INTRODUCCIÓN
El 21 de noviembre de 1975, apenas unas horas después de la muerte de Francisco Franco, el periodista Fernando Ónega publicó en el diario Arriba una extensa crónica que intentaba captar el ambiente que se vivía en España tras el fallecimiento del jefe del Estado.
A través de un texto dividido en varios tiempos narrativos, el artículo describe las primeras horas de la mañana del 20 de noviembre, la reacción de la población, el anuncio oficial realizado por Carlos Arias Navarro y el inicio de una nueva etapa política con la futura proclamación del rey Juan Carlos I.
Fernando Ónega fue rehén de estos artículos a lo largo de toda la transición, y añado, que él se sintió rehén, y jamás jamás hizo una crítica a los gobiernos de Felipe González en los años en los cuales la corrupción no podía ocultarse. Y Ónega hizo multitud de editoriales de los llamados , editoriales slalom, y poniendo más hincapié en las críticas a la falta de liderazgo en la derecha que a la corrupción del PSOE
TIEMPO I
Fue —tenía que ser— un 20 de noviembre. Murió como un caído más, como el más humilde de los caídos, precisamente el día que dedicó a su honra. Entrelazó su nombre, para las conmemoraciones de la historia, con el de José Antonio. Va a descansar bajo el mismo techo, y el destino, que escribe sus designios con caracteres misteriosos, escribió ahora esta grandiosa coincidencia. Fue con el alba, cuando el país dormía. Y ese país se despertó después con la mañana de luto y la historia cambiada.
A las seis de la mañana ya estaban encendidas las luces de casi todos los hogares. Se resistía la niebla a dar paso a alguna noticia que no fuera la del milagro, pero ya era tarde. Ya era el gran vacío. Estaban cerradas cuatro décadas de gloria. El edificio estaba construido.
El pueblo salía de sus casas, como todos los días. Aparecían las primeras banderas a media asta, como los sentimientos, y el pueblo salía de sus casas, como todos los días. Yo estoy seguro que Franco —un Franco difunto, ¿os dais cuenta?— hubiera deseado un amanecer justamente así.
con el pueblo, con su pueblo, que lleva un nudo en la garganta. Se desayuna con su amargura, se afeita con su luto, pero acude a su trabajo con la enorme y sagrada serenidad de la esperanza en la normalidad. Ni un histerismo, ni un grito callejero, ni una parálisis, ni siquiera el silencio. Un dolor seco, pero una vida del país llano que seguía su ritmo normal.
Era, sin duda, el amanecer que hubiera deseado Franco para la hora suprema «de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio».
TIEMPO II
Y luego, aquel brazalete negro por la calle. Y aquellos rostros que lloraban sin ningún reparo. Y la imagen entrañable de la viuda, cortada por el dolor. Y las voces emocionadas de los encuestados por televisión. Y cerca de cuatro millones de ejemplares de periódicos vendidos en una sola ciudad. Y una comitiva de catorce coches que cortaba el aire frío de una mañana para todas las derrotas.
Hasta ese momento se había creído en el milagro. Ahora, Franco había sucumbido en su última batalla. Y esta España nuestra, huérfana de un caudillaje, se miraba a sí misma y se repetía: sin Franco.
En los pueblos las campanas sonaban a muerte. España estaba de luto. La música fúnebre no se oía sólo en los receptores. Esta España nuestra era ya, irremisiblemente, una España sin Franco.
TIEMPO III
Estaban conectados, seguramente, todos los televisores del país: «Franco ha muerto». Carlos Arias, resumen humano perfecto de veintidós meses trepidantes, en los que se dieron cita la angustia y la ansiedad, los mayores compromisos y los mayores problemas para un gobernante, comparecía otra vez ante la sociedad. Contemplad su rostro: es una imagen para el recuerdo; como algo muy patético de emoción. Sus palabras se entrecortaban, fue preciso repetir la grabación, y al final, como cada español, dijo el «Viva España» de Franco con toda la zozobra que cabe en un cuerpo humano, con toda la tristeza que puede caber en la geografía de una nación. «No os faltará mi capitanía».
A las seis horas de faltarnos, supimos que Franco había tenido la previsión de estadista de dejar su testamento político, escrito desde el amor y el perdón, recuadrado en aquellas palabras que Franco escribió tan alto: unidad, Patria, paz, pueblo, justicia social.
Él, que no pudo físicamente asistir a la jura del Rey de España, sólo dejó dos peticiones básicas: la unidad y «que rodeéis al futuro Rey del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado».
Ha sido su último gran gesto. Y entre el amor y el perdón ha entrado en el juicio de la Historia.
ria. Así no mueren, viejo continente, los dictadores. Así sólo mueren, Europa, los grandes hombres de la civilización.
Hoy es mañana
Todo está consumado. De lo que ahora se trata es de que ese gran testamento político no quede en un archivo, aunque sea primorosamente cuidado. Cuando estas líneas se escriben, en alguna imprenta de Madrid se están editando un cuarto de millón de «posters» con la imagen del Caudillo perdido y el texto de sus últimas palabras.
Cuando, el próximo jueves, los escolares vuelvan a sus aulas, ese «poster» pasará a presidir un cuarto de millón de habitaciones, un cuarto de millón de estudios, de un cuarto de millón de muchachos que ahora heredan, sencillamente, una cosecha de paz.
Hasta ahora, con precisión milimétrica, entraron en juego puntualmente los mecanismos institucionales. Con madurez ejemplar, que ya nadie podrá discutir, el pueblo se comportó singularmente.
Hoy, con el alba, ese pueblo acudirá a ofrecerle su homenaje de despedida final a su cuerpo, ya que su obra es patrimonio colectivo. Pero hoy es ya el mañana, veinticuatro horas antes de la jura del Rey Don Juan Carlos.
La pena y el luto son inmensos, pero sobre ellos se abre el mandato social de los tiempos: «Continuar». Mañana, a los seis años y cuatro meses justos de su proclamación como heredero, un hombre joven, ya Capitán General de los tres Ejércitos, cogerá el timón que Franco condujo a lo largo de cuatro décadas.
Hereda un Estado construido, pero necesitado de las modificaciones que requiere la nueva sociedad. Ayer terminó, por ejemplo, su vigencia, la ley de Prerrogativas. Este simple hecho enmarca un enorme compromiso.
El final de esta ley significa lo mismo que el tránsito del Régimen de Franco a una Monarquía constitucional: el paso del poder personal a un poder institucional y popular.
Pero no es tiempo de cábalas. El gran umbral del futuro sólo se abrirá mañana con el mensaje del Rey a la nación.
Mientras tanto, es hora de silencio.
CONCLUSIÓN
La crónica de Fernando Ónega publicada en Arriba el 21 de noviembre de 1975 refleja la mirada periodística de un momento clave para España. Más allá de su tono y de las interpretaciones propias del contexto de la época, el texto permite entender cómo se vivieron las horas posteriores al fallecimiento de Franco y el inicio de una nueva etapa política.
Hoy, casi medio siglo después, este artículo permanece como un documento histórico que ayuda a reconstruir el clima social, político y mediático de aquel momento en que España comenzaba a transitar hacia una nueva etapa de su historia.

Gran periodista Fernando Onega. Reflejo fielmente el acontecer del pueblo español en esos días de luto e incertidumbre por la falta de un español tan grande.
Ahora también tanta incertidumbre por el porvenir de este pueblo, sin gente de su altura.
Necesitamos altura de miras y también que la corrupción no nos hunda en la ciénaga de la historia.
Su hija, seguro que leerá este artículo en su programa televisivo, «in memoriam» de su padre, gallego y buen periodista, en ese orden.
Periodista experto en soltar largas parrafadas y no decir nada. Como Victor Manuel con su canción panegírica dedicada al Caudillo, Ónega fue rehén de sus inconsistencias éticas y su chaqueterismo.