Cuando José Antonio proclama que la Falange es antiliberal y anticomunista, lo que en sus múltiples escritos justifica con su dialéctica enérgica y avasalladora, se adelanta en el tiempo a los hombres de nuestra época que, en presencia de la evolución de los hechos, no pueden permanecer indiferentes. Según su información, temperamento y convicciones personales, tratarán de adaptarse a unas instituciones más o menos tradicionales por las que sientan viva inclinación o incluso servirse del determinismo económico para defender unos principios a los que se hallen aferrados, pero no dejarán de sacar de la evolución constatada de los hechos y de las ideas conclusiones normativas, como las que expuso en su programática el Fundador de la Falange.
ANÁLISIS DE LOS HECHOS Y LAS IDEAS ECONÓMICAS
El mérito de José Antonio estriba en que se enfrenta con el liberalismo en su más amplia acepción, incluso sin haber tenido ocasión de comprobar la ineficacia del sistema para regir los destinos de los países beligerantes en la última conflagración o de llevar a cabo la ingente tarea de la reconstrucción, una vez concluida.
La evolución espontánea de las estructuras económicas, que condujo al capitalismo disperso y competitivo al capitalismo gigantesco y monopolizador, y la agravación de las crisis económicas han constituido acontecimientos de importancia capital en la transformación que se ha operado en el mundo. José Antonio, que reconoció la época heroica del liberalismo económico, en la que al «ímpetu y la iniciativa de unos se debió el ensanche de riquezas considerables», no dejó de apreciar, en su justa medida, que el capitalismo, con el desarrollo y la concentración, dejaba de ser disperso, y las empresas, células elementales de la producción, perdían su autonomía para integrarse en unidades mayores y competitivas. Esas empresas, antes en situación de relativa igualdad, y sin alterar el libre juego de la oferta y la demanda, o se integraban o dejaban de existir, favoreciendo los monopolios.
La concentración, llevada a cabo por vías diferentes, ha permitido a los grandes grupos financieros o grupos de empresas actuar decisivamente sobre la formación de precios, y su producción dejaba de ser, utilizando la expresión de Luigi Amoroso, «una gota de agua en el océano de la oferta».
El capitalismo, en esa segunda etapa, llegó a ser gigantesco y monopolizador. Gigantesco porque la economía ya no se componía de pequeñas entidades en situación de igualdad recíproca, y monopolizador porque la desigualdad, así como los lazos establecidos entre las empresas, destruían las condiciones de una verdadera competencia. Mas, en realidad, aun en las primeras fases del capitalismo, hijo del liberalismo, el concepto de la concurrencia o de la competencia era ilusorio, porque cuando a los empresarios les guiaba su interés personal, al no existir freno alguno, renunciaban a entrar en competencia, aliándose en ententes de todas clases.
El liberalismo era, pues, una utopía, como quimera era y es el socialismo, aparte de una doctrina viciada en sí misma, cuyas consecuencias penosas destacó con crudeza José Antonio – «el malestar social, la guerra europea, los días de la trasguerra» ante la contemplación de las doce crisis económicas, o rupturas de equilibrio económico, en sentido estricto, y de la «gran depresión» de 1929-1930. ¿Se trataba pura y simplemente de crisis «en el» sistema o de crisis «del» sistema? Para José Antonio no había duda: la evolución de las estructuras capitalistas, que se había visto reformada por la gran crisis, no había hecho sino agravar la situación, pero era el sistema el que estaba viciado.
Y pasando del campo de los hechos al de las ideas, el análisis de aquéllos lleva a José Antonio a constatar:
1.º Que la economía liberal no es una economía competitiva, constatación que la basa precisamente en la transformación de las estructuras del capitalismo, aun cuando reconoce sus vicios de origen; y
2.º Que la economía liberal no es una economía de pleno empleo, constatación que se desprende de la existencia de las crisis y del reconocimiento de sus graves consecuencias.
El gran capitalismo -decía José Antonio- ha eliminado automáticamente la concurrencia al poner la producción en manos de unas cuantas entidades poderosas. Esta referencia concreta al capitalismo que hemos venido en llamar «molecular y monopolizador», la hacía porque reconocía la posibilidad de que existiera la competencia en el capitalismo de pequeñas unidades, aunque esa existencia fuera, en la práctica, ilusoria, al menos por parte de la oferta.
El espectáculo de «la gran depresión» de los años 1929 y sucesivos ha dejado profundas huellas en las personas de sensibilidad, quienes quedaron vivamente impresionadas por el terrible paro obrero originado. José Antonio, para quien el paro era una de sus fundamentales preocupaciones, no admitía que los desequilibrios de la economía liberal la convirtieran, por la práctica del «laissez faire», en una economía de subempleo y se condenara al obrero a verse impedido de su única fuente de subsistencia.
La situación injusta creada por el capitalismo hace nacer, como expresión de reivindicaciones igualitarias e incluso de sentimientos nobles, el socialismo, al que bien pronto sus dirigentes -en frase de José Antonio- le convertirían en un medio de ventajas y medios personales o de saldar una deuda de rencor contra la tiranía de los poderosos. Justifica el advenimiento del socialismo, ante el que no se asusta por lo que supone de renovación en el orden económico, pero considera inaceptable, como buen cristiano, «una organización social de convivencia basada únicamente en el fin de la producción» (Enc. Quadragesimo Anno», no sólo indiferente a la espiritualidad, sino abiertamente hostil a ella.
Rechaza, pues, al mismo tiempo, el liberalismo económico y el marxismo materialista, como lo repudiaba León XIII en su gran encíclica Rerum Novarnm, que marca un hito decisivo en el orden de las ideas sociales. Desea establecer un orden nuevo que, sin absorber al individuo en el «panteísmo estatal», proteja a las clases desheredadas, porque el «laissez faire» y su alegre optimismo, que confía al interés particular la misión de lograr el bien común, son contrarios al espíritu del dogma.
Preconiza, por consiguiente, un sistema económico nuevo que constituya una tercera solución, a igual distancia del capitalismo liberal, en el que el Estado permanece en calidad de espectador de los antagonismos sociales y de los conflictos económicos y del socialismo planificador, que toma directamente las riendas de la producción, con el fin de administrar por sí mismo los intereses económicos de la nación.
EL PROBLEMA ECONÓMICO DE ESPAÑA.
Su fuerza de abstracción no impide a José Antonio penetrar el problema particular de la economía española. No pasan inadvertidas para él sus posibilidades, limitaciones e imposiciones externas. Su constante peregrinar por las tierras de España le hacen vivir intensamente los problemas económicos, y piensa en la sustitución del orden económico existente por otro nuevo que esté al servicio de la gran unidad de destino que es la Patria.
El pensamiento económico de José Antonio se orienta fundamentalmente hacia la tierra, el sistema financiero y la industria. La interpretación real de los hechos le lleva a atacar al capitalismo en su triple faceta y proponerse en sus programas acometer las reformas agraria, crediticia c industrial.
Centra el Fundador su más vivo interés en esa «gran parte de esta tierra española, ancha, triste, seca, destartalada, huesuda, como sus pobladores», que «parece no tener otro destino que el de esperar a que esos huesos de sus habitantes se le entreguen definitivamente en la sepultura». No ignora las dificultades derivadas de las limitaciones de un suelo y clima hostiles, que habían de superarse para acometer la reforma económica y social de la tierra, lo que haría redoblar los esfuerzos. Para él, la reforma agraria -lo dijo en el discurso de clausura del II Consejo Nacional de la Falange- «es la reforma total de la vida española», pues entraña la revisión de. las condiciones demográficas, económicas, técnicas, financieras y jurídicas del agro español. La reforma agraria, en su doble faceta, económica y social, debe, según él, delimitar las áreas habitables y cultivables, racionalizar las unidades de cultivo, crear un verdadero crédito agrícola, proteger a la producción, fomentar los regadíos, difundir la enseñanza agropecuaria entre la población campesina, asegurar un precio remunerador y trasladar a la población que vive en las tierras pobres, no cultivables, a otras mejores. Al bosque y a la ganadería dedica asimismo su atención. Naturalmente, esa tarea ingente la deben realizar hombres enérgicos y revolucionariamente, «imponiendo a los que tienen grandes tierras el sacrificio de entregar a los campesinos la parte que les haga falta», porque la propiedad es, como subrayó León XIII, un derecho natural que debe ejercitarse en el bien propio y en el de los demás, y que, como bien recientemente Juan XXIII manifestaba en Mater et Magistra, debe ser difundida efectivamente entre todas las clases sociales.
En el terreno crediticio apunta José Antonio su nacionalización como medio para que, a través del Estado, se amplíe el número de beneficiarios; por razones del bien común, y pensando precisamente en los agricultores. Su Santidad Juan XXIII aboga por la aplicación de una particular política crediticia y la creación de instituciones de crédito que aseguren a los agricultores -o pequeños productores, creadores de la verdadera riqueza, en labios de José Antonio- los capitales necesarios para su desarrollo a un tipo de interés y condiciones de reembolso convenientes. Es en esta materia también de destacar la perfecta armonía del pensamiento del Fundador con la doctrina de la Iglesia.
Cuando proclama que la gran industria debe ponerse al servicio del interés nacional, de modo que no se opere la transformación del artesanado en proletariado, el Fundador muestra una actualidad y clarividencia en su pensamiento económico, que es refrendado por las recomendaciones del Santo Padre, que propugna que se promueva, en armonía con el bien común y en el ámbito de las posibilidades técnicas; la empresa artesana, aunque tenga que ajustarse en su estructura y funcionamiento a las situaciones nuevas creadas por el progreso de la ciencia y de la técnica y las mudables exigencias de los consumidores. José Antonio, por su profundo sentido cristiano de la vida, apreciaba en la clase artesana su valor humano genuino y su contribución al progreso de la cultura.
LO ECONÓMICO Y LO SOCIAL.
La inquietud de José Antonio por el problema social era tal que desbordaba el cuadro de las exigencias de la justicia y la equidad. Sus nobles sentimientos le llevan a preocuparse de los derechos de los trabajadores, de la redención y elevación del nivel de vida de los más débiles, pero su clarividencia política no le hace olvidar que sin una base económica no pueden abordarse, y menos resolverse, los problemas sociales. Por eso sitúa la justicia social no sólo en el marco de las relaciones entre obreros dependientes y empresarios o dirigentes, sino en el de las relaciones entre sectores y regiones más o menos desarrolladas económicamente en el ámbito de la comunidad. Se preocupa fundamentalmente el Fundador del hombre «portador de valores eternos», y, en su ideario sobre la vida laboral, desecha categóricamente el concepto trabajo-mercancía, porque a quien trabaja hay que darle un nivel justo y humano, ya que como miembro que es de la comunidad política debe poder «ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna». El pensamiento social de José Antonio es consecuencia de su profundo catolicismo social. No admite, como tampoco lo admitieron los Pontífices, que el trabajo se valore como una mercancía. León XIII repudiaba esa idea, ya que, siendo la única fuente de subsistencia, su remuneración debía determinarse con justicia y equidad. Pío XI insistía en que para valorar debidamente el trabajo había de tenerse en cuenta su naturaleza social e individual. Pío XII manifestaba, en 1941, que la satisfacción de las necesidades está por encima de cualquier otro derecho de contenido económico, incluido el de la propiedad. El considerar el trabajo como una mercancía es abandonar su remuneración a la ley del mercado, sin tener en cuenta, según ha ratificado S.S. Juan XXIII, en Mater et Magistra, la satisfacción de necesidades del trabajador, sus responsabilidades familiares, su efectiva aportación a la producción y las exigencias del bien común. Por lo que respecta a las repercusiones sobre el empleo total de las fuerzas laborales, entraña evidentemente la intervención de los Poderes públicos a través de una política de salarios que no los deje a merced de las fuerzas del mercado, pero que tampoco consienta en su determinación arbitraria, y el mismo José Antonio exige, como veremos después, que el trabajador cumpla sus obligaciones.
Las relaciones entre trabajadores y empresarios constituyen otro punto fundamental del pensamiento económico-social del Fundador. La lucha de clases no sólo ignora la unidad de la Patria, sino que «rompe la idea de la producción nacional». Patronos y obreros, en su afán de ver prevalecer sus intereses respectivos, acaban por «destruirse y aniquilarse». En cuanto el socialismo dejó de ser un movimiento de redención y propugnó la lucha de clases como esencia normativa para el logro de aspiraciones exclusivamente materiales, perdió su valor moral, porque del antagonismo entre los hombres no surge obra constructiva alguna, sobre todo cuando hay fórmulas de opción verdaderamente viables y conciliatorias, que vislumbraba el mismo José Antonio al considerar a dirigentes y trabajadores como un todo orgánico. Las clases laboriosas no eran para él simples ejecutoras silenciosas, sino eficaces colaboradoras en las empresas, cuya participación en su gestión e incluso «en la gran tarea del Estado nacional», no atentaba a la unidad de dirección que requiere toda obra colectiva.
El paro obrero es otro de los temas que obsesiona al Fundador. Por ello, oponiéndose una vez más a la economía liberal, que no es economía de pleno empleo, proclama en el punto 15 de la norma programática de la Falange, el derecho de los españoles al trabajo y el deber de los Poderes públicos de sostener a los que se hallen en paro forzoso. Mas la gran verdad de su propio credo le impide hacer concesiones a las masas, y seguidamente, en el punto 16, insiste en el deber del trabajo, que incumbe a todos los españoles no impedidos. Lo que José Antonio desea es la plena armonía de los hombres para poder llevar a cabo la tarea ingente de elevar el nivel de vida de todos y cada uno de los españoles, lo que no podría realizarse viviendo unos a costa del esfuerzo de los demás. A cada cual incumbe su propia responsabilidad, y sus relaciones deben estar inspiradas en el principio de la solidaridad humana
Constatemos, resumiendo, que José Antonio ve lo económico y lo social en perfecta simbiosis, porque del mismo modo que no cabe pensar en resolver la cuestión social sin una reorganización «de arriba abajo», total, de la economía, carecería ésta de contenido si no estuviera orientada a asegurar la justicia social.
EL SINDICALISMO VERTICAL
La reorganización plena y total de la economía requiere la colaboración de las fuerzas productivas, integradas corporativamente en un sistema de Sindicatos verticales, por razones de producción, y de ellas con el Estado que debe estimular la iniciativa privada y suplirla donde no exista o cuando se produzca estancamiento en los sectores de producción, si no se quiere caer en el desorden irremediable que permite que los débiles sufran los abusos de los poderosos.
La solución joseantoniana no es el sistema corporativo, sino el sindicalismo vertical, fórmula inspirada en los principios naturales de la conciencia, difícil de plasmar en la realidad si no se le da un impulso cristianamente renovador, pero que, llegado a su madurez, desarma a sus detractores y asombra a los que voluntariamente nos ignoran. Es, como en varias ocasiones ha manifestado nuestro Caudillo, una solución, para nosotros la única, por su condición vertical, total y unitaria, que responde al criterio del ciclo económico, a la par que coloca en un plano de igualdad a empresarios, técnicos y trabajadores y supera la lucha de intereses entre unas clases y otras.
Propugna asimismo la jerarquización, como principio esencial de toda organización social, la disciplina y servicio en el capital y en el trabajo, para armonizar los intereses al bien colectivo. Repudia todo instrumento coactivo de unas clases y otras, huelgas y despidos arbitrarios, porque considera que los problemas que afectan a las partes en litigio pueden y deben resolverse en forma pacífica o arbitral.
Pensaba clarividentemente José Antonio que el Sindicato, con la familia y el municipio, como unidad natural de convivencia, en su madurez, pasaría a tener una participación activa en la vida política del país.
En su esquema político, José Antonio no sólo fijó la visión filosófica de la Revolución Nacionalsindicalista, sino que indicó cómo debía llevarse a buen término y creó instrumentos dinámicos para enfrentarse con realidades presentes o futuras. Se adelantó, además, a fórmulas que hoy comienzan a establecerse en otros países, aunque, como decíamos al principio, traten de adaptarlas a unas instituciones más o menos caducas.
No podemos resistir la tentación de examinar los avances realizados por la Organización Sindical Española en su calidad de organismo natural de convivencia en lo económico y en lo social, pues son los hechos los que corroboran el valor y la fuerza de una doctrina. Pero no nos limitaremos a constatar los progresos logrados en el ámbito sindical; procuraremos, además, hacer un ligero balance de las realizaciones nacionales, cuya inmensa mayoría son consecuencia de la potencia explosiva, del potencial revolucionario del pensamiento joseantoniano.
BALANCE DE REALIZACIONES
En el terreno propiamente sindical, mientras la Ley de Unidad Sindical, de 26 de enero de 1940, asienta, dentro del ordenamiento jurídico positivo, el principio de hermandad entre los representantes del capital y del trabajo, la de 6 de diciembre de 1940 establece las bases de la ordenación económica y social de la producción, inspirándose ambas en el Fuero del Trabajo. Las Leyes Fundamentales, posteriores, reconocen a los Sindicatos su carácter político representativo, para llegar, en la Ley de Principios del Movimiento, de 17 de mayo de 1958, a conferir a la Organización Sindical el rango de pilar básico de la estructura política del Estado.
Hoy, la presencia de nuestra Organización Sindical en la vida política del país responde enteramente a lo que José Antonio pretendía. Que luego nosotros no nos sintamos totalmente satisfechos por los defectos que aparecen no significa que la presencia de los Sindicatos en los organismos públicos no constituya un éxito, toda vez que los objetivos y fines del Sindicalismo no han permanecido inalterables. Nuestros Sindicatos están presentes en las Cortes y Municipios, Mutualismo Laboral, Instituto Nacional de Previsión y, en el sector social, en el Instituto Social de la Marina, Instituto Nacional de Medicina y Seguridad en el Trabajo, Universidades Laborales, Escuelas Sociales, Seguro Obligatorio de Enfermedad, Servicios Portuarios y de Reaseguros de Accidentes de Trabajo y en el Consejo de Trabajo. En el plano económico, en el Consejo de Economía Nacional, Banco de España, Comité de Crédito a Medio y Largo Plazo, Consejo Superior Bancario, Jurados Centrales de Hacienda, Junta Superior Consultiva de Licencia Fiscal del Impuesto Industrial, Junta Superior Arancelaria, etc. Interviene en organismos específicos del medio agrosocial de educación y cultura, vivienda, etc., y traspasa las fronteras para acudir a organismo públicos y privados internacionales.
En el ámbito nacional, los planes y programas económicos, la creación de empresas públicas -para suplir a la iniciativa privada o como consecuencia de los estancamientos producidos en determinados sectores productivos-, la extensión del crédito público, la lucha contra el paro, el acelerado ritmo de los convenios colectivos, la mejor ordenación fiscal y bancaria, las obras sociales de vivienda, sanidad y previsión, han seguido la pauta de esa revolución ordenada y paulatina que José Antonio quería realizar para el engrandecimiento de la Patria. Y si España ha ofrecido un magnífico ejemplo de vitalidad en todos los órdenes, porque ha arrancado de una economía deshecha y un pueblo aniquilado por una guerra interna, en un ambiente internacional lleno de hostilidad, el punto de partida de nuestro progreso hay que buscarlo en la fuerza vigorosa del pueblo español, que pudo al fin encontrarse a sí mismo, para dejar de ser una masa gregaria de ciudadanos y aglutinarse, siguiendo la trayectoria ideológica del Fundador, en una comunidad nacional articulada orgánicamente, donde la voluntad del hombre está totalmente subordinada al bien colectivo.
El esfuerzo de José Antonio no fue estéril y su ideario sigue perenne y realizándose en la España de hoy.
