I. La prisión de Manuel Hedilla
1. «Por encima de las cuestiones personales hay un hecho importantísimo y es que, efectivamente, la unidad de mando militar y también la unidad de mando político, pese a todas las incongruencias entre los grupos unificados, evitó poderosamente que se produjeran discordias, reyertas, batallas en la retaguardia como las que tuvieron lugar en la zona republicana. Sin la unificación se hubieran producido en nuestra zona incidentes desagradables, como empezaron a producirse ya en la noche negra de Salamanca, que si no fue la noche de los cuchillos largos de Röhm, condujo en todo caso al tiroteo entre la gente de Sancho Dávila y la de Hedilla. Fue entonces cuando Franco me dijo: —No, no, inmediatamente hay que unificar las fuerzas políticas y someterlas también a un mando». Estas palabras son de Serrano Súñer, casi medio siglo después de los sucesos a que se refieren, cuando Franco ya había muerto.
No me parece posible conseguir una plena luz sobre los acontecimientos que condujeron a la prisión y sentencia capital contra Hedilla. Sus protagonistas contribuyen a oscurecerlos. Pero voy a intentar aquí aportar algunos datos que proceden sobre todo de copias de documentos que el propio Generalísimo había conservado, sin duda en justificación y descargo de su conducta. La crisis fue seria y la represión enérgica, desde luego como ejercida por autoridades militares en tiempo de guerra, pero en ella Franco, que se mantenía, como siempre, en la línea de no entorpecer las actuaciones de los tribunales, intervino como moderador de las sentencias y no de otro modo.
2. El 19 de abril de 1937 el Decreto de Unificación apareció publicado en el Boletín Oficial: le firmaba Franco como jefe del Estado. Constaba únicamente de tres artículos y, según él, el Movimiento Nacional pasaría a denominarse Falange Española Tradicionalista y de las JONS, título excesivamente largo y destinado a simplificarse, no tanto en sus siglas (FET y de las JONS) como en la primera de sus palabras, Falange.
El día 20 según testimonio de Hedilla, éste, acompañado de cuatro miembros de la Junta Política, visitó a Franco al que ofreció su lealtad incondicional. Hacía apenas veinticuatro horas que en su calidad de Jefe Nacional de Falange, había destituido a Agustín Aznar del cargo de Jefe de Milicias. Queipo de Llano hizo expresamente un viaje a Salamanca para conseguir la libertad de Sancho Dávila, a lo que Franco se negó porque no estaba dispuesto a renovar las querellas intestinas. Pero esta aparente inflexibilidad no obedece a ningún resquemor personal: como todo el mundo sabe, Sancho Dávila ocupó con posterioridad cargos importantes en el Régimen.
El 22 de abril, cuando Franco en su calidad de Jefe Nacional del Movimiento, publica los nombres de quienes van a constituir su primera Junta Política, Manuel Hedilla figuraba como el primero de la lista. Esta era una agrupación de personas de diversas tendencias, dentro del Movimiento, porque no se trataba de suprimir a los otros grupos en beneficio de Falange, como tal vez algunos creyeran, sino de fundirlos a todos en unidad de beneficio común: el conde de Rodezno figuraba como primera personalidad del tradicionalismo.
Hedilla no podía sentirse cómodo en esta Junta, porque se revelaba ya el propósito de no conceder a la antigua Falange ningún monopolio. Según su propia versión, visita en la tarde del 22 de abril a los embajadores de Alemania e Italia y les anuncia que «por lealtad a José Antonio y su doctrina» ha decidido renunciar al puesto que se le ofrece. Antes de que se concluyera el día, José Sainz, Jefe territorial de Falange en Castilla la Nueva, envió un telegrama —que Hedilla negaría más tarde que él hubiese ordenado— concebido en los siguientes términos: «Ante posibles interpretaciones erróneas Decreto Unificación, no cumplirán otras órdenes que las recibidas por conducto jerárquico superior». Este texto revela una de las causas de la profunda decepción. La posición de quienes apoyaban a Hedilla en los días anteriores, cuando éste ofrecía a Franco la lealtad de Falange, consistía en creer que el Partido iba a conservar su estructura y sus mandos y sólo a través de éstos recibiría —y eventualmente discutiría— las órdenes del Jefe supremo, Franco. Pero el Decreto era expresivo en el sentido contrario.
3. El 24 de abril de 1937 la Secretaría de Guerra cursó la primera orden que afectaba a la estructura política de Falange: las Milicias de Falange se integraban en el Ejército, pasando a depender para su organización del general Monasterio a quien ayudarían Ricardo de Rada y Darío Gazapo, por razones políticas.
Los falangistas de primera línea podían seguir conservando las unidades en que combatían, pero los llamados de segunda línea que estuviesen en edad militar, serían inscritos como reclutas en la forma que les correspondiese. La Academia de mandos de Pedro Llen, fue disuelta. Pero entonces, al trasladar a Ávila a sus miembros, estallaron conatos de revuelta. En algunas ciudades hubo amagos de manifestación contra Franco. Manuel Hedilla fue detenido el 25 de abril de 1937, y acusado con tres de sus principales colaboradores, de alta traición.
El detallado análisis de los sucesos permite descubrir cuanto de gratuito y malévolo al mismo tiempo hay en la historiografía que insiste, una vez más, en el «golpe de Estado». La realidad es que Franco, en este momento, se encuentra en la más terrible de las soledades, la de quien acumula sobre sí los poderes más absolutos y completos que ningún jefe de Estado hubiera poseído jamás, desde antes de la constitución de la Monarquía española. Esta es la soledad que le convierte en «responsable ante Dios y ante la Historia». Nos encontramos ya en el vértice de la concentración: Franco nunca pretendió conservar ni transmitir este poder sino hacer de su singular posición fuente creadora de instituciones nuevas que recortasen, poco a poco, las atribuciones del Jefe del Estado hasta dejarlas reducidas a las que corresponden a funciones de Rey. El proceso pudo darse por concluido en 1973. Nadie se engañe: se trata de una compleja tarea, compuesta de éxitos y también de fracasos, en que a veces el general conseguía un avance para retroceder después, pero resulta apasionante cuando se la desentraña.
Los tres primeros pasos serán, por este orden, creación de la Junta Política, del Consejo Nacional y del Consejo de Ministros, órganos colegiados los tres. El 10 de mayo, al mismo tiempo que Sancho Dávila y los suyos eran puestos en libertad, Fernando González Vélez sustituía a Hedilla. Con cierto retraso, también la Falange clandestina madrileña, que operaba tras las líneas rojas, aceptó el decreto de Unificación.
II. El proceso y la sentencia
1. Manuel Hedilla fue sometido a juicio sumarísimo ante un tribunal militar en Salamanca. Se presentaron contra él y sus colaboradores tres cargos que los jueces consideraron probados y que constituían delito de rebelión en tiempo de guerra: a) El 8 de abril de 1937 el Jefe provincial de Zamora, Ricardo Nieto Serrano, reunido con otros mandos de Falange en un café de esta capital, les ordenó transmitiendo órdenes de Hedilla, que había que desprestigiar al general Franco porque una guerra que no estuviese dirigida por Falange no interesaba a ésta. Paralelamente Hedilla estaba creando una Junta que era equivalente a un Gobierno, con diferentes Ministerios. b) El 22 de abril, firmándose Jefe Nacional, cargo que ya no existía, cursó el telegrama antes mencionado, ordenando desobedecer a Franco. Hedilla negó en el acto que hubiera dado la orden pero el fiscal presentó como prueba la hoja original del telegrama firmada por José Luis de Arrese. c) Inmediatamente después se habían intentado, por los hedillistas, manifestaciones en diversas ciudades contra el Caudillo.
Al comprender la gravedad de las acusaciones, Hedilla se decidió a escribir una carta, de puño y letra, a Franco, solicitando su intervención: «Por eso juro, ante Dios y ante los hombres, que jamás tuve el más mínimo pensamiento, ni personalmente ni como jefe de Falange, de oposición ni discusión a las orientaciones patrióticas y elevadas que emanaron de vuestra Jefatura como Caudillo de España». Pero Franco guardó silencio. Hedilla y tres de sus colaboradores fueron condenados a muerte; otros seguidores a diversas penas de prisión. La sentencia, revisada por la Auditoría de guerra de Salamanca el 9 de junio, y confirmada en todos sus términos, pasó al Alto Tribunal de Justicia Militar, que se encontraba en Valladolid. La marcha del procedimiento castrense no fue interrumpida.
Poco antes de que el Alto Tribunal se reuniese, Nicolás Franco introdujo a la madre de Hedilla a una audiencia con el Caudillo a quien hizo entrega de una segunda carta del condenado, de fecha 10 de junio. Evitaba en ella discutir los términos de la justicia mientras hacía protestas de lealtad. «Yo he podido ser un torpe —decía— pero jamás he sido un traidor. He podido equivocarme en una determinación personal y he podido no medir correctamente su alcance. Crea Vd. mi general, que de haber imaginado que esa determinación iba a ocasionar que se me calificara de traidor a V.E., con quien tan cordial amistad me ha unido, o a mi Patria, a la que tanto estoy acostumbrado a ofrecer, hubiera preferido la muerte». Y concluía pidiendo que «en nombre de nuestra antigua amistad ejercite esa prerrogativa de la clemencia y de la magnanimidad».
2. El 18 de junio de 1937 el Alto Tribunal de Justicia Militar declaró que las acciones que se contemplaban en el proceso estaban bien probadas y que no había motivos para revisar la sentencia. Sólo quedaba que se firmase el «enterado» por el Cuartel General para que fuese ejecutada. Pero entonces Franco, que hasta entonces se había abstenido de intervenir en lo que era competencia de jueces, decidió ejercer el derecho que como a Jefe de Estado le correspondía. Martínez Fuset comunicó al tribunal que «S.E. se ha dignado ejercitar la prerrogativa de indulto y, en consecuencia, ha conmutado por la inferior en grado a todos». Ninguna otra explicación se dio. Hedilla fue enviado a la prisión de Las Palmas de Gran Canaria, sin duda como medida de prevención porque se detectaba un nuevo movimiento que ahora tendía a manejar al general Yagüe como hombre de la Falange.
Hubo presiones en el curso del año 1937 para lograr una revisión del proceso y la libertad de Hedilla. Franco accedió a lo primero, pero no a lo segundo. A petición del Cuartel General todas las sentencias fueron rebajadas proporcionalmente el 3 de febrero de 1938, de acuerdo con una nueva calificación de los delitos. Hedilla fue condenado ahora a 20 años, lo que permitía la aplicación de los indultos sucesivos. El 18 de julio de 1941 sería puesto en libertad condicional señalándose como residencia Palma de Mallorca.
Hedilla fijó su residencia en el Hotel Miramar. Ignoramos cuáles fuesen entonces sus medios de vida. En el verano de 1944 la Secretaría General del Movimiento detectaría cierta agitación en su torno: se estaban repartiendo fotos en que se le presentaba como víctima; es posible que este hecho se encontrase en relación con aquellos sectores extremistas que hubieran preferido una muerte heroica bajo las ruinas.
III. La rehabilitación
1. La Segunda guerra mundial impuso un compás de espera: de nuevo eran los sectores extremistas de Falange posibles instrumentos para las maniobras alemanas. El 27 de marzo de 1946, Hedilla se dirigió nuevamente a Franco: ahora que se estaba otorgando el perdón a tantos malos españoles, debía ponerse fin a su confinamiento. Sin demora, el 3 de abril, Franco pasó la orden a Carrero Blanco, quien contestó el 6 de abril que se había cumplido: de hecho la comisión de buscar a Hedilla para comunicarle que estaba en completa libertad se pasó el 13 de abril al gobernador de Palma de Mallorca. El 6 de mayo el antiguo jefe de Falange dio a Franco las gracias y anunció que se iba a San Sebastián, porque tenía que rehacer su vida y sus actividades profesionales.
Era un fantasma que regresaba del pasado a un mundo en que nada de lo que fueran sus sueños existía ya: en medio de una catástrofe, Hitler y Mussolini, nacionalsocialismo y fascismo habían dejado de existir. Hedilla escribió nuevamente a Franco: necesitaba un puesto de trabajo para poder subsistir, atender a la educación de sus hijos y cuidar a su esposa, internada en un sanatorio psiquiátrico. Desde la secretaría del Caudillo se envió una nota a Rodrigo Vivar Téllez, vicesecretario general del Movimiento. Se intentó ofrecer a Hedilla ante todo un cargo oficial, que el antiguo Jefe de Falange, con lógica, rechazó. Concretó sus deseos pidiendo que se le ofreciese un empleo en la Compañía Aérea Iberia. El 2 de julio volvió a escribir a Franco: pasa el tiempo, me dan buenas palabras, pero nada recibo. Vivar Téllez explicó sus gestiones y se excusó: no estaba en su poder otra cosa que los nombramientos políticos; en las empresas del I.N.I. se necesitaban otras gestiones.
De hecho tuvo que ser Francisco Franco-Salgado quien, interponiendo la influencia del Jefe del Estado, interviniese para lograr para Hedilla el empleo en Iberia que éste se había. Es muy probable que en el curso de estas gestiones, alrededor del 13 de noviembre de 1946, Hedilla fuese recibido por el Generalísimo.
2. En todas sus relaciones con Franco, Manuel Hedilla encontró una respuesta favorable inmediata. Es muy diferente la información que nos proporcionan los documentos, siempre inexorables, de las opiniones que se han ido formando a lo largo del tiempo. Se comprende pues que, reinstalado en su libertad, Hedilla acudiese también al Caudillo con la demanda siguiente: revisión del proceso de abril de 1937 hasta llegar a la declaración de que no había existido delito por su parte. Esta petición, cursada el 10 de abril de 1947, llegó a poder de Franco antes del 19 de dicho mes, porque fue este día cuando dijo a Franco-Salgado que debía recordar a Carrero que debían tratar de esta cuestión en su próximo despacho. Qué deliberaron entonces el Generalísimo y el almirante es bastante fácil de deducir: en los primeros días de mayo se extendió en favor de Hedilla un indulto pleno, en el que se declaraban eliminadas hasta las últimas reliquias que aún pudieran quedar de aquel proceso.
Surgió entonces una respuesta inesperada: no quería el indulto sino una plena revisión del proceso, para que quedase claro que se le había juzgado sin causa. En su nueva reclamación a Franco introdujo una frase que, según él, José Antonio Girón y Raimundo Fernández Cuesta oyeran al propio Caudillo: «Hedilla tiene toda la razón. Es verdad cuanto ha dicho». También se quejaba de que cuando rechazó el cargo que Rodrigo Vivar Téllez le ofrecía, se le habían hecho veladas amenazas. Había adoptado, desde el primer momento, aire de mártir, y quería seguir representándolo hasta el fin. Pero Franco no estaba dispuesto a ir más lejos: no podía permitir que pareciese que eran sus compañeros de armas los que cometieran un abuso de poder en aquellas fechas, ya lejanas, ni que apareciese ahora como si no hubiese existido la incitación a la resistencia contra el decreto de Unificación. Por otra parte las condiciones absolutas del indulto alcanzaban no sólo a la sentencia sino a las acusaciones contra Hedilla en otro tiempo presentadas, y a menos que el indulto se declarase nulo, no quedaba lugar para la revisión del proceso.
3. Muy pocas cosas quedan por decir: el 22 de mayo de 1948, el Generalísimo fue informado de que la embajada norteamericana mostraba interés por Hedilla, aunque no se precisaba la causa, y de que un colaborador de éste, Luis Ortiz de Hazas, había enviado a Víctor de la Serna notas susceptibles de utilización para un libro de reivindicación de sus acciones. En ellas aparecía el antiguo Jefe de Falange como figura política de gran relieve, fundador de las Escuelas de mando, de los Sindicatos verticales, de Auxilio Social, de Prensa y Propaganda del Movimiento y hasta de las siglas, FET de las JONS, que servían para definirlo. Se había consolidado en él la idea, en la que perseveró hasta el fin de sus días, de que se le había condenado por negarse a aceptar la Secretaría General, y la renuncia a ocupar cargos no puede constituir delito.
Después se hizo un largo silencio. Pero en 1965, cuando el Régimen español atravesaba su segunda crisis, algunos sectores críticos del falangismo se volvieron hacia Hedilla como si pudiera encarnarse en él la esperanza. Fue entonces cuando Máximo García Venero, Valentín Domínguez Isla, José Luis Arias y Antonio García Galán, prepararon el libro que salió, a nombre del primero bajo el título, ya mencionado de Falange en la guerra de España. Pero los tiempos eran otros y salvo la curiosidad de algunos sectores, el libro pasó sin pena ni gloria.
En octubre de 1973, muerto Hedilla, su viuda, María del Carmen de Rojas, que era su segunda esposa, visitó a Franco para pedir ayuda a fin de que pudieran obtenerse rendimientos económicos de unos terrenos que poseía en la avenida de Barajas, donde proyectaba construir naves industriales. Y Franco, todavía una vez más, se la prestó.
