INTRODUCCIÓN
El intercambio epistolar entre Francisco Franco Bahamonde y Juan Antonio Suanzes en octubre de 1963 constituye un documento de gran valor para comprender las tensiones internas dentro del régimen franquista. En estas cartas se refleja no solo una relación personal marcada por años de colaboración, sino también un profundo desacuerdo sobre la orientación de la política industrial española.
El contexto es especialmente relevante: España comenzaba a transitar desde un modelo autárquico hacia una progresiva liberalización económica. En este escenario, el papel del Instituto Nacional de Industria (INI), pieza clave en la industrialización del país, se encontraba en revisión, generando fricciones entre sus dirigentes y el Gobierno.
Madrid, 9 de octubre de 1963
Excmo. Sr. Don Francisco Franco Bahamonde
Generalísimo y Jefe del Estado
Mi respetado y querido Generalísimo:
Lo que a continuación he de exponerte exige, por su carácter, disculpa previa, que presento y someto respetuosamente a tu comprensión y benevolencia.
En los próximos pasados meses de Diciembre y Enero, últimas ocasiones en las que tuviste la amabilidad de recibirme en El Pardo, al comunicarte mis propósitos y deseos de cesar en la Presidencia del “Instituto Nacional de Industria”, te expuse, también los motivos que a ellos me impulsaban, así como mis preocupaciones en distintos aspectos y las desalentadoras perspectivas que, a mi juicio y por muy diversas razones y en supuesta relación con el superior interés, se ofrecían tanto para nuestro Organismo como para su Presidente.
Transcurrido casi un año desde entonces, todo lo que puedo decir, sin pretender de ninguna manera distraer tu elevada atención con una exposición de hechos detallada y exhaustiva, es que, desde mis puntos de vista, en todos los aspectos y sin que de ello pueda caberme la menor duda, mis más pesimistas previsiones en aquellas fechas, han sido, con mucho, superadas.
Durante ese, para mí largo y penoso, período y a pesar de que muchas de las decisiones adoptadas –en las que no se me ofrecieron oportunidades de informar u opinar- las estimé importantes y graves, en ninguna ocasión intenté comunicar directamente contigo. De una parte, porque dichas decisiones, repito, que sin oírme previamente nunca, llegaban a mi conocimiento en forma contundente e irreversible a través de acuerdos del Consejo de Ministros que, unas veces se me trasladaban oficialmente y otras no, aunque llegaban a ser de público conocimiento. De otra, y cuando se trataba de propuestas del Instituto, aprobadas unánimemente en su Consejo de Administración –cinco Subsecretarios, otros tantos Directores Generales y altas personalidades de las finanzas, la técnica y el derecho, designados por el Gobierno, cuya misión y función ha llegado ya a ignorarse totalmente-, porque después de atravesar, en general negativamente, la muralla burocrática, eran objeto de un total silencio administrativo.
Y por último porque, ahora y como siempre y por razones de tipo elevado, resultaba para mí extraordinariamente violento acudir a ti, absorbido por las más altas obligaciones, con quejas y reclamaciones de cualquier clase. Este criterio, en cuanto a eficacia, puede parecer equivocado y de hecho lo es por lo que estimula y enardece determinadas actitudes; pero, por mi parte y por evidentes razones, no lo entiendo así y prefiero, con mucho, padecer y torturarme en silencio, aunque ello conduzca, como ahora, a situaciones insostenibles.
En cualquier caso, no es mi propósito en esta carta, en lo que no me afecta directamente, emitir opiniones que, por espontáneas, pudieran considerarse poco pertinentes, ni tampoco aventurar juicios sobre los criterios o actuaciones de personas que, en el terreno administrativo, se encuentran situadas a niveles superiores al mío. Me parecería totalmente absurdo proceder en otra forma al dirigirme a ti que, por encima de todo y de todos, te encuentras a distancias inconmensurables de nosotros y es para mí seguro y axiomático que, dentro de lo posible y viable, has procedido en la forma que consideraste mejor para el País, en cada caso.
Me atengo, por lo tanto, a lo antes expuesto, que considero un sencillo esquema de la situación y me refiero a continuación a los objetivos que persigo y que quizás definan mejor mi estado de ánimo.
Mi única aspiración al escribirte, la única y sin ninguna reserva mental que pudiera limitarla u oscurecerla, es la de apartarme del Instituto, recuperando mi equilibrio y mi tranquilidad moral. Lo que hace unos meses constituía un deseo ferviente, se ha convertido, en mi ánimo, en una verdadera necesidad, en lo que marchan de perfecto acuerdo mi criterio y mi sentido del deber. Son muchos los motivos que puedo alegar en justificación de esa necesidad y estado de ánimo: pero, entre ellos, entiendo que debo destacar ante ti los siguientes:
Como instrumento, en lo que le afecta, de una política económica del Gobierno, que es, en definitiva, lo que es el Instituto, entiendo que no se puede ser Presidente de dicho Organismo, cuando, en aspectos de fondo, se manifiestan en su ánimo discrepancias fundamentales con determinados criterios y formas de proceder.
Veintiséis años entregado, sin limitaciones y gracias a tu honrosa y agradecida confianza, al servicio del País a tus directas órdenes y de ellos ocho como Ministro de Industria y Comercio en circunstancias bien difíciles: la organización y conducción del Instituto desde que tú lo creaste y hasta que, gracias a tu apoyo, ha llegado a ser lo que es y pilar esencial y reconocido dentro y fuera de España, de nuestra economía industrial; y la obra realizada que ahí está; entiendo que me autorizaban a suponer, por una parte, que mis opiniones habrían de ser, por lo menos solicitadas y consideradas, al tratar y resolver sobre materias fundamentales que, directa o indirectamente, afectan a aquel Organismo, y por otra, a rechazar de plano la situación creada, en virtud de la cual se me ha convertido en una especie de pim-pam-pum, contra el que se ejercitan toda una serie de punterías que, bien arropadas, alcanzan sus objetivos, sin que yo pueda hacer prácticamente nada por evitarlo.
Como consecuencia de lo expuesto en el párrafo anterior, se hace cada día más difícil mantener la interior satisfacción y la alta moral de un equipo de muy elevada categoría, como es el del Instituto que, al apreciar que su esfuerzo, su eficacia y su experiencia, es prácticamente anulada cada día y que su Presidente, falto de la necesaria autoridad o confianza, nada puede hacer por evitarlo, acusa ya desánimo y ha de tender, naturalmente, a descomponerse. Es siempre difícil crear y mantener un alto espíritu, un ambiente y un clima elevado de esfuerzo colectivo, lealtad y entusiasmo; pero, es mucho menos difícil destruirlo por acciones externas y yo no quiero, de ninguna manera, que este magnífico instrumento, del que me siento orgulloso, se rompa en mis manos.
Con frecuencia recibo órdenes, en general delegadas, que mi conciencia me dicta –en frase muy expresiva de nuestros Padres- que pueden ser acatadas, pero no cumplidas. Estoy, sin embargo, convencido que ello es muy difícil de mantener y no quiero recibir lecciones de obediencia y disciplina. El remedio está en mi mano y el que evita la ocasión, apartándose, evita el peligro.
Por último. Creo que puedo enfrentarme, ahora como siempre y con entera tranquilidad, con todas las responsabilidades, dificultades, contrariedades y disgustos que la vida ofrece constantemente en los hombres y en las cosas y que, por lo tanto, no son artificios. Cualquier sacrificio me parece pequeño en ese camino, al servicio de altos ideales y ello no me perturba ni me conturba lo más mínimo. Me parece que así he sabido entenderlo y practicarlo a lo largo de una vida gracias a Dios ya muy larga y suficientemente ajetreada. El trabajo inútil, el sacrificio estéril es algo muy distinto. Es tan distinto que, por experiencia lo sé, afecta a la moral, a la interior satisfacción y tranquilidad y, como consecuencia, a la salud que, en ese trance, debe ser, en lo posible, conservada, en dedicación a la familia.
Como resumen de todo lo expuesto y al rogarte encarecidamente dispongas mi cese en la Presidencia del Instituto, he de terminar esta carta, con las más explícitas y sinceras manifestaciones de respeto y adhesión a tu autoridad, tu persona y tu obra; de lealtad indestructible a todo lo que eres y representas; de admiración y de gratitud.
Es siempre tuyo, el más respetuoso, subordinado y amigo.
Marqués de Suanzes
Palacio de El Pardo, 11 de octubre de 1963
Excmo. Señor Don Juan Antonio Suanzes.
Querido Juan Antonio:
Recibo tu carta de 9 del corriente en que, una vez más, me expones tu decisión de aparatarte de la dirección del Instituto, basada en tu estado de ánimo y tu discrepancia con las resoluciones del Gobierno en materias relacionadas con las actividades del I.N.I., y que tu obstinación llega a presentarte como blanco de una ofensiva que nunca existió y que yo no hubiera consentido.
En cuantos asuntos de Gobierno ha habido que resolver que hayan tenido la menor relación con las actividades del I.N.I., se ha pedido siempre a este informe, y si no se ha seguido su dictamen es porque teniendo en cuenta otros factores, se consideró otra resolución más conveniente para el mejor servicio, sin que por ello dejase de apreciarse y valorarse los informes de ese organismo.
Por cuanto a la consideración personal de los miembros todos del Gobierno hacia tu persona, puedes estar tranquilo, y yo soy testigo de excepción del cariño y consideración que tú y tu gestión les ha siempre merecido, y que cuando se han apartado en algún momento de tu consejo lo ha sido con contrariedad y dolor.
La tarea para el que el I.N.I. fue creado está preñada de dificultades y de sinsabores, y forzosamente tiene que pechar con las dificultades y emprender acciones que puedan ser más o menos ingrata; pero lo que no cabe, y tu bien lo comprendes, es que el Instituto deje de estar subordinado a las decisiones del Gobierno, pueda paralizar su acción o discurrir por cuenta propia.
Esto es lo grave y a lo que nos lleva tu exposición, que careciendo de contenido real, exterioriza, sin embargo, un estado de ánimo, de desequilibrio y de discrepancia que de persistir serían dañosos para el servicio y para el futuro del propio Instituto, que tan valiosos servicios nos ha prestado y en el que pusimos tantas ilusiones.
En resumen, tus razones no me han convencido; pero tus argumentos, en cuanto se basan en tu estado de ánimo y de discrepancia, esos, sí, me han convencido.
Yo hubiese querido que nos hubiéramos caído de viejos en esta trascendente colaboración de tantos años; pero no te extrañarás de que ya no luche por retenerte. Tu estado de ánimo me refleja que la carga está ya afectando sensiblemente a tu resistencia y a tu salud, que debe pasar al primer plano de las preocupaciones.
Entre las contrariedades que mi cargo entraña, no es la menor la de que el transcurso del tiempo nos vaya consumiendo colaboradores valiosos.
Todo esto no varía los entrañables sentimientos de mi amistad y mi afecto.
Testimonio del general Franco en Franco Salgado-Araujo, 1976, pp. 397-398.
«Todo esto no es verdad, lo que sucedió es que Suances se resistió a seguir la política del gobierno, que tiende a liberalizar poco a poco la industria, disminuyendo las actividades del INI. Él sin duda ha creído que nada se podía hacer en asuntos industriales sin contar con su beneplácito. Consideraba al ministro como un subordinado suyo que debía someter a su aprobación los planes antes de llevarlos al Consejo de Ministros.
No hace mucho el gobierno decidió aplazar la construcción del último horno proyectado por Ensidesa, pues no lo consideraba indispensable, ahorrándose así muchos millones, y teniendo en cuenta la crisis de las empresas siderúrgicas, en especial Altos Hornos de Bilbao, que está pasando por una situación bastante crítica. A Suances no le gusta la juventud, no quiere nada con ingenieros de las nuevas generaciones, y sólo tiene fe en los antiguos ingenieros navales de su época, quizá por conocerlos mejor. Pero son todos de más de setenta años. Por ello no le es grato el actual ministro, López Bravo, oponiendo resistencia a sus planes que cree que se le deben presentar para obtener su aprobación.
Acostumbra a no querer echar una mano a empresas que por diferentes motivos necesitan del INI para superar algún bache en que se encuentran. Es de los que sólo desean bailar con la más guapa. Con Manufacturas Metálicas Madrileñas se opuso a intervenir y a levantar esta sociedad tan mal administrada desde su fundación. Si una industria ya no necesita de protección estatal por existir otras análogas de empresas particulares, debe dejar de pertenecer al INI, pues de lo contrario mantendríamos una competencia innecesaria e injusta. Esto está pasando con los Pegasos y otras muchas empresas. Existen varias, como Barreiros Diesel y otras, que con sus propios medios están obteniendo grandes éxitos en España y en el extranjero, sin que el INI suponga para ellos nada más que una competencia injusta.
A esta nueva política industrial Suances se opone y no está compenetrado con el ministro López Bravo. Antes del verano me presentó la dimisión, que no le quise admitir teniendo en cuenta los grandes servicios que ha prestado a la Patria, y lo que aún podía seguir prestando. Últimamente ha redoblado sus resistencias a la política ministerial y no guardaba al ministro las atenciones que por su alto cargo le debía. Hace poco, en Pontevedra, en la inauguración de una empresa del INI, Suances se extremó en amabilidades con todos los que asistieron al acto, mostrándose sumamente frío y displicente con el ministro de Industria; lo que fue notado por muchos de los que estuvimos en la ceremonia.
No todas las sociedades del INI han funcionado bien, ha habido algunas que han tenido bastantes pérdidas y que fueron salvadas por otras empresas de dicha entidad y por el Estado. Hubo errores debidos a criterios de directivos ya anticuados. En las construcciones navales, la empresa nacional Bazán tiene una producción enorme. Se le encarga la mayoría de los barcos que se van a construir, olvidándose de otras empresas, como la Constructora Naval, a la que solamente se hacen pedidos modestos.
No se puede ser tan exclusivista en favor del INI, que se fundó para favorecer la industria y crear aquellas que a las empresas particulares no les interesaba. Suances es un gran valor nacional, pero algo absorbente y apasionado, tal vez por su gran personalidad.
Recibí hace días una carta suya en la que me reiteraba su dimisión, alegando que deseaba descansar, que estaba resentido de su salud y que consideraba que sus servicios ya no eran indispensables. Le contesté que accedía a sus deseos aunque lo sentía, y ciertamente que lo siento, pues tú sabes bien la gran amistad y cariño que siempre nos hemos tenido».[1]
[1] Testimonio del general Franco en Franco Salgado-Araujo, 1976, pp. 397-398.
CONCLUSIÓN
El cruce de cartas entre Franco y Suanzes pone de manifiesto un momento de inflexión en la política económica del franquismo. La dimisión de Suanzes simboliza el declive de un modelo industrial fuertemente intervencionista y el avance hacia una mayor apertura y liberalización.
Más allá de lo personal, este episodio refleja las tensiones entre continuidad y cambio dentro del régimen, así como el difícil equilibrio entre lealtad política y discrepancia técnica. La correspondencia no solo documenta un conflicto institucional, sino que también ilustra el proceso de transformación económica que marcaría el desarrollo de España en las décadas posteriores.
