posiciones políticas e ideológicas evolucionarían hasta acercarse al marxismo y al movimiento obrero. En 1975, aquella evolución había llegado a un punto difícilmente imaginable décadas atrás.
El texto que presentamos recoge precisamente ese sorprendente recorrido: desde el sacerdote identificado con la Falange y el régimen franquista hasta el hombre que terminaría relacionado con el Partido Comunista de España y Comisiones Obreras.
El mes de junio de 1975 se sucedieron acontecimientos importantes, algunos públicos, otros secretos, uno realmente decisivo. Todo el frente reformista y todos los sectores de la oposición hervían al aproximarse el verano y recordaban el aniversario de la famosa tromboflebitis del Caudillo, que por el momento se mostraba tranquilo. El 4 de junio la cadena de Editorial Católica provocaba una auténtica conmoción con una entrevista que Alfonso Piñeiro, a toda página, consiguió del célebre jesuita José María de Llanos, fervoroso partidario de la Cruzada en los años cuarenta, ardiente animador religioso de la Falange, director de unos Ejercicios de San Ignacio dados a Franco y sus íntimos, espectacular predicador del Imperio pasado y futuro desde su Congregación de los Luises en la calle Zorrilla, por donde pasó una selectísima parte de la juventud madrileña, apóstol del SEU falangista que tronaba en los años cincuenta contra «la atonía del universitario», promotor de la refundación de la Orden Jerónima en el monasterio del Parral, recluido ahora ejemplarmente en una pobre casa de un barrio extremo, el Pozo del Tío Raimundo, que como final de una larga y penosa evolución interior ahora, en el ocaso del régimen al que tanto había defendido hasta bien entrados los años cincuenta, se declaraba marxista con el mismo fervor con que antaño había figurado no ya en el falangismo sino en el fascismo más convencido.
Recuerda el asesinato —no dice que fue un auténtico y terrible martirio— de sus dos hermanos por las milicias rojas, ya no las llama rojas. Dice haberse mantenido fiel a aquellas ideas de Cruzada durante quince años. Luego le sobreviene la conversión, que coincide con la destitución de su amigo Ruiz Giménez como ministro de Franco en 1956. Se fue al Pozo «a lo loco, sin saber por qué» y aquellas buenas gentes le convirtieron al convencerle de que «el cura era también un elemento del capitalismo». Ahora se sigue sintiendo un burgués pero sabe que, lo quiera o no, el papel del sacerdote es «de clase». Empieza a desbarrar cuando insiste en que el análisis marxista, es decir el marxismo, es compatible con la fe cristiana; y además un método rigurosamente científico. El padre Llanos, uno de los jesuitas de Franco, era ya uno de los jesuitas de Carrillo, de los que el líder comunista tanto se jacta en sus malas memorias. El padre Llanos llegó al Comité central del Partido Comunista, se enorgullecía de su carnet del sindicato comunista Comisiones Obreras y demostró con su ejemplo que un espíritu totalitario, cuando se le acaba el de color azul, se pasa al totalitarismo rojo. Lo importante es el género, no la especie.
