Así era Franco digan lo que digan…
El carácter y la personalidad de Franco a través del testimonio de quienes trabajaron junto a él durante décadas
¿Cómo era realmente Francisco Franco en su vida política y personal? Más allá de las interpretaciones posteriores y de las diferentes valoraciones sobre su régimen, conocer su personalidad exige acudir también a quienes convivieron con él y trabajaron directamente a sus órdenes.
Militar profesional, hombre austero, reservado y disciplinado, Franco fue descrito por algunos de sus ministros y colaboradores como un hombre profundamente patriota, prudente en sus decisiones y dotado de un marcado sentido de la autoridad y del deber. Otros testimonios destacan su capacidad para escuchar, su dominio de sí mismo y una forma de ejercer el poder alejada, al menos en determinados aspectos, de los comportamientos propios de otros dirigentes autoritarios de su época.
En este artículo repasamos esos testimonios y opiniones, procedentes de personas que conocieron de cerca al Generalísimo, para acercarnos a la personalidad de Franco, su carácter, sus costumbres y su manera de entender el poder y España. Un retrato necesariamente sujeto a interpretación, pero construido a partir de las palabras de quienes tuvieron relación directa con él.
1.
Pocas veces, en la Historia de España, un hombre ha influido en los acontecimientos de un modo tan profundo como lo hiciera Francisco Franco en los años que van de 1939 a 1949. Las personas que han nacido después de dichas fechas han comenzado a preguntarse cuál era el secreto del hombre, que contra todo pronóstico, capeó los más terribles temporales y se mantuvo en el poder hasta su muerte, siendo cada día más tolerante, aflojando poco a poco las riendas, logrando mayor número de adhesiones a medida que transcurría el tiempo. En su breve testamento político incluyó una frase —«en el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia»— que es como un eje explicativo de su conducta: la política era, en su mente, plegada siempre a la dirección de la Iglesia incluso cuando muchos clérigos trataban de socavar su Régimen, actividad secundaria respecto a los deberes éticos de cualquier gobernante. Esa es la parte fundamental del secreto, al menos, en lo que he podido atisbar.
Recientemente una editorial española de obras de actualidad, ha tenido la idea de preguntar cómo era Franco a quienes le sirvieron como Ministros. Y aunque las respuestas puedan parecer elogiosas —no tenían por qué serlo pues el Generalísimo había muerto cinco años antes y algunos de los interpelados ejercieron funciones de oposición— el resultado ofrece, incluso en los silencios, que no faltan, sorprendentes líneas de coincidencia que permiten trazar un retrato moral del personaje sumamente vigoroso.
Franco fue, ante todo, un militar profesional, como hemos podido comprobar en las páginas anteriores, con «perfecto dominio de la profesión» (Girón de Velasco), «magnífico espíritu y formación militar, con todas las virtudes de valor, patriotismo, jerarquía, sentido del deber» (Fernández Cuesta). «Para nosotros era el ejemplo de todo militar, el máximo que podíamos aspirar a llegar a ser» (Coloma Gallardo). Como tal, nunca quiso la guerra, porque conocía bien sus consecuencias. En cierta ocasión dijo a Utrera Molina que «hubiera dado mi vida por evitarla. Nada hay más duro y trágico que una contienda interior». Pedro Sainz Rodríguez sintetiza este rasgo de su carácter diciendo: «Creo en el patriotismo del general Franco, con una visión política fundamentalmente militar, porque Franco, ante todo, era un militar y un militar disciplinado, al que costó mucho convencer de que se sumase al Alzamiento y sólo lo hizo cuando ya éste era una realidad y no tenía más opción que o irse con los rojos o republicanos que estaban en frente de la sublevación capitaneada por Mola y Sanjurjo, o quedarse al margen de todo».
De esta condición militar nació un innato sentido del mando. Fue obedecido siempre y no por temor, sino por la fría atmósfera de autoridad que emanaba de su persona.
2.
«Se caracterizaba por un insobornable patriotismo y auténtico amor a España», insiste Raimundo Fernández Cuesta. Y Pedro González Bueno añade: «amó a España, como muy pocos la han amado». «Para mí —declaraba el general González Gallarza— Franco fue un patriota inteligente y sagaz y un español por encima de todo». «Se había hecho el decidido propósito de sacrificarse al máximo por su patria». Este es el juicio de Navarro Rubio, que corrobora López Bravo —«patriotismo, sentido del deber, fe en la Providencia»— y Fraga Iribarne —«fue un gran patriota y un hombre íntegramente dedicado a España».
Ese amor a la patria, que le inducía a rechazar hasta la menor sombra de separatismo, aunque reconociese como un bien «la rica variedad de las regiones», hizo de él un estadista instintivo y no un político. Rechazaba radicalmente a los partidos porque constituían un atentado a la unidad de los españoles, y le desagradaba el nombre de «oposición» porque le parecía indicar tan sólo una actitud sistemáticamente negativa. España, a su juicio, necesitaba que las opiniones diversas se pusiesen al servicio de su marcha y no para entorpecerla.
El análisis de Navarro Rubio resulta de especial agudeza en esta cuestión: «Franco era de visión larga en este tipo de asuntos y en algunos otros donde tenía ideas muy firmes y muy claras, como respecto a la unidad de la Patria, la necesidad de superar los partidos políticos, el futuro monárquico de España, el respeto a la Ley —fuese la que fuese— o el mantenimiento del principio de autoridad en toda circunstancia». «No era precisamente un intelectual. Jamás presumió de serlo ni de procurarlo. Su doctrina política estaba compuesta con unas pocas ideas elementales, claras y fecundas. Era un doctrinario corto pero firme en sus posiciones. Concedía mucha importancia a las ideas de segundo orden, las que traman las relaciones de conveniencia en el poder. En este punto era un auténtico genio. Nos ha dejado una lección —creo que inimitable— sobre la forma de ejercer el arbitraje político por un Jefe de Estado».
Este juicio aparece corroborado por multitud de hechos: quienes han trazado la leyenda de su intransigencia, son, precisamente, aquellos que, con mayor intransigencia, estaban decididos a destruir los fundamentos de la sociedad y los principios substanciales de la unidad española. Obligado a luchar en este terreno, el de los principios, no podía aspirar a la comprensión de nadie. Laureano López Rodó destaca en él, sobre todo, «el gran respeto al derecho».
«Era la contrafigura del demagogo» (Pedro González Bueno) que, «como escuchaba atentamente y no desdeñaba ninguna idea o sugerencia… se convirtió en estadista de singular porte» (Girón de Velasco). «Se le podía llevar la contraria sin temor alguno siempre que se razonara debidamente» (Oriol Urquijo). «Dotado de una férrea voluntad, de una extraordinaria memoria y de un claro entendimiento» (Castañón de Mena), «tenía un gran sentido del deber y de la propia responsabilidad» (Espinosa San Martín).
Dice Lora Tamayo: «La figura de Franco estaba imbuida de un fervoroso espíritu castrense que daba carácter a sus constantes personales: patriotismo, lealtad, insobornable firmeza y dignidad en el mando, culto a la disciplina, debida ponderación de la estrategia, prudencia, serenidad… todas ellas descansando en un soporte clarividente, con gran dosis de sentido común, se potenciaban singularmente en la singular personalidad del hombre».
Y José Utrera Molina: «Entiendo que más que un político fue el creador de un Estado con características ciertamente singulares», «que devolvió a nuestro pueblo su libertad perdida… libertad real, libertad individual con orden público que la hiciera viable. Dio a España pues libertad para trabajar y para crecer, para construir y para avanzar».
3.
Personalmente era un gallego astuto, prudente en la palabra, frío y cortés. A Vicente Mortes llamó la atención un gesto que a mí también me sorprendió cuando tuve ocasión de hablar con él a solas: al recibir la visita de un inferior, nunca se sentaba hasta después de que lo hubiera hecho el visitante; en todo mostraba absoluta cortesía. Conservó una salud excelente hasta después de haber cumplido setenta años, cuidándola con el ejercicio de dos deportes que reclaman fuertes dosis de paciencia, la caza y la pesca. Las partidas de caza a que con frecuencia era invitado, suscitaron críticas entre sus colaboradores más inmediatos porque sospechaban que se mezclaban intereses económicos en la concurrencia de empresarios y ministros a estas partidas.
Franco fue siempre modesto en su conducta, casi tímido, y muy estricto en su austeridad. Ser invitado a una comida con el Generalísimo era garantía de parquedad. Cobraba el sueldo y gratificaciones que le correspondían y ahorraba constantemente pero sus reservas bancarias no pueden calificarse de gran fortuna. Gastaba poco y pagaba poco también a los que ejercían con él cargos en la Administración pública.
Faltaban en sus actuaciones las concesiones en busca de la popularidad. El gesto típico de los dictadores de acariciar niños y oler flores, estaba ausente. «Siempre se ha dicho que era frío y hablaba poco. No es verdad. Tenía un gran dominio sobre sí mismo, una gran economía de gestos y una cierta timidez. Pero ni era frío ni parco en palabras con las personas de su confianza» (Licinio de la Fuente).
Una persona tan ponderada y honesta como Enrique Fontana Codina, resume este retrato con una lista de virtudes humanas: «paciente, trabajador, austero, desinteresado, insensible al halago, religioso, sin vanidad, honesto, familiar y hogareño, cortés, no emotivo, astuto, patriota por encima de todo, frío, tolerante y liberal, buen psicólogo y conocedor de las personas y de su pueblo, contenido, disciplinado, sosegado y prudente, dócil y desapasionado».
En relación con sus Ministros asumió una actitud de árbitro y nunca quiso interferir en la tarea que les había confiado. En 1971 un periodista del Chicago Tribune hizo al príncipe don Juan Carlos una pregunta capciosa sobre posibles interferencias de Franco en sus actividades, y el futuro Rey contestó con gran energía, usando tres veces la palabra «nunca» para demostrar que el Generalísimo le había dejado completa libertad de acción.
Es difícil hallar en la Historia otro hombre de Estado que, habiendo ejercido tan gran poder y hallándose sometido a críticas adversas bien orquestadas, encuentre, después de su muerte y en condiciones políticas interesadas en denostar su obra y gratificar a los denostadores, tanta unanimidad en quienes con él colaboraron. Incluso el silencio deliberado de algunos resulta significativo. He ahí un dato que los historiadores habrán de ponderar.
Los testimonios reunidos ofrecen un retrato de Franco bastante más complejo que el de las caricaturas construidas posteriormente en uno u otro sentido. Sus colaboradores destacan de manera recurrente algunos rasgos: patriotismo, disciplina, austeridad, prudencia, sentido del deber, capacidad de mando y un extraordinario dominio de sí mismo.
También aparece un hombre reservado y poco dado a la exhibición pública de sus sentimientos, pero que, según quienes gozaron de su confianza, podía mostrarse cercano y atento. Su manera de ejercer la autoridad estuvo marcada por su formación militar y por una concepción muy definida de la unidad de España, el orden y el papel que debía corresponder al Estado.
Naturalmente, los testimonios de quienes trabajaron a su lado no constituyen por sí solos una valoración definitiva de su figura histórica. Pero sí aportan un elemento imprescindible para comprenderla: la percepción directa de quienes conocieron al hombre que había detrás del personaje político.
Por eso, frente a las simplificaciones y a las etiquetas posteriores, resulta interesante volver a las fuentes y preguntarse, sencillamente: ¿cómo era Franco cuando no hablaban de él sus adversarios ni sus partidarios, sino quienes trabajaron diariamente a su lado?
