INTRODUCCIÓN
El 17 de julio de 1962, Francisco Franco presidió en Madrid la inauguración del poblado del Gran San Blas, uno de los grandes desarrollos urbanísticos impulsados durante el franquismo para hacer frente al problema de la vivienda en las grandes ciudades españolas. En aquellos años, el rápido crecimiento demográfico y la migración interior hacia los núcleos industriales obligaron al régimen a promover numerosos proyectos de construcción de barrios obreros y polígonos residenciales.
En este contexto, el discurso pronunciado por Franco durante el acto inaugural no solo se centró en la apertura del nuevo barrio madrileño, sino que también abordó cuestiones más amplias relacionadas con la política social del régimen, la organización sindical, el desarrollo económico y el papel del Movimiento Nacional en la transformación de España tras la Guerra Civil.
El texto que se reproduce a continuación recoge íntegramente aquellas palabras, que reflejan la interpretación que el propio jefe del Estado hacía del proceso de reconstrucción económica y social del país durante las décadas posteriores al conflicto.
Francisco Franco Bahamonde
Pronunciado en Madrid, el 17 de julio de 1962
Españoles:
En este 17 de julio tan evocador os habéis congregado aquí para inaugurar el gran barrio de San Blas. A esta misma hora y en el día de mañana en toda la geografía española se ofrecerán a la Nación muestras de la vitalidad de nuestro Régimen, de esta batalla dura por la vivienda que, iniciada en los albores de nuestra Cruzada, ha continuado un año tras otro redimiendo suburbios, quemando chozas y dando albergue a las familias.
Para que pudiéramos llegar a estas horas de plenitud hemos tenido que sacrificar muchas vidas españolas. Aquella sangre tenía que ser fecunda. Y no me refiero a la sangre de uno solo de los bandos, sino a toda la que se me derramó por el empeño para llegar a la liberación de nuestra Patria.
Y es que en España había ansias de revolución. Nadie estaba conforme con la España que padecíamos; la revolución estaba en todos los sectores; unos la querían para salvar los valores de la espiritualidad en trance de derrumbarse; otros, para asegurar el respeto de la conciencia; muchos, por la justicia social y para la elevación del nivel de vida; otros, porque las esencias de la Patria, esa Patria que a todos los cobija, estaban en trance de fraccionarse y desaparecer, y muchos otros para evitarnos la esclavitud del comunismo que nos amenazaba. Unos y otros, todos, pugnaban por una revolución. Por eso se acogió con aquel calor a la República, que en pocos años nos defraudó, sumiéndose en fango, sangre y lágrimas.
Había un deseo de una revolución que solamente podía hacerse con una espada victoriosa, con una victoria que representase la liberación, con una victoria con alas, con una victoria que volase, que tuviese doctrina, con una victoria con contenido.
Y esto no fue una novedad que nace con la victoria; esto lo anunciamos desde los primeros meses de nuestra lucha. Entonces explicamos por lo que luchábamos, entonces definimos la inquietud social de nuestro Régimen. La primera ley social que dimos a España fue la de la Fiscalía de la Vivienda, que nos permitió conocer el mal, la estadística de lo que faltaba en España, de sus viviendas insalubres. Vino inmediatamente el Fuero del Trabajo, “Carta Magna” de nuestra justicia social; le siguió la ley del Instituto de la Vivienda, que empezó a poner remedio a aquella necesidad. Y más tarde, como no bastaba con aquello, nació el Ministerio de la Vivienda, hoy encargado de crear todos estos polígonos, de realizar todas estas aspiraciones para que no haya una familia sin hogar.
Pero nuestra Victoria nos dio otra cosa mayor, que fue la de encontrarnos a nosotros mismos, el superar el pesimismo que consumía a España, el demostrar que los españoles de hoy no eran distintos de los de nuestros siglos de oro, que tenían las mismas características de genio, de valor y de heroísmo. Y así España asombró a Europa y al mundo al demostrar que estaba en plena forma; que no eran los españoles los decadentes, que lo decadente era todo el sistema que nos había presidido.
En España hubo muchos intentos de salvación. Sufrimos en el siglo pasado dos guerras civiles, sostuvimos nuestra guerra gloriosa y victoriosa de la Independencia; pero todas aquellas ocasiones se perdieron, y se perdieron porque todas sus victorias fueron victorias sin alas, victorias sin política ni contenido, y la paz nos volvía a las mismas causas para producir los mismos efectos que perduraron hasta nuestra guerra de Liberación. Y esta guerra no se perdió porque había un Movimiento Nacional lleno de doctrina, con soluciones para los problemas nacionales, con fe en la victoria, con fe en el futuro, con seguridad.
Desde los primeros días de nuestra contienda empezamos a construir nuestro edificio social, inspirados en los principios de aquella Encíclica papal de León XIII, la Rerum Novarum, plena en doctrina. Incluso fuimos más lejos de lo que en ella se establecía. Nos manda la Iglesia santificar las fiestas; nosotros creíamos desde el primer momento que no cabía plena santificación sin jornal, y así establecimos los salarios de los domingos, que no sabía la conservación de la familia si no disponía de un hogar salubre. Y por eso empujamos la construcción de las viviendas; que no era posible la existencia de la familia numerosa si no se bendecía el hogar con el salario familiar. Y surgieron todas las disposiciones y todas las leyes que protegen a la familia.
Y aún esto no nos bastaba: necesitábamos la extensión de la cultura, que la cultura llegase a todos los lugares y a todos los rincones de la Patria, que no se perdiese ninguna inteligencia por falta de medios. Y hemos llegado a este año a dedicar 1.200 millones de pesetas, todo el importe del impuesto sobre la renta, para becas de estudios y aprendizaje para las clases menos dotadas.
Es decir, que cuando llegan a nosotros las voces de los Pontífices en la magnífica Encíclica Mater et Magistra, de Juan XXIII, la recibimos con alborozo, porque veníamos caminando hacia ella desde hace veinte años. Y estos mismos días en las Cortes Españolas fue aprobada una ley de gran trascendencia moral para los trabajadores españoles: la de coparticipación en los Consejos de Administración de las Empresas, esto es, la elevación de nuestros obreros, que conozcan los problemas de la Empresa y que se sientan solidarios de ella.
Sé que hemos echado sobre vosotros una grave responsabilidad, confiados y seguros de que habréis de responder a ella con la hombría de bien y con la caballerosidad que en todas las ocasiones habéis demostrado.
Hablaba Solís hace unos momentos de la gran obra sindical, de lo que el Sindicato representa en la vida española, de la participación que tiene en la vida del Estado. Yo quiero añadir solamente estas palabras: somos la primera Nación que hemos dado estado al sindicalismo moderno, que le hemos dado los cauces y la ocasión para que colabore en la confección de las leyes y en el gobierno del pueblo; pero no a través de la suplantación de los partidos políticos profesionales. Aquí están debida y directamente representadas las clases productoras españolas.
Pero todas estas realizaciones sociales necesitan una base económica. Sin base económica y sin progreso económico no cabe la mejora social. Nosotros hemos partido de un vacío, un vacío constituido por un siglo de abandono, por un siglo liberal; el siglo del “dejar hacer”, que era el “no hacer”, y por eso desde los primeros tiempos nos planteamos los problemas de la Patria, los déficit que la Patria tenía en todas sus actividades, cómo se encontraba su balanza comercial, cómo se perdían jornales y jornadas de trabajo, todo lo que era necesario y de urgencia para alcanzar una vida nueva, distinta de la que hasta entonces habíamos tenido, y buscar la colocación completa para que no faltaran jornales en la ciudad y en el campo.
Y así vinieron los años precedentes a la estabilización que se pudo hacer —y se hizo rápidamente, sorprendiendo al extranjero— porque habíamos creado las bases, porque en política llevamos una línea recta y no una improvisación, y habíamos preparado los medios para la estabilización. Y realizada ésta, no era tampoco por mero capricho, sino la base de partida para un período de desarrollo que exige un gran esfuerzo, el esfuerzo aunado de todos.
Yo comprendo que no son todas las situaciones de España las mismas. Hay quien, afortunadamente, trabaja en una Empresa moderna, que puede pagar jornales muy parecidos a los que en el exterior se dan. Hay otros que trabajan en Empresas que tienen una maquinaria y un utillaje viejos y cansados, que son incapaces de producir a bajo precio, y a éstas tenemos que transformarlas para que puedan dar buenos jornales, para que puedan competir en los mercados, para que puedan transformar su marcha cansina en una marcha próspera.
Se quejan muchas veces nuestros productores —en estos días se quejan los fabricantes textiles catalanes— de que hay una escasez de compra, que los españoles compran poco, y muchas veces se pregunta uno, recorriendo esos campos estériles y pobres:
¿Cómo van a comprar, si no tienen con qué comprar?
Si nosotros queremos ampliar estos mercados, si aspiramos a que las Empresas marchen prósperamente, tenemos que levantar todas las comarcas deprimidas, y esto quería recordaros: que hay en España muchas zonas deprimidas que necesitan un auxilio, que requieren la solidaridad nacional, que les demos un orden de preferencia para llevar a ellas la alegría que en los otros hogares existe, para llevar a todos esos rincones la buena nueva de que el Movimiento Nacional tiene soluciones para todos y que, lo mismo que los montes se pueblan de árboles y los canales y pantanos cruzan y abrazan las tierras de España, que convierten en vergeles, también a ellos les ha llegado su hora.
Pero lo más trascendental para el futuro, lo más importante para que esa obra no se interrumpa, es el mantenimiento de la unidad nacional, es la firmeza de nuestra base política. Poco importa que en el extranjero se nos comprenda o no se nos comprenda. Si nosotros conservamos nuestra fe, si nosotros conservamos nuestra unidad, si nosotros mantenemos nuestra fortaleza, tener la seguridad de que vendrán a nosotros y de que tendremos un puesto en el mundo.
¡Arriba España!
