INTRODUCCIÓN
El informe que Blas Piñar eleva a Francisco Franco por encargo de Luis Carrero Blanco constituye un documento revelador del clima político, social, moral y religioso que se percibía en determinados sectores del Régimen a mediados de los años sesenta. Lejos de tratarse de un simple memorándum administrativo, el texto adopta la forma de una advertencia política: una llamada de atención ante lo que su autor interpreta como un proceso de desviación progresiva de los principios que dieron origen al Estado nacido del 18 de Julio.
A lo largo del informe se abordan cuestiones clave como la orientación del Régimen, el papel de la Universidad, la situación del SEU, la presencia de corrientes ideológicas contrarias al Movimiento Nacional, la penetración de una cultura considerada disolvente y el debate en torno a la unidad católica y la libertad religiosa. El documento refleja así las tensiones internas existentes en el franquismo en una etapa de cambios, aperturas y transformaciones sociales que generaban inquietud en sectores que reclamaban fidelidad estricta a los principios fundacionales.
Este informe fue pedio por Luis Carrero Blanco. Hay en el archivo de Piñar dos versiones, esta, fechada el 24 de noviembre de 1964, y otra fechada en 1965. Entre ambas hay muy leves diferencias.
Para Francisco Franco, Jefe del Estado y Jefe Nacional del Movimiento, con una devoción que tiembla de coraje ante la entrega de cada día.
I
Este informe, que procuraré sea lo más sintético y breve posible, me ha sido solicitado por S. E. el Ministro Subsecretario de la Presidencia.
Al redactarlo y suscribirlo no me mueve ningún interés personal. Por razones familiares y por mi última experiencia de la vida pública, ese interés personal me llevaría solo a desentenderme y despreocuparme de los gravísimos problemas que en este momento afectan a España.
Solo, pues, mi amor a España y al Movimiento Nacional, que la rescató de la servidumbre y el oprobio, anima este informe.
II
Un inmenso número de españoles nos preguntamos cuál es la orientación actual del Régimen. Estamos en un sistema de contradicciones.
Franco, en su discurso de este último verano en Santander, dijo, refiriéndose a la Cruzada, que debíamos perdonar porque el perdón es una exigencia cristiana, pero que no podíamos olvidar porque los que olvidan –hombres o pueblos– son los desmemoriados y se convierten en arlequines que otros manejan.
Pues bien, ha sido premiado con diez mil pesetas por el Ministerio de Información y Turismo y publicado en edición oficial como uno de los mejores artículos destinados a conmemorar los llamados 25 años de Paz, uno publicado en ABC y firmado por José María Pemán, el 19 de mayo de 1964, en el que se dice, exactamente, que hay que olvidar la guerra, que «hay que olvidar siempre que se pueda de qué lado estaba cada uno… lo que fue el padre de cada uno», y que «hay que recordar todo lo bueno que hicieron los malos y todo lo malo que hicieron los buenos».
Tesis similar se mantiene oficialmente por el Ministerio de Información y Turismo, según aparece en el diario ABC, de 5 de noviembre de 1964, afirmándose –con respecto a la película Franco, ese hombre– que «no se ha querido abordar la guerra civil, salvo breves episodios, por considerar inoportuno incidir en un tema que todos los españoles tratamos de superar y olvidar».
La misma línea política oficial se advierte en el discurso pronunciado por don Antonio Garrigues en la Embajada española de Washington y a que se refieren las crónicas de YA y ABC del día 15 de marzo de 1963.
En ese discurso, pronunciado al final de un banquete, en la propia Embajada de España, ante políticos españoles, exiliados y extranjeros, el señor Garrigues, según dichas referencias, hizo alusión «al trascendental reencuentro de hermanos separados», así como a los «exponentes de la nueva frontera, que también España tiene la suya, lejos por su propia juventud de las pasiones de una guerra civil y sobre cuyos hombros se alzará la nueva España». Seguidamente el señor Garrigues dijo: «España envió al nuevo mundo varias oleadas de generaciones. Primero fueron los conquistadores. Luego los colonizadores; más tarde los emigrantes y, por último, los exiliados políticos, nuestros hermanos separados».
Por su parte, el comentarista de ABC apostilla estas palabras diciendo: «se está pasando de lo retórico a lo concreto, de las palabras a los actos, de las propagandas ideológicas al intercambio de valores culturales efectivos. Entre la España y las Américas, en el último cuarto de siglo se levantaba más allá de los regímenes estatales, la muralla intratable del exilio político y las pugnas ideológicas de posguerra. Poco a poco se restablece el diálogo cordial. Hoy se ha demostrado en la embajada washingtoniana al hacerse público el plan de becas. Hombres de una honrada y probada integridad política, exiliados de España, acaso ciudadanos ya de otras naciones, se han sentado a la mesa del embajador Garrigues, no porque haya abdicado de sus convicciones, sino porque les importa la continuidad histórica entre España y las Américas y les inquieta la proyección del futuro. Eran “los hermanos separados” de que hablaba el embajador, coincidentes en la aspiración de un futuro de paz y de convivencia española».
El señor Mora, Secretario General de la OEA –luego invitado a España– y cuya significación política es claramente conocida, contestó a las palabras del señor Garrigues en el banquete aludido, afirmando: «seguimos con ansiedad su marcha [la de España] hacia esas nuevas estructuras».
Nada puede extrañarnos que el 31 de marzo de 1963, en el diario YA de Madrid, y el 2 de abril de 1964, en ABC, don Gregorio Marañón Moya hable de una nueva época en la que el Caudillo invita a «todos los españoles» a que abandonen sus viejas pasiones y se reintegren al quehacer nacional. Esos españoles, fuera aún de nuestro quehacer común, son, naturalmente, los que perdieron la Cruzada; los que viven exiliados fuera de la patria y los que viven dentro de ella con moral y espíritu de exiliados. Estos españoles, dignos y respetables como personas y ciudadanos, aman a su país… son los que hay que recuperar definitivamente. Hay que abrir el puente noble y necesario para que pasen por él «todos los españoles» y se reintegren al quehacer y a la convivencia.
El señor Marañón, que tan explícitamente invita al regreso de los españoles del exilio, añade: «todo el que vea malentendidos […] debe ser expulsado de nuestra comunidad política» porque «las bajas nunca importan».
La monarquía liberal, patrocinada, entre otros, por don José María Pemán, que preside el Consejo privado de Don Juan, acepta idéntica doctrina. En un artículo publicado por ABC de Madrid, el 11 de diciembre de 1963, el señor Pemán, suscribiendo la tesis de don Pedro Laín Entralgo, dice: «no tiene la institución monárquica otra función y cometido en España que este de cerrar la reclamación social y liberal –en el fondo europea– que dejó planteada la ilustración católica», agregando que «la monarquía puede repatriar esas especies de exiliados interiores que son los tachados de revolucionarios e izquierdistas porque piensan en necesarias transformaciones».
Siguiendo, sin duda, esta política, han regresado al país y han sido objeto de entrevistas para la Prensa y la Radio y de públicos y constantes homenajes, conocidos y responsables exiliados políticos que hasta la víspera misma de su regreso han atacado al régimen político español y al propio Jefe del Estado. Para no ser prolijo, bastará citar, por ser tema muy de hoy, la invitación hecha al profesor Luis Recasens Siches, que ha venido, no ya a recorrer el país ni a vivir en él, sino nada menos que a pronunciar un ciclo de conferencias en el Instituto de Formación Universitaria, que tiene su sede en el Colegio Mayor José Antonio, del Sindicato Español Universitario. El señor Recasens Siches ha sido objeto de amplias entrevistas en la Prensa, incluso del Movimiento, y ha recibido homenajes de carácter oficial.
Creo que huelgan los comentarios porque es muy difícil explicar una Cruzada contra españoles de una absoluta integridad política que después son invitados oficiosamente a aleccionar a la juventud universitaria española.
III
Aun cuando hablar de uno mismo es siempre ingrato, por mi desvinculación de todo grupo partidista y mi total y completa adhesión a cuanto debió quedar definitivamente integrado en el 18 de Julio, no tengo más experiencia política que la estrictamente personal. Solo por aludir a algunos de los actos en que he intervenido y en los que se ha puesto de manifiesto y de forma bien clara una actitud oficial de sanción o de silencio para la defensa de los principios que animaron la Cruzada, citaré los siguientes:
HUESCA: el 25 de marzo de 1963 se celebró un acto realmente grandioso con motivo del 25 aniversario de la liberación de la ciudad. El acto no tuvo más eco que el de la prensa local. Fueron detenidas las cintas magnetofónicas tomadas para la Radio y la Televisión y fui denunciado por el General Marcide Odriozola, haciéndose llegar la denuncia al Jefe del Estado.
TOLEDO: el 26 de febrero de 1964, y a invitación muy insistente del Jefe Provincial, di en el Teatro Rojas una conferencia titulada «Sin arriar las banderas». Hubo en el Teatro Rojas tal cantidad de público que cayó aparte de la barandilla del anfiteatro. Las ideas allí vertidas fueron total y entusiásticamente respaldadas. La cinta magnetofónica fue recogida y borrada por orden del Gobernador.
VALLADOLID: en el Teatro Calderón, bajo la presidencia del Capitán General y organizado por las siete hermandades de Excombatientes, se celebró el acto conmemorativo de la Victoria, el día 1 de abril de 1964. Basta hablar de Valladolid, de excombatientes y del hecho conmemorado para vislumbrar lo que fue el acto. Sin embargo, tal acto no tuvo más resonancia que la de la prensa local. Las escenas ampliamente recogidas por la Televisión quedaron reducidas a una simple marcha, después del Tedeum celebrado en la Catedral. Las Hermandades de Excombatientes, para hacer llegar el espíritu de aquel acto al pueblo español, se han visto precisadas a editar mi discurso.
MADRID: organizada por el Instituto de Estudios Africanos, pronuncié el 10 de abril de 1964 una conferencia sobre «La España irredenta, Gibraltar». Al siguiente día el diario Alcázar me envió un cuestionario sobre el tema, con el fin de resumir y publicar los puntos de vista de la conferencia. Mis declaraciones fueron tachadas íntegramente por la censura.
BARCELONA: el 25 de octubre de 1964, en el Palacio Nacional de Montjuich, se celebró la clausura de la Asamblea Nacional de Obras de Ejercicios Espirituales. Hubo un lleno rebosante. En la presidencia estaban el representante del Jefe del Estado, señor Gual Villalbí, y el Nuncio de Su Santidad. Aparte del tema, que desenvolví teológicamente y que con la Asamblea se relacionaba, hube de hacer alusión a quienes consideraban incompatible el acto con la presencia de un representante del Jefe del Estado español. Pocas veces he presenciado un respaldo tan unánime a la postura que creo ortodoxa y que allí defendí. Sin embargo, el Diario de Barcelona y el Correo Catalán se limitaron a decir lo siguiente: «Don Blas Piñar… glosó la importancia de los ejercicios y la necesidad de propagarlos» y «seguidamente pronunció su discurso Don Blas Piñar».
CÁDIZ: el 15 de noviembre en curso debí pronunciar en Cádiz una conferencia sobre el tema «Reflexión general sobre la política española». Cuando todo estaba organizado, el Círculo Cultural Juan Vázquez de Mella recibió una carta del Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento en la que, no obstante conocer mi carácter de Consejero Nacional de libre nombramiento por el Jefe del Estado, se dice: «tengo que comunicarte que de orden superior se acentúa la necesidad de señalar el guion completando el título de la citada conferencia». Naturalmente, puse un telegrama haciendo constar que, en esas condiciones, reveladoras de una absoluta falta de confianza en quien, por otra parte, tenía la confianza del Jefe Nacional, me negaba a dar la conferencia, suspendiendo la misma.
MONTEJURRA Y VILLARREAL DE LOS INFANTES: sin ser tradicionalista, como de manera bien explícita hice constar en los actos allí celebrados, intervine en los mismos porque respeto y venero la sangre vertida por los requetés de España en su lucha por defenderla y muy especialmente durante la Cruzada nacional. Descuidar esta fuerza viril y política es un error, y herirla un crimen. Los actos fueron inenarrablemente grandiosos y el eco, en la prensa nacional, mínimo o ninguno.
Mientras tanto, los escritores y pensadores cuya actitud política ha sido y es abiertamente nociva, son exaltados y premiados y sus intervenciones públicas coreadas sin el menor freno.
IV
Como correspondiendo a una consigna del exterior, coreada por los enemigos del país y por los débiles de carácter, la pornografía, cada vez con más descaro, invade la nación. Se trata de corromper por esa vía, actuando al unísono con otras de carácter religioso y político, la buena conciencia de nuestro pueblo. Primero, en los espectáculos públicos, especialmente en el cine, donde ninguna persona que tenga un mínimo de decoro y dignidad personal puede hacerse presente, so pena de presenciar escenas morbosas, pornográficas y disolventes y argumentos demoledores de la virtud, de la fidelidad conyugal, de la familia, del patriotismo y del honor. Algo similar, aunque no en tan grande escala, sucede en el teatro y en la Televisión. Todas las armas parecen conjugarse para destruir lo más noble y venerado.
Y, por si fuera poco, en los periódicos y revistas, cada vez con más audacia, aparecen fotos lindantes con la obscenidad y la provocación o francamente pornográficas. Y ello, incluso, en la prensa del Movimiento.
Una revista como TRIUNFO, cuyos ejemplares están bien a la vista en todos los quioscos, va asumiendo cada vez con más audacia estos criterios morales totalmente laxos. Como ejemplo, entre otros, puede verse el número de 29 de agosto de 1964, en el que, entre otros artículos «edificantes», figura uno dedicado a la artista de cine Caroll Baker. En este artículo se dice, por ejemplo: «Muy joven entonces, unía a su aspecto casi de niña una perversidad que hizo sensación… De nuevo, el año pasado, su cotización volvió a subir… con un film escandaloso [que]… sigue estando prohibido en algunos de los Estados americanos, ya que Carrol se ha opuesto tajantemente a que se supriman ciertas escenas que algunos consideran demasiado osadas». Después dice, sin duda para fortalecer el sentimiento religioso de nuestro pueblo, que ahora la artista está haciendo una nueva película y que «el film se llamará Mister Moses» y es una reactualización del mito de Moisés. En ese mismo número de TRIUNFO hay, por cierto, un artículo titulado «una campaña dura y sucia», en el que brutalmente se ataca a Goldwater.
Luego las páginas 36 a 41, si no son, se acercan a la pornografía.
El periódico MARCA, editado por el Movimiento, en varios números y, entre ellos, el de 17 de octubre de 1964, publica anuncios de obras pornográficas, siendo graves dos cosas: el hecho de que tales anuncios se publiquen en un periódico que compran los adolescentes y los jóvenes españoles, y que compran de un modo muy especial durante los días de la Olimpiada de Tokio, y que esos libros se editen, o al menos se vendan, en España, Bruch 71, Barcelona, y, por consiguiente, con todas las autorizaciones que marca la ley.
Aún se agrava la cosa con los libros de carácter pornográfico, más o menos camuflados, que hoy pueden comprarse en las librerías españolas y que incluso se anuncian con prospectos a domicilio. Uno de los libros más escandalosos en este aspecto, a pesar de su título tan ingenuo, es el del Doctor O. Karsten, titulado Escuela de amor y del matrimonio, del que se están vendiendo muchísimos ejemplares, o el titulado Las obras maestras del desnudo, cuyo anuncio publicado en ABC del 7 de abril de 1963 aconseja su compra diciendo que las láminas son a todo color y hablando de la «identificación de la belleza con el cuerpo femenino».
Nada puede extrañarnos que, en ABC del 19 de noviembre de 1964, aparezca la noticia de que en Barcelona se han recogido publicaciones pornográficas extranjeras. ¡Hasta dónde no habrá llegado el escándalo para adoptar esta determinación! La verdad es, sin embargo, que mientras idénticas escenas aparecen en los libros a la venta y en las películas inmorales e indecentes que se exhiben en nuestras pantallas, todo suena a contradicción, a confusionismo y a debilidad.
V
A la penetración política y al desconcierto moral se une la campaña religiosa dirigida desde el Gobierno o, al menos, por alguno de sus ministros, y apoyada por la debilidad de algunos miembros del Episcopado.
Las noticias que nos llegaban de un proyectado Estatuto para los acatólicos nos obligaron a dirigir, en agosto de 1964, una carta a todos y cada uno de los Obispos españoles, significándoles nuestro fundado temor, si el Estatuto se aprobaba, de que naufragase la unidad católica de nuestro país y se aproximasen para España días de zozobra y de luto. Una parte del Episcopado español tuvo la delicadeza de contestar a nuestras cartas. En algunas de ellas se nos dice lo siguiente:
«Mi opinión personal es que el escrito de Vds. merece mi plena aprobación y sincero aplauso. Ojalá sean legión en España los que sostengan el criterio de Vds. sobre el beneficio inmenso que supone para España su unidad religiosa».
«Correspondiendo a la carta […] cuyo primer firmante es Vd., oponiéndose al malhadado proyecto de Reglamento para acatólicos, invención ingenua del Ministerio de Asuntos Exteriores, pláceme manifestarles que yo defenderé la unidad católica de España hasta el último aliento de mi vida y que no me doblegaré ante ninguna claudicación».
«Creo sinceramente que se daría un paso muy grave en nuestra patria con la aprobación y promulgación del citado Estatuto. Sin ser profeta se pueden prever consecuencias de trascendencia suprema, tanto en el orden religioso como en el político. Tengo la íntima convicción de que ese asunto está calculado por los enemigos de España […] Quiera Dios que los españoles no nos dejemos sorprender ni caer en la trampa».
«Le ruego me tenga al corriente de cuanto en sentido semejante se publique. Me interesa muchísimo».
«La exposición que hacen es muy serena y convincente. Y es bueno saber que existen seglares en España, conscientes de los problemas que se presentan en los momentos actuales, y que sepan afrontarlos con esa ecuanimidad y firmeza, cuando son tantos que, aun siendo católicos, se dejan influenciar, quizás demasiado, por el ambiente naturalista que nos invade. Creo que han cumplido un deber con esa exposición. Yo le agradezco muy sinceramente y le suplico manifieste mi gratitud a los otros firmantes».
«Les felicito, pues, y de manera especial por la ponderación y objetividad con que plantean el problema y sus consecuencias. Estoy de acuerdo con Vds. Y, en lo que yo pueda, apoyaré tan acertado criterio. Por el momento, sepan que apruebo su postura».
¿Cómo pueden coordinarse estas manifestaciones bien claras y por escrito con la circunstancia de que en la prensa se haya hecho constar que el Episcopado español se halla unánimemente de acuerdo con el Estatuto para los acatólicos? No cabe duda de que alguien falta a la verdad, y que toda la doctrina enseñada por el más alto magisterio de la Iglesia se halla en entredicho, expuesta a la indiferencia, a la mofa y al desengaño del pueblo.
Dos pastorales han sido publicadas sobre el tema del Estatuto, a saber: una que apareció en el Boletín Oficial del Obispado de Canarias, y que suscribe su prelado Antonio Pildáin, con fecha 11 de abril de 1964, y otra que publicó con el título de Ecumenismo y libertad religiosa, en septiembre del mismo año, el obispo de Bilbao, don Pablo Gúrpide, en las que claramente y haciendo uso de sus facultades, como maestros y pastores de la Iglesia, muestran su desacuerdo con el Reglamento para acatólicos, siendo de significar que entre las opiniones episcopales antes recogidas y entrecomilladas no figuran las de estos prelados.
Mientras tanto, en las revistas religiosas aparecen artículos condenatorios de la unidad católica, en los que a un tiempo se defienden la libertad religiosa pública y privada, e incluso la libertad de propaganda del error. Entre tales libros figuran los dos que se anuncian sin el menor recato en el número de ABC de Madrid del 16 de octubre de 1964, y entre los artículos, por no citar otros, el que firma Enrique Miret Magdalena, presidente de la Asociación de Graduados de la Acción Católica Española, titulado «Protestantes en España» y que apareció en el número 117 de la revista TRIUNFO de 29 de agosto de 1964, y el firmado por J. Jiménez Lozano, con el título «Sobre la libertad religiosa», que publicó El Norte de Castilla de Valladolid el día 2 de octubre de 1964, en el que se ataca violentamente a los principios del Papa León XIII, se vitupera a Menéndez Pelayo y a su «postura perdonavidas» y, entre otras lindezas, se dice lo siguiente: «Hoy ha caído derribado uno de los mayores muros de la incomprensión entre Iglesia y hombre moderno […] La Iglesia ha reformado su enseñanza sobre la libertad humana [y] se ha conformado más y más a Cristo y a su Evangelio. Y en el plano puramente humano ha confesado sus propios errores; la Iglesia ha presentado, es cierto, con demasiada frecuencia un rostro fanático y duro que, sin embargo, era solamente el de la familia espiritual que ostentaba el poder en ella, pero que no representaba su pensamiento más profundo y más amplio que ahora ha vencido; … y el fanatismo y la intolerancia no podrán encontrar ya por más tiempo una, al menos, aparente justificación en religiosas razones de intransigencia».
Si estas tesis circulan y se propagan, ¿qué respeto nos ha de merecer el magisterio pontificio? Siempre podemos apelar de sus puntos de vista vigentes a los puntos de vista del día de mañana; de la familia espiritual que hoy domina la Iglesia a la que puede dominar el próximo año. Todo acaba así en el más puro relativismo.
Lo cierto es que, aun cuando el Estatuto no sea una realidad de hecho, un clima totalmente nuevo ha aparecido en España.
En el número 28 de la revista CONCILIO, que publica la Diócesis de Madrid-Alcalá, correspondiente a octubre de 1964, don Andrés Avelino Esteban Romero, director de la mencionada revista, en su artículo titulado «El ecumenismo y sus repercusiones político-sociales», dice que la nueva doctrina está «en clara oposición con nuestras realidades y principios constitucionales, concretamente con el art. 6.º del Fuero de los Españoles y el vigente Concordato con la Santa Sede», añadiendo que «la libertad religiosa condiciona no solo la esfera individual, sino la misma constitución política de los pueblos»… «Se aspira –añade– a una igualdad jurídica (confesional). Piénsese… en la enseñanza, en la vida pública, en las actividades editoriales, etc., para examinar las repercusiones que esta exigencia traerá a la realidad española».
En el artículo a que se viene aludiendo, el autor habla de la ininterrumpida apertura de capillas protestantes, especialmente en estos dos últimos años, y de las autorizaciones para importar y publicar libros protestantes.
A pesar de las declaraciones del Episcopado acerca del no proselitismo de los católicos, la propaganda protestante en España es cada día más intensa. Esta propaganda se reparte a la puerta de los templos y se envía a domicilio. Menudean las visitas a las familias invitándolas a acudir a los templos acatólicos y a conocer la doctrina heterodoxa. Las publicaciones repartidas que conozco y que he enviado a Roma no han cumplido con las disposiciones administrativas en la materia.
El Rvdo. Padre Peytó, que ha realizado una campaña bien conocida defendiendo la unidad católica en el periódico ABC de Madrid, manifiesta su inquietud ante la propaganda protestante desencadenada antes de la promulgación del Estatuto, en carta de 29 de septiembre de 1963, que en parte se recoge en el documento número veintiuno, y en un informe que se acompaña.
Por su parte, ya, y sin esperar al Estatuto, en las capillas protestantes de Las Palmas se han dado conferencias en las que, según textos oficiales, se lee lo siguiente, hablando de la Iglesia católica: «Iglesia diabólica que desgraciadamente domina hoy en nuestra patria […]; vemos a qué ha sido arrastrada la ley natural por la Iglesia católica […] lo insulso de sus creencias […] la patraña, egoísmo y diabolicidad contenida en la doctrina de los cerrados en una religión […]; he aquí una de las innumerables monstruosidades de la Iglesia Católica contra la Religión de Cristo […] ¿Puede llamarse verídica una religión que se opone de manera tan rotunda a leyes sagradas? […] Aquí tenemos el Anti-Cristo personificado en la Iglesia Católica… Basta de pamplinas, basta de ritos. Para la salvación solo hay un camino. La Fe […] Labor poco menos que imposible sería reseñar el complicado rito que Loyola y sus secuaces han inventado como indispensables para la salvación del alma. Imposible reseñar completa la liturgia de la diabólica secta que comercia con la preciosa sangre de Cristo […] imposible comprender los entresijos que se ocultan en la negra doctrina de ídolos y rosarios, de la religión que tiene como símbolo la guerra y el robo, de esta secta que ampara la perniciosa Compañía de Jesús, gánsteres perfectamente organizados que emplean cuantos métodos están a su alcance, el robo, la prostitución, el crimen, para alcanzar su siniestra meta: el dinero».
Todo ello ha provocado una reacción desorganizada, ciertamente, pero inmediata, de lo más sano del pueblo español. Circulan octavillas en las que se lee: «Católico: protesta contra el proyecto de Castiella, de libertad de cultos. Se está jugando con la fe de tus hijos».
El desconcierto es aún mayor al haber sido invitado por Su Santidad el Papa a las sesiones del Concilio Vaticano II don Joaquín Ruiz Jiménez, quien actualmente no tiene cargo directivo alguno en las obras de apostolado seglar y así se ha convertido en el vocero más representativo y, por consiguiente, responsable de la llamada actitud de apertura y diálogo, no solo en el orden político, sino también en el religioso, como puede fácilmente apreciarse a través de la revista que dirige: Cuadernos para el diálogo.
Ahora bien, esta invitación personal al señor Ruiz Jiménez por parte del Pontífice y que en tan mal lugar deja a los católicos españoles que mantenemos una postura distinta, no puede haberse llevado a término sin una consulta previa: o al Gobierno español, a través del Embajador de España en la Santa Sede o a través del Nuncio de Su Santidad en España; o, estando presentes en Roma los Metropolitanos españoles, sin consultar a estos.
En cualquier caso, ¿no ha procedido con ligereza el Gobierno, desautorizándose a sí mismo con su silencio y su pasividad ante una invitación hecha a persona que públicamente defiende doctrinas distintas a las que, al menos con carácter oficial, mantiene el Gobierno español tanto en el orden político como en el orden religioso? ¿Cómo es posible que el Gobierno español, por una parte, haya rechazado el proyecto para los acatólicos y, de otra parte, acepte sin protesta o sin compensación que sea invitado quien asume ostensiblemente una postura contraria?
Y si ya esta invitación no pudo detenerse, ¿cómo es que no se ha gestionado invitación a otros católicos españoles que postulan actitudes diferentes?
VI
Todo esto trasciende a la Universidad, en la que el SEU ha perdido eficacia. Grupos, afortunadamente pequeños, pero audaces y envalentonados, se adueñan de hecho de la vida universitaria. Los estimulan algunos catedráticos bien conocidos por su actitud frente al Régimen y la pasividad y omisión de la mayoría del Cuerpo de profesores. Últimamente, incluso, alguno de los desterrados con motivo del llamado Contubernio de Múnich ha obtenido cátedra universitaria.
¿Cómo puede esperarse que desde la cátedra se puedan respetar los principios del Movimiento Nacional por quienes con su conducta los ha reprobado? ¿Y cómo puede justificar su doctrina política un Movimiento que entrega las cátedras donde nuestra juventud universitaria se forma a quienes se han declarado enemigos del Movimiento?
Esto hace que un puñado de estudiantes filocomunistas o comunistas declarados provoque huelgas e incidentes desagradables en la Universidad; que se hayan dado mueras a Franco y a la tiranía franquista sin consecuencias graves; que se haya levantado el puño y se haya gritado «no pasarán»; que se haya apaleado a estudiantes de significación franquista, o que, sencillamente, no han querido someterse al sectarismo de los revoltosos; que se hayan destrozado coches e insultado incluso a ciudadanos extranjeros.
¿Es esta la juventud universitaria que se considera sucesora de aquella otra que vertió su sangre por España en el mismo lugar en que hoy se levantan los modernos edificios de nuestras Facultades y de nuestras Escuelas Técnicas?
En estos días, en una asignatura como la de Filosofía del Derecho, se recomienda a los alumnos como único manjar formativo la lectura de Ortega y Aranguren y se les dice que «a estos chicos de primero hay que quitarles su espiritualismo».
Se ha repartido, sin que nadie firme o asuma la responsabilidad, una encuesta en la que se pregunta incluso acerca de si el régimen comunista merece para el consultado una calificación óptima. ¿Qué ocurriría si se contestase afirmativamente con la calificación 10 a semejante pregunta?
Si se estima, como es ya muy posible, que no se pueda revitalizar el SEU, lo mejor sería dejar cierta libertad para ir agrupando un auténtico Movimiento Nacional de Estudiantes Universitarios a cuantos en las aulas siguen creyendo en las ideas que sus mayores defendieron con el heroísmo en los frentes o con el sufrimiento en las cárceles.
No es posible consentir que por fidelidad o respeto a unas organizaciones puramente burocráticas y en el papel se malogre la voluntad resuelta de muchos estudiantes españoles a continuar luchando por Dios, por España y por el Movimiento Nacional Español.
No pueden arriarse las banderas. El Estado que nació de la Cruzada y el Gobierno que preside ese Estado deben ser leales, absolutamente leales, a los principios que le dieron vida y a los hombres que cayeron en su defensa.
Si el Gobierno cada día traiciona sus propias esencias y con debilidad cada vez más manifiesta entrega uno a uno los postulados de la Victoria, de una parte no ganará ni convencerá al enemigo que, naturalmente, percibe las fisuras y penetra a través de ellas en los cuadros dirigentes del país; y, de otra, confunde, debilita y desmoraliza a todas las fuerzas sanas que se unieron para hacer el 18 de Julio y crear un Estado nuevo.
Si el Estado y el Gobierno siguen esta política quedarán dominados por el enemigo y será tarde cuando, convencidos de esta verdad, apelen a la inmensa mayoría de los españoles que hoy, desconcertados en parte y con violencia contenida en otra, contemplan este doloroso espectáculo.
Nada podrá extrañar que los más viriles, los más leales, los que más profundamente sienten a España —si esta política sigue— se vean obligados a combatir abiertamente al régimen para defender al Movimiento.
CONCLUSIÓN
El informe de Blas Piñar a Franco, encargado por Carrero Blanco, debe leerse como un testimonio de las fracturas internas que atravesaban al Régimen en los años sesenta y de la percepción de crisis de identidad que afectaba a una parte de sus defensores más ideologizados. Sus páginas expresan el temor a una pérdida de coherencia doctrinal, a la erosión de los pilares morales y religiosos del sistema y a la cesión progresiva de espacios —en la Universidad, en la cultura y en la vida pública— a corrientes consideradas hostiles.
Más allá del juicio que merezcan sus planteamientos, el documento ofrece una ventana privilegiada para comprender las tensiones entre continuidad y apertura en el tardofranquismo, así como el clima de inquietud ante los cambios sociales y políticos de la España de los años sesenta. En este sentido, el informe no solo aporta información sobre la figura de Blas Piñar y su posición ideológica, sino que también ilumina el debate interno sobre el futuro del Régimen en una coyuntura de transformación histórica.
