1.
El ensayo revolucionario asturiano iba a permitir al general Franco, miembro de la Entente Internacional, demostrar con cuánta decisión estaba dispuesto a combatir al «capitalista» B. Díaz Nosty, Historia de Asturias, tomo VIII, Oviedo 1980, págs. 229-231.
Vicente Palacio Atard, historiador profesional y no de partido, aconseja poner el acento sobre un aspecto esencial de esta revolución que acabó con la República: la influencia desencadenante de los acontecimientos internacionales. En 1934 Adolfo Hitler era ya dueño absoluto de Alemania: desembarazado de las SA de Röhm, convertido en presidente y canciller a la muerte de Hindenburg (1 agosto), acababa de declarar Partido único al nacional-socialista de los Trabajadores. Los dirigentes de izquierdas estaban convencidos de que ya no quedaban alternativas intermedias: o se iba a la dictadura socialista o se caminaba hacia el fascismo. Muy diferente era la conclusión a que había llegado José Antonio Primo de Rivera, tras una breve visita a Berlín en la primavera de aquel año: España debía salvarse por una tercera vía y a Falange Española correspondía la misión de construirla.
Para socialistas y azañistas, Gil Robles era —no se podía consentir otra cosa— un «fascista». Airearon de manera especial la tendencia a concentraciones de militantes, como la de El Escorial del 22 de abril o la ya mencionada de Covadonga el 9 de setiembre, silenciando en cambio las de sus partidarios que resultaban más numerosas y agresivas. El hecho de que Hitler hubiera llegado al poder por medios legales alimentaba la desconfianza de sus dirigentes hacia esta República «burguesa», despreciable instrumento que había servido para escamotearles una victoria que consideraban irreversible. Los artículos publicados en la prensa socialista de 1934 fueron clara incitación a la revuelta.
De hecho el Kremlin, preocupado por la consolidación del régimen de Hitler y el desmantelamiento del Partido comunista alemán, abandonó sus reticencias y ordenó a sus partidarios que colaborasen estrechamente con los socialistas en un frente unido de lucha contra la recuperación de la burguesía. Por otra parte tampoco Gil Robles estaba en condiciones de resistir las demandas de su propio partido que reclamaba la presencia en el Gobierno y la adopción de medidas enérgicas, como la situación requería. Pero entonces los grupos de izquierda se unieron para formular una especie de ultimátum: si el Presidente de la República aceptaba ministros de la CEDA, el próximo episodio del debate político tendría lugar en la calle. Lo estaba anunciando José Antonio: «cuando se acaban los recursos de la polémica, no hay más dialéctica que la de los puños y las pistolas». A esa dialéctica recurrían los socialistas.
2.
La Revolución —secreto a voces— iba a estallar de un momento a otro. Francisco Franco se encontraba otra vez en la clave de un arco: el Gobierno no podía confiar en los militares azañistas y en especial el Jefe del Estado Mayor, general Masquelet, porque sospechaba que Azaña se encontraba, al menos moralmente, al lado de los revolucionarios; mucho menos podía acudir a quienes simpatizaban con los autores del golpe del 10 de agosto de 1932. La tarea realizada por Franco en Baleares, la silenciosa disciplina con que acatara las órdenes más ingratas y la fría serenidad que con sola su presencia comunicaba a los ministros de Lerroux, eran la confirmación de que el héroe de África no había perdido nada de su capacidad. Gil Robles pensó en él. También José Antonio Primo de Rivera. Pero no cabe duda de que la decisión final correspondió al Ministro de la Guerra, Diego Hidalgo. En vísperas del levantamiento contra la República, este último cerró fisuras en el Ejército por medio de una ley que daba satisfacción a ciertas demandas de los suboficiales.
España vivió los primeros días de octubre de 1934 en medio de una tensión insoportable. A pesar de las amenazas de la izquierda, Gil Robles arremetió contra el débil Gobierno Samper, y le derribó (4 de octubre): en el nuevo Gabinete, que volvía a presidir Lerroux, la CEDA ocupó tres ministerios; era bien poca cosa a cambio de la mayoría parlamentaria. Ese mismo día José Antonio asumió el mando único sobre Falange Española y de las JONS. En términos de ortodoxia parlamentaria podía explicarse lo ocurrido diciendo que la coalición de centro-derecha, absolutamente mayoritaria en la Cámara, había decidido constituir un Gobierno que reflejase la realidad del equilibrio político interior. Pero «los grupos republicanos de izquierda protestaron acremente contra la entrada en el poder de la CEDA, afirmando que rompían la solidaridad con las instituciones de un régimen que había sido traicionado». El socialismo se proclama forma única de la libertad. Pero no era él sólo: Azaña, Martínez Barrios y Maciá se mostraron más explícitos acusando al Presidente Alcalá Zamora de que entregaba la República a sus enemigos. Todavía muchos años más tarde, ciertos políticos de aquella hora lo creyeron así.
3.
Para Franco la Revolución de octubre fue un hecho clave: las izquierdas —marxismo y masonería— se colocaban al margen de la ley, demostrando con su conducta que no estaban dispuestas a respetar la legalidad más que cuando ésta les era favorable. En su simplismo de soldado, en que las palabras lealtad, honor, obediencia, tenían aun sentido superior, resultaba impensable de quienes de este modo proclamaban su ruptura con la legalidad pudieran ser admitidos a un juego cuyas reglas falseaban. Para los socialistas, que jamás aceptaron la ilegitimidad del recurso a la fuerza, la Revolución fue un suceso heroico, aunque tuviera un final desdichado. La dictadura, meta que perseguían, no pudo ser todavía implantada.
De hecho nos encontramos ante el prólogo inseparable de la guerra civil, con los mismos protagonistas y en ocasiones con los mismos escenarios también. Las acciones se valoraron de idéntica manera: cualquier violencia del adversario, incluso defensiva, era considerada reprobable; la de los colaboradores y amigos, en cambio, se inscribe en la lista de los heroísmos. Pero hay un dato que no es posible olvidar: la iniciativa de la ilegitimidad y del asesinato correspondió a la izquierda. El país —Gobierno, partidos y electores— no extrajo de aquella abrupta violencia breve, primer escenario de sangre en mis vivencias de casi un niño, las lecciones de moderación que pudieran servir para que se repitiese. ¿Cómo pretenderlo, si Europa estaba empezando a escuchar el sordo y siniestro crujir de armas, si nadie quería preguntar de dónde había salido el dinero para la revolución?
Los sucesos de Asturias, desde este planteamiento, dejaron abundante semilla de odios tras de sí. Los Comités locales que se constituyeron habían sido autorizados para «hacer justicia revolucionaria en aquellos elementos públicamente declarados enemigos del proletariado», lo que designaba a ingenieros, empresarios, profesionales, militares, magistrados y sobre todo religiosos. Las monjas fueron respetadas.
4.
Los partidos marxistas tenían el convencimiento de que en 1931 habían cometido el error de no haber implantado la dictadura del proletariado. Según los escritores que llenaban las páginas de El Socialista, había llegado el momento de rectificar este error. Es cierto que esta opinión no era compartida por otros sectores de la izquierda, pero también lo es que ninguna voz se alzó desde ellos para oponerse o condenar la violencia. La iniciativa partió de Luis Companys que el 5 de octubre proclamó la república independiente de Cataluña, invocando el propósito de insertarla en la federación ibérica que podía incorporar también a Portugal. Los grandes sindicatos de UGT y CNT negaron sin embargo su apoyo, y la guarnición, a las órdenes de Domingo Batet, permaneció fiel al Gobierno. El mismo día estallaba en Asturias la huelga general revolucionaria y los Comités, versión española de la palabra Soviet, se apoderaban de las cuencas mineras. Diez mil hombres armados emprendieron, aguas abajo del río Nalón, la marcha sobre Oviedo.
Los acontecimientos han sido expuestos ya muchas veces en trabajos monográficos que nos excusan de hacer aquí un relato: lo único que importa es precisar cuál fue la intervención de Franco y, hasta donde sea posible, la incidencia de la revolución en su mentalidad política.
Estamos convencidos de que muchas de sus decisiones posteriores estuvieron dictadas por la experiencia de estos momentos graves. En la tarde del 5 de octubre y durante toda la noche siguiente se acumularon sobre la mesa del despacho de Diego Hidalgo numerosos telegramas e informes, todos alarmantes. Oviedo no estaba en condiciones de resistir a las masas de mineros y en algunos barrios de Gijón se alzaban ya barricadas. Barcelona se declaraba capital de un Estado independiente. Se escuchaban disparos sueltos —«pacos» como en la guerra de África— en algunos barrios de Madrid. El Ministro ordenó que buscaran a Franco, que aún no había emprendido su viaje de permiso.
5.
Se perdió algún tiempo en la búsqueda, de modo que el general no pudo presentarse en el Ministerio hasta la tarde del día 6, y sin uniforme. En este momento, Ramón González Peña era ya dueño de la Fábrica de Armas de Trubia, en donde pudo apoderarse de 29 cañones. Lerroux consiguió de Alcalá Zamora la firma de un decreto que proclamaba el estado de guerra. De este modo, Diego Hidalgo pudo encomendar a Franco la tarea de señalar qué disposiciones y órdenes concretas tenían que ser adoptadas para liquidar una guerra revolucionaria. A la vista de las noticias llegadas desde Asturias, el general hizo tan sólo un comentario: «Esto es grave. En Oviedo no hay fuerzas para hacer frente a la insurrección». De hecho, sumando los hombres del regimiento de Milán a los de zapadores de Gijón y a la Guardia Civil, se contaba con 1.600 fusiles. Pero la presencia de Franco infundía tranquilidad. Diego Hidalgo estaba extraordinariamente cansado. Aquella noche, el general le dijo: «Le ruego que se retire a descansar y, si es preciso, se lo mando. Mañana hay Consejo de Ministros y necesita Vd. estar descansado».
Un punto aparece meridianamente claro y en sus memorias posteriores lo explicó Diego Hidalgo a la perfección: Franco nunca ostentó el mando, ni sobre la columna de operaciones que fue encomendada a Eduardo López Ochoa, ni sobre el Estado Mayor del que seguía siendo titular Carlos Masquelet. Fue tan sólo consejero personal del Ministro. Instalado en el gabinete telegráfico iba coleccionando sobre su mesa todos los informes, construyendo el plano de situación como en un puzzle y proponiendo a Hidalgo aquellas decisiones que a su juicio eran más convenientes. Pero las órdenes las daba el Ministro. En esta tarea ayudaron a Franco cuatro jefes militares de su absoluta confianza: el capitán de navío Francisco Moreno Fernández, el de corbeta Pablo Ruiz Marset, y los tenientes coroneles Jesús Sánchez Posada y Francisco Franco-Salgado. Faltaba esta vez a la cita Camilo Alonso Vega, porque estaba en Oviedo, defendiendo el cuartel de Santa Clara frente a los revolucionarios.
Tampoco cabe la menor duda de que las decisiones que permitieron acabar con la Revolución en un plazo muy corto, fueron suyas: el Ministro depositó su confianza y no quedó defraudado. Franco llamó por teléfono a Batet, general de división más antiguo, para preguntarle a qué esperaba para forzar la lucha, y recibió una respuesta tranquilizadora con previsiones que, de hecho, se cumplieron. Decidió sustituir con oficiales de complemento a los que eran sospechosos de lealtad a Azaña, pacificando inmediatamente Madrid. Recomendó la inmediata deposición de cuantos jefes le parecían tibios o vacilantes, incluyendo a su propio primo Ricardo de la Puente Bahamonde, que mandaba la base aérea de León. Suyo fue también el plan para realizar un movimiento convergente sobre Asturias desde todas sus fronteras, crear la columna Solchaga, utilizar la flota para el transporte de tropas desde África, y nombrar a Yagüe para mandarlas.
6.
Podemos seguir, día a día, el pulso de estas dos semanas, robando Franco horas al sueño mientras pasa al Ministro notas manuscritas y minutas mecanografiadas de las decisiones pertinentes. En la tarde del 7 de octubre supo que López Ochoa se encontraba instalado entre Grado y Trubia, casi al alcance de Oviedo, pero también que los revolucionarios habían detenido en Vega del Rey a las tropas del general Bosch, procedentes de León; consejo fulminante, sustituir a Bosch por Balmes y encargar a Antonio Aranda de la retaguardia. Lo importante ahora es que López Ochoa mantenga la posición mientras se le envían refuerzos que deben permitir una inversión en los términos de poder de la confrontación. El crucero Libertad, que desde Galicia traía soldados, telegrafió que era imposible desembarcar en Avilés: Franco se adelantó a ordenarle que lo hiciera en El Musel, porque lo que importa es no perder tiempo y, como en Alhucemas, disponer de una cabeza de playa para la reconquista del baluarte asturiano.
Estamos convencidos de que muchas de sus decisiones posteriores estuvieron dictadas por la experiencia de estos momentos graves. En la tarde del 5 de octubre y durante toda la noche siguiente se acumularon sobre la mesa del despacho de Diego Hidalgo numerosos telegramas e informes, todos alarmantes. Oviedo no estaba en condiciones de resistir a las masas de mineros y en algunos barrios de Gijón se alzaban ya barricadas. Barcelona se declaraba capital de un Estado independiente. Se escuchaban disparos sueltos —«pacos» como en la guerra de África— en algunos barrios de Madrid. El Ministro ordenó que buscaran a Franco, que aún no había emprendido su viaje de permiso.
Recuerdo personalmente muy bien aquella tarde del 7 de octubre cuando silbaban por encima de las casas los obuses del crucero que iban a estrellarse contra las barricadas de Cimadevilla y del Llano. En pocas horas la lucha en Gijón terminó y sus dos puertos, el interior y el exterior, quedaron disponibles para los soldados de la República. Pero el día 8 el telégrafo dio malas noticias: calle por calle, los revolucionarios se estaban apoderando de Oviedo; se habían perdido las posiciones clave de la Telefónica, los cuarteles de Santa Clara y de Pelayo, y el de Carabineros. Juan Yagüe, que pasaba sus vacaciones en San Leonardo (Soria) recibe la orden de tomar el mando de los africanos y, en un autogiro, desciende sobre la playa de Gijón en la mañana del día 10.
El 9 de octubre Franco fue advertido de que el teniente coronel López, al mando de las tropas embarcadas en el cañonero Segarra, había hecho un comentario ante sus compañeros de que no iba a ordenar a sus hombres que disparase contra hermanos. El general pasa la nota al Ministro y el Segarra retorna a La Coruña, en donde López Bravo queda bajo arresto. Volando las cajas fuertes del Banco de España en Oviedo González Peña se había provisto de fondos, aunque era ya demasiado tarde para utilizarlos: Avilés y Gijón estaban firmemente en manos de las fuerzas republicanas y López Ochoa tenía bajo su mando 15.000 hombres, que iban a permitirle tomar la iniciativa.
Desde el 11 de octubre la Revolución, que tan peligrosa parecía apenas 72 horas antes, entró en proceso de desintegración. Al llegar a La Corredoria, posición que domina los accesos a Oviedo, Yagüe telefoneó al general López Ochoa que estaba entrando en la ciudad, sembrada de ruinas, de humo y de polvo. La vieja Universidad había sido volada. La Cámara Santa profanada e incendiada. Faltaban el agua, la luz y el pan. Franco ofreció una de las notas típicas de su carácter al enviar urgentemente desde Galicia un rebaño de vacas para alimento de la población. Atendía también a mediar entre Yagüe y López Ochoa. Este último estaba dando órdenes de suavizar la lucha para evitar la escalada de odios; esta actitud clemente no impedirá su asesinato en Madrid, al comienzo del Alzamiento, con detalles escalofriantes de crueldad.
El 12 de octubre el ejército revolucionario se dispersó. En el último instante los comunistas intentaron galvanizar la resistencia, sin duda para capitalizar luego la represión que debía acompañar a la derrota. El día 18 López Ochoa aceptó la capitulación que le fue ofrecida por Belarmino Tomás, en nombre del Comité revolucionario. En todo momento resulta muy claro que la revolución de octubre fue socialista, aunque en ciertos lugares hubiese vigorosa participación de anarquistas. Octubre era una fecha mítica, la de la revolución rusa según el calendario ortodoxo oriental.
