La figura de Francisco Franco y su trayectoria militar han sido objeto de numerosos estudios, testimonios y valoraciones a lo largo de las décadas. Sin embargo, pocas cosas resultan tan singulares como escuchar al propio Franco recordar algunos de los episodios que marcaron sus primeros años de carrera militar en África.
El texto que reproducimos a continuación está basado en el libro Los últimos 476 días de Franco, de Vicente Pozuelo Escudero, y recoge una conversación mantenida con Franco en la que rememora, entre otros episodios, sus experiencias en Melilla, la actuación de las tropas españolas durante la Guerra de África y el desembarco de Alhucemas.
A través de sus propias palabras aparecen recuerdos personales, anécdotas militares y referencias a algunos de los protagonistas de aquella época, como el general Silvestre, el general Primo de Rivera o el general Castro Girona. El relato permite acercarse a la manera en que el propio Franco evocaba aquellos acontecimientos muchos años después y a la importancia que tuvieron en su vida militar.
El siguiente texto reproduce este testimonio, centrado especialmente en sus recuerdos de Melilla y en aquellos episodios que, según su propia versión, contribuyeron a forjar su trayectoria posterior.
Visto aquel primer éxito, había que inventar nuevas cosas para conseguir mantener el buen ánimo de Su Excelencia. Galbis y yo, aunque nada habíamos hablado, nos pusimos rápidamente de acuerdo con sólo mirarnos. Se trataba, sobre todo, de preguntarle cosas, de hacerle contar algo que le volviera a sus grandes, a sus primeros tiempos militares.
Se había creado un clima de confianza, así que le pregunté:
—Excelencia, hay algo que a mí me gustaría saber. Tengo un recuerdo antiguo de mi infancia que quisiera completar con su versión.
—¿Cuál es? —preguntó.
—Verá. El 24 de julio de 1921 yo tenía apenas tres años. Creo que no los había cumplido aún. Quiero recordar a mi madre tremendamente emocionada; me veo en sus brazos mientras corría por el muelle de Melilla. Entonces (mi padre era militar) nosotros vivíamos allí. Había mucha gente que gritaba sin parar; otros lloraban. Los más, cantaban. En aquellos momentos entraba un barco y bajaron a tierra jefes, oficiales y soldados. Un hombre gritó a mi lado: «¡Son los legionarios, vienen a salvarnos, vienen a salvar a Melilla!» Mi madre me apretaba más y más y también gritaba. Todos lo hacían. Los legionarios formaron frente a nosotros; los mandaba un comandante. De pronto oí su nombre. Lo oí por primera vez en mi vida: «¡Viva Franco!»
Le interrogué de nuevo:
—¿Cómo recuerda Su Excelencia aquello?
—Efectivamente, para nosotros fue inenarrable. Yo después, mucho después, escribí en el Diario de una Bandera un párrafo que recuerdo casi literalmente y en el que decía que Melilla estaba presa de pánico; que había rumores de que el general Silvestre se había suicidado; que nos habíamos quedado sin información alguna de la columna del general Navarro y que el Ejército parecía derrotado.
—¿Qué pasó en realidad?
—El espectáculo fue tremendo. Un ayudante del alto comisario nos anunció que la situación era dramática; que el enemigo estaba a las puertas de la ciudad y que había que levantar la moral de las tropas al precio que fuera. En aquellas circunstancias me apresuré a dar la novedad a los jefes. Uno de ellos, de paisano y con el brazo en cabestrillo, estaba aterrorizado. Mi impresión, se la puede imaginar, fue horrorosa: era un jefe del Ejército español vestido con ropas no reglamentarias y dispuesto a embarcarse, a marcharse de allí, en definitiva. Yo no sabía si mi deber era coger la pistola y actuar duramente con aquel pobre hombre que, por otra parte, tenía mayor graduación que yo, o hacer que no me enteraba, tomar el mando e, inmediatamente, salir para primera línea. Opté por la segunda decisión. Aquel jefe fue uno de los generales que no se sumaron al Alzamiento Nacional. En la guerra mandó una de las unidades de las fuerzas republicanas.
Franco había cambiado definitivamente. Caí en la cuenta entonces de que la enfermedad, ni siquiera el Parkinson, que ya se había notificado oficialmente, podía con su memoria. Era en aquel momento un hombre ilusionado con lo que decía. Habló después del general Silvestre, y lo hizo con tremendo respeto. Después añadió:
—Nuestras tropas, cantando La Madelón, se distribuyeron rápidamente para comenzar las operaciones. Intentábamos, en primer lugar, defender y consolidar las posiciones; luego, avanzar.
Galbis y yo estábamos atónitos. Franco se levantaba para contarnos todas estas cosas. Yo no me atrevía a insinuarle nada. Galbis le preguntó:
—Excelencia, ¿es cierto que estuvieron a punto de arrestarle en el desembarco de Alhucemas?… Yo he oído sobre este episodio muchas anécdotas, muchas versiones…
—Cuando ocurrió el desembarco, tuve una cierta reacción personal; aquello me valió una «conversación» con el general Primo de Rivera. Yo mandaba una unidad en la que iba una primera oleada de legionarios. Un oficial de Marina que viajaba con nosotros, al llegar a la costa se encontró con que allí no se podía desembarcar: el agua cubría más de metro y medio. El hombre había calculado mal. Muchos de nuestros soldados no sabían nadar. Él, en estas condiciones, comunicó con el Alto Mando; dijo que se había equivocado y, a continuación, se dio la orden de que las tropas volvieran. Pero ya los «pacos» habían empezado a disparar. Me hice cargo de la situación y pensé que nuestros soldados iban a quedar, a partir de entonces, con la moral por los suelos. Aquello podía interpretarse como un fallo de la operación. Naturalmente perderían también la confianza en sus jefes. Creí que los rifeños, sin embargo, se reforzarían pensando en que nos habían rechazado. Así que me creí en la obligación de dar la orden: «¡Al asalto!» Al corneta que venía a mi lado le indiqué: «Da la consigna». El corneta tronó: «Legionarios a luchar, legionarios a morir…» Los legionarios saltaron al agua y realizaron el desembarco. Se ayudaban entre sí. Era verdaderamente emocionante. Ganamos los primeros puestos y se consumó la operación. Eso fue todo.
—¿Y qué pasó después? —volví a interrogarle.
—Yo, en realidad, al proceder con arreglo a mi criterio había, en definitiva, desobedecido las órdenes recibidas. Naturalmente, se me llamó para que explicara los porqués de mi actitud. Dije que, a mi juicio, se hubieran producido muchas más bajas si hubiéramos retrocedido y que así, habiendo hecho lo que hicimos, culminábamos el desembarco y, de paso, lejos de elevar la moral del adversario, minábamos su ánimo, y enalteciamos el de nuestras fuerzas. Para mi defensa me basé en una ordenanza en la que se concede a los oficiales, al mando, la posibilidad de iniciativa en los momentos cruciales de una operación. Ésta es la verdad de lo que allí pasó.
Como Franco se había referido a uno de los generales de África, el general Silvestre, aproveché para preguntarle qué militares había admirado más en aquella campaña y en las diferentes etapas de la guerra.
—Entonces había un magnífico equipo militar. Conservo, sin embargo, un recuerdo imborrable, excepcional, del general Castro Girona. Tenía unas cualidades individuales, tácticas y estratégicas como yo he visto a lo largo de mi carrera en muy pocos soldados; eran muy difíciles de superar. Creo que al general Castro Girona no se le ha hecho suficiente justicia.
A continuación, Franco cambió de conversación.
—¿Conoce usted la anécdota de Bertolotti? —me preguntó.
El inefable doctor Bertolotti era una magnífica persona, un gran médico, un militar laureado con la Individual, al que Su Excelencia estimaba mucho.
—No —le dije.
—Un día Bertolotti estaba en primera línea de operaciones en África. Apareció entonces un teniente coronel de Artillería que iba a revisar los cañones y que tenía fama de zumbón. Se dirigió al médico y le preguntó: «¿Cómo está el fuego?» «Psch… regular», opinó Bertolotti. «Entonces, ¿no sabe usted cómo está la densidad del fuego?» «No, no lo sé.» «¿No tiene usted un balómetro?» «No, no señor.» Se marchó el teniente coronel y la chufla fue general. Bertolotti se había creído lo del balómetro y llegó a pensar, de buena fe, que existía un aparato para medir la cantidad de balas que caían disparadas por el enemigo. Un rato después volvió el teniente coronel, preocupado porque había explotado una pieza. Llevaba un aparato arrastrado por dos mulos. Dijo Bertolotti: «¿Qué es eso?» «Un hipocelómetro», respondió el teniente coronel. Bertolotti, a la carcajada limpia, se dirigió a su interlocutor y, dándole unos golpes en el vientre, se mofó: «Conque hipocelómetro, ¿eh? Conque hipocelómetro… ¡ja, ja, ja!» La pieza, naturalmente, era un hipocelómetro. Bertolotti, de nuevo, fue objeto de bromas.
La Señora estaba pasando una tarde feliz. De repente, se me ocurrió preguntar a Franco:
—Excelencia, ¿cuántos años tenía cuando ocurrió el episodio de Melilla?
—Era ya mayor, tenía veintiocho.
Su Excelencia, según él, había parecido siempre mayor de lo que en realidad era. No le importaba recordar que en tiempos le llamaron cariñosamente «el Comandantín». Me acuerdo que le conté entonces una anécdota que a mí me había relatado don Gregorio Marañón. Don Natalio Rivas y don Gregorio hablaban de la época en que se celebraban tertulias en casa de don Natalio, a las que acudían, entre otros, Alcalá Zamora, Belmonte, Juan Cristóbal, Millán Astray y, desde luego, Marañón. Éste solía decir que en aquellos años para ser ministro había que pasar por la tertulia de don Natalio. Franco asistió algunas veces, probablemente llevado por Millán Astray. Un día, nostálgico, don Natalio comentaba con Marañón: «¿Usted pensó alguna vez que aquel “comandantín”, que venía a nuestra tertulia cuando pasaba por Madrid, y que siempre permanecía callado, escuchando a unos y a otros, iba a ser el protagonista de una larga etapa de la historia de España? La verdad es que ninguno de los que estábamos allí valoramos suficientemente a aquel hombre en aquel tiempo.»
De aquella tertulia recordé al Generalísimo otra anécdota relacionada con él.
—Me contaron que, por entonces, todos tenían una pobre idea de la mentalidad militar. Por eso, y para probarle, le interrogaron sobre la guerra de África. Alguien de la tertulia afirmó: «Yo creo que es un crimen llevar a la juventud allí. La están matando». Parece que Su Excelencia respondió algo así como: «Yo no entiendo de política. Vengo aquí porque es una tertulia en la que aprendo mucho. Si me preguntan por mi opinión, les diré que creo que la guerra de África se acabará en el momento en que haya un desembarco en Alhucemas. Para mí eso es muy fácil de realizar; con tres columnas se consigue una pacificación más o menos rápida. Pero lo que yo crea tiene poca importancia. Hay que introducir esta idea en los altos niveles, en aquellos donde se pueden tomar decisiones. Por otra parte, los medios de información deben decir al pueblo español que España en África tiene que cumplir con su papel histórico. No podemos ser segundones de Europa.» A continuación, decía don Natalio que Su Excelencia tomó un papel y dibujó cómo podría ser el desembarco de Alhucemas.
El Caudillo, que me escuchaba, creo que impresionado, dijo cuando terminé de contar aquella anécdota:
—Es cierta.
En los últimos momentos de conversación de aquella tarde que había comenzado triste y terminó feliz, le hablé a Franco de cuál había sido el comentario que don Natalio Rivas hizo a Marañón a raíz de aquella lección de estrategia política y militar que Franco les había dado. La observación de don Natalio fue así: «Franco, según confesión propia, no entendía de política. La gente de mi época hemos sido ministros, pero por poco tiempo. Ninguno de los políticos que iban por la tertulia pudo mantenerse en el poder tres años siquiera, y este hombre que decía que no sabía nada de aquello, que afirmaba que le gustaba escuchar, sobre todas las cosas, lleva más de veinte años como Jefe de Estado.»
Franco se rió y yo le pregunté:
—¿Qué le parece, Excelencia?
—Que yo estoy aquí porque no entiendo de política, ni hago política. Ése es el secreto.
Ahora pienso que un día como aquél, y las tertulias que mantuvimos entonces, nos ayudaron muchísimo a recuperar físicamente a un hombre de 80 años. Como por otro lado el heterodoxo procedimiento de las marchas militares funcionaba admirablemente, se me ocurrió perfeccionarlo.
—Creo que sería correcto y bueno para Su Excelencia no sólo oír estos himnos, sino andar y marcar el paso a su compás —le indiqué.
