El 28 de marzo de 1947 el Consejo de Ministros aprueba y envía a las Cortes un proyecto de Ley de Sucesión. Los puntos principales eran que España es un Estado católico y social que, de acuerdo con su tradición, se constituye en Reino. La Jefatura del Estado corresponde al Caudillo de la Cruzada y Generalísimo de los Ejércitos, Francisco Franco. Se establece un Consejo del Reino.
En caso de muerte o incapacidad, será llamado a suceder “la persona de sangre real con el mejor derecho, propuesta por el Consejo del Reino y el Gobierno”. De no existir persona con tal condición, se designará un regente.
El jefe del Estado deberá tener al menos treinta años, ser español y católico y jurar las Leyes Fundamentales. Gil Robles y los demás consejeros de don Juan se reúnen indignados ante dicho proyecto. Redactan un manifiesto el propio don Juan, Gil Robles, Vegas y Sáinz Rodríguez, publicándolo el 7 de abril de 1947.
El Manifiesto de Estoril
Más grave que el Manifiesto fueron las manifestaciones que realizó don Juan al diario londinense Observer, que el 13 de abril publicó en el New York Times y la BBC. Don Juan se reafirmaba en el Manifiesto de 1945, iba en contra de la Ley de Sucesión y reclamaba la intervención de las potencias extranjeras contra Franco, ofreciendo el reconocimiento a la UGT y la CNT, que impondría la separación administrativa de la Iglesia y el Estado, una amnistía política total y se alegraba de no haber combatido en el bando nacional durante la guerra civil. Todo ello fue catastrófico para don Juan, ya que incluso los monárquicos del interior de España se pusieron en contra de Estoril. Don Juan no sólo se dolió de la imprevista publicación de sus declaraciones al Observer, sino del propio Manifiesto de Estoril. La acusación que hizo Arriba el 15 de abril, le afligió enormemente a Don Juan. Decía así:
Desde la traición del condestable de Borbón a esta conspiración contra la patria de un heredero de su estirpe, pocas veces las flores de lis se han mustiado tanto.
Don Juan conocería años después que tanto el Manifiesto como sus declaraciones al Observer le ocasionaron la pérdida definitiva de la Corona.
El 29 de agosto de 1948, los diarios españoles publican la siguiente noticia:
“El pasado miércoles día 25, en alta mar, a la altura de San Sebastián, y a bordo del yate ‘Azor’ de S.E. el Jefe del Estado, se celebró una entrevista del Caudillo con S.A.R. el Conde de Barcelona que pasaba de Arcachon a bordo del yate ‘Saltillo’. Después de saludarse y conversar sobre temas generales de actualidad, se trató de la educación del príncipe don Juan Carlos, quien, por deseo de su padre el Conde de Barcelona, comenzará el próximo curso en España sus estudios de bachillerato”.
Don Juan vuelve a retomar el camino de colaboración con Franco, felicitándole por su santo y con ocasión de las bodas de plata con doña Carmen Polo
20 de octubre 1948.
Mi respetado General:
La sincera emoción propia de un soldado leal y patriota con que en nuestra entrevista evocó V.E. la memoria de mi Padre (q.e.p.d.) me hace pensar que en el día de sus bodas de plata recordará V.E. con la misma devoción a quien fue su padrino, y en mi deseo de asociarme también a ese recuerdo le dirijo estas líneas de cordial felicitación en esa importante fiesta de su vida familiar.
Como le informarán Danvila y el embajador en Lisboa, estimé que era preferible esperara mi hijo en su colegio de Friburgo el momento de ir a España, aparte del vivo interés que tenía su abuela, la Reina Victoria Eugenia, en tenerlo antes de una larga separación. Así, además, resultaba más fácil organizar sin precipitación su residencia.
Tengo ahora noticias de que las obras de Las Jarillas van deprisa y que, por otra parte, parece se resuelve también el plan de estudios. En vista de ello espero que en breve pueda el Príncipe trasladarse y que en ese interregno haya tiempo de ir realizando el propósito, por V.E. manifestado, de preparar un ambiente de cordialidad que facilite un futuro y provechoso camino a la política iniciada con nuestra entrevista.
Reiterando mi felicitación y haciendo votos por su felicidad personal en unión de su familia, le saluda con todo afecto, Juan.
Franco le contesta
Octubre, 1948.
A S.A.R. Don Juan de Borbón.
Mi estimado Príncipe:
Mucho agradecí a V.A. el delicado recuerdo que con motivo de mis bodas de plata habéis tenido al querer asociaros a nuestra fiesta familiar y en la que no podía dejar de estar presente el recuerdo de las bondades de quien, en acto tan decisivo de mi vida, quiso honrarme con su padrinazgo y cuya memoria ha sido siempre objeto de veneración en esta casa.
Oportunamente me llegó el aviso del embajador en Lisboa del viaje a Suiza del príncipe don Juan Carlos y del natural interés de la Reina, su abuela, en tenerle a su lado. Yo confío en que pronto esté Las Jarillas a disposición de recibirlo y pueda iniciar sus estudios en ésta con toda normalidad.
Por cuanto a su bienestar, seguridad y salud están tomadas todas las medidas y podéis anunciar a S.A. la Infanta el interés que todos pondremos en su mejor cuidado.
Ratificándole mi reconocimiento a su amable recuerdo, le reitero la expresión sincera de mi lealtad y afecto, Francisco Franco.
Don Juan a través de Gil Robles, amenaza a Franco con que don Juan Carlos no volverá a España
De esa forma Gil Robles se tomaba la venganza por la entrevista del Azor e intentaba restablecer la hostilidad entre Franco y don Juan. Antes de redactar esta dura nota verbal, Gil Robles había dicho una atroz frase: “Piense V.M. que el Príncipe es la única arma de que dispone frente a Franco”.
Septiembre, 1949.
No puede dejar de hacer presente S.A.R. el Conde de Barcelona su creciente decepción por los escasos resultados de la fase política iniciada hace más de un año con la entrevista en aguas del Cantábrico. Esta decepción, aumentada al correr de los días, llegó a su plenitud al tener conocimiento del discurso que S.E. el Jefe del Estado pronunció ante las Cortes el pasado mes de mayo.
Arraiga, en consecuencia, en el ánimo de S.A.R. la idea de que su conducta, inspirada en los más puros móviles patrióticos, aparece respaldando una política de confusionismo, nacida del alcance que la opinión esperanzada dio a un suceso del que lógicamente había que aguardar consecuencias prácticas que la acción de Gobierno no ha hecho posibles.
La continuación de este estado de cosas haría considerar al Conde de Barcelona que no puede seguir prestándose a mantener en el ánimo de tantos españoles la ilusión de acuerdos que por desgracia no han llegado a ser realidad. Esto en ningún caso quiere decir que iniciará actos de hostilidad o disentimiento.
Como padre, siente S.A.R. el dolor sincero de que ésta, su apreciación del momento político, pudiese ser un obstáculo para la vuelta del Príncipe a España, toda vez que las razones patrióticas y docentes que aconsejaron enviarle durante el curso pasado han sido interpretadas en un sentido que, por no estar de acuerdo con la realidad, se prestan a desorientaciones y confusionismos que es necesario desvanecer previamente.
Franco responde con dureza
El texto no ha sido publicado. Pero las principales ideas de una extensa nota redactada por Franco, según resumen de Gil Robles, son las siguientes:
1). En la entrevista del Azor él no hizo ninguna promesa.
2). Con la Ley de Sucesión inició la posibilidad de un régimen monárquico que debe agradecérsele, cuando le hubiera sido muy fácil instaurar otro sistema.
3). La educación del Príncipe en España es un beneficio para éste y para la dinastía, que no se ha estimado en su verdadero valor.
4). No se comprende que la presencia del Príncipe haya creado ninguna situación equívoca, pues bien claro se manifestó por el propio Franco en su discurso de mayo ante las Cortes.
5). Por ningún motivo hay que pensar en la suspensión del Régimen actual.
6). La actitud del Rey se debe al grupito de monárquicos inquietos y a la funesta actuación de malos consejeros.
7). Piense el Rey que hoy las restauraciones monárquicas son muy difíciles.
Todo esto en tono confuso, enfático, llamándose a sí mismo caudillo, no dando al Rey más tratamiento que el de alteza y haciendo repetidas referencias a las conveniencias de la dinastía.
Don Juan envía una carta a Franco, en la que le expresa su satisfacción por el aprovechamiento en los estudios del Infante Juan Carlos
Diciembre de 1950.
Mi estimado General:
Acaban de llegar mis hijos Juan Carlos y Alfonso a pasar las vacaciones de Navidad y con este motivo me es grato expresarle mi sincero agradecimiento por las facilidades de que, me consta, han sido objeto tanto durante su permanencia en San Sebastián como en el trayecto del viaje.
Estoy muy satisfecho del funcionamiento del Colegio que he instalado en Miramar, pudiendo apreciar por mis chicos que han aprovechado bien el tiempo y sé por sus profesores que han sido en todo momento atendidos por las autoridades cuando han tenido que acudir a ellas, sin llamar tampoco la atención con exageraciones de acuerdo con los deseos que expresé al duque de Sotomayor cuando le encargué la instalación.
Quiero aprovechar esta ocasión para desearle unas felices Pascuas de Navidad con todos los suyos y una muy Feliz entrada de Año.
Sigo con gran atención la situación internacional y comprenderá mi honda preocupación por la marcha de los acontecimientos. Por otra parte, he visto con sincera satisfacción y así lo manifesté oportunamente a sus representantes diplomáticos en Berna, Roma y Lisboa, la rectificación de la absurda actitud que tomaron en su día las Naciones Unidas en el llamado “caso español”. Me admiraba la serenidad de V.E. durante todo este tiempo dando ejemplo al pueblo que dignamente ha sabido mantenerse firme. Le saluda con todo afecto.
Juan. Estoril, diciembre de 1950.
Don Juan manda una carta a Franco, en la que le advierte que no va a renunciar
10 de julio de 1951.
Excelencia:
La proximidad de un nuevo aniversario del Movimiento Nacional, la agitación pública provocada por la gravedad de la situación económica española y el malestar creciente de enormes sectores de la vida nacional me impulsan a dirigirme a V.E. para comunicarle mi inquietud y mi preocupación por los problemas de España, los cuales, una vez concluida la presión exterior y restablecida la normalidad de las relaciones diplomáticas, parece que deben ser abordados y resueltos libremente por los propios españoles.
Creo inútil emplear en esta carta un lenguaje insincero por el temor de herir su susceptibilidad personal, que dejo desde ahora salvada por mi convicción absoluta del buen deseo y patriotismo que inspiran sus actos de Gobierno.
Quiero decir la verdad tal como leal y libremente la entiendo, sin influencias de nadie, ya que el texto definitivo de esta carta no ha sido dado a conocer previamente a ningún organismo monárquico. La franqueza de la apreciación mutua de nuestros actos y propósitos puede conducir a resultados prácticos y beneficiosos para nuestra patria. Dejemos, pues, de lado posiciones o afirmaciones que sólo pueden justificarse por necesidades de la propaganda política.
Nunca he tenido duda en admitir que su resistencia a una inmediata restauración de la Monarquía tiene por base el cumplimiento de lo que juzga ser un deber patriótico. Espero que, a su vez, me haga la justicia de pensar que cuando propugno la Restauración no lo hago por móviles personales, sino por la clara conciencia de un deber que me impulsa a procurar ser útil a España, sean cuales fueren los sacrificios que ello exija. Ha sido la Providencia la que ha echado sobre mis hombros la responsabilidad de encarnar finalmente los derechos históricos de las dos ramas dinásticas españolas.
Fiel a esa herencia, nunca seré yo quien altere las leyes históricas de sucesión, con renuncias que, al no estar justificadas por ninguna suprema urgencia nacional, constituirían un atentado a la misma esencia biológica de la institución monárquica. Tampoco le ocultaré que pesa extraordinariamente en mi ánimo el temor de que, pasada la oportunidad, no tenga la Monarquía la ocasión de prestar a la patria los servicios que tantísimos españoles esperan de ella.
El actual Régimen español, al cabo de muchos años de querer superar obstáculos de todo género, ha experimentado un desgaste que V.E. no habrá dejado de percibir.
Influye en ello poderosamente la tremenda crisis económica que llega a todos los hogares con excepción de los de una minoría afortunada; que está a punto de llevar a la desesperación a las masas necesitadas; que acelera por días el pavoroso proceso de la proletarización de las clases medias; y que, por ser fruto de una política persistente durante todos estos años, ha herido profundamente las raíces mismas de la riqueza nacional.
Al lado de este factor no deja de pesar la censura, cada vez más generalizada, de una corrupción administrativa que si siempre es posible en los Estados, máxime en las épocas cruciales de la Historia, es inevitable cuando el sistema político no permite la crítica veraz y ordenada de la Administración mediante adecuados organismos representativos y a través de un minimum de necesaria y legítima libertad de expresión.
Aún en los espíritus menos sensibles a la influencia de factores externos, causa ya honda inquietud el aislamiento internacional de España que, pese a rectificaciones parciales, más de forma que de fondo, amenaza ya con que llegue a considerarse normal nuestra exclusión de aspectos esenciales de la cooperación internacional.
Y siendo la afirmación constante de una orgullosa independencia la base sentimental del régimen, la realidad es que, aplazada la solución del problema político, cada día que pasa aparece España más sometida a la necesidad de una ayuda extranjera, con todos los riesgos que esto puede entrañar para su dignidad nacional y aun para su efectiva independencia.
Si la hostilidad con que V.E. ha tropezado en el orden internacional fuera consecuencia de la posición anticomunista de España, o si las actitudes hace años exteriorizadas hubiesen ido acompañadas de intentos de intromisión en el dominio soberano del país, la resistencia en las posiciones actuales aparecería como un imperativo del honor.
Jamás daría yo un paso que pudiera significar que la Monarquía admitía el más leve contacto con la tiranía comunista, que aspiraba a ser restaurada por imposición extranjera. Por fortuna los hechos no dejan lugar a duda alguna en este orden. La enemiga que se advierte en el mundo internacional no nace de la significación anticomunista del Régimen actual. Bastaría para demostrarlo el hecho de que hayan adoptado esa actitud poco amistosa las grandes potencias que hoy se están enfrentando eficazmente con Rusia, así como el reconocimiento del Gobierno de V.E. por todos los Estados precisamente cuando acaba nuestra guerra victoriosa contra el comunismo.
En cuanto a intentos de intromisión en el ámbito inviolable de nuestra soberanía, creo que nadie puede hablar seriamente de ellos en el preciso momento en que las Naciones Unidas han rectificado los absurdos acuerdos de 1946, ante los cuales hice constar, de modo indubitable, mi opinión adversa en el momento oportuno.
Si son laudables y dignos de admiración la persistencia y el entusiasmo en la defensa de una doctrina política, no creo que la eficacia sustancial de ésta se disipe por el hecho de mostrar flexibilidad ante circunstancias históricas insuperables, y hoy parece evidente que beneficiaría a España una modificación del sistema económico y político imperante.
Cabe también pensar, sin formar juicios temerarios, que la vacilación de V.E. a iniciar resueltamente una evolución política obedece a la esperanza de que las críticas circunstancias mundiales obliguen a las potencias anticomunistas a contar incondicionalmente con España y darle, en consecuencia, ayuda ilimitada que le permita prolongar sin modificaciones la organización presente.
Reconozco que es posible una conflagración mundial en un futuro más o menos inmediato; pero también lo es la prolongación del “statu quo” actual y aun la realización de un acuerdo más o menos precario que aleje tal vez “sine die” el peligro de guerra, complicándose gravemente entonces con toda verosimilitud nuestra situación internacional.
No parece, pues, que sea aconsejable confiar exclusivamente en que el auxilio extranjero ha de llegar por la necesidad de nuestra cooperación militar en un conflicto próximo. Las previsiones en esta materia son muy inseguras y no creo que deba de arriesgarse el porvenir basándose en ellas. Buena prueba de esto nos ha ofrecido la última guerra mundial, pues la fe ciega que muchos tuvieron en el triunfo del Eje ha sido, sin duda, la causa más poderosa de las tremendas dificultades que ha sufrido y aún sufre Europa para su reorganización durante la posguerra.
Por otra parte, la gravedad de la situación económica, a la que antes me referí, no se remedia con ayudas parciales, penosamente obtenidas, sino con una conjunción de auxilios poderosos y de medidas internas que los hagan posibles.
Porque –V.E. lo sabe perfectamente– la situación económica del país requiere una sólida ayuda exterior para su saneamiento; para hacer soportable y digna la vida de las clases medias y obreras; para que la defensa nacional tenga armas y medios de los que España no puede auto proveerse; para que el problema político de nuestra patria no se agrave de modo irremediable en la aguda crisis.
El remedio de esta situación –conviene repetirlo– exige una cuantiosa aportación exterior. Con los recursos interiores e insuficientes de la actual política económica, la situación empeorará, tendrá graves repercusiones sociales y creará un ambiente propicio a la actuación de elementos disolventes en unas circunstancias extraordinariamente delicadas. No es bastante el fin, moralmente satisfactorio, del cerco diplomático. Es indispensable la maciza asistencia económica con la que otras naciones han contado.
Pero en el cuadro actual de la economía española existen rasgos que, por una parte, dificultan la obtención de esa ayuda en la cuantía necesaria, y, por otra, comprometen la acertada inversión de los recursos prestados.
Esos defectos, en parte explicables como consecuencia de un largo período de aislamiento y de escasez, podrían y deberían ser ahora objeto de un saneamiento radical. España precisa una política económica austera y de nueva planta, que, una vez acotada la zona indispensable de la empresa pública, abra ancho campo y efectivo aliciente a ese espíritu individualista y emprendedor que es uno de los patrimonios humanos de nuestro pueblo. Podría así superarse la actual economía entablillada, en la cual la injerencia burocrática suscita un permanente peligro de atrofia y de corrupción.
La evolución política que la inmensa mayoría de la nación echa de menos parece ya de inaplazable ejecución.
Podría decirse que a los españoles su Estado actual se les ha quedado estrecho porque unas instituciones políticas a la medida de la posguerra Civil y de la angustia de la contienda mundial no pueden ya ofrecer el ancho cauce que merece una gran nación. Dicho de otro modo: se ha producido el divorcio entre grandes sectores de la opinión del país y los organismos estatales. Una política salvadora en circunstancias excepcionales resulta contraproducente en su permanencia. Falta la nación de legítimos organismos representativos, la actividad pública se ha ido transformando en una crítica clandestina e irresponsable que actúa en la sociedad como un corrosivo.
Siempre he desautorizado las actividades de carácter subversivo; por esto me alarma el pensamiento de que la agitación que se ha manifestado en España en todos los sectores sociales, e incluso en los organismos de defensa del Estado, pudiera llegar a polarizarse en torno a la aspiración de restauración monárquica, perjudicándose así la posibilidad fecunda de una evolución normal hacia el régimen definitivo que siempre ha sido mi ideal. Junto a esa realidad actual –y en gran parte por ella– inquieta a los españoles el problema del futuro.
La Historia está llena de actuaciones levantadas y nobles, frustradas al cabo por falta de culminación. La última y definitiva justificación del Movimiento, como la de toda gran empresa histórica, está en su desenlace.
Cuanto más excepcionales hayan sido los esfuerzos y los sacrificios para lograr y consolidar la victoria, tanto más imperiosamente necesaria es la normalidad y estabilidad de la solución que justifique y premie aquellos esfuerzos y sacrificios, despejando plenamente el porvenir. Por esto mi preocupación más honda es la consideración del estado moral en el que se ha de encontrar el país cuando se realice la evolución del actual Régimen hacia la Monarquía por cualquiera de las múltiples causas que en la vida de un pueblo pueden darse, algunas concretamente previstas por V.E. en nuestra entrevista del Azor.
Se dirá que V.E., pensando en la incertidumbre del futuro, prefiguró el régimen de España como un Reino. Pero la verdad es que, aparte la discrepancia que en su día expuse, la Monarquía quedó reducida a una posición política de reserva. Fue creado un instrumento susceptible de hacer menos arriesgada la sucesión del Régimen, ineludiblemente abierta algún día. Nada más. Porque, sofocado por el obligado silencio, no ha podido el ideal monárquico movilizarse como pensamiento de la nación. Y porque un Reino en la incertidumbre oficial del Rey y de la dinastía, no podía despejar el porvenir.
El riesgo de lo estatuido se advierte fácilmente. Aún prescindiendo de la disparidad ente el procedimiento establecido y las leyes tradicionales de la institución proclamada, ¿por qué dejar a los azares del porvenir –tan arriesgados como la historia demuestra– lo que hoy podría resolverse con las máximas garantías humanas de acierto y normalidad? ¿Por qué correr al albur de una crisis en momentos de lógica debilidad del mando, cuando es posible aplicar antes la solución adecuada mediante la acción de un poder fuerte?
Si el tesón y la energía consumidos durante estos años en la propaganda y defensa de una situación que en el mejor de los casos tiene la perennidad de una vida humana, se hubieran empleado en implantar y consolidar un régimen definitivo, España podría afrontar sin recelo todas las eventualidades históricas.
Se me ha acusado, creo que maliciosamente, por la propaganda antimonárquica, de no estar identificado con el Movimiento nacional al que dos veces me ofrecí como voluntario.
Ese Movimiento, recogido y encauzado por un régimen ampliamente nacional como la Monarquía, debiera haber sido el principio no sólo de una era de resurgimiento material, sino también de la reconciliación entre los españoles.
He huido cuidadosamente de identificar a la Corona con ningún movimiento partidista y por eso puedo afirmarle solemnemente que mis manos están libres de cualquier atadura o pacto para el futuro, y he procedido así porque siempre pensé que el régimen que encarno debe ser una reserva al servicio de España, procurando mantenerse ante la opinión española e internacional como algo diferenciado y con sustancia propia.
Esto no quiere decir que yo haya ignorado –sin creer conveniente prohibirlas– las actividades de elementos monárquicos que bajo su exclusiva responsabilidad han procurado, pensando en el día de mañana, neutralizar la posible tendencia revolucionaria de sectores obreros españoles anticomunistas, encauzándoles por rumbos de cooperación social y patriótica.
Esta posición, además de haber hecho prácticamente desaparecer de la opinión internacional la idea de la República como posible alternativa al Régimen actual, permite que la Monarquía pueda conseguir hoy en mejores condiciones para España la ayuda económica exterior en la cuantía necesaria; la incorporación plena a la vida internacional y al gran movimiento anticomunista; el rearme de nuestro Ejército, nuestra Marina y nuestra Aviación, que se hallan desprovistos de los medios más indispensables para hacer frente a los riesgos gravísimos que nos amenazan del exterior.
Y todo eso –me interesa hacerlo constar del modo más solemne y categórico– sin humillar el honor nacional, sin claudicar con ninguna idea disolvente, sin firmar un solo pacto inconfesable, sin tomar el más leve compromiso peligroso para el país.
Pero es que, además, la Monarquía es la única que puede asegurar a la nación dos ventajas inestimables, sin las cuales todos los beneficios que un régimen puede reportar están llamados a desaparecer de un día para otro: la permanencia y la estabilidad.
Ruego a V.E. no vea en cuanto le digo ni remotamente un propósito de crítica fácil e irresponsable. Su experiencia de tantos años de Gobierno acaso encuentre razones que oponer a algunas de las consideraciones que le expongo, basadas unas en mi criterio personal, otras en la información seria y desapasionada de técnicos cuya autoridad V.E. mismo reconoce. Quienes ocupan el poder raras veces encuentran quien les diga con lealtad y desinterés los comentarios y discrepancias que su obra provoca, incluso dentro del ámbito gubernamental. Espero que V.E. vea en cuanto llevo escrito una leal exposición de puntos de vista y un deseo de cooperación pensando en el interés supremo de España.
Si V.E. está animado de los mismos deseos de concordia en bien de España –lo que no puedo ni siquiera dudar-, estoy plenamente seguro de que encontraremos con facilidad la fórmula práctica, susceptible de superar las dificultades presentes y asentar las soluciones definitivas.
V.E. es hoy el depositario de todos los poderes estatales. Yo soy el titular de los derechos de la institución tradicional. Pongámonos de acuerdo para preparar un régimen estable que bajo la égida de la Monarquía signifique la consolidación de los principios a los que va unida la existencia misma de España; el mantenimiento inequívoco de la unidad de la patria y de la suprema autoridad del Estado español; la defensa y garantía de los derechos de la religión católica, a la cual deberá asegurarse el pleno cumplimiento de su labor santificadora libre de toda vinculación a grupos o tendencias políticas; el reconocimiento y garantía de los derechos esenciales de la persona humana tal como el Derecho Público Cristiano los define y regula, mediante la creación de organismos representativos adecuados a la situación moral del país; el rearme de nuestras fuerzas militares, poniéndolas en cuanto a medios materiales al nivel que exige lo delicado de las circunstancias presentes; y, finalmente, la rectitud administrativa no sólo por la acción enérgica del poder público, sino también por la legítima fiscalización de los ciudadanos, contenida siempre dentro de los límites de la crítica constructiva y honesta.
Con plena conciencia de mi responsabilidad, y con el ánimo sereno de quien cumple un deber ineludible, quiero resumir esta larga carta diciendo a V.E.:
- a) Creo que España tiene ahora una nueva ocasión propia y universal. Su razón coincide, como en los más altos momentos de su Historia, con el destino de Occidente. Una política grande y renovada podría recuperar para nuestra cultura, nuestras armas y nuestra economía, el lugar que le corresponde.
- b) Quiero poner al servicio de mi patria cuanto la Monarquía puede aportar para una obra grande, auténticamente planteada y honradamente sentida en un ambiente de hermandad y esfuerzo común de los españoles.
- c) Una sola responsabilidad no quiero asumir y la declino ahora solemnemente. Si la Historia dice algún día que España llegó a una crisis máxima por no haberse logrado, o al menos intentado, seriamente una inteligencia entre V.E. y yo, habrá de afirmarse que advertí a tiempo el peligro y me dispuse a la obra necesaria de todo corazón.
Deseando a V.E. todo género de prosperidades en unión de su familia, le saluda atentamente, Juan.
Franco contesta y se puede denominar esta carta como de ruptura profunda
Esta carta es de ruptura profunda, en la que Franco prescinde definitivamente de don Juan como su sucesor. La correspondencia entre ambos quedó interrumpida durante unos tres años, hasta julio de 1954, si bien don Juan no retiró de España a sus dos hijos, que siguieron cursando los estudios de bachillerato en el colegio de Miramar. Tampoco prescindió de su enlace principal con Franco, que desde 1948 ostentó Julio Danvila. A partir del 16 de julio de 1954, don Juan envía a Franco una nota para agradecerle las facilidades dadas para los estudios de sus hijos y los planes inmediatos en orden a dichos estudios pasando un año en la Universidad católica de Lovaina. Franco contesta proponiendo que los estudios superiores de Juan Carlos se realicen en España y en tres etapas: academias militares, cursos selectos universitarios y contactos con la realidad española en sus diversos campos. Ante los planes de Gil Robles sobre los estudios en Lovaina, Franco, en una breve filípica a don Juan, le dice: “No puedo terminar esta breve exposición sin preveniros de la responsabilidad de vuestras decisiones en evitación de que por una defectuosa información pudiera cerrarse el camino natural y viable que se puede ofrecer a la instauración de la monarquía en nuestra Patria”.
Don Juan aceptó el plan de Franco.
Hay una serie de comunicaciones epistolares en el año 1957, en la que don Juan reclama la supresión de intermediarios, expresando el deseo de cooperar con Franco, reconociéndole su ‘lealtad, experiencia y patriotismo’. Muchas de las comunicaciones posteriores se refieren a la educación y formación de don Juan Carlos.
4 de septiembre de 1951.
Alteza:
Antes de mi salida de Madrid recibí vuestra carta del 10 de julio y días después la nota que por conducto de Danvila me remitisteis y que vinieron a coincidir precisamente con la valoración e indiscutible triunfo de la política de España en los medios internacionales. El contenido de vuestra carta, unido a los hechos que inmediatamente la precedieron y siguieron, como fueron el libro de Ansaldo, y la explotación por las agencias extranjeras del contenido de vuestro escrito, me aconsejaron el retrasar mi contestación para poder enjuiciar con toda serenidad y reflexión que la gravedad de los hechos imponía.
Ni el lenguaje sincero que en vuestra carta me decís empleáis ni el que esgrimáis lo que llamamos la verdad, por dolorosa que ésta pudiera ser, alcanzarían jamás a herir una susceptibilidad personal que si en algún momento pudiese sentir la sacrificaría gustoso al mejor servicio de nuestra nación; pero a lo que en realidad no puedo resignarme es a que adversarios políticos gastados y desacreditados en nuestra nación puedan utilizar en contra del crédito de nuestra patria en el exterior la clara estirpe de vuestro nombre, en servicio exclusivo de sus pasiones o de sus intereses.
Aunque me decís que en el texto definitivo de vuestra carta no han intervenido influencias externas de nadie, ni de ningún organismo monárquico, perdonadme, sin embargo, que os señale que los acontecimientos posteriores de su publicidad y explotación en la prensa extranjera demuestran que su texto era perfectamente conocido por aquellos elementos que acusan una vez más lo poco que les interesa la suerte de la institución monárquica y de las personas.
La maniobra de entregar a la publicidad vuestro escrito responde, sin duda, a aquella modesta rectificación del espíritu que animó vuestra primera carta contenida en la nota verbal enviada por Danvila.
Pecaría gravemente contra la patria si callara el efecto deplorable que en la nación vienen causando esas manifestaciones públicas de vuestra oposición, y que al permitir se utilice vuestro nombre como bandera os coloca en una situación de ventajismo oportunista incompatible con la majestad y nobleza con que un príncipe ha de aparecer ante la nación y que por la reacción y desconfianza que apreciareis se viene creando en vuestros más fieles seguidores, comprenderéis mejor lo que producirá en otros sectores más independientes y sinceros de la opinión nacional.
Desde que la muerte de vuestro augusto padre (q.g.h.) establecimos nuestra primera relación, conocéis bien cuánto he trabajado por evitar el que hicierais manifestaciones a todas luces innecesarias que habían de gastaros sin provecho personal ni para V.A. ni para la causa monárquica, aunque desdichadamente he sido poco afortunado en el empeño, pues no se extingue el eco de una de estas exteriorizaciones, de que tantas veces habéis tenido que arrepentiros, cuando otra nueva continúa la obra destructiva de vuestro crédito y el de la propia institución monárquica.
Respecto a los puntos concretos y razones que en vuestra carta sostenéis, son en sí tan erróneos, y demuestran tal desconocimiento de la realidad española y de sus necesidades, que no puedo dejarlos sin la debida réplica y aclaración. Sin duda, los juicios subjetivos de quienes al informaros pretenden asociaros a sus posiciones personales y el confusionismo que puede haber causado en vuestro ánimo el escuchar a algunas otras personas honradas y competentes en determinada materia económica o hacendista, pero que absorbidas por su bufete o recluidas en el recinto limitado de la especulación teórica, no se distinguieron por su perspicacia política ni por el conocimiento real y práctico de las necesidades de la economía española, han podido conduciros a esta situación tan peligrosa del error en que os encontráis.
Tres puntos principales destacan en vuestra carta: la corrupción administrativa, la errónea política económica del Régimen y el aislamiento internacional, para llegar a la conclusión de que todo se corregiría con la panacea de una restauración monárquica.
Lo primero que me interesa rechazar es ese infundio de la corrupción administrativa, que recogéis y que vemos campear en las campañas sistemáticas de descrédito que los masones vienen lanzando de antiguo contra los regímenes que no dominan, y que los que peinamos canas hemos ya vivido en los últimos años del reinado de vuestro augusto padre, en las que una campaña análoga de corrupción y de escandalosos negocios, de la que no se libraban siquiera las personas reales, fue el arma esgrimida para socavar y derribar un régimen secular, pero que, llegada la hora del triunfo republicano, fueron incapaces de demostrar.
Si en todos los regímenes del mundo pueden existir los naturales fallos administrativos, pues los hombres siempre serán hombres con sus vicios y sus apetitos, frente a ello se levantan los tribunales de justicia que en nuestra nación cuentan actualmente por lo menos con las mismas garantías de independencia que disfrutaron en los regímenes que nos precedieron. De éstos heredamos el personal que nutre sus escalafones y nunca fueron más libres e independientes de la política de lo que hoy son. La moralidad o la corrupción, cuando se dan, son cosa específica, encomendada a la sanción de los tribunales, no a la crítica banal e irresponsable que siempre y bajo todos los regímenes suele acompañar al que delinque, pero que precisamente en las democracias se compra y vende. En esto podéis tener la satisfacción de conocer que la honestidad de nuestros tribunales de justicia admite con ventaja parangón con los más exigentes de otros países.
Nuestro Régimen ha extremado precisamente en cuanto estuvo en su mano, agravando la penalidad de los Códigos en determinados delitos que tenían escasa punición con la perfección de las leyes, suprimiendo en todo lo posible aquellos antiguos jueces municipales políticos y maleables y entregando la Administración de Justicia a nuestro honrado Cuerpo Judicial. Contra los posibles abusos de la Administración, se ha amparado a los funcionarios creándose un recurso de agravio gratuito por medio del cual pueden recurrir contra las disposiciones del Gobierno los que se sientan atropellados por la Administración; recurso fácil, rápido y eficaz, inexistente bajo los regímenes anteriores y entregado hoy al claro juicio del competente Consejo de Estado.
Si estuvieseis atento a las publicaciones que viene sucediéndose sobre la corrupción administrativa en los países campeones del sistema democrático, encontraréis que la corrupción, donde precisamente más prolifera se muestra bajo la irresponsabilidad de los regímenes en los que todo se compra, y la libertad de expresión y el sistema parlamentario son precisamente el medio para que se esfumen y desfiguren las responsabilidades criminales de los numerosos delincuentes. Los “affaires” puestos recientemente al descubierto de Barcelona Traction, Fuerzas y Riegos del Ebro y la Chade, patrocinados por un ministro de Hacienda de la monarquía constitucional y parlamentaria, sí que ofrecen muestras de corrupción y fraude.
Sobre lo que llamáis la política económica del Régimen, nada más lejos de la realidad que el concepto que de ella os han hecho formar, y no os extrañe que me vea obligado a rechazar con la máxima energía el disparatado concepto que han hecho figurar en vuestros labios de que los males de España “sean fruto de una política persistente durante todos estos años, que ha herido profundamente las raíces mismas de la riqueza nacional”. ¿Quién puede haber llevado a vuestro ánimo tamaño dislate? ¿Qué raíces de la riqueza nacional han sido heridas por nuestro Régimen? ¿Sabéis, por acaso, cómo heredamos a España y cómo la hemos puesto? ¿El estado de abandono en que durante muchos años, cuando todo era fácil, se dejó a nuestra economía? ¿No habéis oído a nuestros enemigos repetir, antes de abandonar la nación, que nos dejaban inviable, con el oro expoliado, los ferrocarriles destruidos, los barcos robados, los depósitos vacíos, la cabaña arruinada y atraso de deudas comerciales de más de cuatrocientos millones de pesetas oro y una circulación monetaria tendente a lo astronómico? ¿Sabéis siquiera cuál fue la política económica de los Gobiernos que en España se han venido sucediendo?
Nuestra política económica no es un capricho: responde a una necesidad histórica y sin ella España se hubiera hundido definitivamente. La ecuación de una balanza comercial totalmente desnivelada en varios cientos de millones desde principios de siglo a nuestros días, que progresivamente iba haciendo a la nación cada día más pobre; la posesión en manos del extranjero de nuestras principales riquezas mineras –plomo, cobre, cinc, potasas, hierro- y las principales empresas industriales o de electricidad, entre las que destacan Ríotinto, Peñarroya, la Sevillana de Electricidad, Fuerzas y Riegos del Ebro, Telefónica y tantas otras empresas que vinieron sangrando a España y a su economía durante cincuenta años. No creo sea un timbre de honor para los regímenes y sistemas que nos precedieron.
El que España reivindique la posesión de las nuevas riquezas futuras y que en ellas el capital extranjero participe con la limitación del 25 por ciento o aquélla que sea verdaderamente indispensable mediante decreto motivado es el camino obligado de cuantos sienten a la nación y aspiran a levantarla.
Ésta es la rectificación que España hace a cincuenta años de incuria, que es natural lastime a cuantos por acción o inhibición a ello contribuyeron. A nadie más que al Régimen beneficiaría la libre discusión sobre la materia y que nadie cohibe.
Una cosa es la ayuda que España pudiera recibir en aquello que necesita y beneficiar su economía y otra la que ansían y ofrecen fácilmente los eternos especuladores internacionales y sus testaferros del interior. Si el pensar así o el reivindicar su pequeño trozo irredento de nuestro territorio, que como un estigma ha venido pesando sobre las generaciones que nos precedieron, encarna lo que llamáis ‘una orgullosa independencia, base sentimental del régimen’, todos los españoles la aceptamos gustosos.
Sobre la necesidad de una sólida ayuda exterior para el saneamiento interior que vienen inspirándoos, habéis de tener en cuenta que las cosas no se regalan y suelen tener un precio; pero que España la logrará tanto mejor cuanto más dispuesta se halle a lograrlo por su propio esfuerzo.
Muchos vienen en este orden dañando al crédito de nuestra nación los que consciente o inconscientemente en el extranjero especulan con las necesidades de nuestra patria, haciendo creer a quienes nunca nos quisieron que la situación es tal que puede llegar a hacerse insoportable para la vida de las clases medias y obreras y que, por lo tanto, España es fácil presa que puede caer de nuevo bajo sus garras.
Admira a cuantos extranjeros conscientes nos visitan la vitalidad y el esfuerzo ingente que España ha desarrollado en estos años en el orden industrial y agrícola, que en este último aspecto no se acusa debidamente por la ocultación inherente a la recogida forzosa de cosechas y a la situación adversa meteorológica de los últimos tres años porque se ve con sólo recorrer los campos.
Si del orden económico pasamos al político, es cierto que la hostilidad contra nuestra patria de naciones que han adoptado una actitud oficiosa anticomunista, a primera vista parece justificada; pero en esto os ocultan que nuestra Cruzada no se libró exclusivamente contra el comunismo que nos amenazaba, último grado de un proceso masónico-marxista que le preparó y abrió su camino, sino también contra esa masonería y marxismo que nos condujeron a aquel estado, masonería y marxismo que están vivos en esas naciones y son los mantenedores y alentadores de esos estados de hostilidad contra nuestra patria que de triunfar volverían a hundirla en el mismo caos de que la sacamos.
Si meditáis en la Historia de España durante los últimos siglos, veréis la misma hostilidad concentrada en Inglaterra y Francia contra el resurgir de nuestra patria y secundada dentro por masones, liberales, progresistas, constitucionalistas y demás disfraces con que se vestían en nuestra nación los elementos al servicio de la anti-España. Las campañas de ‘Ensenada no’, ‘Maura no’ bajo la monarquía constitucional y parlamentaria y las esgrimidas hoy contra Franco y la Falange tienen el mismo origen.
Mas dejemos ese campo político, del que tantísimo se podría hablar, pero que haría interminable nuestra carta, y pasemos al tema principal de nuestra relación: el de la monarquía.
Plausible me ha parecido siempre la fe y el entusiasmo de un Príncipe por la institución monárquica, ya que esa fe es esencial para la vida de la propia institución, y que, de haber existido en 1931 entre las personas responsables entonces, hubiera sin duda evitado que un accidente electoral se convirtiese en entrega pura y simple, sin la menor lucha, de un régimen secular.
Precisamente por considerar a la institución monárquica vinculada a nuestra historia y la más adecuada para el resurgimiento y grandeza de nuestra patria, sin estar obligado a ello, orienté a la nación por su camino y aconsejé el pronunciarse por su constitución en Reino en el gran plebiscito en que la nación unánimemente refrendó las Leyes Fundamentales de la patria; pero al hacerlo así necesitaba garantizar a la nación española que (sic) las posibles crisis por los fallos de las personas no pudiesen jamás arrastrar, como ya ocurrió en dos ocasiones, a todo el sistema instituido. Si por no haberse tomado esta previsión esencial el fallo de las personas pudiera un día arrastrar a la institución, un elemental espíritu de conservación inclinaría a los españoles a rechazar un sistema que tan poca seguridad les ofrecería en los tiempos actuales, obligándoles a discurrir por otros caminos que, aunque de momento fueran menos gratos, pudieran ser comparativamente más seguros. Éste es el fundamento de la Ley de Sucesión que persigue elevar y estabilizar a la institución por encima de las humanas debilidades y de los fallos, siempre posibles, de las personas.
Existe, a mi juicio, un grave error en vuestro pensamiento al juzgar sobre el arraigo que tiene en España el sentimiento monárquico, que sin duda os transmiten algunos de los cortesanos que os frecuentan, reflejo del limitado horizonte del reducidísimo círculo en que se mueven, pero que si vivierais en España podríais comprender es todo muy distinto. Si hubieran existido esos fervores de que os hablan, no hubiese habido en nuestra historia aquel bochornoso 14 de abril y no hubiera caído un Régimen con varios siglos de existencia sin que se registrase un solo acto de resistencia en todo el territorio español, ni siquiera entre ese pequeño mundo, de tan poco peso hoy, de cortesanos y favorecidos.
Si los hombres de la República hubieran sentido a España y acertado, aunque sólo hubiese sido en una pequeña parte de lo que habían enunciado, no hubiera habido fuerza capaz de removerla; sin embargo, el desvío que los errores y ambiciones arrojaron por segunda vez en España sobre la República es lo que lleva al pueblo español a aceptar en esta materia la voz autorizada de quien, habiéndole mandado gloriosamente en la Cruzada, y conducido diestramente entre los procelosos mares de la revolución universal en que vivimos, sabe persigue sólo, con el bien de la patria, la seguridad y la mejora social de todos los españoles, garantizándoles además contra aquel oprobio que los dos primeros tercios del siglo XIX, por el fallo de las personas y los vicios del sistema político imperante, venían arrojando sobre la institución.
La permanencia y la estabilidad de la institución monárquica sólo podrá lograrse si se hace a la institución más fuerte que a las personas. Ese siglo XIX preñado de revoluciones en que la casi totalidad de las sucesiones fueron acompañadas de costosísimas guerras civiles, no constituye por cierto un respaldo feliz de la tesis por sí de la estabilidad monárquica.
En esta materia parece oportuno el recordaros que el Movimiento Nacional no perseguía una restauración monárquica, constituía sólo un alzamiento patriótico que recibía en su seno a cuantos sentían a la patria por encima de cualquier filiación, y que precisamente por decisión personal más aceptada por la nación se admitió, frente a los que pretendían darle una etiqueta republicana, y se consiguió que no se cerrase el paso a que, si así convenía, pudiese un día instaurarse en España la monarquía tradicional que había dado a la nación etapas de gloria.
En esta línea de conducta me cabe la satisfacción de haber sido quien rehabilitó ante la nación y el mundo a vuestro augusto padre, derogando las sentencias persecutorias dictadas contra quien, pese a todas las vicisitudes, había servido a su patria con indiscutible celo patriótico durante su reinado, y cuando creí llegado el momento y que así convenía a los sagrados intereses de España, constituí a la nación en Reino con el refrendo de la casi totalidad de los españoles.
Al lado de la acción meramente revolucionaria y negativa de liberarnos de un régimen de oprobio que vilipendiaba a nuestra patria, el Movimiento Nacional ha venido concretando su ideología durante los tres años de dura lucha al convocar a los españoles para la batalla definiéndose la España por la que se luchaba. Lo esencial era el contenido y no la forma externa con que un día se denominase.
Espigó nuestro Movimiento en nuestras más amadas tradiciones, en todo lo que era común a los que un día nos alzamos para salvar a España y en cuanto demandaba la era social en que vivíamos y la situación económica de nuestra nación. Por todo ello la identificación con el Movimiento no puede buscarse tan sólo en haber querido figurar en las filas de sus fuerzas liberadoras, sino en el contenido esencial que el Movimiento encierra y entre las que precisamente destacan un sentido social y esa decisión clara de independencia, de grandeza y de resurgimiento nada sentimental, sino firmemente real y que con éxito venimos practicando.
Os equivocáis al pensar que el Régimen necesita buscar una salida, ya que él precisamente representa la salida estable de siglos decadentes. ¿Qué otro régimen hubiera podido sobrevivir a la durísima prueba de dos guerras y a la conjura internacional de que España fue objeto?
Aludís en vuestra carta a las responsabilidades que la Providencia ha echado sobre vuestros hombros de encarnar los derechos históricos de las dos ramas ‘y que no será V.A. quien altere las leyes históricas de sucesión con renuncias que, al no estar justificadas por ninguna suprema urgencia nacional, constituirían un atentado a la misma esencia biológica de la institución monárquica’. No entro en el problema legal del derecho sucesorio que decís representar, aunque sí deseo recordaros que a la legitimidad sucesoria nuestros tradicionalistas han exigido siempre la legitimidad de ejercicio: la identificación del Príncipe con las esencias y principios que en la monarquía tradicional se encarnan y que precisamente por haberse apartado de ellas repudiaron en día a su Príncipe heredero. En este espíritu y por considerarlo esencial, se inspiró nuestra Ley de Sucesión, no aventurándose a determinar ‘a priori’ la rama o línea del mejor derecho.
Respecto a vuestra decisión de ‘no alterar las que llamáis leyes históricas de la sucesión con renuncias no justificadas por una suprema urgencia nacional’, espero que, llegado el caso, si así conviniese al interés de nuestra patria o de la propia institución monárquica, seguiríais el camino patriótico del renunciamiento, del que os dio ejemplo vuestro augusto padre que no obstante haber sido Rey y proclamado soberano por la nación, abdicó en V.A. sus derechos, al igual que acaba de hacerlo el rey de Bélgica y lo hizo un día el de Inglaterra, proceder obligado en la historia de la institución monárquica.
No he querido pasar por alto este tema y dejar de recoger vuestra alusión por ser problema que veo va abriéndose camino en el pensamiento de un gran sector de muchos monárquicos españoles, que al apercibirse cómo vuestras actuaciones públicas han producido la repulsa de grandes sectores del país, comprometiendo vuestro crédito, y reconociendo que la monarquía sólo podría venir por mano y obra del Movimiento Nacional, empiezan a ver en la renuncia a favor de vuestro hijo una facilidad para que, en el momento que así conviniese, pudiera declararse a favor de vuestra dinastía, de vuestra rama, definitivamente resuelto el problema dinástico.
Por la inquietud y preocupación que manifestáis sentir por el porvenir de la nación y su futuro, comprenderéis los que sobre mí vienen pesando en estos quince años de conducir a la nación en medio de un mundo desquiciado. La confianza con que la nación viene asistiéndome en todo este tiempo no me libera de la íntima preocupación de asegurar al Régimen su continuidad y prepararle para el día en que la ley natural de la vida imponga la sucesión en las personas.
En este sentido no puedo menos de reconocer el hecho incontrovertible del grandísimo divorcio que desde vuestro Manifiesto de Suiza ha venido produciéndose en los más importantes sectores de la nación alimentado por las reiteradas y desafortunadas exteriorizaciones de vuestro desvío hacia cuanto el Régimen representa, y que en su fondo coincide con esa campaña de injurias y calumnias que un grupo indeseable de vuestros partidarios viene sosteniendo dentro y fuera de España con evidente estrago para la institución monárquica y de la que, por vuestra falta de condenación, la opinión sensata no os inhibe.
Yo conozco de manera particular cómo venís siendo sujeto de intrigas ajenas y cómo no podéis sentir gran parte de las cosas que sin embargo habéis firmado, pero los escritos y manifiestos en la vida pública, sean más o menos sentidos, es lo que queda perpetuamente unido a la historia de las personas, y que, dadas las características de vuestra edad y de su correspondiente estado de reflexión, van haciendo más difícil el que el pueblo español pueda olvidarlas y sentir aquella confianza indispensable para el ejercicio de las prerrogativas reales y que indudablemente obliga a considerar cuanto en esta carta os expongo.
Yo comprendo lo doloroso que ha de ser para V.A. el que pueda llegar a plantearse este problema, pero yo no puedo ocultaros la realidad de una situación que vuestra propia sensibilidad, sin duda, ha percibido al aludir a ello en vuestra carta.
Al hablaros con esta sinceridad exenta de egoísmos y en que sólo he mirado los intereses supremos de la patria, hoy a mí confiados, desearía que en servicio de ella no dieseis participación de esto a quienes, esclavos de sus egoísmos, no sienten a su patria ni sintieron jamás la suerte de la institución de la monarquía.
Con mis deseos de ventura para su Real familia, le saluda atentamente.
Francisco Franco.
Finalizamos con la carta que Don Juan escribe a Franco en el XXV aniversario del Alzamiento Nacional, donde se adhería al Alzamiento y a las Leyes Fundamentales, entre ellas la de Sucesión la que había descalificado en el año 1947
10 de julio de 1961.
A S.E. el Generalísimo don Francisco Franco, Jefe del Estado. Madrid
Mi querido General:
Por el mandato providencial de la Historia y de la sangre que recibí del Rey mi padre, nada español me puede ser ajeno. Y menos que nada este aniversario de una fecha que porque significa tanto para la vida de la patria tanto significa para mi corazón.
Como un español más quise participar personalmente en el Glorioso Alzamiento y sólo cuando V.E. me recordó las responsabilidades que Dios podía reservarme en el servicio de España, tuve que renunciar a lo que entonces constituía mi más entrañable aspiración.
Al cumplirse el primer cuarto de siglo del 18 de julio de 1936, esta soledad y alejamiento en que vivo se me llena de entrañables recuerdos; el Rey mi padre, desterrado ya y gravemente enfermo en un despacho de Roma, colocando ilusionadamente banderas rojas y amarillas sobre el mapa, al compás del avance de las tropas conducidas por V.E.; sus gestiones con Víctor Manuel de Italia en colaboración entusiasta, aunque lejana y melancólica, en una empresa nacional en la que se sentía un soldado más.
Algo más, sin embargo, me obliga a dirigirme a V.E. –que como Generalísimo de los Ejércitos que lograron la Victoria asumió y sigue desempeñando la Jefatura del Estado con poderes que le permiten influir decisivamente en el porvenir- este mensaje que desearía llegara también a todos los españoles, erróneamente informados con demasiada frecuencia, sobre la Causa que represento.
Cumpliendo con las obligaciones derivadas de las responsabilidades que V.E. previó podían recaer sobre mí, tengo que proclamar la vinculación de la monarquía con el Alzamiento del 18 de julio de 1936. Sin él nuestra institución secular, como tantos valores fundamentales de nuestra Historia y de nuestra vida como pueblo, difícilmente hubiera podido salvarse. Pero a su vez, sin la monarquía, el heroico y colosal esfuerzo que se inició entonces no hubiera encontrado fórmula política adecuada en que desembocar.
Por eso el Alzamiento del 18 de julio, desbordando por su empuje popular irresistible los estrechos planteamientos iniciales, se declaró enseguida contra la República y, al profundizar afanosamente en nuestro ser, en nuestro genio, en nuestra vida, encontró, como no podía menos, la monarquía Tradicional, creación de nuestro pueblo, compendio de sus instituciones públicas y garantía de su personalidad y de sus libertades.
En el único dilema posible –Monarquía o República-, el 18 de julio se pronunció contra ésta y por la monarquía. Aparte nuestra inquietud de españoles, ninguna impaciencia sentimos por su advenimiento. Pero si ha de producir sus frutos, necesario es que se instaure real y verdaderamente.
A su vez la monarquía puede ofrecer al Alzamiento unas garantías de permanencia, de amplitud nacional (nada más ajeno a su carácter que esa caricatura demagógica que la presenta como régimen de señoritos y palaciegos), de autenticidad y de respeto entre los demás pueblos que en vano se buscarán en otras partes.
Dentro de las fuerzas que más destacadamente concurrieron al Alzamiento, están los tradicionalistas cuyos principios hice míos el 20 de diciembre de 1957 comprendiendo que a la hora de la monarquía nadie con más autoridad para proclamar que este régimen es nuestro patrimonio político más esencial como nación.
No es la reposición de un régimen pasado lo que pretendemos. Con el nombre de monarquía aspiramos a lograr una creación política que recoja las experiencias de las crisis recientes y las conclusiones del pensamiento más actual.
Tengo clara conciencia de que el ambiente nacional difuso que prevé como una realidad ineludible la implantación de la monarquía surgida de la natural evolución del régimen que V.E. encarna, se debe principalmente al hecho de haber sido elevada la idea monárquica a su actual nivel de principio y ley fundamental de la patria.
El sistema político de constitución abierta que hoy rige y que será heredado por el régimen futuro, me permite afirmar, sin hacer violencia alguna a mi pensamiento, mi adhesión a los Principios y Leyes Fundamentales del Movimiento que, además de estar implícitos en la doctrina tradicional española, llevan en sí prevista la flexibilidad necesaria frente a todas las exigencias de la evolución y de la vida.
Yo tengo absoluta confianza en la lealtad y sinceridad de cuanto manifestó V.E. reservadamente en su entrevista última con José María Pemán. Comprendo también las exigencias de una táctica política para hacer frente a las necesidades del momento.
Pero al iniciarse este período de estructuración definitiva del Estado que V.E. acaba de anunciar, echo de menos y con toda franqueza se lo manifiesto a V.E. un más íntimo y personal contacto entre los dos para considerar los remedios posibles a los previsibles problemas que el futuro, más o menos inmediato, ha de presentar a España en el ambiente grave e incierto porque atraviesa el mundo.
Pido a Dios que ilumine a V.E. para que logre vencer las dificultades que hoy puedan presentarse y sobre todo para que queden trazadas firmemente las rutas de un futuro que permita la grandeza y la prosperidad de la patria.
Reciba un cordial abrazo de su affmo. 10 de julio de 1961.
