El desastre del 98 no fue un episodio que Franco pudiera comprender políticamente cuando ocurrió, pero sí formó parte del ambiente en el que transcurrieron su infancia y adolescencia. En El Ferrol, el recuerdo de Cuba y de los marinos que habían perdido la vida seguía presente, mientras en toda España se extendía una profunda sensación de fracaso y la necesidad de buscar una regeneración nacional.
Las ideas de Joaquín Costa, el rechazo al sistema de partidos, la crítica al régimen de la Restauración y la preocupación por el Ejército formaban parte de aquel clima intelectual y político. Franco, que se identificaba mucho más con la mentalidad del soldado que con las corrientes intelectuales de la Generación del 98, desarrolló una concepción basada en el deber, el sacrificio y la disciplina.
Paradójicamente, las consecuencias del desastre terminaron influyendo también en su propia trayectoria. Las restricciones presupuestarias y el cierre de la Escuela de Administración Naval frustraron su posibilidad de seguir los pasos de sus familiares en la Marina. Fue entonces cuando decidió ingresar en la Academia Militar de Infantería de Toledo. Lo que comenzó como una consecuencia indirecta del desastre de 1898 acabaría orientando definitivamente el rumbo de su vida.
Son dramáticas las palabras que Franco dedica a esta fecha en su recuerdo: «Cuba. Injusticia. Traición. Abandono de Europa». Reflejan una conciencia que se formó en los años siguientes en El Ferrol, donde todas las vicisitudes por las que atravesaba la marina de guerra permanecían vivas en el recuerdo muchos años después de que se hubiesen producido. Así por ejemplo la jornada de Trafalgar (1805), olvidada en el resto de España y conservada en la memoria de los marinos. De ella arranca la saga ficticia de Isabel de Andrade, heroína de Raza. El 3 de julio de 1898, cuando Francisco Franco tiene menos de seis años, se produjo el desastre de Santiago de Cuba: los buques españoles, de modelo antiguo, fueron destruidos por los cañones de la escuadra norteamericana desde posiciones que estaban fuera del alcance de la artillería propia. Fue el resultado de la obediencia a una orden insensata. Hubo quinientos muertos en las filas españolas, pertenecientes algunos a familias ferrolanas conocidas de los Franco.
Es impensable hablar de un impacto directo sobre el niño, aunque algunos de sus compañeros vistiesen ahora de luto. Sin embargo, Franco vivió en un ambiente en que se respiraba la amargura por el desastre. Para todos los españoles fue 1898 un año importante para el choque con una conciencia ingrata; para Franco de una manera especial. En el guión de Raza encontramos dos frases muy significativas, que son como la síntesis del pensamiento resumido en las seis palabras con que hemos comenzado este capítulo: «triste ha sido el verano del 98 en el pazo de los Andrade»; «el deber es tanto más hermoso cuantos más sacrificios entraña». Ambas no permiten medir la diferencia que existe entre la actitud de Franco y la de los grandes escritores que normalmente se agrupan bajo el título de generación del 98: es muy significativo que sus supervivientes apoyasen al Movimiento Nacional de 1936, con pocas excepciones, e incluso que algunos, como Maeztu, diesen por él su vida.
Para todos, el desastre de 1898 fue como una invitación a detenerse en el camino para meditar. El «dolor de España» se presentó de pronto de una manera aguda, casi física. Francisco Franco no parece haberse planteado grandes problemas acerca de la europeización de España o de las rectificaciones en el uso de las llaves que abren y cierran el sepulcro del Cid, ni de la vertebración o invertebración de nuestra Historia. Era un soldado nato, un escritor que no pasaba de cronista. Pensaba y sentía como soldado, nada más. Y nada menos.
El dolor, que las mujeres de los marinos ostentaban en forma de luto muy riguroso, dejaba en pie el honor: hombres y barcos, a costa de su vida, habían cumplido con su deber. Traición es una palabra fuerte, pero en el verano de 1961 Franco la utiliza en su soliloquio para calificar la actitud del Gobierno que, por boca de Antonio Maura, que había sido Ministro de Marina y debía conocer bien las deficiencias de los barcos, criticaba ahora a la Flota por su actuación. Comenzaba a difundirse por las venas del Ejército un sentimiento al que veremos desempeñar importante papel en las décadas posteriores: para entenderlo es necesario acudir a la terrible desesperación del almirante Cervera, que se sabe enviado a la muerte sin medios, al heroísmo a secas de Joaquín Vara del Rey en el fuerte de El Caney y al de Linares, en las lomas de San Juan, o a la fría e irracional obediencia de Enrique de las Morenas en el blocao de Baler, al otro extremo del mundo.
Los sentimientos de los militares jóvenes, en los que Francisco Franco bebe durante los diez años siguientes, dejan poso y crean una explicación: han sido los políticos quienes, con su imprevisión, han enviado a las Fuerzas Armadas, sin medios suficientes, a una guerra desigual e irremisiblemente perdida, que ellos no fueron capaces de evitar. La generación de soldados de la que Franco va a formar parte, buscará la ocasión de reparar este daño entregándose con valor y ahínco a la guerra que se le ofrece en Marruecos: sin las filas de soldados gallegos que disparaban rítmicamente en El Caney, para desesperación de Teodoro Roosevelt, es en vano que intentemos comprender por qué nacieron después los africanos.
2.
El Desastre del 98 provocó en España un fenómeno bastante general de reacción intelectual que se caracteriza, ante todo, por la actitud severamente crítica. Cuando se dieron a conocer las humillantes condiciones del tratado de paz de París —«abandono de Europa», dirá Francisco Franco— las censuras más acerbas estallaron contra aquel sistema de turno de que eran responsables los partidos. «Todos nos sentimos iconoclastas», afirmaba Unamuno. Los hombres de la generación del 98 expresaron su dolor por una España que Azorín contemplaba «yerma» y «silenciosa bajo el atraso», mientras que Antonio Machado la calificaba de «tahur, zaragatera y triste». Valle Inclán reducía a la Corte a un esperpento de «milagros». Al filo de la producción literaria surgió también, con Macías Picavea, Ángel Ganivet y Joaquín Costa, una actitud política que, opuesta a los partidos, reclamaba un movimiento para la «regeneración de España». El regeneracionismo no fue nunca un programa, en su estricto sentido, ni tampoco una idea, sino, al modo hispánico, un sentimiento que nacía ante todo de la oposición, en palabras de Pío Baroja, a la «oligarquía de políticos que miran al Estado como si fuera una finca» y que habían convertido a la nación en «un estado social propio de una tribu de eunucos sojuzgada por una cuadrilla de salteadores», como afirmaba contundentemente Joaquín Costa.
Regenerar era una tarea que, en opinión de quienes la formulaban, debía confiarse a un movimiento y no a un partido: los hombres de las primeras décadas del siglo XX comprendían bien que los partidos sirven para organizar la división pero son incapaces de crear unidad. De modo que el término Movimiento no fue inventado por José Antonio Primo de Rivera, ni por Francisco Franco: poseía un significado claro ya desde mucho tiempo antes. No deja de ser curioso y demostrativo de esta idea el que los revolucionarios asturianos de 1934 comenzasen su proclama el 10 de octubre anunciando «el avance progresivo de nuestro glorioso movimiento».
3.
Costa es el precedente principal: en sus discursos de Jefe de Estado, Franco se refirió a él varias veces; los hombres del régimen nacido el 18 de julio de 1936 sentían por él consideraciones muy singulares. Notario en Graus y político autodidacta y solitario, sostenía ideas que resultaban a veces excesivamente simples, acerca del modo de conseguir la regeneración: por ejemplo llegaba a decir que la estabilidad monetaria dependía del sostenimiento de una sana moneda de oro. Pero no olvidemos que en la década de los 60 Mariano Navarro Rubio —admirador de Costa— logró algunos de sus mejores éxitos en la estabilización aplicando métodos que un economista riguroso habría calificado de poco ortodoxos. Los latiguillos de Costa acerca de las más perentorias necesidades de España —riegos, escuela y desamortización, precios consolidados— despertaron entusiasmo en auditorios que no paraba a preguntar por los medios de conseguir tales objetivos.
Aprovechando su paso por la presidencia del Ateneo de Madrid, Costa organizó en 1901 una encuesta sobre el tema «oligarquía y caciquismo», preguntando a 181 personalidades que había seleccionado previamente. Partía del principio de que el caciquismo era una consecuencia inevitable, y por tanto inseparable del régimen parlamentario establecido. Las respuestas que llegaron fueron insuficientes en número; algunas demasiado prolijas; de los políticos invitados tan sólo Antonio Maura respondió. Pese a sus deficiencias, la encuesta no dejaba lugar a dudas: el régimen imperante merecía un juicio declaradamente negativo.
La situación era calificada de mala y se culpaba a los políticos porque consideraban el ejercicio del poder como disfrute debido a sus méritos y no como acto de servicio. Joaquín Costa llegó por su parte al convencimiento de que las soluciones tendrían que buscarse más allá del Parlamento, de los partidos e incluso de la política, porque la enfermedad que estaba padeciendo la nación no era de las que requerían terapéutica, sino cirugía. Así se acuñó la expresión «cirujano de hierro», que muchos han repetido después. Conviene precisar que Costa no aplicaba el calificativo a ninguna persona en concreto, ni reclamaba la dictadura personal de nadie. Estaba reclamando un movimiento que aconsejaba llamar Unión Nacional, el cual debería permitir agruparse a todos los españoles en una auténtica concurrencia de opiniones. Costa murió en 1911 profundamente decepcionado.
4.
Estamos tratando de aproximarnos al ambiente ideológico que se respiraba en España durante los años de adolescencia y primera juventud de Francisco Franco. No sería posible de otro modo comprender sus objetivos. Los que hablaban de reforma no estaban pensando en una revolución sino en cambios desde arriba. El joven rey Alfonso XIII suscitaba simpatías incluso en sectores muy alejados de la Institución Monárquica, porque de él se esperaba la realización de dichos cambios. Cuando algún juicio desfavorable se vertía contra su persona se limitaban a decir que era más listo que inteligente y que sentía afición por el juego de la política. Al cual, desde luego, le obligaba, aunque no quisiera, el sistema del turno. En el momento actual resulta casi imposible a los historiadores descubrir cuales fueron las verdaderas causas que provocaron progresivo desvío de los españoles hacia su rey. Es cierto que nadie parecía entonces preocupado por defender su imagen. En la superficie aparecía la intensa afición a los deportes que, aireada por la prensa con fines laudatorios, contribuía sin embargo a proporcionarle una imagen falsa de frivolidad.
Franco conservó durante toda su vida admiración y lealtad profundas a su rey, aunque nunca ocultó que consideraba un grave error el abandono del trono en 1931. Afirmaba de él que había estado mal servido por sus colaboradores y que la pérdida de la Monarquía era debida precisamente al sistema de partidos. En gran parte tenía razón: liberales y conservadores se apoyaban en la corona como en una bisagra que permitía hacer girar las puertas del turno. Pero de este modo la Institución Monárquica era inexorablemente arrastrada al abismo por el vacío del sistema de Cánovas. Se silenció el gran papel que Alfonso XIII desempeñó como neutral en la guerra de 1914 a 1918 ayudando a heridos, a desplazados o a minorías amenazadas como los sefarditas de Jerusalén, conducta que Franco trataría de imitar en 1939.
Los periódicos prodigaban fotografías del Monarca usando uniforme militar, pero no explicaban que era este el medio de paliar sentimientos de amargura en el Ejército. Nació la leyenda de un cortocircuito entre corona y Ejército, de efectos lamentables a la hora del desastre de Annual.
5.
Entre las muchas consecuencias del desastre de 1898 figuró una que resultó capaz de torcer el rumbo de la vida de Francisco Franco. El Gobierno, ante la necesidad de reducir el gasto público, ordenó drásticas reducciones en el presupuesto militar. En 1901 se clausuró la Escuela de Administración Naval y los hijos de Nicolás Franco vieron cerrado el acceso al centro de enseñanza a que acudieran sus antepasados. La familia, sin duda alguna, nunca tomó en consideración la idea de que aquellos tres niños, el inteligente Nicolás, el voluntarioso Francisco y el díscolo Ramón, pudiesen seguir estudios universitarios civiles. Volviendo a los personajes de Raza, llama la atención que el único de los Andrade que estudia Derecho es precisamente el garbanzo negro de la familia y milita entre los rojos en la guerra civil.
No quedaba otra solución que intentar el ingreso en la Marina por la Vía del Cuerpo General de la Armada. Comenzaron a prepararse. Fueron tiempos felices aquellos de 1900 a 1905 para Francisco Franco, que estaba saliendo de la infancia. Cada verano se trasladaba a la casa que un tío suyo poseía en la playa de La Graña y se entrenaba remando en un bote. Con mucha frecuencia se reunía en casa de su abuelo materno, Ladislao Bahamonde, con sus primos de La Puente Bahamonde. Finalmente Nicolás Franco y Juan Antonio Suances lograron coronar su objetivo ingresando en la Marina de guerra. Pero entonces se publicó una nueva disposición restrictiva y se cerraron también para Francisco estas puertas. Fue entonces cuando decidió ingresar en la Academia militar de Infantería, radicada en Toledo. La Providencia acababa de intervenir para orientar un rumbo.
