La experiencia de 1917 en Asturias quedó grabada en la memoria de Franco. Muchos años después, al recordar aquellos acontecimientos, reconocía que aquella fue una experiencia decisiva para comprender la realidad social española y para formar algunas de sus ideas sobre el conflicto entre obreros, patronos, Gobierno y Ejército.
Sus propios testimonios muestran también una percepción más compleja de aquellos acontecimientos de lo que podría parecer a primera vista. Franco recordaba haber llegado a Asturias con una visión limitada del mundo obrero y afirmaba que, durante su estancia, pudo comprobar directamente las condiciones en las que vivían y trabajaban los trabajadores.
Sin embargo, su interpretación política de la huelga revolucionaria fue claramente crítica con el movimiento socialista y con las fórmulas revolucionarias. Aquella experiencia de 1917, unida posteriormente a los acontecimientos de 1934 y 1936, formaría parte del conjunto de recuerdos que contribuyeron a configurar su pensamiento político y social.
La huelga revolucionaria de 1917 fue, por tanto, mucho más que un episodio militar en la juventud de Franco: fue una de las primeras experiencias que le enfrentaron directamente con la cuestión social española y que él mismo recordaría décadas después.
La pregunta clave, para nosotros es ahora ésta: ¿qué pensaba Franco de aquel ensayo para la revolución, que acababa de representarse en su presencia? Poseemos dos testimonios preciosos aunque muy tardíos, pero que demuestran que la experiencia de 1917 fue considerada por él como importante en la conformación de su pensamiento social. El primero se encuentra en un discurso que pronunció ante una concentración de mineros, hijos y nietos de los hombres de 1917, de 1934 y de 1936, el 19 de mayo de 1946. Les dijo:
«Yo no conocía la región asturiana… ni había tenido apenas contacto con los sectores del pueblo trabajador. Pero un día del mes de agosto nos dijeron que había una huelga revolucionaria y me ordenaron: hay que ir a las Fallas de los Llobos… Y recibí una orden de operaciones para batir a los obreros como alimañas. Este es un símbolo de la España anterior: una ley de huelgas otorgaba al obrero el derecho de huelga, el derecho a trabajar o no, a parar la empresa o no pararla, a destruir la economía o no. ¡Ah! Pero cuando llegaba el paro se echaba mano de la Guardia Civil y tropas contra ellos para batirlos como alimañas».
Y continuó narrando su experiencia en Los Fayos:
«Allí no ocurría nada; los hombres paseaban, los chicos iban a la escuela; no pasaba absolutamente nada. Y entonces comprendí toda la locura». «En doce días que pasamos en aquellos lugares yo no recibí más que atenciones de los obreros, de los alcaldes socialistas y de toda clase de autoridades y personas».
El segundo testimonio pertenece a la conversación antes citada con el biógrafo inglés George Hills:
«Llegué a preguntarme qué era lo que llevaba a las personas (personas decentes y normales) a la huelga y a los actos de violencia, y vi por mí mismo las bases sobre las que los patronos hacían trabajar a los obreros. Pero al profundizar en mis indagaciones comencé a darme cuenta de que no existía ninguna solución fácil posible. Por consiguiente emprendí la lectura de libros sobre asuntos sociales y sobre teorías políticas y económicas para buscar una solución. Las que presentaban los socialistas sólo podían llevar al caos y a una situación aún peor que la producida por los males que trataban de remediar».
A muchos años de distancia, se percibe, en estos dos recuerdos del Generalísimo, el profundo valor de la primera experiencia. Ni una palabra de disculpa para el capitalismo y sí muchas para unos obreros.
