INTRODUCCIÓN
El control del Estrecho de Gibraltar fue uno de los factores estratégicos decisivos en los primeros compases de la Guerra Civil española. Desde el inicio del alzamiento, tanto los conspiradores como el gobierno republicano eran plenamente conscientes del valor militar del Ejército de África, la fuerza más profesional y experimentada del ejército español. Sin embargo, la República fue incapaz de impedir su traslado a la Península, pese a su clara superioridad naval.
Errores de coordinación en la Armada, la desobediencia de mandos comprometidos con la conspiración y la rápida intervención de la Alemania nazi y la Italia fascista hicieron posible un hecho inédito en la historia militar: el primer gran puente aéreo de tropas de combate. El “salto del Estrecho” no solo permitió a Franco consolidar su poder militar, sino que inclinó de forma decisiva el equilibrio de fuerzas en el inicio de la guerra.
Los estrategas militares, tanto del bando conspirador como del Ministerio de la Guerra, eran conscientes de la importancia cuantitativa y cualitativa que tenía el Ejército de África. Los sublevados le habían confiado el primer asalto, pero la República no supo frenarlo en el continente africano, mostrándose incapaz de cortar el pasaporte de sus tropas a la Península a través del Estrecho, bien en origen, bien protegiendo los puertos o aeropuertos andaluces para evitar el desembarco. Esta complicada operación militar constituyó otro gran error militar de la República, quizá la clave más importante en la derrota parcial del gobierno republicano, máxime teniendo en cuenta su superioridad militar aplastante en el mar. En el mes de julio los sublevados transportaron hacia la Península a 2.063 hombres; en agosto, a 8.453; y en septiembre, a 9.732. Y eso que Mola, en sus planes, no pensó nunca tener que utilizar un considerable número de integrantes del Ejército de África, pero al complicarse el alzamiento en la Península recurrió a casi todas sus fuerzas.
Las medidas previstas por el general Mola resultaron insuficientes. No se había pensado más que en el desembarco de dos columnas en Málaga y Algeciras para contribuir a la marcha hacia Madrid. Quizá se debió a un exceso de confianza sobre muchas guarniciones de provincias cercanas a la capital. Tal vez también era consciente de que no hubiera sido acertada y aceptada cualquier solicitud de colaboración a Italia y Alemania durante la primavera de 1936 por las dificultades del contexto internacional.
La misma tarde del 17 de julio, el gobierno había dispuesto que buena parte de la escuadra se dirigiera hacia el Estrecho. El único acorazado en activo, el Jaime I, zarpó de Vigo. El cañonero Dato, que se encontraba en Ceuta, recibió orden de patrullar el Estrecho. Desde el Mediterráneo salieron tres destructores, la flota de submarinos y los dos mejores cruceros. El día 18 se ordenó bombardear Melilla, Ceuta, Tetuán y Algeciras. Sin duda ya era demasiado tarde. Comenzar el movimiento de la armada cuando el golpe se había iniciado, con tantos avisos como habían llegado, parece injustificable.
Casi toda la flota había quedado en poder de la República, pero la mayoría de los jefes y oficiales se fueron sumando a los golpistas. En algunos buques que fueron dominados por los oficiales sublevados, los marinos se amotinaron, capturaron a sus jefes y tomaron el control en nombre de la República, como en los destructores Churruca y Lepanto y en el acorazado Jaime I. Al primero el gobierno le ordenó abrir fuego de cañón sobre Ceuta hasta consumir los dos tercios de las municiones, pero el comandante decidió no obedecer las órdenes, recoger a tropas del Ejército de África y trasladarlas a Cádiz. Días después se produjo la sublevación de la marinería, que se hizo con el control del buque.
El Lepanto llegó a las cuatro de la madrugada del día 18 a la altura de Melilla, sin entrar a puerto. Estuvo dando vueltas por los alrededores de dicha población y preparando en cubierta las cuatro ametralladoras, así como una dotación de cargas y proyectiles de ejercicios. Durante ese tiempo se recibió orden de Madrid de bombardear Melilla, bombardeo que no se llegó a efectuar por la intervención de los oficiales, que dijeron que, si se bombardeaba, vendría la aviación y atacaría al buque. A primera hora de la noche del día 19 recibió orden de partir a Barcelona. En el camino se le ordenó rectificar e ir a Málaga. Allí llegó a primeras horas del 20 de julio. Una vez fondeados en este puerto, la marinería procedió a la detención del mando, siendo llevados todos al vapor Monte Toro. Subió a bordo el capitán de corbeta Monreal y el condestable Paz, quien, en nombre del gobierno de la República, dirigió una arenga a la dotación, que fue formada previamente. A continuación se procedió a formar un comité que se encargó de la dirección de la nave.
De lo sucedido en el Jaime I contamos con el testimonio de un testigo presencial, el oficial de derrota José María Otero Goyanes, a quien el oficial de guardia, teniente de navío Cañas, se presentó muy descompuesto:
«Mi Comandante, estoy observando muchos grupos de cabos en cubierta y me ha parecido ver pistolas debajo de las marineras».
En aquel momento nos encontrábamos en la caseta de derrota el Comandante, el tercer Comandante don Carlos Aguilar Tablada, el alférez de navío Falquina y el declarante. Al oír a Cañas, todos, menos el Comandante, montamos nuestras pistolas y salimos al puente. El Comandante también salió. Efectivamente, la cubierta estaba llena de gente, casi en su totalidad cabos, y salían más por todas las escotillas, con fusiles y pistolas. El Comandante, desde el puente, les preguntó qué era lo que querían, contestando el cabo de Artillería Manuel Fernández, que estaba al frente del grupo, diciendo que el Gobierno de la República mandaba que les entregáramos el mando del buque. El Comandante dijo que subiera una comisión para hablar con él, negándose el cabo Fernández y diciendo que bajásemos nosotros. Visto el cariz que tomaba aquello, el declarante dijo al capitán de corbeta Aguilar Tablada que se fuese a babor para que por la escotilla volante que había no pudiese subir nadie al puente, y que Falquina y el declarante nos quedaríamos defendiendo la escala principal. Así lo hizo el tercer Comandante, y entonces el alférez de navío Falquina dijo, dirigiéndose al Comandante: «Mi Comandante, yo arreglaré esto». Y acto seguido, pistola en mano, bajó del puente, con el brío y entusiasmo que le caracterizaba, y no obstante mi recomendación de que no lo hiciera. Apenas llegó al puente bajo, el cabo Fernández, que estaba al pie de la escala, le disparó su pistola, cayendo el alférez de navío Falquina herido en el vientre. Entonces subió el cabo Fernández y, cuando comenzaba a subir la escala que conduce al puente alto, el declarante disparó sobre él, dándole en el pecho y con tan buena fortuna de que dio una vuelta y cayó a cubierta entre todos los demás sublevados. Esto hizo que cundiese el pánico y nadie se atreviese a avanzar. Lo único que hacían era disparar todos sus fusiles y pistolas hacia el puente. Cuando a los oficiales se les acabaron las municiones, los cabos se hicieron con el buque. Al Comandante le ofrecieron seguir al frente del acorazado, pues sabían de su oposición a secundar a los sublevados. Se negó: «Canallas, cobardes. Habéis asesinado a mis oficiales. Yo no puedo mandar un barco de asesinos».
A las 16.20 del día 20 de julio, un telegrama enviado desde el Jaime I, en alta mar, comunicaba al Gobierno que habían sido destituidos los jefes y oficiales, «rendidos violentamente» tras la muerte de tres jefes y oficiales, un cabo y dos marineros. Finalizaba con un «¡Viva la República!». Horas después, en Tánger, desembarcaron a heridos y prisioneros. Los jefes y oficiales de este acorazado, salvo el comandante, capitán de navío Joaquín García del Valle, que llevaba muy pocos días en el mando, se habían comprometido con la conspiración meses antes, a partir de una reunión celebrada en Vigo, a la que asistieron la mayoría de los oficiales a bordo. Días antes del alzamiento, el teniente de navío José Luis Fernández Peña había entregado al oficial José María Otero Goyanes las cuatro claves que había enviado desde Madrid el teniente de navío Alfaro, para repartirlas una vez conocida la sublevación del Ejército de África[5].
La mayor parte de los buques de la Armada permanecieron fieles al Gobierno, mandados por la marinería. La escasa preparación técnica de los nuevos responsables impidió no solo maniobrar adecuadamente los buques leales a la República sino, lo que resultó más determinante, coordinar sus acciones.
Los primeros hombres del Ejército de África cruzaron el Estrecho en barco, aprovechando el caos imperante en el país. El día 19 de julio el barco civil Ciudad de Algeciras y el vapor Cabo Espartel, protegidos por el destructor Churruca y el cañonero Dato, pudieron pasar a Algeciras unos centenares de soldados. Los sublevados se dieron cuenta de que necesitaban trasladar mayor cantidad de tropas y, por tanto, mayor apoyo aéreo para garantizar el paso de las fuerzas militares tanto en buques como en los propios aviones. Por ello comenzó rápidamente la búsqueda de ayuda internacional, sobre todo en la Alemania nazi y en la Italia fascista.
Las primeras gestiones ante el gobierno alemán fracasaron. Franco encargó la misión al teniente coronel Juan Beigbeder, agregado militar en Berlín desde 1929. Se puso en contacto con el agregado militar del Reich en París el 22 de julio para que transmitiera la petición a su gobierno. El canciller alemán se negó en redondo a inmiscuirse en los acontecimientos españoles. Franco lo intentó de nuevo. Esta vez convenció al industrial alemán Johannes Bernhardt, afincado en Tetuán, para que encabezara la delegación que debería viajar a Alemania, formada además por el jefe del Partido Nacionalsocialista en Marruecos y por un militar de su confianza, el capitán de aviación Francisco Arranz Monasterio. El día 23 el Ju 52 de la Lufthansa despegaba del aeródromo de Tetuán rumbo a Berlín con la delegación del general Franco y con una carta de este dirigida al Führer en la que le solicitaba aviones para el transporte de tropas y material bélico.
Carta de Franco a Hitler solicitando aviones y armamento
Tetuán, 23 de julio de 1936
Excelencia:
Nuestro movimiento nacional y militar tiene como objeto la lucha contra la democracia corrupta en nuestro país y contra las fuerzas destructivas del comunismo, organizadas bajo el mando de Rusia.
Me permito dirigirme a V. E. con esta carta, que le será entregada por dos señores alemanes, que comparten con nosotros los trágicos acontecimientos actuales.
Todos los buenos españoles se han decidido firmemente a empezar esta gran lucha, para el bien de España y de Europa.
Existen severas dificultades para transportar rápidamente a la Península las bien preparadas fuerzas militares de Marruecos, por falta de lealtad en la Marina de Guerra española.
En mi calidad de Jefe Superior de estas fuerzas, ruego a V. E. me facilite los medios de transporte aéreo:
10 aviones de transporte de la mayor capacidad posible;
además pido 20 piezas antiaéreas de 20 mm;
6 aviones de caza «Heinkel»;
una buena cantidad de ametralladoras y fusiles con abundancia de municiones;
además, bombas aéreas de varios tipos de hasta 500 kg.Excelencia:
España ha cumplido en toda su historia sus compromisos. Con Alemania se siente más unida que nunca en estas horas de su cruzada en la lucha contra el comunismo.
Francisco Franco Bahamonde
Jefe Supremo de las Fuerzas Militares en Marruecos
Fuente: Raúl Arias Ramos, La Legión Cóndor en la Guerra Civil. El apoyo militar alemán a Franco, pp. 71-72.
En los últimos instantes del día 24 la delegación se reunió con Hitler durante unas dos horas, tiempo que resultó decisivo para la suerte del alzamiento. Hitler ordenó a Göring, jefe de la Luftwaffe, que solventara las necesidades aéreas de los sublevados. Para dar cobertura legal a la operación se constituyó la sociedad hispano-alemana HISMA.
La delegación regresó de Berlín el día 28 con el compromiso de apoyar a Franco con más aviones de los solicitados. En total, llegarían en pocos días y de forma escalonada diez Junkers Ju 52 y seis cazas Heinkel He 51.
El Ju 52 que había trasladado a la delegación, tras serle borrados los distintivos de su antigua nacionalidad, pasó ese mismo día a prestar el primer servicio como avión de transporte de soldados del Ejército de África a la Península, entre Tetuán y Sevilla. Este hecho constituyó el primer puente aéreo de la historia, de gran importancia porque consiguió burlar el bloqueo naval republicano. Durante los días siguientes, el Ju 52 hizo la ruta en tres o cuatro ocasiones diarias. El 31 de julio llegaron los tres primeros aviones enviados por Hitler, con lo que se incrementaron considerablemente los vuelos y las tropas transportadas. En total, en los meses que duró el puente aéreo los aviones alemanes consiguieron transportar a Sevilla a trece mil soldados y unas doscientas setenta toneladas de material[6].
Italia también se comprometió con el general Franco. El 21 de julio llegó a Roma el periodista Luis Antonio Bolín con una nota redactada por Franco en la que le autorizaba a gestionar la compra urgente «para el Ejército Español no marxista» de aviones y material. Fue recibido por el ministro de Asuntos Exteriores, el conde Ciano. Tras arduas gestiones, Mussolini se comprometió al envío de doce aviones con sus tripulaciones, modelos Savoia 81 y Junkers 52.
Gracias a la ayuda de alemanes e italianos, el puente aéreo resultó decisivo, pues permitió saltar el Estrecho, hasta noviembre de 1936, fecha en que se dio por finalizado el mismo, a 23 393 hombres, las dos terceras partes del ejército destacado en el protectorado.
El puente aéreo, demasiado lento para cubrir las necesidades de los sublevados, fue complementado con las expediciones marítimas, que ofrecían la posibilidad no solo de transportar mayor número de tropas, sino también de armamento. El 5 de agosto, gracias a la protección de veintidós aviones italianos y alemanes, un convoy naval pudo transportar a través del Estrecho a dos mil quinientos soldados y varias toneladas de explosivos, proyectiles y cartuchería.
Con la botadura del crucero Canarias, a finales de septiembre, el bando nacional pudo recuperar el control del Estrecho, consiguiendo eliminar definitivamente los obstáculos para trasladar las fuerzas marroquíes al frente. A partir de entonces fue cuando realmente ya no necesitó ayuda foránea.
Los primeros contactos serios con las potencias fascistas se realizaron con el golpe militar ya iniciado. Durante la conspiración estos países no habían tenido ninguna participación, ni en la financiación ni en la preparación, por lo que era la primera vez que los militares españoles rebeldes se ponían en contacto directo con las autoridades alemanas e italianas. Los vagos contactos exploratorios de los conspiradores con los líderes del nacionalsocialismo alemán y del fascismo italiano —vínculos italianos con la Falange y visita del general Sanjurjo a Alemania— no habían cuajado en nada serio ni comprometido. Tanto en Roma como en Berlín se vieron sorprendidos por el momento y el alcance de la sublevación[7].
Los sublevados necesitaron, además, una cierta dosis de fortuna, que finalmente les resultó favorable. El anticomunismo de Alemania e Italia, el «miedo a la revolución» en España, así como el respaldo económico a la operación —financiado en gran parte por Juan March, que ofreció un millón de libras para sufragar la ayuda exterior— resultaron factores decisivos para los militares rebeldes tanto en los primeros días del alzamiento en la Península como en los inicios de la guerra, aunque posteriormente muchos no lo quisieran reconocer. «La mitología franquista ocultó el papel decisivo de la aviación italo-germana en el paso del Estrecho y presentó la acción como una muestra de la genialidad de Franco y de la protección que le dispensaba la Virgen de África»[8].
Además de la ayuda extranjera, en los primeros momentos del golpe militar resultó determinante para su desarrollo lo que sucedía no solo en el mar y en el aire, sino también en tierra. La República no supo ni pudo controlar algunas de las poblaciones peninsulares clave del entorno del Estrecho ni diversas ciudades estratégicas del sur. En Andalucía el alzamiento triunfó inicialmente en las capitales de Sevilla, Cádiz, Córdoba y Granada. En estas dos últimas provincias, las capitales constituirían, al menos hasta los meses de agosto y septiembre de 1936, reductos aislados en manos de los sublevados, quedando en poder de la República el resto del territorio provincial.
CONCLUSIÓN
El traslado del Ejército de África a la Península supuso un punto de inflexión estratégico en la Guerra Civil española. La incapacidad de la República para cerrar el Estrecho, pese a dominar la mayor parte de la flota, reveló la profunda desorganización, la quiebra de la cadena de mando y el impacto de las lealtades políticas dentro de las fuerzas armadas.
La ayuda inmediata de Alemania e Italia, materializada en el puente aéreo y en los convoyes marítimos protegidos por aviación extranjera, permitió a los sublevados superar un obstáculo que, de haberse mantenido, habría podido frustrar el avance de Franco hacia el interior peninsular. Lejos de ser una hazaña improvisada o providencial, el “salto del Estrecho” fue el resultado de una combinación de errores republicanos, cálculo estratégico de los golpistas y una temprana internacionalización del conflicto que marcaría el rumbo de la guerra desde sus primeros días.
