INTRODUCCIÓN
En el corazón de la provincia de Soria, San Leonardo de Yagüe se ha convertido en mucho más que un pequeño municipio castellano. Su nombre, ligado al general Juan Yagüe, simboliza hoy un conflicto que trasciende lo local: el choque entre la memoria histórica impulsada por la ley y la memoria vivida por sus habitantes. Mientras las instituciones promueven la retirada de símbolos vinculados al franquismo, en este pueblo muchos vecinos defienden con firmeza el legado de quien consideran el impulsor de su desarrollo. Entre bares, plazas y conversaciones cotidianas, emerge un relato complejo donde historia, identidad y política se entrelazan.
Un pueblo en el que sus habitantes son fieles a la memoria de quien les ha dado el apellido del pueblo y se niegan a cumplir la Ley.
Bar El Hogar, que tiene en Soria la fama de tener uno de los mejores torreznos de toda la provincia. Camino de allí cruzando la plaza va Juan, unos 60 años, que tiene claro que el pueblo debe quedarse con su nombre: “Es que todas las casas de aquí para arriba las hizo él, las escuelas, el cine…”, enumera señalando el cercano colegio.
Por la puerta del bar se escapa el rumor de esas tardes de carajillo y partida. Un par de paisanos echan un cigarro en la puerta, cada uno a un lado de la enorme fachada, hablando casi a gritos porque si no no se escuchan. “Yo de esos temas no opino. De lo que ha pasado ya ahí queda”, suelta uno. La alargada barra está llena de clientes, en su mayoría jubilados. Una enorme pantalla ofrece imágenes del Mundial mientras en una decena de mesas se está jugando al mus o al guiñote, un juego propio de la zona parecido al tute pero con seis cartas. En los corchos del tablón de anuncios se anuncia un torneo de pelota vasca -un deporte que se sigue practicando todavía en pueblos del norte de Castilla- y una invitación a celebrar el día de la constitución con un “vino español” en la asociación de jubilados y pensionistas.
En una esquina, varios de ellos, Pedro, Juan y Eduardo, toman un cortado antes de echar la partida. “La mayoría del pueblo no queremos que lo quiten, si acaso alguien con la cabeza rota; es que él hizo el ambulatorio, el Cuartel de la Guardia Civil”, enumera uno, “y la escuela de artes, de la que salió la carpintería”. Ese fue el embrión de la fábrica maderera Norma Doors, el gran motor económico de la comarca que llegó en su día a dar empleo a 560 personas y ahora a poco más de 200.
“Si es que no se tenía que haber muerto. Si llega a vivir 30 años más este pueblo sería más grande que Soria. Él hizo barriadas aquí, en Soria, en Burgos. Si hay alguien que quiere quitar su nombre del pueblo es porque es comunista o raro de esos. Este pueblo era de los peores y lo hizo el mejor”, barrunta el más mayor, que tenía 14 años cuando murió Yagüe, en 1952. “Me acuerdo que vino el Ejército, los legionarios… Antes, un día, vino Franco con su coche, y me acuerdo que el general le dijo: ‘Puedes bajar tranquilo que estás en mi pueblo’”.
Muchos recuerdan con cabreo cuando, en 2008, unos desconocidos segaron la cabeza de la estatua de Yagüe de un monumento a la Legión enclavado en el centro del pueblo y que contaba con el lema de “Todo por la patria”. La cabeza fue encontrada 11 años después en la antigua estación de tren de San Leonardo. En lugar del monumento, construyeron en 2009 un sobrio monolito de recuerdo chapado en bronce: “A Juan Yagüe Blanco, hijo de esta villa”, reza la inscripción.
“Eso fueron unos de Badajoz, allí fusiló a mucha gente, igual alguno era nieto. Pero mira, medio pueblo es descendiente de los que perdieron la Guerra, que vinieron aquí a construir las barriadas, y se quedaron, y nunca ha habido una queja. La guerra es la guerra”, suelta Eduardo, de unos 40 años, el más joven de todo el bar. Dice que no vota a ningún partido, pero que como gobierna la izquierda “no hay trabajo en ningún sitio”.
Afuera sigue lloviendo. Varias personas esperan a coger el autobús a los pueblos cercanos. “El abogado ese que anda pidiendo quitar el nombre se podía dedicar a cosas importantes. ¿Por qué no quitan entonces el ambulatorio, que lo construyó él? Aquí solamente quieren quitar las ideas. Con lo bueno que ha hecho…”, se le llevan los demonios a Andrés Yagüe. “Éramos familia, pero muy lejana”. Dice que no tiene trabajo. “Norma no funciona ya bien. Está todo arruinado. España está arruinada”, prosigue.
En un recorrido por el pueblo, de construcciones a lo sumo de tres plantas, es complicado encontrar a alguien que defienda que se cumpla la Ley de la Memoria. “Es que ha hecho todo por el pueblo, muchas cosas buenas”, suelta Félix, que guarda en su casa una fotografía del entierro y que va a buscarla a casa para enseñárnosla. “Aquí nadie quiere quitar su nombre”, explica mientras muestra la instantánea con el féretro del general saliendo de la Iglesia parroquial San Leonardo Abad, el templo herreriano del siglo XVII que marca el cambio de dirección de la carretera N-234 que cruza la localidad.
Según los vecinos, la alcaldesa tampoco está por la labor de quitar el nombre. “Ella dice que está muy bien puesto y es verdad”, asegura una profesora de una academia que funciona como autoescuela mientras pasa frente al ambulatorio. “Yagüe trajo trabajo y trajo gente. Si no llega a estar él esto sería como Cascarejos [un pequeño pueblo cercano de apenas 170 habitantes]. Hizo hasta el alcantarillado y una hija suya promovió la construcción de la piscina. Sus hijas siguen viniendo por aquí y pasan muchas temporadas… Eso de la Memoria Histórica son movidas gilipollescas”, concluye.
CONCLUSIÓN
El caso de San Leonardo de Yagüe pone de manifiesto que la memoria no es un terreno neutral, sino un espacio de tensión entre pasado y presente. Para sus vecinos, el nombre del pueblo no es solo una referencia histórica, sino parte de su identidad y de una narrativa de progreso ligada a una figura concreta. Sin embargo, desde el marco legal y social actual, esa misma figura representa un periodo controvertido que se busca reinterpretar o corregir. Este choque revela una realidad más amplia en España: la dificultad de reconciliar la memoria colectiva con las exigencias de la memoria democrática, especialmente en aquellos lugares donde la historia sigue viva en la experiencia cotidiana de sus habitantes.
