INTRODUCCIÓN
La Guerra Civil española no fue solo un conflicto político y militar, sino también un acontecimiento cargado de significación religiosa. Desde los primeros compases de la contienda, amplios sectores de la Iglesia católica interpretaron la guerra como una defensa necesaria de la fe y de la civilización cristiana frente a lo que consideraban un proceso de descristianización y persecución religiosa iniciado durante la Segunda República.
El magisterio de los obispos españoles, disperso inicialmente en boletines y documentos pastorales, acabó cristalizando en una interpretación unitaria del conflicto, que definió el alzamiento como una cruzada y pidió explícitamente la adhesión de los católicos al bando sublevado. Sin embargo, esta lectura religiosa de la guerra no estuvo exenta de tensiones, dudas y contradicciones internas, tanto en la jerarquía eclesiástica como entre numerosos sacerdotes y fieles.
Este artículo analiza el sentido religioso atribuido a la Guerra Civil, el discurso episcopal que lo sustentó y las reservas que, desde dentro de la propia Iglesia, comenzaron a manifestarse ante la evolución del conflicto y la conducta de algunos de sus protagonistas.
El magisterio de los obispos sobre la guerra civil y la persecución religiosa, disperso en los boletines eclesiásticos, quedó sintetizado en cinco puntos en el opúsculo La Voz de la Iglesia sobre el caso de España.
«1. Teniendo en cuenta que son sesenta las sedes episcopales en España y que hay once obispos fusilados, dos sedes vacantes y varios obispos desaparecidos, resulta que la voz de la Jerarquía eclesiástica de España es unánime en favor del Movimiento Nacional. Los rojo-separatistas ni un solo testimonio positivo pueden aducir, a favor de su causa, de obispo alguno español o extranjero en comunión con la Santa Sede.
2. Esta unanimidad de la Jerarquía eclesiástica de España está conforme con las palabras y con los hechos de Su Santidad el Papa.
3. Según la voz de la Iglesia, el Movimiento Nacional de España no es una guerra civil ni mucho menos una lucha de clases; es una Cruzada santa de independencia y en defensa de la civilización cristiana.
4. Ningún espíritu sereno podría establecer comparación entre los rojos y la España nacional: “ellos” representan el materialismo más fiero, la barbarie más refinada y la esclavitud soviética; nosotros representamos el esplritualismo, la civilización, la libertad y el renacimiento de la tradicional España católica.
5. Es una falta de solidaridad religiosa que católico o creyente alguno apoye a los rojos; tal apoyo sería en favor del comunismo internacional, que es el verdadero peligro. Por el contrario, la España nacional —católica, mártir y heroica— merece la simpatía y el apoyo de las naciones y de todos los hombres de buena voluntad.
Las características comunes en los documentos episcopales sobre la guerra —examinados hoy y con los criterios de hoy— son:
— Reinterpretación a posteriori de la significación del período republicano en España.
— Percepción carente de matiz de las fuerzas que componen cada uno de los bloques enfrentados.
— Reducción —con notorio error— del conjunto de fuerzas del bloque republicano a la alternativa comunista.
— Insistencia en desproveer a la guerra civil de todo carácter social y político, para otorgarle, antes que nada y a veces exclusivamente, un significado religioso.
— Aceptación de la radicalización bélica situándose claramente del lado de los sublevados.
— Apoyo de carácter básicamente negativo.
Se trata mucho más de la condena de aquello a lo que las fuerzas nacionales se oponen que de la defensa específica de sus propuestas:
La homogeneidad del discurso ideológico de los obispos españoles en torno al tema de la guerra civil puede sintetizarse del siguiente modo:
— «La guerra es una gran calamidad, pero a través de ella Dios emplaza a la sociedad y a la Iglesia a la conversión.
— La causa radical de la guerra es la descristianización de la sociedad española.
— La persecución religiosa en la zona republicana es la culminación del proceso persecutorio iniciado en los orígenes del quinquenio republicano.
— La injusticia social no es el origen primero de la guerra.
— Se interpreta el alzamiento militar como liberación y se pide la adhesión de los católicos a él.
— No se reconoce otra resolución del conflicto que no sea la victoria del ejército sublevado»
De nuevo el cardenal Tarancón nos aporta su testimonio sobre el sentido religioso de la guerra.
«Es verdad —escribe en sus M emorias de ju ven tu d— que los sacerdotes y religiosos, con la mayor parte del pueblo creyente, dábamos a esta guerra un sentido religioso-patriótico. El pueblo sencillo de las zonas rurales de España —Castilla, Galicia, etc.— subrayó con Navarra ese mismo sentido porque estaban convencidos de que el cristianismo era la base principal de la supervivencia de la patria. Eran, además, sincera y tradicionalmente cristianos y consideraban casi como una afrenta personal la conducta antirreligiosa de los dirigentes de la República.
Pero no es menos cierto que los dirigentes de la sublevación —el mismo Franco, que apareció ya muy pronto como el jefe indiscutible— no se movían, al principio, por motivos religiosos. Tampoco tenía sentido religioso la postura de los falangistas, que recelaban de la Iglesia porque no admitía los regímenes fascistas.
Todos hablaban, ciertamente, de la “España católica” que había sido gravemente ofendida por las autoridades anteriores. Todos hacían alusión a la quema de conventos para desacreditar al Gobierno. Pero se veía muy bien que era una mera táctica, no un convencimiento real de la importancia del cristianismo o del interés de defender los valores religiosos y morales que él preconiza.
Muchos, entre los militares “sublevados”, eran sinceramente católicos. También los había entre los falangistas. Pero era más bien el honor nacional el que estaba en juego, no la pervivencia de unas tradiciones cristianas. Era la seguridad del orden público y de la economía, que estaba en bancarrota, lo que se quería conseguir, no la defensa de unos principios cristianos o de unos derechos de la Iglesia.
Se daba el caso, un poco paradójico, de que era la Iglesia —apoyada, es verdad, en la gran masa del pueblo sencillo— la que tenía interés en defender el carácter religioso y hasta sagrado de la guerra, mientras los responsables del movimiento, aprovechándose para sus fines de esa postura —era el sentimiento religioso el que afloraba espontáneamente en cuantos se prestaban a tomar parte en la guerra civil—, no querían comprometerse con ella.
Tan sólo cuando, al prolongarse la guerra, se dieron cuenta de que necesitaban el apoyo internacional y de que éste podía pasar por la benevolencia de la Santa Sede, fue cuando exigieron a los obispos la publicación de una pastoral colectiva que justificase el movimiento desde el punto de vista cristiano, con el fin de que el Vaticano y la jerarquía eclesiástica mundial reconociesen la justicia de la sublevación.
Los obispos dieron el refrendo que se les pedía no sólo por coacción —hay que reconocerlo—, sino también por convencimiento. Para la Iglesia oficial, se trataba de una guerra en defensa de la religión y de la libertad de la Iglesia. Existía el convencimiento de que sería desastrosa, desde el punto de vista religioso, una victoria de los llamados “rojos”, y de que los militares victoriosos se verían obligados a defender los derechos de la Iglesia y de la civilización cristiana.
Hay que confesar también, para ser justos, que muchos obispos y sacerdotes nos encontrábamos perplejos, casi en un callejón sin salida. Nos sentíamos obligados en conciencia a apoyar decididamente a uno de los dos bandos en lucha, y ello por motivos religiosos. Sin embargo, empezábamos a dudar de las ventajas religiosas de la victoria de los “nacionales” e incluso de la recta intención cristiana de muchos de ellos, que ejercían una influencia indudable en la marcha de la guerra.
Puede ser interesante ofrecer el resumen de una larga conversación que mantuvimos un pequeño grupo de sacerdotes con el obispo de Tuy, antes de que fuese nombrado arzobispo de Valladolid. Estábamos convencidos, por una parte, de que la opción que había hecho la Iglesia era ineludible y de que teníamos la obligación de seguir apoyando, por todos los medios lícitos, a uno de los bandos. El triunfo de los rojos habría sido un gran desastre, quizá irremediable, tanto para la Iglesia como para la patria.
Pero comenzábamos a inquietarnos. Temíamos que la Iglesia no saliese fortalecida de la contienda e incluso que pudiera sufrir consecuencias muy graves. Llegábamos a pensar que la libertad de la Iglesia podría quedar muy limitada si se imponían los criterios de los dirigentes con mayor influencia en la zona nacional.
El clima de aquella conversación fue más bien pesimista. Las causas de nuestro pesimismo eran las siguientes:
Primera. Se estaban cometiendo en varios puntos de la zona nacional barbaridades semejantes a los llamados “paseos”; se dirimían venganzas personales y se quitaba la vida a muchos sin juicio previo. Queríamos creer que los militares no estaban conformes con este modo de proceder, inadmisible desde cualquier punto de vista. Sin embargo, la realidad era que no ponían coto a esos desmanes y parecían tranquilizarse diciendo que eran “cosas de la guerra”.
Segunda. Los falangistas, muy exaltados en su inmensa mayoría, no nos ofrecían ninguna garantía. La filosofía que subyacía en su postura era completamente pagana. Teníamos la convicción de que estaban influidos por los regímenes fascistas. En Italia y, sobre todo, en Alemania, no eran los principios cristianos los que regulaban aquellos movimientos. Temíamos que se instaurase en España una forma de falangismo que limitase los derechos de la Iglesia.
Tercera. Querían obligarnos a tomar parte activa en la exaltación “patriótica” del pueblo, es decir, a predicar la “guerra santa”. Y nosotros, que habíamos asumido esa postura espontáneamente —por convicción y por deber de conciencia—, nos sentíamos molestos por su imposición. Teníamos la sensación de que querían servirse de la Iglesia, no de servir al cristianismo. Esa actitud nos parecía extremadamente peligrosa: ayudarían a la Iglesia sólo mientras pudieran utilizarla.
Cuarta. Las noticias que nos llegaban de Roma no eran demasiado alentadoras desde nuestro punto de vista. Incluso teníamos la impresión de que el Vaticano no aprobaba la postura decidida de la Iglesia en España en favor de uno de los bandos. Aunque esa actitud nos molestaba subjetivamente —pues nosotros estábamos plenamente convencidos de lo contrario—, nos hacía dudar.
He de confesar honradamente, sin embargo, que, a pesar de esos recelos —que con el tiempo iban más bien en aumento—, nunca nos planteamos seriamente la revisión de nuestra conducta como sacerdotes. Dábamos por supuesto que la Iglesia tenía el deber de ser beligerante, porque uno de los bandos defendía la civilización cristiana y era el único que podía garantizar la libertad evangelizadora de la Iglesia.
CONCLUSIÓN
La interpretación religiosa de la Guerra Civil española por parte de la jerarquía eclesiástica se construyó sobre una visión profundamente marcada por el trauma de la persecución religiosa y por el temor a una victoria del bloque republicano, identificada de manera casi exclusiva con el comunismo y la descristianización. Desde esa perspectiva, el apoyo al alzamiento militar fue presentado como un deber moral ineludible para los católicos y como la única vía para garantizar la libertad de la Iglesia.
Sin embargo, los propios testimonios de obispos y sacerdotes revelan que este posicionamiento estuvo acompañado de una creciente inquietud. La violencia descontrolada en la zona nacional, la influencia de ideologías ajenas al cristianismo y la instrumentalización política de la Iglesia generaron dudas sobre si la causa apoyada respondía realmente a los valores evangélicos que se pretendían defender.
El sentido religioso de la guerra, tal como fue formulado entonces, aparece hoy como una construcción histórica condicionada por el contexto, los miedos y las urgencias del momento. Analizarlo con los criterios actuales no implica ignorar la gravedad de la persecución sufrida por la Iglesia, sino comprender mejor las complejas relaciones entre fe, poder y violencia en uno de los episodios más decisivos de la historia contemporánea de España.
