INTRODUCCIÓN
La carta pastoral Horas graves, publicada en 1933 desde la Archidiócesis de Toledo, es uno de los documentos más significativos para comprender la situación de la Iglesia en España durante los años de la Segunda República. En ella se expone, con un lenguaje intenso y profundamente doctrinal, la percepción de una crisis religiosa, social y moral provocada por la implantación del laicismo político y por las medidas legislativas que afectaron gravemente a la vida eclesial.
El comentario del Padre Gabriel Calvo Zarraute nos ayuda a situar este texto en su contexto histórico, a desentrañar sus claves teológicas y pastorales, y a leerlo con mirada crítica y serena desde el presente. No se trata solo de un documento del pasado, sino de una reflexión que interpela sobre la relación entre fe, sociedad y poder político, así como sobre la responsabilidad personal y comunitaria de los cristianos en tiempos de crisis.
Solía el apóstol san Pablo, al dirigirse por escrito a sus iglesias, empezar sus cartas con esta dulce y llenísima fórmula: «La gracia y la paz sean con vosotros, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo»[1]. La paz es la posesión tranquila de los bienes con alejamiento de todo mal; la gracia es la comunicación de la vida divina a los hombres. ¿Qué bien mayor podría un apóstol desear para sus iglesias que esta paz, arrancando del «Dios de la paz» y conquistada para la humanidad por Jesucristo, «nuestra paz»[2], que llevó al mundo la tranquilidad del orden en todos los aspectos de la vida? Y ¿qué mayor bien que la gracia, cuya participación más insignificante excede todo bien de la naturaleza, según doctrina de Santo Tomás?
Esta gracia y paz anhelamos para vosotros, venerables Hermanos y amados hijos nuestros, al dirigiros Nuestra primera Carta pastoral con motivo de nuestra entrada en esta gloriosa Archidiócesis de Toledo. Pax et gratia: paz con Dios y con vuestras conciencias, y paz social, que es, dice San Agustín, la irradiación de la paz con Dios. Y gracia, que es el fundamento de la paz porque es la amistad con Dios, garantía única de la paz. La gracia y la paz en la tierra son un presagio y como una anticipación de la bienaventuranza, que no es más que la consumación de la gracia y la plena y pacífica posesión de Dios, nuestro fin.
Y Nuestro anhelo de paz y gracia es mayor porque estamos en horas de conturbación gravísima. «Y he aquí que se produjo gran movimiento en el mar, hasta el punto de que las olas cubrían la navecilla». Estas palabras con que encabezamos esta Carta tienen aplicación alegórica a la situación de la Iglesia en nuestra patria en los actuales momentos. Se ha desencadenado una tempestad deshecha contra todo lo nuestro, y no tenemos paz en el aspecto religioso-social. Que al menos no perdamos esta paz profunda del espíritu, don que hace Dios a quienes con Él viven unidos. Dicen que en las grandes tormentas sólo se agitan, imponentes, las aguas de la superficie del mar, y quedan en su reposo eterno las aguas profundas. Hinquemos el áncora de nuestra vida en el seno inmóvil de Dios, y no temamos.
Formulados nuestro primer saludo y anhelo, os indicamos el asunto de este escrito Pastoral, que no puede ser otro que el que nos impone la gravedad de la hora presente. Aun en paz y gracia con Dios en el orden personal, paz que sobrepuja a todo sentido y que dará inconmovilidad a nuestro espíritu, no podemos sustraernos a los efectos y a los deberes que nos impone la profunda alteración del orden social de nuestra Iglesia. Primero porque la Iglesia es esencialmente social, y toca a todos los miembros del cuerpo lo que afecta a todo el cuerpo; y luego, porque la ventolera revolucionaria que se ha desencadenado contra todo lo de la Iglesia, si no toca directamente al espíritu, que escapa a toda acción y a toda jurisdicción humana, pero llevará sus estragos al mismo orden espiritual. Dios ha hecho tal a su Iglesia que ha querido se formara y sostuviera por el apostolado, que es función esencialmente social, y que hasta los medios transmisores y de nutrición de la vida del espíritu fueran de orden externo y material. «Si fueses puro espíritu, dice el Crisóstomo, te hubiese Dios dado su vida por un medio totalmente espiritual; porque eres cuerpo, ha querido vincular su vida al elemento material».
Así debemos considerar la vida cristiana. Es vida de Dios en nosotros, pero nos viene de fuera, según aquello del Apóstol: «¿Cómo oirán si no hay quien les predique?»[3]. Y en el nombre de predicación podemos incluir todo elemento y procedimiento de orden visible que la propague y nutra.
Este concepto interno-externo de la vida cristiana, diametralmente opuesto a la doctrina protestante de la Iglesia, nos dará la medida de la gravedad de la hora presente, en que todo factor social se conjuga contra nosotros, v de la responsabilidad que en el mismo orden social nos importa. La revolución no puede arrebatarnos a Dios, cierto: podemos decir de ella lo que la Liturgia dice de los tiranos, que con sus garfios no llegaban al alma de los mártires: Nec carpsit penetralia; pero ella no sólo ha expulsado oficialmente a Dios de nuestra patria, declarando que nuestra sociedad nada tiene que ver con Dios, ni tiene Dios nada que hacer en ella, sino que su declaración de laicismo legal ha desmontado toda esta armazón secular que era soporte y factor social de la vida cristiana en nuestra patria: monopolio de la enseñanza, supresión del culto público o poco menos, denegación de subvenciones a los ministros de Dios, secularización de la vida y de la muerte, etc.
Esta operación, que con temeridad asombrosa ha emprendido el poder público en España, rebasa los límites de un simple ordenamiento de algún factor externo de orden social. Es una verdadera vivisección que se ha efectuado en el cuerpo de la nación, llegando con el bisturí de la ley hasta su misma entraña viva, que es la religión. Esta lo mueve todo, dijo Cicerón: Omnia reliaione moventur: y lo mueve todo porque ella importa la presencia y la acción de Dios en todo. Dios ha hecho al hombre «animal religioso», usando la definición de un famoso antropólogo, y ello en el orden individual y social. Tocar en un pueblo la religión es, más que tocarle en carne viva, meter un cuerpo extraño en estas junturas vivas del alma con el cuerpo, de Dios y el hombre, ocasionando con ello trastornos profundos, que pueden ponerlo en trance de morir.
Gravedad de la hora presente
De aquí la gravedad de la hora presente para España, no ya simplemente en el orden religioso, sino en el político, social, moral y hasta económico.
En el político, porque es gravísimo error, de enormes consecuencias en la vida de la sociedad civil, utilizar el poder para alterar la paz de los espíritus, tal vez para vejarlos; restarse la colaboración, o a lo menos enajenarse las voluntades de ciudadanos probos, que consideran la religión como fundamento de su misma probidad y de su eficiencia social; monopolizar los resortes del poder para limitar o suprimir cosas que han hecho sagradas, a más de la religión misma, la libertad y las costumbres patrias; enfrentarse con una autoridad que no puede renunciar a su divino mandato y que está siempre dispuesta a colaborar con los poderes de la tierra para labrar la máxima felicidad de los ciudadanos ya en este mundo; poner el dualismo y la antítesis donde Dios puso unidad jerarquizada, y engendrar estos conflictos entre la conciencia y la ley, tortura del alma de los ciudadanos.
Es gravísima esta hora bajo el aspecto social. Dios, ha dicho Lacordaire, debe ser el primer ciudadano de toda nación, so pena de que sucumba el verdadero espíritu ciudadano. Por la misma puerta con que se lanza a Dios de las sociedades, salen de ellas la paz y la concordia, y entran todos los egoísmos, que son la fuerza explosiva que pulveriza los espíritus y los hace incapaces para aproximarse ―si no es para satisfacer sus concupiscencias, porque el egoísmo es padre de todas ellas― y para una colaboración abnegada y cordial.
El sentido de la presencia de Dios, de su paternidad, de sus leyes, de sus sanciones es la atmósfera en que se desarrolla la conciencia del deber, de las exigencias de la fraternidad, de estos dos factores sobre los que se asientan las sociedades bien ordenadas, la justicia y el amor. «Si Dios no construye la ciudad, podemos decir con el salmista, es vano el esfuerzo de quienes la levantan». Tratándose de nuestro Dios, del Dios de los católicos, es más grave el mal, porque no hay Dios como Él, que haga mejores ciudadanos. «¿Qué Dios?» decía despectivamente el laicísimo Ferry a unos padres de familia que le pedían que no quitara a Dios de la enseñanza oficial. ¿Qué Dios? El Dios único capaz de hacer los pueblos grandes, pudieron responderle; nuestro Dios Jesucristo, de quien podía San Agustín decir a los paganos: «Los que dicen que la doctrina de Cristo es contraria al bien del Estado, que nos den un ejército de soldados tales como los hace la doctrina de Cristo; que nos den tales gobernadores de provincia, tales maridos, tales esposas, tales padres, tales hijos, tales patronos, tales obreros, tales reyes y jueces, tales contribuyentes y exactores del fisco cuales los quiere la doctrina cristiana». Los mismos paganos confesaban ser ella la mejor salvaguardia social.
Ni saldrá mejor librada la moral si se arranca a Dios de nuestra sociedad. No hay que insistir en un punto que es de absoluta evidencia. Todo el peso de todas las palabras sonoras del léxico laicista es incapaz de ordenar las conciencias en el sentido del bien. La «nueva cultura», los «tiempos nuevos», las «nuevas maneras», la democracia, la justicia social sin Dios, la pura filosofía o la razón pura o el sentido estético social son incapaces de arrancar del fondo del alma una sola acción buena con la eficacia y valor de un precepto promulgado en el fondo del alma en el nombre de Dios. Menos aún son capaces de dar al espíritu la tensión que se requiere para el bien obrar habitual. Y menos para abrir en el alma colectiva estos surcos que la Ley de Dios ha trazado a fuerza de siglos en el vivir social y que canalizan la actividad pública en el sentido del bien.
«Ama a Dios y haz lo que quieras», dice San Agustín; porque el amor de Dios, o su temor, «clava la vida», en frase del Salmista, y no la deja vagar por campos vedados. Todos los pueblos, de toda la historia, han recurrido a la divinidad para ordenar sus acciones; siempre fue Dios, aun en medio de las aberraciones del paganismo, el dueño de las conciencias. Les ha cabido a los tiempos modernos la desgracia de querer ordenarse oficialmente sin Dios, quitándole de las almas y apoyando los resortes del bien obrar en el vacío de la razón pura y del pensamiento emancipado.
Taine, historiador y filósofo racionalista, tuvo que reconocer el engrandecimiento moral aportado al mundo por el Cristianismo: «Siempre y en todas partes, dice, tan pronto desfallecen las alas del Cristianismo, o tan pronto se las quiebra, degrádanse las costumbres públicas y privadas. En Italia, durante el Renacimiento; en Inglaterra, bajo la Restauración; en Francia, bajo la Convención y el Directorio, se ha visto al hombre hacerse pagano, como en el siglo primero; y al mismo tiempo se le encuentra tal como en tiempos de Augusto o de Tiberio, es decir, voluptuoso y duro; abusa de los otros y de sí mismo; el egoísmo brutal o calculador reconquista su ascendiente; la crueldad y la sensualidad se manifiestan con descoco, y la sociedad viene a convertirse en campo de batalla o en un lugar apestado. Cuando se ha visto de cerca este espectáculo es cuando puede evaluarse la aportación del Cristianismo a nuestras sociedades; lo que en ellas ha introducido de pudor, de dulzura y humanidad; lo que en ellas ha conservado de humildad, de buena fe y de justicia. Ni la razón filosófica, ni la cultura artística y literaria, ni siquiera el honor feudal, militar o caballeresco, ningún código, ninguna administración, ningún gobierno puede suplirle en este servicio». Laicizar es paganizar; perseguir, empobrecer y acorralar a la Iglesia es dejar sueltos los siete pecados capitales para que corrompan la conciencia y devasten las costumbres de nuestro buenísimo pueblo.
¿Diremos que la expulsión de Dios de la sociedad acarrea asimismo la ruina material de los pueblos? ¿Por qué no? Ahí está Rusia, sin Dios y sin pan; y está sin pan precisamente porque se le ha quitado a Dios. «La liberación de las masas de la necedad religiosa, leemos, reviste la forma de una lucha de clases agudizada». «Toda propaganda y toda agitación de los sacerdotes y sectarios en favor de Dios y de la religión va unida a la propaganda y agitación contra las medidas del poder soviético, encaminadas a colectivizar las masas de labradores pobres y medianos». Así, eliminando a Dios, se ha enconado en Rusia la lucha de clases con la que no es posible el progreso económico social.
Sin Dios no hay justicia, ni fidelidad a los pactos, ni escrúpulo en defraudar lo que se pueda sin incurrir en sanción. Sin Dios no hay caridad, ni confianza, ni armonía de clases, elementos necesarios en el mundo de la producción y del trabajo. La ausencia de Dios coincide siempre con la explosión de las concupiscencias y de la inmoralidad pública, y ésta es el plano inclinado por donde bajan las naciones a su ruina material. La familia, el trabajo, el ahorro, la propiedad, la abnegación y la tenacidad, juntamente con la paz, son los grandes factores de la prosperidad de un pueblo, y todos ellos descansan en Dios, en su providencia, en su caridad, en sus premios.
Cuando falta la paternidad de Dios que parta el pan a los hombres, éstos se lo mal dividen, quedando ahítos los audaces y con hambre los desafortunados y débiles. Ni es el Estado capaz de suplir los oficios de esta paternidad, porque ni es ésta su misión, ni, en la hipótesis del Estado sin Dios, estarán libres de los humanos vicios los que ejercen sus poderes, quedando casi siempre entre el rodaje político la mayor parte de la riqueza social.
Todas estas ruinas nos amenazan ―muchas se han acumulado ya en nuestra patria― si prevalece la loca empresa de quitar a Dios de entre nosotros. Que éste sea el intento de los poderes públicos lo afirma el Papa en su reciente encíclica Dilectissima Nobis, tan clara, tan paternal y tan severa a un tiempo: «De todo esto aparece, por desgracia, demasiado claro el designio con que se dictan tales disposiciones, que no es otro sino educar a las nuevas generaciones; no ya en la indiferencia religiosa, sino con un espíritu abiertamente anticristiano: arrancar de las almas jóvenes los tradicionales sentimientos católicos, tan profundamente arraigados en el pueblo español y secularizar así toda la enseñanza, inspirada hasta ahora en la religión y moral cristianas». Y aun este punto de la enseñanza, bien que el más vivo y trascendental, no es más que un episodio en la serie interminable de acometidas contra nuestro Dios.
III. Lo más grave: situación precaria de la Iglesia
Porque lo más grave de la hora presente, y lo que más atañe a Nuestro oficio pastoral, es la precaria situación a que ha quedado reducida nuestra religión santísima en nuestra querida patria. «¡¡Es bien triste la situación creada a la Iglesia Católica en España!!», dice Pío XI en la mentada Encíclica, después de enumerar la serie de leyes inicuas con que se trata de empobrecerla y maniatarla.
Sin pan los ministros de Dios, que se les ha arrebatado en forma inhumana e injusta ―ya que les era debido por muchos títulos―, sin que tuvieran los legisladores corazón para dictar un arreglo provisorio que consintiera amortiguar los daños del golpe, duro y rápido, asestado, en casos numerosísimos ―lo decimos con dolor de padre― contra sacerdotes ancianos que agotaron su vida en penosos ministerios ejercidos bajo título eclesiástico refrendado en su responsabilidad económica por la Nación, que a ello se comprometió con pactos solemnes. «Con la deletérea introducción del divorcio, añade el Papa, con que la nueva legislación española osa profanar el santuario de la familia, sembrando así, junto con la intentada disolución de la sociedad doméstica, los gérmenes de las más dolorosas ruinas en la vida social». «No exento de limitaciones el mismo ejercicio del culto católico, aun en sus más esenciales y tradicionales manifestaciones, como la asistencia religiosa en los institutos que dependen del Estado; las procesiones religiosas, que necesitarán autorización especial gubernativa en cada caso; la misma administración de los sacramentos a los moribundos y los funerales a los difuntos». «La usurpación del Estado, que no se ha detenido en los inmuebles, sino que también los bienes inmuebles, catalogados con enumeración detalladísima, para que no escape nada, han sido declarados propiedad pública nacional». «Tratadas las congregaciones religiosas de un modo inhumano, pues se arroja sobre ellas la injuriosa sospecha de que puedan ejercer una actividad política peligrosa para la seguridad del Estado, y con esto se estimulan las pasiones hostiles de la plebe a toda suerte de denuncias y persecuciones, vía fácil y expedita para perseguirlas de nuevo con odiosas vejaciones». «Quitada de en medio la Compañía de Jesús, que bien puede gloriarse de ser uno de los más firmes auxiliares de la Cátedra de Pedro, con la esperanza acaso de poder después derribar, con menor dificultad y en corto plazo, la fe y la moral cristianas del corazón de la nación española, que dio a la Iglesia la grande y gloriosa figura de san Ignacio de Loyola». Tal es la descripción que, tomando no más que algunos rasgos salientes, nos hace el Papa de la situación de la Iglesia en España.
Es más grave la situación de la Iglesia entre nosotros por lo brusco del arietazo con que la ha acometido el poder político. Hemos pasado, en días, de la paz a la guerra abierta, con despliegue de todas las fuerzas y uso de toda arma, desde la destrucción vandálica de nuestros templos al asedio por el hambre y a la subversión legal de nuestras creencias y de nuestra legítima posición social. De una situación de privilegio y de respeto se nos ha colocado en condición de inferioridad civil y social; y a nuestra actitud ejemplarísima de respeto y benevolencia, hasta llegar a generosos ofrecimientos de colaboración, se ha respondido con ininterrumpidos agravios. En dos años, se nos ha aislado como si fuera la Iglesia una institución dañina o antisocial; se ha legislada en materia totalmente nuestra, con grave daño de la doctrina y de la disciplina de la Iglesia; y después de habérsenos quitado el pan de cada día, se ha «traspasado» al Estado toda nuestra riqueza inmueble y mobiliaria, recurso último que nos quedaba para aliviar nuestra agonía. No parece, sino que el Señor haya querido que se realizase en su Iglesia la visión del Profeta: In angustia et vastitate opprimet te hostis tuus[4].
Gravedad que han hecho más apremiante la tenacidad y sagacidad del enemigo que, aleccionado por viejas experiencias, ha acosado a la Iglesia, indefensa, con estrategia verdaderamente diabólica, desoyendo la voz de la razón y el grito de las conciencias, única defensa de los oprimidos; siguiendo ojo avizor los latidos de la opinión pública para dar los golpes con mayor oportunidad y eficacia; y dejando abierto sine die este periodo ciclónico que mantiene a la Iglesia en zozobra continua, dentro del vórtice en que la agita y estrecha la revolución.
En otros tiempos ―y es esta otra razón de la gravedad de la hora presente― las revoluciones fueron más superficiales, menos duraderas y, si así puede decirse, menos sabias que la actual; no por la sabiduría de los hombres que la dirigen, sino porque el cuerpo social es más complejo, sus resortes más delicados, mayores que antaño y de eficacia mayor los medios de que el Estado dispone, más difundido en el cuerpo social el microbio de la infección anticristiana, más poderosos y rápidos los instrumentos de difusión del pensamiento. En estas condiciones los múltiples tentáculos del poder estatal han llegado a todas partes y han podido penetrarlo todo, obedeciendo rápidamente al pensamiento único que le informa de anonadar a la Iglesia, que se ha visto aprisionada en una tupida red de disposiciones legales, pérfidamente afinadas en la sombra por los proyectistas, sacadas a luz por el peso de una mayoría hostil y ejecutadas con frecuencia ―testigos cien veces de ello― según el criterio cerril o cicatero de las autoridades lugareñas.
Queremos que todo cuanto os decimos no tenga más que un carácter expositivo, aunque lo sea de agravios. Pero no queremos por Nuestra parte responder al ataque con el agravio, que pudiera interpretarse como manifestación de la impaciencia o del encono y redundar en desprestigio de la autoridad. A los hombres se los conoce por sus obras, y ellos han cuidado desgraciadamente de exhibirse tales cuales son. Se realiza en ellos la palabra de Jesucristo: «Odian la luz ―que conocen tanto como nosotros― y prefieren las tinieblas, porque sus obras son malas»[5]; cuando Dios sea servido, «perderá la sagacidad de los astutos y destruirá la sabiduría de los sabios»[6].
Entre tanto, siguiendo la indicación del Apóstol, roguemos por los que dirigen la cosa pública, para que cesen de atentar contra Dios y su Cristo, para que Dios cohíba su audacia y dirijan todas sus intenciones y acciones al logro de los verdaderos bienes de la sociedad civil, entre los que es el primero el conocimiento, el amor y el servicio que se debe a Dios.
- Causas de la situación presente:
- a) Causas externas
Y ahora, analicemos brevemente las causas que nos han llevado a tanto estrago.
Nada, en ningún orden, se produce sin razón suficiente, dicen los filósofos; y si bien ha descargado de improviso sobre nosotros la turbonada de la revolución, en el orden social como en el atmosférico, los fenómenos tienen su preparación lenta, y no se producen sin que antes se hayan conjugado la serie de fuerzas y coyunturas que determinan su explosión. Un rayo rasga la nube y hiende el árbol altivo en un momento; pero el calor, el movimiento, el roce, los vientos, un estado atmosférico favorable han acumulado lentamente el fluido eléctrico que estalla, por fin, en el aire en forma de poderosísima chispa que produce el estrago.
Así ha venido sobre nosotros el rayo de la revolución, y hemos quedado como aterrados. Y pasmado el mundo. No puede viajarse fuera de España sin que cien veces se produzca la misma pregunta: «Pero España, la católica España ¿por qué ha visto aparecer súbitamente el monstruo de la irreligión y del laicismo, y por qué el Estado ha tenido fuerza para imponerlo, y por qué no ha reaccionado la nación para sacudirse la terrible lepra?». Porque el rayo se forjó lentamente en el seno de nuestra atmósfera social, respondemos. Ni es razón que explique el fenómeno la de un engaño que haya sufrido el cuerpo electivo nacional, porque este mismo engaño es otro fenómeno que han aparejado causas lejanas en las que todos, o casi todos, hemos incurrido en responsabilidad.
Indiquemos las causas externas que nos han acarreado estas horas gravísimas.
Es la primera de todas, la acción del homicida ab initio[7], «el homicida desde el principio del mundo», que es el demonio| adversario acérrimo de Jesucristo y su obra. Se reirán los impíos de nuestra credulidad y simpleza al atribuir influencia social a los espíritus malignos. Pero nosotros tenemos fe, y por ella sabemos que la legación de Jesucristo al mundo tuvo por primer objetivo la victoria sobre el diablo: Venisti perdere nos…[8]. El Cristianismo es esencialmente milicia, del cielo contra el infierno, de Jesucristo contra Satanás, de cada uno de nosotros contra el «hombre enemigo» de que nos habla el Evangelio. «Sed sobrios y vigilad, hermanos, decía San Pedro, porque vuestro adversario el diablo os ronda siempre buscando a quien devorar»[9]. «Porque no es nuestra pelea, añade San Pablo, solamente contra hombres de carne y sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos por los aires»[10].
Indicamos este factor, que indudablemente lo es de desorden social, para que os acostumbréis a ver la totalidad de los aspectos de los fenómenos humanos, que son solidarios de fuerzas invisibles. Dios, por una parte, que lo modera todo con su acción próvida; y su enemigo Satanás, por otra, quien ha reservado algo de su fuerza acérrima para prueba de hombres y sociedades.
Causa y, a la vez, instrumento oculto de las revoluciones, y en particular de la que se ha desencadenado en España, es la masonería. Está hoy este hecho, no simple presunción, en la conciencia de todo el mundo. Hace poco, al aprobarse la Ley de Congregaciones, decía apodícticamente un gran periódico alemán: «Ha triunfado la masonería, que tiene cinco votos en el seno del gobierno español». Y lo denuncia el Papa en su Dilectissima Nobis, cuando, respondiendo a la insidiosa razón de que era necesario aprobar la citada Ley para defender a la República, añadía: «Tan evidente aparece la inconsistencia del motivo aducido, que da derecho a atribuir la persecución movida contra la Iglesia en España, más que a la incomprensión de la fe católica y de sus benéficas instituciones, al odio que contra el Señor y su Cristo fomentan sectas subversivas de todo orden religioso y social, como por desgracia vemos que sucede en Méjico y en Rusia». Por lo demás, la intervención de la masonería en la actual persecución de la Iglesia, y especialmente en lo relativo a enseñanza, está hoy documentalmente demostrada. Ni se han recatado los mismos masones de celebrar públicamente sus triunfos y de felicitarse mutuamente por sus éxitos.
La masonería quiere canonizar la impiedad, dice el gran Obispo Torres y Bages, y, de hecho, cuando puede disponer del gobierno a su antojo, legaliza la pública impiedad y la impone a los ciudadanos como ideal de la vida. Secta parricida, que intenta matar a Dios en el alma del pueblo, que sentirá siempre la paternidad del «Padre nuestro que está en los cielos», del que la masonería, porque es hija y colaboradora de Satanás, es enemiga implacable.
Secta que huye de la luz y que socava ocultamente los cimientos de la sociedad, aumentando ello su fuerza y la terribilidad de sus estragos. Cuando la Ley de Asociación amenazaba en Francia ponerla al descubierto, consultado el Gran Maestre sobre la conveniencia de ponerse en regla con el Estado, contestó: «Yo considero las declaraciones exigidas por el artículo 5° de la Ley como peligrosas; la Francia masónica debe guardar un carácter oculto». Como Pío XI en la revolución actual, así veía León XIII la prepotencia de la masonería en la Revolución francesa: «La Ley de Asociación, dice, es el más grave atentado contra la religión que se haya cometido en Francia desde mucho tiempo; es al Papa contra quien se tira al querer sustraer sus hijos más fieles a su autoridad. La francmasonería, que lo gobierna todo, quiere llegar a la separación y al cisma». Y quejándose de la desunión de los católicos añadía: «Estoy afligido por la división de los católicos, que no saben hacer las paces frente a la masonería… ¡Ah! si hubiesen estado más unidos, se tendría hoy una Cámara menos mala, y la francmasonería no se hubiese atrevido a emprender el mal que ahora se hace»[11]. La historia se repite, y más diríamos: que se repite la historia de las revoluciones políticas anticristianas, cuyo tipo, desde la revolución francesa del 89, se reproduce con escasas variantes. Aprendamos sus lecciones.
Y notemos otro hecho, que entra en la serie de las causas externas de la situación que padecemos. Sin injuria para nadie, nos atrevemos a decir que la revolución actual es obra de un intelectualismo descarriado e incomprensivo. Desde Celso acá la impiedad ha tenido en la falsa ciencia un formidable aliado. No cabe aquí la demostración del hecho: recuérdense los nombres de Juliano el Apóstata, de los famosos humanistas que prepararon la falsa Reforma, de Voltaire y colaboradores de la Enciclopedia, y de la serie de pseudosabios de la política de los últimos cincuenta años, que han declarado la incompatibilidad entre la razón y el dogma: de Viviani, que no habla más que del ideal del pensamiento libre y que se gloría de haber el hombre apagado las luces del cielo; de Marx, para quien la religión es cosa de sinrazón; de Liebknecht, que proclama que la ciencia natural nos libera de Dios; y entre nosotros, de estas instituciones que no hemos de nombrar, de las que han salido, o en que han convergido, o que han patrocinado a tantos literatos, periodistas y políticos sin Dios. De aquí dicen ―lo ignoramos― que han salido los hombres de la revolución; a ella se han incardinado los que creen que «la república es rigurosamente laica» ―palabras de Jaurés― y las huestes socialistas que han vaciado de todo sobrenaturalismo cristiano sus programas de orden social y político.
Ha causado ello daño enorme a la Religión y a la República. A la Religión, a la que se ha restado injustamente el prestigio secular que se conquistó en el campo de la ciencia, y que ha visto al «intelectualismo» utilizar contra ella los inmensos recursos del poder político. Y a la República, que se ha visto obligada a dar unas batallas que siempre se pierden, que son las entabladas contra la fe y la conciencia del pueblo, y que en este punto ni alcanzará los prestigios que trata de anular, ni podrá labrar, con todo su esfuerzo económico y su aparato docente, el alma del pueblo, que no se concibe grande, recta y fuerte sin lo único que puede darle un ideal con rectitud de pensamiento y fuerza de voluntad para lograrlo, que son las creencias religiosas.
Entre tanto, se ha alterado profundamente la paz de los espíritus y se ha arremetido contra la Iglesia en lo que tiene de más esencial y vivo, que es el magisterio doctrinal. ¡Loca carrera la de la hinchada ciencia, cuando se desprende de Dios y se cree más que Él e incompatible con Él! Ella acaba siempre en la monstruosidad de la diosa razón, que trata a Dios y le persigue como se hace con un rival.
Y esta ciencia atea, que en otros tiempos pudo haberse encerrado en el campo de su especulación o de la propaganda doctrinal o de la blasfemia volteriana, ha encarnado en unos principios y procedimientos políticos que han acarreado daño enorme a la Religión, desde la mitad del siglo pasado.
Siempre será verdad que el pensamiento manda. A la etapa puramente intelectual de la idea sigue siempre el período de proselitismo; y si con él se llega a la conquista de una porción considerable de las masas, la idea encuentra fácil acceso al poder político. La fortuna, además, ayuda a los audaces, que, sin trabas que le imponga una ley superior al hombre, convierten el arte de gobernar en el de destruir lo que no se ajusta a su ideario. No quieren saber que el arte político no es más que la aplicación de los principios de la política pura y que ésta o es una parte de la moral, con principios que arrancan de la misma esencia de las cosas y del pensamiento de Dios que las hizo, o es la calamidad más grande que pueda caer sobre un pueblo.
Y hoy predomina el ateísmo en política: es otra de las causas de nuestra gravísima situación actual. Dos grandes ramas de la filosofía política han derivado del ateísmo: el puro laicismo político y la secta socialista, como la llama León XIII, con todos sus matices y derivados.
El laicismo político no niega a Dios, pero lo relega al fuero de la conciencia individual y lo destierra de la sociedad. De aquí la doctrina separatista de la Iglesia y del Estado, hijuela fatal del protestantismo. Pero como quiera que la idea religiosa tiende por su misma naturaleza al máximo poder social, porque el principio religioso es el más poderoso e incoercible del alma humana, de aquí la lucha incesante del laicismo estatal contra Dios. Un estado laico no puede tolerar en su seno una organización poderosa, tan vasta como él, mucho más que él, aunque sea de orden espiritual; y en vez de buscar en ella la colaboración armónica y un sostén, dentro de una unidad sin mezcla de poderes, la trata como enemiga y utiliza el poder político para anularla. «La Iglesia libre en el Estado libre» es una bella fórmula, pero no es una bella verdad histórica. De la Convención francesa dice un escritor: «Los Césares paganos no oprimieron más que la conciencia cristiana; la Convención oprimió toda conciencia, sin excepción, y envolvió a todas las religiones y a todas las filosofías en el mismo desprecio y anatema»[12].
E1 socialismo es más radical en sus principios políticos. Partiendo del concepto materialista de la vida y de la historia, la religión le sobra, mayormente la cristiana, que es adoración de Dios en espíritu y verdad. Y cualesquiera que sean los matices y variantes que adopte el socialismo con respecto a la religión individual, coincide absolutamente con el laicismo político en orden a la religión: «Las instituciones oficiales de educación, formación, investigación ―dice el actual programa de Heildelberg― son laicas. Hay que combatir todo influjo oficial jurídico de la Iglesia. Separación de la Iglesia y del Estado; separación de la escuela y de la Iglesia; clases laicas de primera y segunda enseñanza y universitarias. Prohibida la aplicación de subvenciones para fines eclesiásticos y religiosos».
He aquí, amados diocesanos, algunas de las causas, poderosísimas, que nos han llevado a la situación actual. Si cada una de ellas es capaz de producir grandes estragos en el campo del Padre de familias, que es la Santa Iglesia, ¿qué no hay que temer cuando obran conjuntamente, emplazadas todas las baterías en el sitio de su eficacia máxima en el orden social, que es la torre blindada del poder político?
«El reinado de los impíos es la ruina de los hombres»[13], dice el Sabio. «Cuando los impíos toman las riendas del gobierno, el pueblo tendrá que gemir»[14]. La razón la da Bossuet: hay leyes fundamentales en la constitución y régimen de los pueblos bien gobernados que no pueden tocarse sin que vacilen los cimientos de la sociedad; y no hay ley que toque más profundamente las entrañas de una nación que la que regula sus relaciones con Dios y con las cosas de Dios. Cuando una mano temeraria expulsa a Dios de la ordenación legal de un Estado, único principio que puede dar estabilidad definitiva a las leyes, entonces se verifican las palabras de Isaías: «El Señor ha derramado en ellos el espíritu de vértigo, y ellos han sido causa de que desacierte Egipto en todo cuanto hace; a la manera que anda desatinado un beodo cuando está en el vómito»[15].
- Causas de la situación presente:
- b) Causas internas
Pero, valiéndonos de una bella alegoría del Evangelio, no son tan sólo los vientos y los ríos y las lluvias que vienen de fuera lo que arruina la casa, sino la desidia o el abandono de los de dentro, que no cogen la gotera o no contrarrestan la injuria de los elementos. Ni invade la cizaña la mies únicamente por el dolo del hombre enemigo, sino por la pereza de los operarios que se han dormido. Me refiero, amados diocesanos, a las causas internas de la ruina que lloramos de la Iglesia, que es la Casa de Dios, en nuestra España. «El justo es el primero en acusarse a sí mismo»[16]; hagámonos justicia nosotros mismos, reconociendo nuestras debilidades, nuestras omisiones y yerros. Son las causas internas de nuestra actual desgracia.
Nos atrevemos a señalar como la primera de ellas la falta de convicciones religiosas en la gran masa del pueblo cristiano. Dejamos aparte consideraciones de orden político y social que tienen relación íntima con el pensamiento dogmático predominante en los individuos. La fuerza expansiva y comprensiva de la verdad religiosa, cuando de buena ley, ya más allá de la persona física para encarnarse en organizaciones de orden social o político que influyen, según su dirección y su masa, en el rumbo de una nación. Nos referimos exclusivamente al orden personal.
¡Fuerza escasísima la de la convicción religiosa en la inmensa mayoría de los individuos! Convicción es rendimiento de la inteligencia ante una verdad que se impone con fuerza incoercible. Es una especie de derrota del pensamiento abrumado por el peso de la verdad. Es el «cautiverio del intelecto», de que habla el Apóstol[17], concretándonos a la verdad religiosa, y que es el mayor obsequio que podemos prestar a Jesucristo, autor de la fe, porque la inteligencia es la facultad específica del hombre. Rendimiento del pensamiento por un doble motivo: por la autoridad de quien nos enseña la verdad o por la evidencia de los motivos de creer, siempre con el auxilio de la gracia de Dios.
¿Cuántos son, en nuestro campo, los gloriosos vencidos por 1a verdad? ¿Cuántos los que, con el Angélico han hecho ley de su pensamiento aquel: «Creo cuanto dijo el Hijo de Dios; nada más verdadero que esta palabra de la verdad?». Nos dejamos derrotar todos por 1a verdad matemática, y admitimos que dos y dos son cuatro; nos convence la ley física de la gravedad, y tenemos como cosa certísima que un grave, abandonado a sí, cae al suelo; estamos convencidos de que existe Pekín, porque los viajeros nos lo han contado. ¿Cuántos sobre la verdad y sobre la autoridad de Jesucristo Hijo de Dios, razón última de toda verdad, dicen con el ciego de Bethesda: Credo, Domine[18], «Señor, creo»? Y creo en forma tal, que las verdades de mi Credo se imponen a mi pensamiento y lo vencen, lo convencen, con la fuerza máxima de la verdad.
Desde un alto sitial se ha dicho que España ya no es católica. Sí lo es, casi toda; pero lo es poco; y lo es poco por la escasa densidad de pensamiento católico y por su poca tensión en millones de ciudadanos A la roca viva de nuestra vieja fe ha sustituido la arena móvil de una religión de credulidad, de sentimiento, de rutina e inconsciencia; ha soplado recia la ventolera de la revolución anticristiana ―errores sofismas, leyes, persecuciones― y la casa de nuestra religión se cuartea. El miedo, la cobardía, las torpes conveniencias, tal vez la claudicación, han hecho posible el crecimiento de las audacias de nuestros enemigos.
Admitamos, en descargo, un peso inmenso de prudencia que nos ha consentido cargarnos de razón y tener de nuestro lado toda la justicia. Pero la prudencia deja de serlo cuando cede en daño de una parte, esencial de la justicia, que son los deberes que nos impone la religión. Y éstos no se han cumplido ―en el orden personal, y menos en el plano civil y político― porque la verdad religiosa no se ha promulgado con claridad y fuerza suficientes en el fondo de las conciencias.
Un simple recuento de personas y hechos conocidos de cada uno de nosotros nos dirá de los triunfos de la irreligión en estos dos últimos años. ¡Cuántas vidas, y cuántos actos, se han orientado, como las veletas, en el sentido del viento más favorable…! Nadie mejor que un obispo puede estimar la gravedad del estrago causado por la revolución en muchas conciencias. ¿Lo compensa el crecimiento de la fe y de la piedad en otras? Aun así, y descontada la cizaña, el trigo que queda es, con frecuencia, desmedrado de savia y fruto.
Ni la piedad cristiana es lo que debiera ser, y en ello reconocemos otra causa de nuestra debilidad. La piedad, en último término, es el amor a Dios que subyuga toda nuestra vida y la rinde a Él, como la piedad filial une al hijo a su padre y se traduce en el honor, obsequio y obediencia que le debe. La piedad cristiana es el amor y el servicio que la Iglesia, familia cristiana, le debe a Dios Padre, individual y colectivamente. Amor y servicio, no simple honor, aunque se lo tributemos con las manifestaciones espléndidas y clamorosas de nuestro culto.
Es cosa fuerte la piedad: «Afánate en lograr la justicia, la piedad…», dice el Apóstol[19]. Tan fuerte, que «es útil para todo, y trae consigo la promesa de la vida presente y de la futura»[20]. La piedad, si no es el fruto necesario de la convicción religiosa, porque la vida puede seguir rumbo distinto del pensamiento, pero no se da, verdadera, fuerte y eficaz, sin una profunda convicción religiosa. Es hija del pensamiento que ve y de la voluntad que quiere y de la libertad que inclina hacia Dios y sus cosas la totalidad de la vida, desde la cumbre del pensamiento al acto más trivial.
La verdadera piedad es valerosa: el martirio es el acto más grande de piedad, porque es el testimonio máximo del amor: es el hijo que da la vida por la verdad y la caridad del Padre. Por la piedad para con Dios y para con su patria respondía Matatías a los comisionados del poderoso rey Antíoco: «Aunque todas las gentes obedezcan al rey Antíoco, y todos abandonen la observancia de la ley de sus padres, y se sometan a los mandatos del rey, yo y mis hijos y mis hermanos obedeceremos siempre la ley santa de nuestros padres»[21].
Reconocemos y aplaudimos, amados diocesanos, las manifestaciones espléndidas de piedad robusta a que ha dado lugar en nuestro pueblo la persecución de los enemigos de nuestra fe. Vosotros mismos, hijos de Toledo, habéis respondido al vandalismo que destruye nuestros templos, las imágenes sagradas y las cruces venerandas de nuestros términos, concretando vuestra piedad en el grandioso monumento al Sagrado Corazón de Jesús que ha poco se inauguró. Las mujeres de España nos han dado a los hombres lecciones aprendidas de los mejores tiempos de la historia patria. Pero reiteramos nuestra afirmación: es floja, tal vez desviada, la piedad de muchos, porque no arranca de una fe ilustrada y profunda. Nuestros hombres la consideran cosa de mujeres, cuando la piedad verdadera es lo más fuerte que pueda tener un espíritu fuerte. Las mismas manifestaciones de la piedad popular se conservan más por costumbre ―tal vez por un sentido de utilidad o de temor que en sí nada tiene de reprobable―, que por la savia de la fe y del amor sobrenatural que las motiven y las incorporen a una vida cristiana digna de tal nombre.
Por esto se ha visto sin indignación, o con necia indiferencia, o como negocio de poca monta, esta racha de leyes que atentan contra lo más sagrado de nuestra religión, de nuestro culto, de nuestra conciencia, agravadas por la actuación de los pequeños partícipes de la autoridad, que han creído prestar un obsequio a la causa de la República y de España, arremetiendo contra las cosas de Dios.
En un círculo más ancho que el de la fe pura y de la simple piedad están una serie de verdades y prácticas íntimamente trabadas con la religión y sus deberes; verdadera zona mixta en que, si así puede decirse, el ciudadano se confunde con el cristiano, y viceversa. Y en esta zona mixta y de este contacto del católico con el ciudadano, se originan deberes especiales que no corresponden a la religión pura ni a la pura ciudadanía. Nos referimos a las exigencias de nuestra religión en el orden civil y político. En este punto las conciencias suelen estar mal formadas, si no están deformadas, y ésta ha sido otra de las causas que nos ha conducido a la grave situación actual.
El católico no puede desdoblarse en cristiano y ciudadano: es un ciudadano cristiano. No tiene dos vidas, una natural y otra sobrenatural, porque no tiene más que un pensamiento, una voluntad, un alma, todo ello elevado a un plano superior por la gracia. Y porque es así, «nadie puede servir a dos señores». Nadie puede estar en paz con Dios y con los hombres si éstos no están en paz con Dios.
La Iglesia, desde el Evangelio, ha sido inexorable en este punto. No ha muchos años que Pío X condenaba Le Sillon por su internacionalismo, que le llevaba a promiscuaciones peligrosas y «a trabajar, no por la Iglesia, sino por la humanidad». Más reciente es la reprobación, por Pío XI, de cierta forma de nacionalismo del que recibían menoscabo los derechos e intereses de la Iglesia. La razón es obvia: toda la actividad moral del cristiano debe ordenarse a su fin último; y cualesquiera de los factores e intereses de la vida, aun los que parecen más humanos, tienen un valor de eternidad y deben incardinarse a los principios normativos de la vida cristiana, que no pueden ser más que los principios cristianos. No es lícito separar lo que, por la misma naturaleza de las cosas, debe concurrir y armonizarse en esta zona mixta; como no es lícito ir más allá de ella, con promiscuaciones o invasiones indebidas, como en los casos citados.
Se ha dicho que la vida cristiana es un órgano de dos teclados, el natural y el sobrenatural; pero es la misma mano la que los pulsa, el mismo aire que produce los sonidos, la misma y única armonía que debe producirse, que es la armonía de una vida integralmente cristiana. De no entenderse así ha venido el abstencionismo en los aspectos múltiples de la cosa pública, o la promiscuación ―que llegará tal vez a la prevaricación en la actuación pública, contra la conciencia personal― con principios políticos, con hombres, con campañas, acarreando daño a la religión y provecho al adversario.
Nos, amados diocesanos, nos atrevemos a señalar como origen de ello ―de lo que con San Pablo podríamos llamar adulterio de la verdad con el error[22]― la falta de formación de la conciencia católica en lo que atañera nuestros deberes cristianos en el orden civil y político y hasta en el social. Precisamente lo que ha situado a los pueblos católicos en un plano moral superior a los demás ha sido la floración social y pública de nuestros principios religiosos, claros e inmaculados ―usando la palabra del Salmista― más que los de ninguna otra religión. Pero las sociedades evolucionan, y la Iglesia, que trasciende sobre toda sociedad humana y sobre toda forma de civilización, que no envejece jamás y que tiene vitalidad para remozarlo todo, debe ponerse al compás de los tiempos y aplicar a cada episodio de la civilización o de la vida particular de los pueblos los principios eternos que administra y cuya virtud no se agotará jamás.
Y lo ha hecho la Iglesia oficialmente, en forma insuperable, como que está regida por el Espíritu de Dios: las Encíclicas de los papas en estos últimos cincuenta años son, digámoslo así, el contramolde de la civilización moderna en todos sus aspectos. Tiene ésta su gloria y sus lacras; hubieran éstas desaparecido, con aumento del esplendor social, si se hubiese oído la voz de los papas al pronunciar su veredicto sobre las grandes cuestiones que se han agitado en todos los órdenes de la vida pública.
Estas verdades, que ilustran la conciencia cristiana sobre los puntos vivos que caracterizan nuestra civilización y, particularizando, que atañen de un modo especial a la actualidad de nuestra querida España, deben ser para todos nosotros como la prolongación del Catecismo y un índice de los deberes religiosos especiales en orden a nuestros tiempos. Cada época, como cada día, tiene «su malicia», en frase del Sabio. En otros tiempos el cristiano debía defenderse del paganismo y tener valor para morir; o debía ir a la conquista de tierras de infieles o expulsarlos de la patria; o entrar en este rodaje de las instituciones cristianas de la Edad Media, cuando la savia cristiana lo vivificaba todo; o formar el cuadro para que no invadiera nuestras tierras la peste de la herejía. Hoy nos toca defender al mismo Dios, que peligra entre nosotros porque el racionalismo pretende desalojarlo del pensamiento y de la vida de los hombres, en filosofía, en moral, en política, en la ciudad y en el Estado. Y dondequiera que peligre Dios, en la familia, en la propiedad, en el trabajo, en los comicios, en los principios y en el arte de gobernar, allí debemos estar, descargando nuestra conciencia cristiana en el cumplimiento de nuestro deber de ciudadanos y católicos. No seamos perezosos ni cobardes, que estos vicios, la pereza y la cobardía, han sido dos causas más, de orden interno, que han contribuido a la ruina de nuestras cosas.
Todo lo humano tiende, por su naturaleza, como el mismo hombre, a envejecer y caducar; y hasta las instituciones cristianas más arraigadas y vigorosas, por lo que tienen de humano, pueden fenecer, si un continuado esfuerzo no las sostiene o no las transforma paulatinamente acomodándolas al ambiente o vigorizando el espíritu inmortal que las vivifica. Ahí está el África norteña, donde no quedan más que míseros recuerdos de sus florecientes iglesias del tiempo de San Agustín. Y aquí están, entre nosotros, tantas ruinas de cosas que fueron y tantas otras cosas que aún son, pero que llevan vida precaria. Tal vez, amados diocesanos, no hubiésemos visto la brusca depresión del índice de nuestra fe y de nuestro vigor espiritual, si todos hubiésemos cumplido la palabra del Apóstol: «No seáis flojos en cumplir vuestro deber: sed fervorosos en espíritu, acordándoos que es el Señor a quien servís»[23].
Al amparo de solemnes pactos que garantizaban una paz relativa y unos medios, también muy relativos, de vivir pacíficamente ―y nos referimos con ello a la totalidad de nuestra vida religiosa― hemos pasado poco más de medio siglo, sino como el perezoso de los Proverbios, «metida la mano bajo el sobaco»[24], desaprovechando a lo menos las fuerzas y las coyunturas para el ejercicio del apostolado, entretenidos santamente en el desempeño de nuestras funciones de ministros y de administrados, pero sin esta tensión y esta vigilancia espiritual que son condición indispensable del vigor de la vida cristiana; sin darnos cuenta de que el adversario nos rondaba el sagrado coto como león rugiente y, sobre todo, sin adaptar nuestra táctica, de avance y de combate, a las exigencias de la lucha en los tiempos modernos. Como al viajero adormecido a la sombra del manzanillo, nos ha sorprendido la tormenta y ha irrumpido en nuestro campo el adversario.
Ha contribuido la cobardía, hija de la pereza, a que languideciera todo lo nuestro. La falta de colaboración, la apatía o la resistencia, así como la audacia de los contrarios han causado hasta en los más celosos, la desazón y decaimiento de ánimo, con la desesperanza del éxito; y se ha producido en todos los sectores del apostolado del bien esta actitud, tan cómoda y tan española, de «meterse en casa», para inutilizar, en la soledad de todos los egoísmos, los recursos y talentos que debían concurrir a la acción general de salvar lo que se hundía. Nos hemos olvidado que Jesucristo «no vino a poner paz, sino espada»[25], porque la lucha, en todos los órdenes, es necesaria para la conquista pacífica de lo que apetecemos: Si vis pacen, para bellum. Hemos abandonado nuestro campo y ahora debemos guerrear duramente en el terreno que nos ha impuesto el enemigo. Y ¡quién sabe si, al meternos en casa, hemos molestado desde ella a los que quedaban en la calle dando el pecho al adversario! Es una forma de actividad no infrecuente en la historia de nuestro apostolado.
VII. Nuestra actitud futura: amor entrañable a la Iglesia
Y vamos a la parte constructiva de esta Carta Pastoral, que se alarga ya demasiado, pero que podría defraudaros si quedara en la simple exposición de tantas ruinas como lamentamos y de algunas de las principales causas, internas y externas, que las ocasionaron. ¿Cuál debe ser nuestra actitud para lo futuro, para no reincidir en lo viejo y levantar tantas cosas caídas? No es posible, por hoy, la exposición de un programa detallado de reconquista; y deberemos ceñirnos a la exposición de criterios normativos en algunos puntos capitales.
Impónese ante todo, al pensamiento y al corazón de todo católico, un conocimiento y un amor profundo a la santísima Iglesia a que pertenecemos y cuya derrota es el objetivo táctico del enemigo.
No es conocida la Iglesia, amados diocesanos, como no lo es Jesucristo su Fundador, ni su historia, ni los beneficios inmensos que ha reportado a la humanidad. Ni se barrunta lo que significaría su desaparición del mundo si, contra la palabra de Cristo, fuera posible destruirla. Se la considera como sociedad humana rival del Estado; o se la identifica con sus ministros, cuyas glorias y virtudes se ignoran, y de cuyas miserias, de las que nadie está libre, se la hace solidaria; o bien, hasta entre sus mismos fieles, se la estima como una entidad externa a nosotros mismos, que cumple oficialmente con los oficios de la religión a cambio de unos emolumentos de que vivir. Tal vez haya quienes crean que es un organismo caduco, incompatible con las nuevas formas de la civilización, o instrumento inepto para formar las nuevas democracias.
Nada de esto es la Iglesia, cuyo concepto se deforma porque pocos cuidan de conocer su naturaleza íntima. Ella es la sociedad fundada por Jesucristo, Hijo de Dios, para la salvación del mundo. El Jesús de la historia es, y lo demostró en su vida, el Legado del Padre para la formación de esta sociedad, fuera de la cual los hombres no pueden lograr su fin último. Sociedad externa, porque está formada por hombres, con una jerarquía que los gobierna, la Iglesia tiene una vida interior, divina, porque es la misma vida del Espíritu de Dios que la informa en su doctrina, en sus leyes, en sus sacramentos y en la santidad que produce en cada uno de sus adeptos. Porque si la humanidad ha logrado en estos últimos veinte siglos de historia un nivel que ni soñaron los antiguos, se debe al Espíritu de Dios que, por la Iglesia, ha vivificado al mundo y ha renovado la faz de la tierra.
Del Corazón de Dios no pueden salir, para los hombres, más que el bien y la gloria, hasta en el orden social; y la Iglesia nació del costado de Jesucristo, Hombre-Dios. Por esto ha sido la Iglesia madre de civilizaciones y educadora de pueblos; la que ha dado su nivel a Europa; la que mantiene viva en el mundo la antorcha de la verdad y la regla inflexible del bien: la que es capaz de mitigar todos los dolores y curar todas las dolencias de orden social. «Bajo su imperio fecundísimo ―dice nuestro Valdegamas― han florecido las ciencias, se han purificado las costumbres, se han perfeccionado las leyes y han crecido con rica y espontánea vegetación todas las grandes instituciones domésticas, políticas y sociales… Ha defendido la libertad, contra los reyes que aspiraron a convertir la autoridad en tiranía; y la autoridad, contra los pueblos que aspiraron a una emancipación absoluta; y contra todos, los derechos de Dios y la inviolabilidad de sus santos mandamientos[26]». Por esto la Iglesia no puede ser atacada más que por los malvados, los insensatos que quieran retroceder a la barbarie, o los ingratos que la aherrojan y escupen desde las alturas de la civilización en que ella misma los colocó.
Decir que la Iglesia es rival del Estado, o una rémora para que el poder político haga las sociedades fuertes, o una valla que se opone a las reivindicaciones democráticas, es villana calumnia o ignorancia crasa de su esencia, de sus recursos y procedimientos y de su historia. Internacional como es ella, con poderes espirituales independientes y superiores a los del Estado, moviéndose en una órbita distinta de la del Estado, con puntos de interferencia en que cabe y se impone la armonía y la colaboración con el Estado, éste jamás deberá temer de la Iglesia, en la que todo poder político y toda sociedad hallarán siempre la más firme garantía de equilibrio en sus funciones y en su progreso. Es Augusto Comte el filósofo positivista, quien dice que el concepto y posición mutua de los poderes espiritual y temporal que enseña y practica la Iglesia es el fundamento de la verdadera libertad; que es necesaria para no caer en la autocracia cesarista que lleva al aplastamiento de las conciencias, o a una especie de autocracia abusiva que sometería la vida civil a una autoridad moral sin mandato. La libertad de conciencia, ha dicho Thiers por su parte, supone como condición necesaria la existencia de una autoridad espiritual independiente del Estado, organizándose y gobernándose soberanamente ella misma, según los principios de su fe y las tradiciones de su historia.
Más yerran, y más daño causan a la Iglesia, en estos tiempos de democracia, quienes la suponen enemiga de las formas e instituciones democráticas. ¡Como si ella, dentro de su rigidez jerárquica, no fuera esencialmente popular! ¡Como si el Evangelio, que es su código y la ley de su vida, no fuera el divino libro de la democracia humana! ¡Y como si todas las legítimas democracias, de veinte siglos acá, no se hubiesen amamantado a los pechos y nutrido del espíritu democrático de la santa Iglesia! El pueblo que tiene como carta fundamental de su constitución y de su vida la profesión de las ocho bienaventuranzas de la tierra, que disponen a la bienaventuranza eterna de los cielos ―bienaventurados los pobres, los mansos, los pacíficos, los que lloran…― es el pueblo más democrático de la historia, y éste es el pueblo católico.
Fuera de la Iglesia las sociedades fluctúan entre la tiranía y la demagogia. Pío X ha dicho que el advenimiento de la democracia universal no importa a la acción de la Iglesia en el mundo; y antes que él, en su admirable Encíclica Graves de communi, había hablado León XIII de la verdadera democracia, fundada y regida por los principios de la fe, en términos a que jamás llegará ninguna concepción filosófica o social desgajada del Evangelio. La Iglesia es, en frase de san Agustín, la que no solamente une a los hombres en sociedad, sino que enlaza con los vínculos de la fraternidad ciudadanos a ciudadanos, naciones a naciones, convirtiendo a todos los hombres en hermanos; ella la que hace saber, dice el gran obispo, «que, si no todas las cosas son debidas a todos, a todos se debe la caridad, y a nadie la injusticia». ¿Qué demócrata puede ponerle una tilde, si no es una sinrazón, al espíritu democrático de la Iglesia?
Por ello nos produce santa indignación, amados diocesanos, la saña con que un Estado que se llama democrático arremete con sus poderosos recursos contra la santa Iglesia, y nos hace sangrar el corazón la vesania de estos demócratas ―Dios nos libre de esta democracia― que destruyen nuestros templos, verdaderas casas del pueblo, y las sagradas imágenes de los santos, los más grandes demócratas de la historia; y condenan al hambre a los sacerdotes, hijos del pueblo y sus pacientísimos educadores; y tratan de ahogar a la Iglesia, que es la madre de la democracia legítima. Porque Nos, amados diocesanos, no concebimos ―ni la historia nos ofrece un solo ejemplar de ella― una democracia sin caridad; y la caridad es la que hace a la Iglesia madre ―charitas mater est―. ¡Santísimo factor de democracia el Espíritu de caridad, que ha producido en el mundo las maravillas de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad cristianas, fuera de las cuales no hay democracia legítima, sino cesarismo sin entrañas o plebeyez y egoísmo de pensamientos, de amor y de obras!
Amad a la Iglesia, carísimos hijos nuestros. Al odio que se complace en cohibirla y aherrojarla, tratándola como sociedad de excepción a la que casi se niega el aire de elementales derechos sin los que individuos y asociaciones se asfixian en el seno de una sociedad, responded con el esfuerzo filial en reivindicar sus derechos y restituirla al estado y rango que se le debe. Pío XI nos acaba de decir en su Encíclica Dilectissima Nobis que «cuanto más buscan los enemigos de la Iglesia alejar a los pueblos del Vicario de Cristo, tanto más afectuosamente, por disposición providencial de Dios, que sabe sacar bien del mal, se adhieren ellos a él». Hagamos lo mismo con la Iglesia, de la que el Papa es cabeza visible.
Y amadla, porque en España ―y que nadie se escandalice de Nuestra afirmación― difícilmente pueden convivir en un mismo corazón el odio a la Iglesia y el amor a la patria; porque ni en nuestra grandeza pasada, ni en nuestra vida presente, ni en la ruta futura ―ya que mueren los pueblos cuando truncan bruscamente su historia― podemos prescindir de este felicísimo consorcio con la Iglesia de donde derivaron siempre nuestras glorias más legítimas.
El amor a la Iglesia importa la sumisión filial a su autoridad. Más que a toda otra sociedad quiso Dios dar a la Iglesia un nervio irrompible de una autoridad cuyos fueros no pueden vulnerarse sin tocar algo divino y exponerse a perpetua ruina. El Papa es Jesucristo en la tierra; sobre él, como sobre roca firme, quiso edificar su Iglesia ―Ecclesiam meam―; si nos gloriamos de hijos de la Iglesia, no discrepemos un ápice de la regla de verdad que nos proponga el Papa, Maestro infalible y pastor universal de la doctrina divina: «Apacienta mis corderos…; apacienta mis ovejas». Debajo de él, recibiendo de él la garantía y firmeza de sus direcciones, están los obispos, «a quienes el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios»[27]. El obsequio que a ellos se presta es obsequio a Jesucristo, Legado del Padre; el desprecio que de ellos pudiera hacerse es desprecio hecho al mismo Dios, que envió a Jesucristo, su Hijo divino[28]. Ya veis cuán íntimamente ha querido Dios solidarizarse con la autoridad de la Iglesia y cuán sagrado debe ser para todos permanecer inviolablemente unidos a una jerarquía eclesiástica que representa el pensamiento y la voluntad de Dios en esta sociedad sobrenatural a que pertenecemos.
VIII. Ante el Estado, la autoridad y la ley
Contra la Iglesia y su autoridad hemos visto en nuestros días surgir el concepto de un Estado que reclama el ejercicio de una soberanía absoluta en todos los órdenes de la vida y que, por lo mismo, desconoce los fueros divinos de la santa Iglesia; y el de una autoridad civil que vindica para sí la independencia total con respecto a la autoridad religiosa. Dejad que os demos unas direcciones elementales en este punto vivo en que pueden ventilarse intereses de conciencia, es decir, de nuestra alma en sus relaciones con Dios y en orden a sus eternos destinos.
Lejos de nuestro ánimo mermar o debilitar un ápice las atribuciones del poder civil. La autoridad es esencial a la sociedad, como que es su forma; sin ella caerían los pueblos en la barbarie. Tan esencial es a la sociedad civil la autoridad, que jamás pudo el hombre, dice León XIII, conseguir el no obedecer a nadie. Por esto el mismo gran Pontífice llama a la autoridad civil la más grande de las cosas humanas: In genere suo máxima[29].
A condición, sin embargo, de que esta cosa excelsa que es la autoridad civil no se convierta en el azote más terrible de la sociedad, de que es forma, arrogándose una posición y unas atribuciones que Dios no la concedió. Se realiza entonces en la sociedad el apotegma escolástico: Corruptio optimi, pésima. El bien mayor de una sociedad, que es la autoridad legítima desenvolviéndose en la órbita de sus legítimas atribuciones, se convierte en el factor más eficaz de ruina de la misma sociedad.
Lo que puede ocurrir en dos formas: o por un desconocimiento oficial y público de toda autoridad religiosa, moviéndose la autoridad civil fuera y por encima de la órbita de Dios, afectando ignorancia de las cosas del espíritu, del hecho de la religión, tan esencial al hombre como la misma sociedad, y, más que todo, declarándose totalmente independiente de toda forma religiosa, lo que importa la soberanía implícita sobre toda sociedad y autoridad espiritual; y entonces tenemos el tipo moderno de la autoridad civil atea o laica. O bien la autoridad civil se arroga los poderes espirituales, confundiendo en unidad monstruosa lo espiritual y temporal, lo divino y lo humano, los poderes civiles con el poder sacerdotal; la expresión histórica clásica de esta concepción del poder civil la tenemos en los pueblos paganos antiguos, en los que, divinizado todo, la familia, el municipio y el Estado, se sometía todo al poder automático de los Césares, a quienes se concedían los honores de la divinidad.
Ni lo uno ni lo otro, amados diocesanos. Ni un poder civil extraño a Dios, porque en el mundo no hay nada que pueda sustraerse de Dios; ni un poder civil que se haga Dios, porque nada humano puede ser Dios, por grande que sea, y porque Dios trasciende infinitamente sobre todas sus obras, aunque sea la más excelsa, que es la humana sociedad.
Radicalmente, el error moderno de la separación absoluta de los dos poderes arranca del protestantismo. Desde el momento en que, según el principio de Lutero, «la fe sola justifica», queda la religión relegada a un plano personal y reducida a negocio puramente individual. Es la tesis de Marx, que en este punto no ha hecho más que sacar las últimas consecuencias de la doctrina de Lutero, estableciendo una separación radical entre la religión y la sociedad y, por lo mismo, entre el poder político y la autoridad religiosa. La concepción materialista de la sociedad que, según las modernas teorías, no tiene otro fin que la riqueza material, ha determinado la expulsión del seno de la sociedad de toda forma social de religión.
Por esto cuando la religión, por su pujanza y arraigo social, ha podido despertar recelos en los dirigentes del Estado laico, o ha sido óbice a sus planes de predominio absoluto, entonces se ha desposeído a la religión de todos sus recursos de orden social, relegándola a la soledad de sus templos, que se han declarado propiedad del Estado; desposeyéndola de sus bienes, aun lesionando la justicia; fiscalizando su desenvolvimiento, como si se tratara de un poder enemigo; impidiendo la conquista de las inteligencias, especialmente de las juventudes, sobre las que no se le reconocerá el derecho de magisterio; cohibiendo las manifestaciones públicas del culto y proscribiendo todo signo y práctica religiosa en los organismos oficiales del Estado. Aunque describimos un estado de cosas dolorosísimo para quienes colocamos los intereses de Dios sobre todo interés humano, no hacemos más que sacar una consecuencia natural de un perverso principio que es religioso, político y social a la vez.
Otro debe ser para nosotros, carísimos diocesanos, el principio constitucional y regulador de la vida social y de las autoridades que la moderan. Para nosotros no hay una sola sociedad, sino dos sociedades de distinto género: la sociedad civil, con la correspondiente autoridad, que es su sostén y su forma; y la sociedad religiosa, que tiene su autoridad, independiente, en su género, de la autoridad civil. El doble fin de la humana vida, el temporal y el eterno, reclama una doble razón de vivir, la natural y la sobrenatural, la material y la espiritual, con leyes, medios y actividad distintos. «Dios, dice León XIII, ha dividido el gobierno del género humano entre dos poderes, el eclesiástico y el civil: aquél, presidiendo las cosas divinas; éste, las humanas. Cada uno de estos poderes es soberano en su género, cada uno tiene sus límites determinados, establecidos conforme a su naturaleza y fin próximo; cada uno, dentro de estos límites, tiene derecho de ejercer su acción propia»[30].
Es el mismo Jesucristo, Hijo de Dios, quien lo ha querido así. Su Evangelio no es más que la carta magna de la ciudad de Dios, que él fundó con los mismos hombres que constituyen la ciudad de la tierra, que es la sociedad civil. Cuando un día se le requirió para que diera su parecer en la cuestión del tributo que la autoridad civil reclamaba de los ciudadanos, respondió: «Dad al César lo que es del César»: del César son los derechos civiles y políticos. Pero añadió: «Y a Dios lo que es de Dios»: y de Dios son las cosas del espíritu y la autoridad que las regula y los medios que conducen al fin, que no es otro que el destino definitivo y eterno del hombre.
He aquí esbozada la idea de la Iglesia y del Estado; de la potestad espiritual y de la temporal. De la Iglesia, «que Jesucristo hizo para sí con su propia sangre, sin mancha ni arruga»[31]; del Estado, que es la organización humana de la sociedad civil, que puede constituirse, salva la justicia, en la forma que mejor plazca a los que la forman. De la potestad espiritual, que es divina, y que arranca directamente de los poderes de Jesucristo, Legado divino: «Yo te daré las llaves del reino de los cielos»; «Quien a vosotros oye me oye a mí»[32]. De la potestad temporal, a la que se debe también la obediencia: «Que toda persona se someta a las autoridades superiores»[33]; pero que no puede ser ejercida contra la autoridad espiritual, so pena de lesos derechos e intereses de Dios en la sociedad.
De este concepto integral de la vida social, que jamás ha dejado de ser religiosa, y de la convicción que debemos abrigar de que es necesario el concurso de las dos autoridades, temporal y espiritual, para el bienestar de un pueblo, que no es de solos cuerpos o de puros espíritus, y, sobre todo, del concepto católico sobre ambas sociedades y ambos poderes, derivamos una serie de consecuencias, que son otros tantos principios de vida ciudadana y cristiana y que no hacemos más que indicar.
Como os hemos exhortado a amar a la Iglesia, así os pedimos un grande amor a la patria, que para nosotros debe ser la gran España, dentro de cuyo amor caben, como en un gran río las aguas de los afluentes, todos los amores que hacen latir los corazones bien nacidos.
La patria no es sólo el suelo en que nacimos: es la sociedad y el Estado, que es la organización política de la sociedad; es el cielo y el suelo, que son como el soporte material del espíritu patrio; es la tradición y la historia, los héroes y los santos, las gestas gloriosas y los anales de la contradicción y del dolor; es un espíritu específico que difícilmente se define, pero que no se confunde con el de ninguna otra patria de la tierra y que se ha forjado lentamente, a través de siglos, por la contribución de un pensamiento y de un amor y de un esfuerzo más o menos uniforme de las almas de selección de una raza. Tratándose de España, no puede prescindirse de la religión como factor de patria, porque ella, la religión cristiana, ha sido como la fragua y el crisol en que se ha fundido el espíritu nacional.
Nos, amados diocesanos, quisiéramos que vuestro catolicismo fuera el índice de vuestro amor patrio, y que todas las exquisiteces que en el alma católica crea el Espíritu de Dios ―el amor fraterno, el sacrificio, las virtudes infusas, el esfuerzo en acrecerlas― las rindierais en el acervo común de la patria, que crecería espiritualmente por el tributo colectivo, que redundaría luego en nuevos crecimientos para cada uno de los ciudadanos. Sería ello una resta considerable al materialismo que nos inficiona y un argumento vivo con que podríamos imponer al adversario el respeto que se nos debe. Sería a la larga un medio de conquista del lugar que hoy se nos niega. Es el Papa quien en su reciente encíclica señala nuestras virtudes cristianas como razón de los altos ejemplos de ciudadanía que hemos dado en estos tiempos aciagos. Sería, además, una prueba experimental de que el Estado nada tiene que temer de nuestra Iglesia, que somos nosotros; que el Estado, al acorralarnos, pierde sus mejores colaboradores, y que el laicismo, cuando no fuera un gravísimo error político y filosófico, sería una mutilación vergonzosa e injusta de la sociedad, a la que nuestra Iglesia aportó siempre lo más exquisito y fecundo de las sociedades, que es la virtud.
Tened un concepto justo de las autoridades y de su jerarquía. Ambas, la espiritual y la temporal, son soberanas en su género, dice León XIII: la civil, en las cosas humanas; la eclesiástica, en las divinas. Ni una ni otra pueden salirse de los límites que su naturaleza les marca para invadir el terreno de la jurisdicción ajena. Pero no olvidéis que en las cosas humanas hay muchas que se rozan con lo divino, que no pueden tocarse sin que por el mismo hecho entren en juego los intereses espirituales y se comprometa la conciencia católica y, por lo mismo, el supremo interés de los individuos, que es la salvación eterna. El matrimonio, por ejemplo, es algo natural que Dios ha sobrenaturalizado; el derecho a enseñar la doctrina cristiana es inherente a la misión de la Iglesia; el culto público es un deber de la sociedad religiosa, que no puede cohibirse sin grave daño de los intereses espirituales de la misma, etc. Todas estas cosas caen bajo la jurisdicción de la Iglesia: «Todo lo que por cualquier título es sagrado, todo cuanto afecta al culto de Dios y a la salvación de las almas, sea por su misma naturaleza, sea por razón del fin, todo ello está sujeto al poder y al juicio de la Iglesia», dice León XIII.
Los problemas que en el orden legal ha planteado el poder civil en estos últimos tiempos, por el empeño en desconocer los derechos de la Iglesia y los intereses de la conciencia católica, han producido profunda inquietud espiritual, efecto del choque entre la ley y el criterio religioso. Es grave y delicada la situación creada a muchas almas, que podrán encontrarse en la alternativa de sacrificar su conciencia o no someterse a la ley. Seguid, amados diocesanos, el luminoso criterio que nos han señalado en recientes documentos el Papa y el episcopado español. En caso de dudas ―porque no está al alcance de todos discernir en ciertas delicadísimas materias y ajustar la conducta a las supremas exigencias de orden espiritual―, acudid a la dirección y consejo de los prudentes.
Como criterio normativo en este punto delicadísimo, atended a estas indicaciones. Sed profundamente respetuosos con la autoridad, que es garantía del orden social: vale más, os diremos con León XIII, una autoridad, aunque no siempre ejerza bien sus funciones, que la barbarie o que la revuelta social. Los principios cristianos son claros e inmutables en este punto: ya San Pedro imponía la obediencia a los constituidos en autoridad, a pesar de que eran paganos y, usando su misma palabra, podían ser «díscolos».
Aprended a discernir, en los que ejercen la autoridad, su poder de su voluntad; este algo divino, que es la potestad de regir, y este algo, que puede llegar a ser diabólico, que es la mala voluntad con que pueden atentar contra los intereses de Dios. Hablando de Satanás, dice San Gregorio el Grande: «Su voluntad siempre es inicua; su poder jamás es injusto». El poder, hasta el del demonio, viene de Dios; el mal uso del poder es desviación de la voluntad, que puede acarrear a la sociedad daños enormes.
La mala voluntad, y la mala ley que de ella procede, es lo que debemos rechazar. Aun en este punto deberemos proceder con máximo tiento, en discernir la bondad o malicia de la ley, cuyo juicio, en las cosas que atañen al orden espiritual, corresponde a la Iglesia, y en la forma de amoldarnos, de resistir a ella o rechazarla.
Legis iniquae nullus honor, dice enérgicamente Tertuliano: una ley decididamente injusta no merece respeto ni acatamiento. De la de Confesiones y Congregaciones dice Pío XI en su Dilectissima nobis: «Frente a una ley tan lesiva de los derechos y libertades eclesiásticas., creemos ser deber preciso de nuestro apostólico ministerio reprobarla y condenarla… declarando que esta ley no podrá nunca ser invocada contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia».
Esta resistencia pasiva a la ley no es ofensa al legislador ni pecado de desobediencia. No lo primero, porque quien hace la ley debe mantenerse en el coto de su deber, señalado por los límites de su jurisdicción y por las conveniencias del bien de sus administrados, especialmente en orden a sus supremos destinos. El que hace injuria a su oficio de legislador es quien promulga una ley injusta. La ley es orden y factor de orden, y la injusticia es esencialmente desorden.
Ni es desobediencia no acatar la ley injusta, sino obediencia a un orden y a una ley superior. «Resistir a la ley, dice el Apóstol, es resistir a la ordenación de Dios»[34]; pero cuando es Dios mismo quien manda una cosa a la que la ley es contraria, entonces «es menester obedecer a Dios más que a los hombres»[35]. La historia del martirio, la de los grandes vejámenes que han sufrido los hombres de la Iglesia por el poder abusivo del Estado, es una de las más grandes lecciones que ha dado al mundo la verdadera libertad, que sabe morir, pero que no se dobla ante la injusticia.
¿Qué más cabe para sacudir el yugo de unas leyes que son una vergüenza para una nación católica, que oprimen la conciencia de millones de ciudadanos, que, si prevalecieran, a más de una injusticia enorme, causarían irremediable quebranto en el tesoro de cosas divinas que la Iglesia ha depositado a fuerza de siglos en el alma española?
No recordamos quien ha dicho que, si en tiempos de Nerón hubiesen prevalecido las instituciones democráticas, tal vez el sufragio universal hubiese disminuido el número de los mártires, porque de los comicios hubiera salido pacíficamente el triunfo que no logró el Cristianismo sino por la efusión de la sangre de sus hijos. Dios no lo quiso así, y el martirio fue la forma imponente con que la Iglesia resistió al poder despótico de los Césares. Queremos decir, amados diocesanos, que no sólo hemos de resistir con el martirio, si fuera preciso, antes de conculcar la ley de Dios ―no nos llamará Dios a tanto―, sino que hemos de avanzar, por todo medio legal a nuestro alcance, en el sentido de mejorar los legisladores y las leyes. Si la nación dio el poder a quienes tal vez lo ejerzan contra el Dios de la nación, que se lo dé, cuando pueda, a otros que legislen según la voluntad de Dios.
Insistimos sobre el uso «cristiano» de nuestros derechos civiles y políticos. ¿No partimos del punto intangible de la soberanía de la nación? Del racimo del poder social, invención famosa de Rousseau, ¿no hemos dispuesto todos libremente del grano personal? ¿Podríamos, entonces, quejarnos de que saliera un agrazón, y no el racimo sabroso de un poder que apagara nuestra sed de justicia? Ponga cada cual las manos sobre su conciencia y responda.
Líbrenos Dios de hacer política en el sentido corriente o peyorativo de la palabra. Sí que debemos hacerla en cuanto la política es escuela moral de gobierno y se roza ―¡tanto como se ha rozado!― con los derechos de nuestra religión divina y los derechos y deberes de nuestra conciencia.
Sed cristianos en todo, amados diocesanos. Que Jesucristo lo sea todo en todos vosotros y en todas vuestras cosas; pero ―reiteramos con insistencia nuestra recomendación― hoy se impone nuestra actuación en católico neto en todo cuanto se refiera al cumplimiento de nuestros deberes de ciudadanos españoles. No tienen derecho a ser gobernados en católico quienes ayudaron, tal vez, a forjar el instrumento de un gobierno anticristiano. Ha llegado la hora de que el sobrenaturalismo cristiano, sin dejar de informar toda la actividad personal, trascienda a las funciones sociales y políticas del ciudadano.
El deber personal de la perfección cristiana
Y ha llegado la hora ―y este es deber personalísimo de todos y cada uno de nosotros― de hacernos cada día mejores a nosotros mismos. Es el fin de la misión de Jesucristo al mundo, dice San Clemente: Animas meliores reddere
El Cristianismo es esencialmente ascesis, es decir, superación de las fuerzas bajas de la vida por la prepotencia de la vida espiritual de orden sobrenatural. Es la vida de Cristo que se apodera de nuestra pobre vida natural y la «absorbe» ―es palabra del Apóstol[36]―, transformándonos en criaturas «que viven la vida de Dios por Jesucristo nuestro Señor»[37]. Esta es en su naturaleza íntima la vida cristiana: es la misma vida de Dios que invade toda nuestra vida y que se nos comunica por la gracia con la colaboración de nuestro propio esfuerzo. Es una verdadera transformación, en virtud de la cual desaparece el hombre viejo y se forma en cada uno de nosotros el hombre nuevo, «creado según Dios en justicia y santidad de verdad»[38].
Esta transformación personal es la que se ha traducido, en las épocas clásicas de restauración cristiana, en la transformación social de todas las cosas humanas según el sentido de Jesucristo, orientándose todas hacia Él y creciendo todas en Él. Entonces se verifica la bellísima tesis del Apóstol de la «recapitulación» de todo en Cristo, verdadera cabeza espiritual de la humanidad, de la que reciben todas las cosas humanas el «crecimiento» en Dios: «Crezcamos en todo en Cristo, nuestra cabeza»[39].
Es entonces cuando en el orden personal y social se examina y se juzga y se resuelve todo en el sentido de los intereses de Jesucristo, porque «se tiene el sentido de Cristo»[40], que no consiente desviaciones ni retrocesos de pensamiento, de corazón y de vida, hacia la región de las tinieblas, de que Jesucristo nos arrancó al llamamos a la luz admirable de su fe[41].
Esto es, amados diocesanos, el abc de la vida cristiana que profesamos. Pero hemos olvidado hasta los rudimentos de nuestra profesión, y vamos rápidamente a la descristianización de nuestra sociedad. Por millones se cuentan los cristianos que no tienen de tales más que el agua del santo bautismo o que no tienen con Jesucristo y su Iglesia otro contacto que el de las grandes ceremonias de la vida cristiana, confirmación, matrimonio y sepelio. Vivimos en cristiano por utilización atávica de las virtudes cristianas que nuestros mayores nos legaron; por un movimiento de inercia, casi inconsciente, que nos comunicaron muchos siglos de fe fervorosa y práctica. Ocurre en las sociedades lo que a los individuos: que nadie se hace repentinamente bueno o malo. Siglos enteros se requieren para que en un pueblo que ha sido tan cristiano como el nuestro, se disipe totalmente el buen olor de Cristo de que nos habla el Apóstol.
Entre tanto, a medida que la vida cristiana decrece, se difuma la verdad, que pierde en claridad y precisión, y se tuerce la regla del bien vivir, que sólo pueden hacer inflexible las exigencias de orden sobrenatural. Se hace el pensamiento permeable a todo error y a toda fábula de doctrinas humanas, y del corazón, que no late según el ritmo del amor de Dios, sale la corrupción de la vida, en frase de Jesucristo, «los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios…»[42]. Si a la debilidad y al abandono se juntan las fuerzas externas y sociales de descristianización, las leyes, las predicaciones de «doctrinas de demonios»[43], en el libro, en la cátedra, en la prensa, el descrédito sistemático de nuestras viejas creencias, las primas a la apostasía o el asedio legal de los que quieren vivir según Jesucristo, la licencia de costumbres y la relajación de los vínculos sociales, se comprenderá cuán rápidamente podemos llegar a la funesta liquidación del patrimonio de fe y de virtudes cristianas que son la única riqueza espiritual de nuestro país.
Tal es, amados diocesanos, el fundamento de nuestros deberes para con la Iglesia y la patria: la reforma personal de nuestra vida. Inútilmente esperaríamos la reforma y el progreso colectivo si no aportáramos a la vida social el tributo de nuestra perfección personal. Es la inmensa ventaja de nuestra religión sobre todos los sistemas políticos y programas de gobierno. Estos utilizan la fuerza externa de la ley para plasmar la sociedad según las exigencias del pensamiento humano; en nosotros debe ser el trabajo íntimo y personal, ayudado por la gracia de Dios, el que nos haga buenos cristianos. La misma fuerza de la conciencia cristiana nos hará buenos ciudadanos. Los deberes de ciudad y de patria radican en nosotros en el mismo fondo inmutable de nuestra doctrina divina.
Acción Católica y unión
Esta misma conciencia, estimulada por las necesidades de la hora presente y por los apremios reiterados de la autoridad eclesiástica, nos obligará a colaborar en esta gran campaña espiritual de los tiempos modernos que se llama Acción Católica. Insistiremos oportunamente sobre este punto. No hacemos hoy más que una indicación sobre el deber apremiante que pesa sobre los seglares de entrar en las organizaciones de Acción Católica para colaborar con la Jerarquía en la recristianización de la sociedad y en la solución, en sentido católico, de los grandes problemas que han creado las corrientes modernas y particularmente los que ha originado, agudísimos, la revolución en nuestra España.
Tal es la orientación que, en forma decidida e inflexible, impone a las fuerzas católicas el Soberano Pontífice. Pío XI pasará a la historia como el papa de la Acción Católica. Desde los comienzos de su pontificado glorioso no ha cesado de llamar en todas formas a los sacerdotes y a los seglares a que colaboren en la grande obra. No sabríamos cómo excusar de la nota de temeridad, en doctrina y en el hecho del apostolado cristiano, a quien juzgara la Acción Católica como obra voluntaria y de supererogación, y más a quienes la repudiaran como invención nueva que hacen innecesaria nuestros recursos fundamentales y tradicionales de conquista espiritual.
«Nadie hay que no vea cuántos beneficios reporta, de cuánta importancia y necesidad es no solamente para la vida religiosa y para la Iglesia, sino aun para la vida civil y el humano consorcio, la Acción Católica entendida como factor de formación de las conciencias según los principios genuinos de Jesucristo bajo la dirección de la jerarquía y en correspondencia con los deberes y necesidades individuales y sociales de los diversos estados y clases. Por esto en la encíclica Ubi Arcano Dei habíamos afirmado expresamente que la Acción Católica pertenece indudablemente al ministerio pastoral, de una parte, y a la vida cristiana, de otra. Por lo mismo, lo que se ha hecho o se ha dejado de hacer en favor o en contra de ella ha sido en favor o en contra de los inviolables derechos de la conciencia y de la Iglesia»[44].
«No se trata de cosa nueva ni desconocida en los mismos tiempos apostólicos, dice el mismo Santísimo Padre; ya que el mismo san Pablo recuerda en su Carta a los Filipenses «a sus coadjutores», y quiere que sean auxiliadas aquellas que con él «habían sufrido fatiga por el Evangelio»[45].
Y a nuestro venerable predecesor el Emmo. Sr. Cardenal Dr. Don Pedro Segura y Sáenz escribía el mismo Sumo Pontífice, con motivo del primer Congreso Nacional de Acción Católica: «Comprendéis bien la naturaleza de los tiempos en que vivimos y lo que reclaman de las fuerzas católicas. Por una parte, nos lamentamos de una sociedad que se paganiza más cada día, en la que la luz de la fe católica languidece en las almas y por consiguiente va oscureciéndose en ellas, de un modo en verdad pavoroso, el sentido cristiano, la pureza y la integridad de costumbres. Por otra parte, nos apena que el clero, sea porque en algunas partes es escaso en número, sea porque no puede hacer llegar su voz y la fuerza de sus exhortaciones, es también insuficiente a las exigencias y necesidades de nuestros tiempos. Por lo mismo, es necesario que todos sean apóstoles; es preciso que el laicado católico no permanezca ocioso, sino que, unido a la jerarquía eclesiástica y pronto a sus órdenes, tome parte en las santas batallas y, con total entrega de sí mismo, con la oración, con la acción decidida, coopere al reflorecimiento de la fe y a la reforma de las costumbres»[46].
La Acción Católica, como organización y movilización de nuestras fuerzas, tiene amplísima base y a ella, en sus varios aspectos, pueden pertenecer cuantos tengan pensamiento y voluntad y energía para intensificar el reino de Dios en la sociedad. Su objetivo es tan amplio que no hay en la sociedad una sola necesidad ni un solo problema que la Acción Católica no pueda abordar. Es la verdadera «Cruzada» de los tiempos modernos, porque en ella pueden alistarse todos los hijos de la Cruz y porque su objeto es revalorizar los intereses de la Cruz en todos los aspectos de la vida.
Y hoy, cuando se ha disuelto la gloriosa Compañía de Jesús, de acción tan universal e íntima en la vida cristiana de España; y los beneméritos institutos religiosos se verán cohibidos por una ley de excepción que atará sus manos para que no prodiguen el bien que hasta ahora hicieron; y se ha desterrado a Dios de todos los órdenes de la vida, considerándolo como un intruso; y los sacerdotes, casi reducidos al hambre, quedan desposeídos de los escasos medios que tenían para ejercer con cierta holgura sus obras de supererogación; y el porvenir oscuro de una vida sacerdotal sin honores ni provechos, colmada tal vez de desconsideraciones y peligros, restará ―ya lo estamos tocando―candidatos para los abnegados servicios del santuario y de la salvación de las almas, la Acción Católica deberá tener entre nosotros todo el carácter de una organización supletoria, que ha hecho necesaria, a más de las circunstancias generales, la prueba terrible por que pasa la Iglesia en nuestra España.
Por la Acción Católica se llegará a donde no puede alcanzar la acción propiamente ministerial de la Iglesia. Reducida ésta al recinto de sus templos y a la administración de la palabra de Dios y de la gracia, y aun intervenida recelosamente en sus funciones magistrales, no puede ponerse en contacto más que con los que a ella se acercan: la gran masa del pueblo, los que más lo necesitan, quedan a distancia infranqueable del sacerdote, tal vez con todos los prejuicios y odios que contra los hombres de Dios ha concitado en el pecho del pueblo la acción tenaz de nuestros enemigos. Por la Acción Católica extenderá la Iglesia su pensamiento, su corazón y sus brazos de amor hasta los más prevenidos contra ella, con ventaja de los intereses religiosos en la sociedad.
Ni puede la Iglesia, sin salirse de sus fines específicos, trabajar directamente en el seno de una sociedad civil celosa de su autonomía, en una labor que han hecho absolutamente necesaria las tendencias democráticas de hoy. Nos referimos a la orientación cristiana de la política, en cuanto es ella la ciencia y el arte de gobernar en cristiano la sociedad. La política anticristiana ha sido el ariete demoledor del Cristianismo: so pena de quedar definitivamente bajo el fuego de las baterías enemigas, emplazadas en los reductos formidables del poder, se impone un supremo esfuerzo en rebautizar la política y lograr, por repercusión, una actuación en cristiano del poder político.
Es este uno de los grandes fines de la Acción Católica. «La Acción Católica, dice Pío XI, se eleva y se desarrolla por encima y fuera de todo partido político. No intenta ella hacer la política de un partido, ni ser un partido político. Los católicos, no obstante, han comprendido que esto no quiere decir que deben desentenderse de la política cuando política significa el conjunto de bienes comunes, por oposición a los bienes singulares y particulares. Los bienes comunes se refieren a la polis, es decir, a la ciudad, a la nación, a la comunidad en el sentido integral de la palabra. ¿Cómo podríamos desinteresarnos de estas cosas que son las más grandes e importantes, de estas cosas a que un deber de caridad nos obliga y de las que dependen los mismos bienes que nos ha dado Dios, los bienes domésticos, los bienes privados y los mismos intereses de la religión? No podemos, pues, desentendemos de estas cosas, y de ello es preciso sacar la conclusión siguiente: «La Acción Católica, a pesar de no hacer política de partido, quiere preparar a hacer buena política, gran política; ella quiere preparar políticamente las conciencias de los ciudadanos y formarlas, hasta en eso, cristianamente y católicamente. A medida que esta formación se realiza, se preparan, paralelamente, en un sentido cristiano y católico, las grandes decisiones y las grandes cosas; y en este sentido, por consiguiente, no sólo la Acción Católica no impide a los particulares hacer buena política, sino que hace de ello un deber preciso, obligándolos a intervenir en los negocios políticos con una conciencia más ilustrada y más reflexiva»[47]. Algo larga la cita, no podría mejor ni más autorizadamente que en ella concretarse la eficacia de la Acción Católica en el orden político.
Lo mismo decimos del orden social. Un verdadero enjambre de predicadores se ha lanzado a la conquista de nuestro sencillo pueblo que ha creído, sobre su palabra, que la tierra, transformada por las novísimas doctrinas, se convertiría pronto en una nueva Arcadia. Y el pueblo, eterno infante, se ha dejado engañar. El «habladnos cosas que nos plazcan»[48] ha sido el tema explotado por los embaucadores de todo tiempo. ¿Quién se acercará en nombre de Jesucristo a los pobres y desvalidos, si se les ha hecho entender que la religión es el opio que les ha adormecido, mientras los poderosos, al amparo de la Iglesia, que les protegía, han amasado sus fortunas con el esfuerzo multiplicado del bracero? ¿Cómo se les hará entender que la cuestión de la paz social es cuestión de justicia social, y que es inútil buscar soluciones de justicia fuera del Evangelio de los pobres, que es el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Quién les dirá que la Iglesia es la única institución que ha trabajado durante diecinueve siglos en la rehabilitación de todos los derechos de todos los desvalidos? ¿la única que puede dar al trabajador lo que promete, porque es la única que promete todo cuanto puede darse para que, dentro de la paz social, garantía del bienestar de los individuos y del progreso de las naciones, gocen los hombres, en una justa distribución, de los bienes de la tierra que Dios ha dado para todos?
Lo dice claramente Pío XI en su gran Encíclica Quadragessimo Anno: serán los apóstoles de la buena nueva los mismos seglares de Acción Católica, reclutados en el mismo campo del trabajo: «Como en otras épocas de la historia, nos enfrentamos con un mundo recaído en gran parte en el paganismo. Para llevar a Cristo estas diversas clases de hombres que le han renegado, es preciso ante todo reclutar y formar en su mismo seno auxiliares de la Iglesia, que comprendan su mentalidad y sus aspiraciones, y que sepan hablar a sus corazones en un espíritu de caridad fraternal. Los primeros apóstoles, los apóstoles inmediatos de los obreros, serán obreros; los apóstoles del mundo industrial y mercantil serán industriales y comerciantes».
Estas son las líneas generales de la Acción Católica, en el triple orden religioso, político y social, de las que arrancan las múltiples filiales que forman la red vastísima de las obras de apostolado para la intensificación del reino de Jesucristo en la sociedad. Aquí, en el campo de la Acción Católica, podría realizarse, según la indicación del Papa en su Dilectissima nobis, la anhelada unión de todas las fuerzas y de los esfuerzos de todos para la salvación de tantas cosas perdidas o en peligro: «De un modo especial invitamos a todos los fieles a que se unan en la Acción Católica, tantas veces por Nos recomendada». Sin esta unión el enemigo será más fuerte que nosotros. «La unión es la fuerza»; «Divide y vencerás»; «La cuerda de tres cabos difícilmente se rompe»[49]. Todos conocemos estos principios elementales de organización y acción; y, no obstante, todos los egoísmos se conjuran para que no prevalezca el sentido natural de conservación.
Por tres veces, dice nuestro venerable hermano el obispo de Vitoria, le dijo el papa que «desea, encarga y ordena la concordia, la inteligencia, la unión a todos los católicos en lo que les es común». Y sobre el mismo encargo del papa y sobre las ordenaciones del obispo se ha podido sutilizar con razones corrosivas de este espíritu de unidad, condición indispensable de nuestro triunfo.
Nadie, como nosotros, tiene el aglutinante de la caridad que unifica. Nadie tiene una constitución de unidad espiritual como nosotros: un Señor, una fe, un bautismo, es decir, el mismo Dios, la misma forma intelectual dogmática y la misma gracia. Somos un cuerpo vivo y un edificio levantado sobre el mismo fundamento, según las bellas metáforas del Apóstol. Una misma plegaria del mismo Hombre-Dios, en la hora de su testamento, expresaba, como anhelo de su Corazón y como forma de nuestra sociedad, el hecho de la máxima unidad: «Que sean todos una misma cosa…»; «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, y que todos sean una misma cosa en nosotros…»[50]. La división y la discordia, cuando se trata de los supremos intereses de la religión, de defenderla ante la furia del enemigo o de reconquistar lo que se nos arrebató, sería torpeza imperdonable y crimen de lesa religión.
Conclusión: nuestro optimismo
Terminamos esta Carta expresando ilimitada confianza en el porvenir. La fundamos sobre la misericordia infinita de nuestro Dios, del Dios de nuestros padres, que durante siglos ha demostrado en forma tan amorosa y viva su presencia en nuestra historia y su predilección por nuestra querida España. No consentirá Él que su nombre se borre del corazón español, como sus enemigos pretenden.
Sobre la oración y penitencia de tantas almas de selección, y hasta de tantas vidas justas que se han ofrecido en holocausto para el triunfo de la causa de Dios y en expiación de los pecados que nos han acarreado tan tremendo castigo. Sobre «la fe que crece» entre nosotros, según expresión del Apóstol[51], y que permite abrigar el optimismo de óptima cosecha espiritual en un futuro no lejano. Sobre el celo de nuestros sacerdotes, que se ha redoblado, y sobre el sacrificio que la revolución les ha impuesto y que han aceptado con la paciencia y la resignación de los verdaderos perseguidos por la justicia. Sobre el testimonio de la historia, que nos dice de persecuciones y horas tan graves como las actuales para la Iglesia, a las que siguieron siempre los días serenos de la paz, a veces brillantes con la gloria del triunfo. Y sobre la bondad infinita del Corazón sacratísimo de Jesús, de quien somos herencia y reino especial, y las entrañas maternales de María Santísima, que hizo de España «su tierra», cuya posesión vindicará con su poder invencible.
Que nos proteja la celestial Señora, que quiso santificar esta tierra de Toledo con sus plantas para entregar a san Ildefonso, nuestro glorioso predecesor, rica presea de su bondad, así como los santos patronos de la archidiócesis, que velan desde el cielo por la incorruptibilidad de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Prenda de esta protección es la bendición que con paternal afecto os damos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
En nuestro Palacio Arzobispal de Toledo, a 12 de Julio de 1933.
Isidro, Arzobispo de Toledo,
Administrador Apostólico de Tarazona y Tudela
CONCLUSIÓN
La carta pastoral Horas graves no es únicamente un testimonio histórico de un momento especialmente convulso para la Iglesia en España, sino también una llamada profunda a la conversión personal, a la fidelidad eclesial y al compromiso responsable de los católicos en la vida social. El comentario del Padre Gabriel Calvo Zarraute permite releer este texto con una perspectiva más amplia, distinguiendo entre el contexto concreto de 1933 y las enseñanzas permanentes que contiene.
Más allá de las circunstancias políticas que motivaron su redacción, el núcleo del mensaje sigue siendo actual: la centralidad de Dios en la vida personal y social, la necesidad de una fe formada y coherente, y la importancia de la unidad y del apostolado laical en tiempos de dificultad. En un mundo marcado por nuevas formas de secularización, la lectura de Horas graves invita a un examen de conciencia colectivo y a renovar el compromiso cristiano con la verdad, la caridad y el bien común.
[1] 1ª Cor, 1, 3; 2ª Cor, 1, 2; Ef, 1, 2; Fil., 1, 2.
[2] 2ª Cor, 13, 11; Ef, 2, 14.
[3] Rom 10, 14.
[4] Dt 28, 53: «Tanta será la angustia y el hambre a que te reducirá tu enemigo».
[5] Jn 3, 19.
[6] 1ª Cor 1, 19.
[7] Jn 8, 44.
[8] Mc 1, 24; Lc 4, 34.
[9] 1ª Pe 5, 8.
[10] Ef 6, 12.
[11] Alocución en una audiencia concedida a una representación de católicos franceses, en 14 de septiembre de 1901.
[12] Simón, La liberté de conscience, p. 203.
[13] Pr 28, 12
[14] Pr 29, 2.
[15] Is 19, 14.
[16] Pr 18, 17.
[17] 1ª Cor 10, 15.
[18] Jn 9, 28.
[19] 1ª Tim 6, 11.
[20] Ibíd., 4, 8.
[21] 1 Mac 2, 19-20.
[22] Rm 1, 25.
[23] Rom 12, 11.
[24] Pro 19, 24.
[25] Mt 10, 34.
[26] Cortés, Donoso, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, I, p. 38.
[27] Hech 20, 28.
[28] Jn 17, 3.
[29] León XIII, Immortale Dei.
[30] Immortale Dei.
[31] Hech, 20, 28.
[32] Mt 16, 19; Lc 10, 16.
[33] Rm 13, 1.
[34] Rm 13, 2.
[35] Hech 5, 29.
[36] 2ª Cor 5, 4.
[37] Rm 6, 11.
[38] Ef 4, 24.
[39] Ef 4, 15.
[40] 1ª Cor 2, 16.
[41] 1ª Pe 2, 9.
[42] Mt 15, 19.
[43] 1ª Tim 4, 1.
[44] De la Alocución Consistorial del Santo Padre en 23 de mayo de 1928.
[45] Phil., 4, 3. De la Carta del Santo Padre al arzobispo de Breslavia, 12 de noviembre de 1928.
[46] Carta del Santo Padre al Cardenal Primado de España, 6 noviembre de 1929.
[47] S. S. Pío XI a la Asamblea de la Federación italiana de hombres católicos, 30 octubre de 1926.
[48] Is, 30, 10.
[49] Ecles 4, 12.
[50] Jn 17, 21.
[51] 2ª Tes 1, 3.
