INTRODUCCIÓN
Rafael Alberti ha sido presentado durante décadas como uno de los grandes poetas exiliados por la represión franquista, convertido en símbolo cultural de la izquierda española. Su figura ha quedado asociada a la imagen del intelectual perseguido por sus ideas, obligado a abandonar España tras la Guerra Civil. Sin embargo, esta construcción simbólica suele omitir una parte oscura de su trayectoria durante el conflicto.
Lejos de limitarse a la creación poética, Alberti ocupó un papel activo en la retaguardia del Frente Popular, vinculado a la Alianza de Intelectuales Antifascistas y a la maquinaria de propaganda y depuración ideológica. En aquellas circunstancias, la cultura no fue solo un espacio de expresión, sino también un instrumento de señalamiento, exclusión y, en no pocos casos, de violencia contra quienes eran considerados enemigos políticos o “contrarrevolucionarios”.
El poeta Rafael Alberti consiguió ser presentado por los comunistas españoles como un represaliado del régimen de Franco, que tuvo que exiliarse a París, Buenos Aires y Roma para evitar ser juzgado. Cuando la izquierda española lo tomaba como símbolo de la supuesta represión franquista contra inocentes tapaba sus crímenes durante la guerra, que ni fueron escasos ni poco llamativos. Alberti escapó de España cuando el Frente Popular perdió la guerra, y dejaba atrás una estela de terror impuesto desde su puesto de responsable de la secretaría en la Alianza de Intelectuales Antifascistas.
Desde esta asociación fue uno de los responsables de la publicación El Mono Azul donde él y los otros miembros del denominado Comité de Depuración mantenían una columna llamada “A paseo”, en la que se señalaba el nombre de los intelectuales que debían ser “depurados” –entiéndase asesinados- por su carácter de contrarrevolucionarios. Entre las personas señaladas se encuentran Miguel de Unamuno, Pedro Muñoz Seca, Manuel García Morente, Fernando Vela, e incluso sus amigos de años anteriores Ernesto Giménez Caballero y Rafael Sánchez Mazas.
Las declaraciones de Antonio Hortelano, un sacerdote que antes de haber tomado los hábitos fue espía en los años de la Guerra Civil, dan un testimonio de la labor –el propio Alberti la definía como cívico-cultural- que realizó el poeta en la retaguardia. Porque Alberti fue uno de esos intelectuales que animaba a los jóvenes de izquierdas a luchar en el frente mientras ellos vivían a cuerpo de rey en la retaguardia sin peligros y actuando libremente. Entre sus labores, cuenta Hortelano, como era frecuente que Alberti visitase las checas en las que había detenidas personas de ideología derechista, religiosos o simplemente aquellos que habían sido denunciados por quienes les guardaban rencillas.
En esas visitas era aficionado a hacer uso del método de tortura denominado “la cabina”, que consistía en introducir al detenido en una cabina de teléfonos con las paredes metálicas electrificadas y aplicarle descargas de alta tensión hasta que confesaba o moría electrocutado.
Hay dos casos, entre los señalados por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de los que se tienen testimonios que inculpan al propio Alberti. El escritor Alfonso Ussía, nieto de Pedro Muñoz Seca, es una de las personas que más ha investigado sobre las circunstancias que rodearon el asesinato del dramaturgo. En 2009, tras conocer las declaraciones de Antonio Hortelano escribía en una de sus columnas: “El hermano de Rafael Alberti, Vicente, gran amigo de Pedro Muñoz-Seca, portuense como ellos, le rogó encarecidamente que hiciera algo para sacar a don Pedro del cautiverio de la checa de San Antón y salvar su vida. No movió ni un dedo. Vicente Alberti era el íntimo amigo del hermano de Pedro Muñoz-Seca, el doctor José Muñoz-Seca, un joven y brillante pediatra con firmes convicciones republicanas. Don Pedro era monárquico y colaborador de «ABC», además de autor teatral de indiscutible éxito. Vicente Alberti se interesó en numerosas ocasiones, acuciado por su amigo el doctor Muñoz-Seca, por el dramaturgo del Puerto de Santa María encarcelado. Se interesó ante su hermano Rafael, el gran poeta dedicado en la cómoda retaguardia de Madrid a visitar checas y prisiones. Al fin, en la primera quincena del mes de diciembre de 1936, Rafael Alberti se puso en contacto con su hermano para darle noticias de Muñoz-Seca. «Lo fusilamos en noviembre»
El intelectual Manuel García Morente también publicó como la Alianza le puso en el punto de mira y tuvo que exiliarse para no correr la misma suerte que Muñoz Seca: “A poco supe confidencialmente que se había constituido… una comisión de depuración (tal era la palabra usada) al profesorado de Universidad. Esa comisión propuso la cesantía de varios catedráticos de la Facultad de Filosofía y Letras. La lista iba encabezada con mi nombre. Los comisionados consideraban urgente el sacrificio de mi persona… En virtud de la comisión llamada depuradora mi nombre iba a ser publicado como cesante y mi persona entregada a las ruines pasiones de los asesinos; hube de pensar en la necesidad de abandonar Madrid”.
Desde el bando frentepopulista se le criticó siempre que se paseaba por la retaguardia luciendo una pistola de gran calibre, que lucía ostentosamente. Un arma que, como se decía en la CNT, no estuvo jamás en el frente, donde era necesaria, y que servía para impresionar a quienes en retaguardia se cruzaban con el autor de Marinero en Tierra.
Un poeta que igual escribía sobre su Puerto de Santa María, que lamentaba la muerte del genocida Stalin con versos como estos:
José Stalin ha muerto
Padre y maestro y camarada
Quiero llorar, quiero cantar
Que el agua clara me ilumine
Que tu alma clara me ilumine
En esta noche que te vas
CONCLUSIÓN
La figura de Rafael Alberti ilustra hasta qué punto la Guerra Civil española convirtió a parte de la intelectualidad en actor político directo, no solo en el plano simbólico, sino también en el de la represión ejercida desde la retaguardia. El contraste entre la imagen posterior del poeta exiliado y los testimonios sobre su actuación durante el conflicto plantea una pregunta incómoda sobre cómo se construyen los mitos culturales y qué partes de la historia se silencian.
Revisar críticamente estos episodios no implica negar la importancia literaria de Alberti ni reducir su obra a su militancia, sino situar su trayectoria en un contexto histórico completo, con luces y sombras. Solo desde una memoria que no seleccione interesadamente a sus protagonistas es posible comprender la complejidad del papel de los intelectuales en tiempos de guerra y evitar que la cultura vuelva a ser utilizada como coartada para la violencia política.
