La conversión de Franco en un mito legionario se aquilata en la prensa. En esta línea es claramente representativo un artículo publicado en El Debate, que reprodujeron otros medios como El Telegrama del Rif. Texto interesante, porque, además, demuestra que el uso del apelativo de «franquito» no era, ni mucho menos, despreciativo como algunos autores han llegado a afirmar al objeto de sostener erróneas tesis de corte sicológico sobre las frustraciones físicas de Franco, cuando en la época a la vez se le califica como «el león de la Legión»[1]:
«Disfrutando de un breve y bien ganado descanso, hállase en Madrid, camino de Oviedo, el bravo comandante de la primera bandera de la Legión, don Francisco Franco.
Militar de vocación y de entusiasmo, el comandante Franco es uno de los puntales de la Legión. Unido por estrechos lazos de amistad y compañerismo al gran Millán Astray, ha sido uno de los más valiosos auxiliares del heroico teniente coronel en la organización de su admirable y eficaz “ejército”.
Bajo su envidiable juventud, bajo su aspecto casi infantil, el comandante Franco oculta un formidable militar de esos que son gala, orgullo y admiración de un ejército.
Bravísimo y de una inalterable y pasmosa serenidad en el combate al que va siempre, como a una visita de cumplido o a una excursión aristocrática, muy enguantado, con sus típicos guantes de cazador y su fusta, también característica, es además, y sobre todo ello un hombre muy inteligente, talentudo, de seguro y claro discurso, al modo de los grandes militares históricos, que, como se dice ahora adoptando la jerga de las academias militares, se sabe muy bien la papeleta, y a la par que obra su corazón arrojado, manda ecuánimemente su cabeza.
Los legionarios, tropa de bravera difícil y exigente para la admiración de la valentía, han hecho del comandante Franco uno de sus ídolos. En sus conversaciones íntimas hablan siempre de él con gran cariño y el comandante que es popularmente “Franquito” para todo el Ejército y singularmente para la columna Sanjurjo, es para aquellos un poco paternalmente “el Chaval”, apelativo familiar que está oliendo a Puerta del Sol, y que acaso no nos equivoquemos suponiéndolo arranque admirativo y cariñoso de cierto periodista de la pequeña plaza del Mena, ahora sargento primero de la milicia de Millán Astray por méritos de guerra. Véngale de quien venga el cariñoso remoquete, el caso es que todos los legionarios le llaman así y que “el Chaval” tiene la virtud de enardecerlos y de llevarlos por donde quiere y como quiere. Un chaval guiando una manada de leones.
Atentos a su figura enérgica, que se recorta a caballo en primera línea antes de empezar el fregado, en ese momento solemne en que los adversarios se miden quietos hasta que suena el primer “paco”, los legionarios se sienten dominados por la serena seguridad de aquel muchacho.
¿Qué hay comandante? –Suele entonces preguntarle algún otro militar o periodista que llegan hasta allí.
–¡Nada! –responde con voz y sonrisa infantil el león de la Legión– ¡Todavía nada! No quieren presentarse.
Al no verlo allí rodeado de aquel aparato guerrero, dijérase un muchacho de gran familia apostado allí para correr liebres. Pero qué transfiguración tan repentina luego, cuando con sabia táctica tiene cerca el enemigo y juzgando llegado el momento, erguido sobre los estribos e impacientes las espuelas, enardece a sus hombres, gritándose con su voz atenazada:
–¡A por ellos!
¡Y lanzándose al asalto, seguido de la Legión arrolladora!
Ante militares tan beneméritos como el comandante “Franquito”, resalta más la injusticia que viene cometiéndose al tener sin premio, no sabemos en nombre de qué conveniencias, tanta acción heroica, tanta conducta meritoria.
Dictan la cordial bienvenida que enviamos a este bravo rapaz dos sentimientos: uno, de orgullo por contar con militares como él, y otro, de gratitud como españoles que saben estimar y agradecer lo que militares del temple del comandante Franco están haciendo por España»[2].
No es extraño pues que en la prensa los periodistas se refieran a él como «Paco Franco» o con el apelativo de «Franquito», que, reiteremos, poco tiene de despreciativo como algunos autores se empeñan, aún hoy, en mantener. Sus legionarios también le llamaban así. Resaltemos, como ejemplo, lo que cuenta desde Ben Tieb un legionario de la 2ª Bandera, natural de Gandía, en un escrito enviado desde aquel campamento fechado el 18 de diciembre de 1922, conteniendo una velada protesta por la obligada salida de Franco del mando del Tercio, recogiendo la sensación de ingratitud que conllevó la despedida de tantos legionarios a la que más adelante nos referiremos:
«Hoy ha sido uno de los días más tristes de mi vida de legionario. Vibrante aún la pesadumbre, por las circunstancias que llevaron a nuestro querido jefe Millán Astray a dejar el mando de la legión, que tan acertadamente creó, ya una nueva pesadumbre embarga de nuevo el corazón de los que, sin más estímulo que su constante amor patrio, luchan y mueren, porque Marruecos deje de ser la pesadilla del pueblo español.
El comandante Franco se ha despedido de los legionarios de Fontanes y Vidal, que con los del popular Franquito supieron escribir con su valor, probado en múltiples combates, una página de gloria para la historia de la Patria. Desde Tizzi Asa y también para despedirse, han venido acompañando a Franquito, los legionarios Duque de Montanar, Marqués de Rivero, Álvarez de Sotomayor y D. Pedro de Balbos; los dos primeros, Presidente y Secretario, respectivamente, de la S.A. Pro-Patria. Breve ha sido la estancia de estos entre nosotros, pero bastante para que brotara del corazón de estos corazones que ya no pueden llorar, lágrimas de angustia que, como el rocío del amanecer, harán más firme nuestro juramento de luchar siempre, sea donde sea, por España y por el Rey.
Los legionarios también se van; se fueron los argentinos, los cubanos y los brasileños; los que llevados de su amor a la madre Patria española, vinieron desde lejanas tierras, se han marchado con el corazón oprimido de tristeza. ¡Qué diferencia, dirán allá en nuestros países hermanos de América, de cómo se les recibió aquellos días angustiosos, y cómo se les ha despedido ahora!
España, jardín de flores, no las ha tenido para los que desde muy lejos vinieron a derramar su sangre por ella.
Mientras la funesta política supedita a los sagrados intereses de la Patria a sus ambiciones y discordias, el pueblo camina de angustia en angustia y de dolor en dolor. La legión está triste; los legionarios ya no oirán el canto patrio, de los que siempre supieron llevarlos a la victoria; pero dentro de su tristeza, y mientras el cañón aquí truena estos días, con bastante intensidad, los legionarios, en peligrosas incursiones llegamos a las inmediaciones de Annual y enterramos cristianamente, los restos de nuestros soldados, víctimas de la tragedia. Apesadumbrado por estas circunstancias, un grito de protesta se ahoga en garganta, cuando, recuerdo las veces que he visto cruzar al regresar de los combates, la interminable fila de camillas que conducían a tanto abnegado»[3].
[1] Sin que parezca que historiadores, y en especial biógrafos, que se han acercado a la vida de Franco hayan conseguido enterarse, subrayamos, una vez más, que los diminutivos fueron muy usuales en el ambiente militar y no tenían componente alguno de menosprecio. Juan Yagüe fue durante toda su vida para sus camaradas y en especial para Franco, pese a su prestancia física, Juanito (hasta en las órdenes que le envía cuando avanza al frente de las columnas en el verano de 1936 en la guerra civil); el bilaureado general Varela fue desde siempre Varelita; el alférez de los inicios del Tercio, Rafael Montero Bosch, fue Monterito; y el capitán Luis Pardo Ibáñez, era conocido por Pardito…. Y así podríamos continuar.
[2] «El comandante Franquito. El chaval de la Legión», El Telegrama del Rif, 22-3-1922, El Debate 23-2-1922.
[3] «Mientras truena el cañón. De mi vida», Revista de Gandía, 30-12-1922.
