INTRODUCCIÓN
La figura de Indalecio Prieto ocupa un lugar destacado en la historia política de la Segunda República y la Guerra Civil española. Para unos, fue un dirigente clave del socialismo español y un hombre de Estado; para otros, su trayectoria estuvo marcada por la radicalización política y la aceptación de la violencia como herramienta de confrontación en un periodo de profunda inestabilidad institucional. El debate en torno a su legado refleja, en buena medida, las tensiones no resueltas de la memoria histórica española: cómo valorar a los protagonistas de una época en la que el enfrentamiento ideológico derivó en episodios de violencia política, insurrecciones armadas y, finalmente, una guerra civil.
Los socialistas siguen reivindicando a Indalecio Prieto. Hay estatuas suyas en los Nuevos Ministerios de Madrid, junto a otro de los criminales de la época, Largo Caballero, y en la estación de Abando en Bilbao. Suelen presentarle como un ejemplo de demócrata y hombre de Estado, incluso desde partidos políticos supuestamente de derechas como el PP. Pero nada de eso tiene que ver con la realidad.
Desde su llegada a la presidencia del PSOE en 1935, comenzó una deriva revolucionaria y radical que acompañaba Largo Caballero como secretario general de UGT, si bien el sindicato tuvo un momento de moderación durante la vuelta al cargo de Julián Besteiro.
Desde el principio de la Segunda República, Prieto se rodeó de una guardia personal a la que denominó “La Motorizada” y que se desplazaba en vehículos propios detraídos del parque móvil de la Guardia de Asalto. Este grupo tenía instrucción militar y acceso ilimitado a armas y munición. Por eso no era extraño que sus miembros estuvieran mezclados con asesinatos de militantes de partidos de derecha, incluido el de José Calvo Sotelo el 12 de julio de 1936. “La Motorizada” fue usada por Prieto como escolta en sus desplazamientos, pero también para ajustar cuentas dentro y fuera del partido.
Generalmente se pretende dar la imagen de que mientras que Largo Caballero era el líder radical dentro del PSOE, Prieto representaba la moderación. Sin embargo, esto no fue así en ningún momento. Fue Prieto quien, desde 1931, eliminó la corriente besteirista dentro del partido y marginó a sus máximos representante: el propio Besteiro y Fernando de los Ríos. Frente a su postulado de no colaboración con los comunistas revolucionarios ni con los partidos burgueses para mantener la independencia y no venderse a intereses extranjeros, Prieto no dudó en abrir un frente amplio de republicanos para mantenerse en el poder y, cuando tras las elecciones de 1933 pierden, se lanzó abiertamente a la revolución.
De hecho, no dudó en anunciarlo en el Congreso de los Diputados cuando afirmó, el 8 de febrero de 1934, que “nosotros nos comprometíamos a desencadenar la revolución, porque no tenemos otras armas”. Pero Prieto mentía a sabiendas porque ya estaba maquinando para desencadenar la revolución de octubre en Asturias.
Prieto, en aquel momento, ya había conseguido armas gracias a su amistad con el hombre de negocios Horacio Echevarrieta. Este industrial bilbaino había comprado poco antes 17.000 fusiles Mauser a la Fábrica de Armas de Oviedo. Su intención era venderlos a Etiopía, que se encontraba en guerra contra Italia, pero la operación fracasó. Por eso, el socialista convenció a Echevarrieta de que los trasladase a San Esteban de Pravia a bordo del barco Turquesa para armar a las milicias socialistas. Estos fusiles estaban destinados a armar a los revolucionarios que en octubre de 1934 se levantaron contra el Gobierno legítimo de la República y causaron centenares de muertos. Primero en una represión indiscriminada contra religiosos, derechistas y empresarios, y luego entre las Fuerzas Armadas encargadas de sofocar el movimiento revolucionario.
Pero la relación de Prieto y las armas no termina en su tráfico y en alentar al crimen. El 4 de julio de 1934, tres meses antes de la revolución, siendo diputado socialista en el Congreso de los Diputados, no dudó en amartillar y encañonar a un diputado conservador en una trifulca. En medio de un acalorado debate, los diputados socialistas que estaban en minoría empezaron a agredir a los miembros de la CEDA y del Partido Radical. Como estaban en inferioridad numérica, Prieto decidió abandonar su escaño, desde el que observaba la pelea, y sacar la pistola que siempre llevaba encima, amartillarla y encañonar al diputado cedista Jaime Oriol.
Llegado el mes de octubre de 1934, el nombramiento de tres ministros de la CEDA -que había ganado las elecciones pero no había podido participar en el Gobierno por las amenazas de los partidos de izquierdas de desencadenar un levantamiento-, inició la revolución de Asturias. Nuevamente el organizador de este movimiento revolucionario de las milicias izquierdistas fue Prieto, ante la oposición de Largo Caballero que consideraba que era un suicidio precipitar la revolución.
Prieto, ante el fracaso al que envió a los milicianos de los partidos de izquierda y los anarquistas, abandonó España, exiliándose en París, para no tener que dar cuentas de su participación ante la Justicia. Volvió una vez que el Frente Popular ganó las elecciones de 1936, cundo él fue elegido diputado y disfrutaba de inmunidad parlamentaria.
Desde su vuelta a España se preocupó especialmente de fortalecer a “La Motorizada” e introducir en su guarida pretoriana a miembros de la Guardia de Asalto y de la Guardia Civil. Fueron precisamente miembros de este grupo los que participaron en el asesinato de José Calvo Sotelo, secuestrado en su domicilio, trasladado en un furgón de la Guardia de Asalto y asesinado de dos disparos en la nuca.
Su labor represiva siguió durante la Guerra Civil, con responsabilidades como ministro en el gabinete presidido por su correligionario Largo Caballero. Y, al final de la guerra, cometió la indignidad de robar parte del tesoro republicano expoliado durante la contienda, embarcarlo en el yate Vita y vivir a cuerpo de rey en México con un dinero que supuestamente se le confió para ayudar económicamente a los exiliados republicanos.
CONCLUSIÓN
Analizar el papel de Indalecio Prieto en los años previos y durante la Guerra Civil exige situarlo en el contexto de una República marcada por la polarización extrema, la quiebra de consensos y la normalización de la violencia como instrumento político. Su figura, como la de muchos otros dirigentes de la época, sigue siendo objeto de interpretaciones contrapuestas que oscilan entre la reivindicación y la crítica severa. Un acercamiento histórico riguroso no debería limitarse a la construcción de mitos ni a la demonización simplista, sino a la comprensión de cómo determinadas decisiones políticas contribuyeron a un clima que hizo posible la ruptura del orden constitucional y el estallido del conflicto.
