A Ernesto Giménez Caballero, adelantado intelectual de las atrevidas y estrambóticas vanguardias culturales, tan en boga en la década de los años veinte del pasado siglo, y promotor, por antonomasia, empecinado y entusiasta, del Fascismo en España, le conocí durante mi temprana juventud, en uno de los períodos cruciales de la vida del hombre, que marcan para siempre los derroteros e influencias en la impronta del devenir. Corría el año 1970. Había leído ya, en aquella altura, la mayor parte de su obra política publicada con su estilo inconfundible, con su discurso político-literario, de genuino introductor y pionero de las ideas Fascistas continentales, lo que me llevó a considerarle como a uno de mis maestros, al compartir y tomar en consideración muchos aspectos del cúmulo incesante de las ideas innovadoras contemporáneas, que extrapolaba a borbotones.
Quien había sido, hasta entonces, embajador de España en Paraguay, relevante puesto que desempeñaba desde 1958, acababa de regresar a Madrid, después de una dilatada misión diplomática en aquellas tierras de la Hispanidad, hacía tan sólo unas semanas atrás, al cumplir la edad reglamentaria de los setenta años, que marcaba el hito de la jubilación. Fue en aquel momento, cuando el destino movió ficha para ponerme en contacto personal con tan insigne escritor; yo contaba, apenas, veinte años de edad, compatibilizaba los últimos cursos de la licenciatura de Derecho, en la Universidad Complutense de Madrid, con mi trabajo en la dirección de la revista “Fuerza Nueva”, que me había confiado Blas Piñar, el caballero toledano de la lealtad que enarbolaba, de nuevo, volviendo a izar, con valentía y dignidad, los estandartes de los ideales del 18 de Julio.
Tuve el honor de entrevistar a Ernesto Giménez Caballero y reproducir sus interesantes declaraciones y testimonios en el semanario “Fuerza Nueva” e, incluso presentarle, a petición suya, en una magistral conferencia que pronunció en el aula cultural de la editorial, en los albores de sus primeros años de forja. En aquel acto , nos dimos cita ese día tres toledanos irreductibles: Giménez Caballero, Blas Piñar y yo, que estaba dispuesto, con el brío de mi juventud, emulando a nuestros predecesores, a recoger el testigo, con afán de servicio, de la antorcha luminosa, prendida en nuestros corazones, de la Revolución Nacional.
Nos separaba a Ernesto Giménez Caballero y a mí la distancia cronológica de dos generaciones intermedias, pero, desde el primer instante de nuestro encuentro inicial, nos uniría la plena compenetración y empatía, aunándose los hilos firmes e invisibles, de la amistad sincera y de una fraternal camaradería. Incluso me quiso integrar, de una manera entrañable y afectiva, en su “idílica” e “imaginaria” familia, con malabarismos dialécticos y ocurrencias de fábula, que parecían sacados de cualquier relato de leyenda arcaica o de un discurso mitológíco, para engarzar las cosas más inverosímiles, en una estrructura ideal, más propia de una ensoñación ocurrente, que de una palmaria realidad.
En una ocasión, en aquellas conversaciones plácidas y remansadas que manteniamos con relativa frecuencia en su domicilio de la calle Guadalquiuvir 22, de Madrid, ante mi indisimulada sorpresa, me dijo, en tono serio, enfático, convencido, y tal vez, quiero pensar que con disimulada y delicada mueca burlesca, que nosotros éramos parientes, con un cierto grado de proximidad, conclusión a la que me aseguró había llegado, con visos de verosimilitud, según sus palabras, por ciertas premisas coincidentes, en base a un sin fin de casualidades concatenadas, que se conjuntaban, como por encanto, en nuestras respectivas esferas personales. Ambos éramos toledanos de procedencia, estirpe y apego, al tiempo que me recordaba que su familia materna era oriunda de la vega del río Tajo, próxima a Talavera de la Reina, donde su abuelo, Manuel Caballero González, gran aficionado a los toros, pasión que inoculó a su nieto, el cual tuvo la tentación de orientar sus pasos hacia el mundo de la tauromaquia y vestirse el traje de luces, ámbito en el que llegó a realizar algunos esporádicos escarceos, inspirado en la gran figura y admiración que tenía por el maestro Vicente Pastor; hubo un breve tiempo juvenil que, de manera esporádica, Ernesto Giménez Caballero soñó con ser torero; me ratificó, sus vivencias, en la finca de su abuelo, con abundantes árboles frutales, llamada “El Esparragal”, en la que pasó, durante su niñez y adolescencia, largas temporadas estivales, en un ambiente campero y rural, que recordaría siempre con añoranza, y me lanzó el dardo que también mi familia, por parte de madre, era oriunda de aquellos lugares y entornos. Por si ello no bastase, por línea paterna, adujo a continuación, descendía Ernesto de un pueblo situado al norte de la provincia de Cáceres, llamado Aldeanueva del Camino, donde estaban enterrados sus antepasados, la rama de los Gimenez, siendo precisamente en aquel pequeño municipio, por casualidades de la vida, el sitio de nacimiento de mi esposa, llamada Florentina, de donde eran naturales y residía toda su familia. Encontraba, a mayor abundamiento, rebuscando en las simas más recónditas, concomitancias curiosas, pues hallaba otra razón “poderosa”, como era el nombre propio de mi mujer, que decía que era como la suya, que tambien, era “florentina”, pero no de nombre de bautismo, sino del lugar italiano de procedencia de sus antepasados: Florencia. Para corroborar su tesis de los vínculos familiares etéreos, me remarcaba que ambos habíamos practicado el deporte de la esgrima, con sable y florete, mientras cursábamos nuestros estudios universitarios, y por si ello fuera poco, los dos nos considerábamos “fascistas hispanos”, vinculados por el mismo juramento, formando parte integrante de la hermandad que imprimía dicha forma de ser de nuestro ideario común.
Aquella familiaridad y simpatía mutua compartida, la dejó plasmada Ernesto en múltiples vestigios epistolares de nuestra abundante correspondencia privada y también en las peculiares dedicatodias de varios de sus libros, que , a modo de simple recuerdo, entresaco algunos ilustrativos ejemplos: En el libro “Genio de España”(1932), un texto de cabecera de los primeros tiempos de mi despertar, escribe lo siguiente, “A Jerez, siempre con solera,sin perder graduación con el amor y la familia. Su ilusionado amigo. Ernesto”; en la primera edición de la obra “Roma Madre” (1939), estampaba las siguientes palabras: “A Jerez le ofrezco este “Roma Madre”, con una España romana y nuestra. Tu camarada. Ernesto”; en el libro “El procurador del Pueblo y su cronicón de España”,-secretos revelaciones y disparos-, escribe en la página de respeto: “Al gran Jerez, un camarada maravilloso siempre, le ofrece este grato homenaje a él y a Florentina, que me recuerda siempre a la mía. Con permanente entusiasmo. Ernesto” y en su obra “Don Ernesto o El procurador del pueblo en las Cortes Españolas” (1947), haciendo gala de su hipérbole, deja escrito: “Para Jerez Riesco, que debería ser “riesgo” por su valentía y llevar el otro nombre embriagante del mejor vino del mundo: Jerez. Ernesto”.
En una de nuestras frecuentes visitas, me tenía reservada una emotiva sorpresa, al ofrecerme el libro “España Nuestra” – el libro de las juventudes españolas-(1943), en el que, previamente, había redactado el siguiente autógrafo para mi hija primogénita, Ana, que tenía tres años de edad: “A Ana Jerez, con toda reverencia a una damita de esta ‘España Nuestra’, por lo menos de tu padre y mía. Pero con la ilusión de que la acepte cuando sea mayor. Su amigo. Ernesto Gimenez Caballero”. A modo de premonición cierta, escribia en el opúsculo “Sindicalismo y Socialismo en España” (1972), editado por la Organización Sindical, lo siguiente: “A los queridos Jerez, para que me recuerden. Ernesto” y así ha sido siempre.
Entre los arcanos no desvelados todavía, se encuentra una carta manuscrita, donde me revelaba la siguiente e importante intención, de aquella hora de mudanza política y especulación de inciertos acontecimientos: “Estoy en trance de revisión ideal como en 1929, cuando aquel Manifiesto de Falangismo está consunto y hay que renovarlo. Me gustaría hablar contigo de ello (…)”. Así lo hicimos, guardando ambos siempre un impenetrable silencio, sin revelar contenidos a curiosos e indiscretos.
De la casa donde residía Giménez Caballero, con aquel sonoro nombre fluvial andaluz de su calle, Guadalquivir, pues fue con los toponímicos de la hidrografía española, con los que se bautizaron las calles de aquella urbanización residencial, en la sosegada colonia del Viso, ubicada en el último tramo de la calle Serrano, de Madrid, vivienda que era una antigua propiedad familiar, en la que se instaló, con su esposa italiana Edith Sironi Negri, con quien había contraido matrimonio el 4 de mayo de 1925 en Madrid, tras finalizar, en 1939, la contienda de Liberacion Nacional, cedida por su madre -su padre había fallecido en 1935-, al haber encontrado demolida y saqueada por los rojos, su anterior morada madrileña. Recuerdo, con nitidez, algunos detalles marcadamente simbólicos de aquel hogar de los Giménez Caballero, que son significativos y muy elocuentes, para entender el espacio de confort de su polifacética personalidad.
El chalet tenía un pequeño y bien cuidado jardín, donde no faltaban un ciprés, reminiscencia inequívoca de Italia; los rosales, impregnados con su significado tan poéticamente arraigado en el simbolismo nacional-sindicalista de las sangrientas cinco rosas, anunciando con su floración, cada nueva y esperanzadora primavera; un olivo, emblemático, de tan hondo significado ancentral en las riberas del mar Mediterraneo o, incluso, una higuera, entre otras especies, presidido aquel pequeño vergel por un busto, réplica exacta de la Dama de Elche ibérica, que le había sido ofrecido a Giménéz Caballero por la ciudad levantina del origen en la que fue hallado aquel icono de nuestra historia patria, como gratitud y reconocimiento por haber intervenido, personalmente, y logrado rescatar con éxito, del Museo de Louvre en Francia, donde se hallaba requisada, dicha pieza arqueológica de nuestras más identitaria y lejanas raíces ibéricas, frustrando así el expolio que se quiso llevar a cabo con el patrimonio artístico nacional, por las autoridades frentepopulistas, que se habían llevado al extranjero, como trofeo vandálico y depredador, las mejores piezas del arte español. La Dama de Elche añadía un mensaje de autenticidad y tradición en aquel oasis urbano, acogedor y recoleto espacio verde y policromado. Otro de los detalles, que no pasaban desapercibidos en el interior de la casa, era el azulejo decorado, representando la figura del Quijote crucificado, en medio de un círculo con los medallones, en altorrelieve, de los “libertadores” americanos y filipinos. Giménez Caballero me transmitió en nuestros diálogos político-literarios, a veces magníficos soliloquios contados con la amenidad que le caracterizaba, sobre el personaje de ficción más popular de nuestras letras, Don Quijote de la Mancha. Ernesto era un perfecto conocedor de la obra cervantina y un intérprete agudo e ilustrado de su figura más representativa, símbolo y arquetipo de tantos menesteres, habiendo fundado, varios años después de terminar la Cruzada, el 17 de diciembre de 1947, en el antiguo café de Levante, de la Puerta del Sol, una animada tertulia, que adoptó el nombre de la Cripta de Don Quijote y, en 1953, tomó la iniciativa de crear una “Sociedad Internacional de Amigos de Don Quijote”, habiéndome confesado, en alguna oportunidad, que consideraba la mejor conferencia de su vida la que pronunció con el título “Don Quijote ante el mundo”, tema sobre el que escribió diversos artículos y ensayos, hasta el final de sus días, como fue el “Don Quijote ante el mundo y ante mí”, publicado en 1978. Su pasión por Don Quijote, que en muchas aristas veía retratado en su propio espejo, arrancó desde sus años mozos. Entre los muchos interlocutores allegados y de próximidad de Ernesto, dos de ellos particularmente, compartieron su intreres y admiración por tan ingenioso caballero andante, como fueron: Miguel de Unamuno, quien presidio el tribunal de oposiciones que adjudicó a Giménez Caballero, la plaza de catedrático de Literatura en el Instituto Cardenal Cisneros, de Madrid, en 1935, el cual, entre otras obras, escribió su magistral libro “La Vida de Don Quijote y Sancho” (1904) e incluso se atrevió a dibujar una lámina, muy expresiva, con un realismo descarnado, con la escena de Don Quijote en la cruz, o su camarada en las lides de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas, Ramiro Ledesma Ramos, con quien congeniaba plenamente, autor del libro “El Quijote de nuestro tiempo”, editado en 1924, cuando Ramiro contaba sólo 18 años de edad.
Hacer una descripción de Ernesto Giménez Caballero no es tarea fácil, por su perfil polifacético. Era un hombre más bien delgado,de talla mediana, que podría pasar perfectamente desapercibido entre una multitud anodina. Era pulcro y clásico en el vestir. En su rostro destacaban dos características de su fisonomía un tanto peculiares: su ojos expresivos, chispeantes, inquietos y su sonrisa afable, que provocaba, inconscientemente, la proximidad, la complicidad y la espontaneidad en su oyente. Era una persona extrovertida, de gran sencillez, simpático, ocurrente, con rasgos y expresión de inocencia, atento, muy educado y cordial. Su palabra era fluida, culta y el tono de su voz un poco aflautado, con un sonido algo atiplado que mantenía la alerta en quien lo escuchaba. Portaba siempre colocadas las gafas, de un tamaño más que razonable, de gruesa moldura, que denotaban su inclinación, como escritor e intelectual, hacia el universo de la lectura empedernida y sin fatiga posible. Trabajador incansable, con una gran memoria, donde registraba todos los pormenores, tanto los llamativos, como los invisibles o recónditos. Su capacidad de imaginación era desbordante y su fantasía podía tildarse de deslumbrante, heroica y grandiosa. Era un hombre de una gran cultura, que, sin atisbo de exageracion, se podría calificar de enciclopédica, lo que dejó constancia de ello tanto, de distinguido prosista inspirado de la generación del 27, como de figura relevante de las letras españolas, con un estilo propio, inconfundible y castizo. Era portador de un misticismo innato, de un espiritualismo entrañable, imbuido de nacionalismo, que hablaba con gran soltura y desparpajo, con fervor, con discurso erudito y palabras rigurosas, poniendo énfasis en la creatividad, con ideas luminosas, ilusionadas y brillantes, que podrían resultar utópicas, en algunos de sus pronunciamientos, e incluso, a veces, podían rayar con el disparate. Estaba alineado con la modernidad, era alérgico a todo lo trasnochado y caduco, por ello exploró y triunfó en el mundo de las vanguardias; tenía cierto don profético, de síntesis, de proclamación y pronóstico, con afirmaciones que él como nadie, en su época, sabía convertir en exaltaciones, conciliando lo tradicional con el elemento futurible, el conservadurismo y la revolución, el vértigo con el equilibrio y la incertidumbre con la certeza. Soñador, sin perder por ello su pragmatismo, como mero instinto de supervivencia. Estas paradojas y aparentes contradicciones, la heterogeneidad, se podían encontrar en sus señas de formato e identidad, en su inquietud. De inquebrantable fidelidad a lo nacional. Y si se me permite la expresión, en los impulsos imperiales. Su sentido del humor era permanente, como prueba inequívoca de suficiencia e inteligencia. Pero tal vez una de sus cualidades más sutiles era la de ser un prestidigitador, un mago de las palabras, del lenguaje, de las acepciones y de los significados polisémicos, donde la ilusión, la ficción y sus metamorfosis luminosas, que bullian en su imaginación ingeniosa y dicharachera, formaban parte de su entelequia superlativa, de sus hipérboles y de su estética. Adjetivaba con precisión la historia y los personajes. No había ninguna duda que le gustaba polemizar, escribiendo a veces, durante su etapa vanguardistas, libros que podían parecer delirantes y controvertidos. Algunos le han tildado de histrionismo, cuando muchas de sus expresiones eran calculadas piruetas, que le daban un hálito impredecible, pletórico de soberbias intuiciones. Se movía de maravilla en su abanico dimensional de ideólogo del Fascismo hispano, de político, de escritor y de profesor de literatura. Aspiraba a compatibilizar, en el mismo crisol, la revolución, con la poesía, esta última como fermento de la anterior. Tenía alma de poeta -que extrapolaba como profeta o vidente-, que anidó desde su juventud. Su primer vestigio, como escritor, fue una poesía titulada “El Siglo de Oro” , en la que ya apuntaba maneras literarias,que se publicó en el semanario “Blanco y Negro”, cuando tenía escasos quince años. Estaba muy entusiasmado, a mediados de la década de los años setenta, con el ensayo que estaba realizando el investigador hispanista Douglas W. Foard, sobre el nacionalismo cultural hispánico en el siglo XX, publicado en 1975, que tituló “Ernesto Giménez Caballero o la revolución del poeta”, cuyo rótulo consideraba hecho a la medida de su protagonista. Ya, en 1927, en el perídico “El Sol”, donde escribía habitualmente, el 26 de julio había publicado un artículo en el que vinculaba Fascismo y poesía, con el título “Gerardo Diego, poeta fascista”. Estaba persuadido, y así lo ha dejado por escrito, que “Nosotros -los poetas, los escritores- hemos creado en gran parte la atmósfera densa y apta que el Fascismno encuentra en nuestra Nación. Ha sido nuestro lirismo, nuestra propaganda, el gran fenómeno de la creacion fascista española”. En una carta manuscrita, que me remitió el 27 de julio de 1975, insiste: “Querido Jerez: (…) a ver si nos vemos. Celebraría conocieses los libros que se están publicando sobre mí. Sobretodo el de Douglas W. Foard. España está en paz, seguirá una vez más pro Franco. Pero la Falange es un Puerto de arrebata camisas, cada cual con la suya, pero sin ponérsela. Todos se creen fundadores. Por eso debes leer el libro de Foard. Hay que ir otra vez a la involución, a empezar por donde empezamos. A “La Gaceta Literaria” que quizá reanude. Abrazos. Ernesto”. No hay duda que quería ser la alondra que canta en el amanecer.
Un aspecto poco conocido de Ernesto Giménez Caballero es que era un políglota excepcional, habiendo cursado estudios de francés, latín, griego, hebreo,sánscrito, árabe, alemán, turco, inglés e italiano, acervo que le introdujo en los arcanos culturales más insondables de la cultura.
Ernesto Giménez Caballero, que había divagado en su juventud, antes de abrazar, recalar y anclarse, definitivamente, en el Fascismo, participó en los ambientes de izquierdas; conviene recordar que intervino en la fundación, en 1918, del primer grupo de estudiantes socialistas e interiorizó temprano, con la pasión arrebatadora que ponía siempre en el empeño de sus emprendimientos, los planteamientos arquetípicos del anarco-sindicalismo, al que consideraba el diseño más propicio y adecuado al carácter e idiosincrasia del pueblo español, el genio político de España, por su marcado individualismo intransigente, compartiendo aquellas premisas e hipótesis durante sus primeras inquietudes políticas, por las que se sintió poderosamente atraído. En varias ocasiones me repitió, como una profesión de fe antigua, pero no olvidada, de forma rotunda, como una reafirmación subrrayada, lo siguiente: “Yo era anarco-sindicalista”, que él trataba más adelante, desesperadamente, de nacionalizar. De forma prematura, movido por un afán innovador, de creatividad e innata inquietud, emuló y dinamizó pronto las vanguardias culturales emergentes, que rompían moldes en ciertas esferas por su originalidad y, a veces, incomprensiones por sus aparentes visiones y acepciones consideradas en la época como excéntricas, del futurismo, el expresionismo, el creacionismo, el dadaísmo, el ultraísmo y el surrealismo, hasta que, a partir de 1928, fue impactado, imantado y seducido por el Fascismo, descubriendo, con fascinación apasionada, la fecunda maternidad de Roma, de cuya ideología, reciente y antigua, fue mentor indiscutible y catalizador esencial del ideario en España, involucrándose y asumiento el compromiso ideológico que inspiraba la Revolución Fascista, que había fraguado con pujanza en Italia y germinaba también con vigor en Alemania, principalmente, entre otras naciones del Viejo Continente. Era el gran descubrimiento, la nueva savia impulsora de la futura revitalización.
En el mes de enero de 1927, Ernesto Giménez Caballero, que también venía publicando en la prensa sus artículos con el seudónimo “GeCe”, sacado de las siglas de su propio apellido, funda y dirige una revista, de periodicidad quincenal, que marcará tendencia: “La Gaceta Literaria” (1927-1932), que consigue congregar en sus páginas a tres generaciones de escritores, los de la generación del 98, la del 14 y la del 27 y hacer converger y alumbrar en ella a las dos juventudes antagónicas del momento: la fascista, -Ramiro Ledesma Ramos- y la comunista -César Muñoz Arconada- y se dio la curiosa circunstancia que sería este último quien le presentó al primero. En el número cuatro de la Gaceta, que salió el 15 de febrero, inserta una entrevista con Ramiro de Maeztu, con el epígrafe “Conversaciones con un Camisa Negra”, al que describe como “la más audaz camisa negra de los que, hasta ahora, han alzado el brazo cesáreamente en la vida pública de las letras epañolas.”. Transcurrido un año exacto, el 15 de febrero de 1928, inserta en el quincenal bajo su dirección la conversación que mantuvo, durante su viaje de divulgación por España, con el poeta fascista Filippo Tommaso Marinetti, y se publica simultaneamente el libro, “Circuito Imperial”, donde se recogen las impresiones y vivencias del viaje de Giménez Caballero por los principales países europeos (Alemania, Holanda, Francia, Portugal, Italia…), para dar a conocer en España, desde una perspectiva cultural, preámbulo de un itinerario político, la situación y los logros de las naciones punteras del continente así como sus regímenes emergentes, haciendo un especial hincapié en la etapa de Italia, donde ve en directo, por primera vez, a Mussolini en el Parlamento, descubriendo entonces al Mussolini revolucionario, que le impacta, lo que le lleva a dejar constancia de ello en el siguiente testimonio: “Cuando el fenónemo Fascista irrumpió en mi conciencia, a posteriori de mi reconocimiento entrañable con Roma, me vi perdido. Tenía que asumirlo acríticamente. Como un mandato familiar, como una imperiosa mirada de obediencia”. Interioriza y le asonbra Roma, como nuestra “madre espiritual”, origen de la cultura latina, al ser el manantial del habla, en el que nos comunicamos; las leyes que nos rigen y posibilitan la convivencia; el gladio, que nos protege y nos ensancha; el arado, que nos proporciona abundancia; los caminos trazados mediante las calzadas, que nos aproximan; el catolicismo y el cesarismo, que nos guían; el renacimiento, que nos estimula y vigoriza…, en definitiva, lo que le lleva a afirmar: “Encontraba en Roma el olor a madre, que nunca había olido en mi cultura”.
Será un año más tarde, el 15 de febrero de 1929, cuando publica el documento base, que se puede considerar el primer manifiesto intelectual del Fascismo español, lo que le convierte en precursor teórico hispano del Fascismo, la “Carta a un compañero de la Joven España”, en el que se contiene lo esencial de las bases doctrinarias. Era el documento primigenio que servirá de pórtico a la traducción de textos del fascista italiano Curzio Malaparte (Curzio Suckert), en el que se puede leer ya un adelanto de muchas de las incógnitas desconocidas sobre el nuevo fenómeno político, el Fascismo, que brota con fuerza y fulgor en otras latitudes, para su proyecto de su implantación en el solar español: “Nudo y Haz, Fascio, Haz. O sea, nuestro siglo XV, el emblema de nuestros católicos y españoles reyes, la reunión de todos nuestros haces hispánicos, sin mezclas de Austrias ni Borbones, de Alemanias, Inglaterras, ni Francias; con Cortes, pero sin parlamentarismos; con libertades, pero sin liberalismos; con santas hermandades, pero sin somatenismos”, en donde se reivindica el reencuentro con la esencia del genuino ser español, desde una perpectiva nacionalista, pues el Fascismo es, por antonomasia, unidad, tanto nacional como social, respetando las genuinas tradiciones de los pueblos. Estaba persuadido Giménez Caballero que “el Fascismo era una actitud cultural y una moral de salvación, capaz de desarrollar su propia utopía, el sueño de felicidad y perduración, que late en el corazón de toda revolución”.
Ernesto Giménez Caballero vaticinó la iconografía adoptada por el movimiento Fascista a la española, y de sus símbolos primordiales, como las flechas yugadas o los colores rojo y negro de la bandera nacionalsindicalista, adoptados del Ateneo Libertario del barrio de Delicias de Madrid, próximo a su domicilio, en cuya fachada ondeaba dicha enseña anarco-sindicalista, que Ernesto trató de “nacionalizar”, incorporándo, en el centro, el “fascio” de los Reyes Católicos, el haz de flechas uncido, que sugirió como iniciativa a Ramiro Ledesma Ramos. También la cabe el reconocimiento que, como Consejero Nacional de F.E. de las JONS, propuso a los congregados en el primer cónclave celebrado en Madrid, en octubre de 1934, el color azul para las camisas de combate, que fue otra de las señas de identidad emblemáticas de la indumentaria propia de la militancia falangista.
El Fascismo persigue, siguiendo la síntesis expuesta por Giovanni Gentile, segundada por Giménez Caballero, la modernidad como imperativo; el nacionalismo como fe y la revolución como método. Fascismo es el culto al héroe; el perenne recuerdo al memorable pasado de las naciones como punto de mira, del que se debían sentir orgullosos los pueblos por las hazañas de sus antepasados. En España, el Fascismo focaliza, principalmente, las gestas gloriosas y legendarias en la consecución de su unidad nacional, como culminación victoriosa de la Reconquista; la voluntad de Imperio y las raices católicas de su credo y de su cultura, al tiempo que se rinden honores a los Caídos por la Patria. Políticamente, el verdadero Fascismo es el socialismo nacional, interpretado en España como nacional-sindicalismo. El Fascismo era levadura, el “fermento” europeo para rejuvenecer y dinamizar España. No sería una exageración emitir, como corolario, la expresión que Giménez Caballero fue un gran enamorado del Fascismo, cuya ideología aventa en la rosa de los vientos de los valores nacionales.
El 3 de enero de 1930, un grupo de poetas coetáneos le ofreció un banquete en Pombo, al que asistió también Ramón Gómez de la Serna, que resultó anunciador, como si de un ejercicio de videncia fantástica se tratara, de lo que se pronosticaba en el horizonte político, que principió con una visión idílica y terminó en un diálogo de pistolas, entre Antonio Espina y Ramiro Ledesma Ramos, que fue premonitorio. El 22 de octubre de 1930, Giménez Caballero viajaba a Italia, donde celebra un primer encuentro personal con el Duce, audiencia privada que consige por medio del ministro Giuseppe Bottai; sería la primera reunión entre ambos, de las siete veces que mantendría conversaciones con posterioridad, hasta el 22 de enero de 1937, cuando se hizo acreedor del Premio Internacional de San Remo, con su obra “Roma risorta del mondo”. Giménez Caballero tenía un retrato de Mussolini dedicado, que conservaba con gran cariño y que entregó, el 17 de julio de 1936, para su guarda y conservación, a un médico alemán, afincado en Madrid,camarada de confianza, que le refugió en su casa cuando estaba siendo buscado y perseguido para eliminarle por la policía y milicianos frentepopulista, fotografía que desapareció en los avatares y desastres de la guerra. En más de un encuentro, en nuestras conversaciones, me ratificó su pensamiento de coinsiderar a Benito Mussolini como el mayor y mejor político de los tiempos modernos.
Las inquietudes de la modernidad y su innata intuición le llevan a fundar, en el año 1930, el primer cineclub de España y se inicia en la filmografia y el rodaje de documentales y noticieros, que tuvieron una óptima acogida y un gran predicamento.
En el mes de febrero de 1931 suscribe, con Ramiro Ledesma Ramos, el manifiesto de “La Conquista del Estado” y comienza a colaborar, al mes siguiente, en el nuevo semanario del mismo nombre, cabecera adoptada de la revista homónima del fascista Curzio Malaparte, su “camarada sincrónico”, con quien se sentía Ernesto muy identificado, que se editaba en Italia, habiendo integrado su plantilla de escritores durante los cuatro primeros números de circulación de LCE y formado parte del pequeño núcleo de los iniciadores de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas, de cuyo Triunvirato Central formaban parte Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo Ortega. Curzio Malaparte había vivido, por esas casualidades de la vida, en el mismo edificio de Edith Sironi, la esposa de Giménez Caballero, en la ciudad de Prato (Italia), quien fue, desde los comienzos del Fascismo una figura clave del scuadrismo de la primera hora y a quien Ernesto le consideraba “apto para la espada, la bala y la pluma. Dualista, guerrero, polemista, poeta y director del mejor grupo editorial italiano”.
“La Gaceta Literaria” echó el cierre, con el número 123, el primero de mayo de 1932, coincidiendo en el tiempo con la aparición del primer libro de su ciclo fascista, propiamente dicho, “Genio de España”-exaltaciones a una resurrección nacional y del mundo-, editado con el sello editorial de La Gaceta Literaria, “libro inflamado e inflamatorio”, en el que escribe, como ideólogo del potencial Fascismo Español, el sentido antiliberal y antibolchevique del movimiento en ciernes, dejando definida esta cuestión de forma clara y expresa: “ Frente al Comunismo (Oriente) y liberalismo (Occidente); frente a la anulación del individuo (Oriente) y supervaloración individual (Occidente) Roma acaba de sintetizar, una vez más en la Historia, su tradición eterna -Ciudad Eterna-, su genio de incorporacion, de corporativismo, de jerarquía y libertad. Civilización: entre Oriente y Occidente: cristiana, europea, esto es, universal, católica”. Siempre consideró a esta obra suya la más importante de las escritas sobre la materia.
En marzo de 1933, participa, con José Antonio Primo de Rivera y Ramiro Ledesma Ramos, en la iniciativa de lanzar un semanario político con la cabecera de “El Fascio”, donde colabora con tres aportaciones básicas: “Puntos de Partida”, en la página 3ª ; “Primacia del trabajo. El sentido social del Fascismo”, en la página 10 y una semblanza del Duce, bajo el epígrafe “Los creadores del Fascismo”, cuyo primer y único número se lanza el 16 de marzo, siendo secuestrado por la policía del régimen liberticida republicano español, que prohibe la difusión y venta del ejemplar y frustra el proyecto de edición. Ese mismo año, edita el libro titulado “La Nueva catolicidad. Teoría General sobre el Fascismo en Europa y en España”, en la editorial CIAP -Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, del financiero judío Ignacio Bauer-, de Madrid. Por cierto, que un ejemplar de este libro, dedicado por su autor al Führer, se encontraba reseñado en la biblioteca de Adolfo Hitler, con su ex libris. A partir del mes de diciembre escribe en el semanario “FE”, de la Falange, extensos artículos sobre la doctrina, la cultura y la civilización Fascista.
En el año 1934, Ernesto Giménez Caballero, que se halla integrado plenamente en las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas -JONS-, contribuye de forma decisiva, es tal vez el principal artífice, en la fusión con el movimiento hermano, Falange Española, que había celebrado su mitin fundacional, con carácter españolista, el año anterior, el pasado 29 de octubre de 1933, en el teatro de la Comedia, de Madrid. Sus buenos oficios, entre otros militantes que comparten su idea unionista, logran el propósito de unificar a F.E y las J.O.N.S., hecho que se logra el 13 de febrero de 1934. En los carnés de la nueva organización resultante, Falange Española de las JONS, que por consenso del orden cronológico, en razón de la antigüedad, se otorgan en el nuevo movimiento unificado, se le reconoce a Giménez Caballero el número 5, estando precedido por Ramiro Ledesma (1), Jose Antonio Primo de Rivera (2); Julio Ruiz de Alda (3) y Rafael Sánchez Mazas (4), aunque se llegó a considerar, antes de la asignación definitiva de los números correlativos, otorgarle el número uno, en reconocimiento a su primacía y anticipación, tésis que, finalmente, no prosperó, porque Ernesto Giménez Caballero declinó la sugerencia, aunque se le asignó el segundo lugar de los militantes de las JONS, antes incluso que Onésimo Redondo (6) o Juan Aparicio (7), sólo precedido por Ramiro Ledesma Ramos, pues el criterio de las jerarquías era intercalar a los militantes de ambas organizaciones a trebolillo, entre jonsistas y falangistas, para confeccionar la lista consolidada de iniciadores.
Ernesto Giménez Caballero asume la presidencia en España del CAUR (Comité de Acción para la Universalidad de Roma), organismo al que estaba también adscrito José Antonio Primo de Rivera, y asiste, en diciembre de aquel mismo año 1934, al Congreso Fascista celebrado en Montreux, en representación de la sección española. La escritora fascista Margarita Serfatti, presentaba ese mismo año a Giménez Caballero, en Venecia, como el “Joven nuevo, representante del Fascismo español”.
En 1935 se publica su obra “Arte y Estado”, cuyo texto previamente se había venido reproduciendo, parcialmente, en varios números de la revista “Acción Española”, ejemplar impreso en las gráficas Universal de Madrid, donde queda proyectada la estética fascista desde la idiosincrasia española. En la víspera de un nuevo encuentro con Mussolini, comió con Italo Balbo y el periodista Umberto Fracchia. En el diario “Informaciones”, donde escribia asiduamente Giménez Caballero, destacaba, el 27 de marzo, un artículo titulado “El Kaiser Hitler. El triunfo de un rey natural”, que concluía de la forma siguiente: “¡Que poema de gloria, de grandeza, de virilidad, de misticismo y de coraje el de Alemania! Hitler: ¡Heil Hitler!”.
Es importante reseñar la carta que, el 12 de julio de 1936, le envía José Antonio Primo de Rivera desde la carcel de Alicante, en respuesta a las dos cartas remitidas previamente por Giménez Caballero, quien comenzaba diciéndole: “He agradecido mucho tus dos cartas que recibí ayer”, epístola donde Jose Antonio ya le barrunta a Ernesto la inminencia de una alternativa, y le manifiesta sus preocupaciones, “otra experiencia falsa que temo es la de la implantación por vía violenta de un falso fascismo conservador, sin valentía revolucionaria ni sangre joven” y le anticipa de forma críptica, lo siguiente: “Ya quedan pocos días, me parece, para que la vía quede completamente libre y despejada”, despidiendose de la forma siguiente: “Gracias por tu confianza y disciplina. Procura ayudar cuanto puedas y yo me alegraré mucho”.
Consecuente con su ideología unificadora y Fascista, en 1937, Ernesto Giménez Caballero es uno de los puntales y artífices decididos, junto con Ramón Serrano Suñer, de la Unificación por Decreto, en plena confrontación bélica española, de Falange Española de las JONS y la Comunión Tradicionalista, habiendo redactado, de forma prácticamente íntegra, excepto un pequeño párrafo colateral añadido a su texto por Serrano Suñer, en Cegama, el discurso que fue leído por el Caudillo, en la noche del día 18 de abril de 1937, por las ondas de la emisora nacional, desde Salamanca, anunciando aquella decisión trascendental, resultante de la integración de falangistas y tradicionalistas, bajo el mando supremo de Francisco Franco, para encauzar los criterios políticos del nuevo Estado. Giménez Caballero sería nombrado vocal del nuevo Secretariado Político de F.E.T. Y de las JONS, el nuevo Movimiento Nacional.
Como anécdota referiré que, en una de nuestras frecuentes entrevistas, que tuvieron lugar de forma ininterrumpida entre 1970 y 1976, hasta que por motivos laborales tuve que desplazarme de Madrid para residir varios años en el extranjero, perdiendo así, por dicha circunstancia, nuestra asidua relación, me hizo entrega, de la copia de un documento mecanografiado,de varios folios, con carácter reservadisimo y ultrasecreto, que en aquelllos momentos de la tensión que generó la Unificación, entregó a Franco, con toda la información necesaria para poder llevar a cabo dicha iniciativa, con el compromiso, por mi parte y a su solicitud, de no hacer uso del mismo, mientras él viviera, pero del que me hacía depositario, en prueba de confianza extrema y distinguida consideración.
Durante la Cruzada de Liberación Nacional, Ernesto colabora en el incipiente Servicio de Propaganda, que se instala en Salamanca, y escribe artículos en la revista Jerarquía -la revista Negra de la Falange”-, dirigida por el sacerdote falangista Fermín Yzurdiaga, que se editaba en Navarra; también en la revista “Vértice” -la revista nacional de la Falange-, bajo la dirección de Manuel Halcón y lanza un periódico de trinchera que denomina “Los Combatientes”. Se incorpora al frente y obtiene, a la edad de 38 años, el número uno de la promoción de los Alfereces Provisionales, en los cursos que se realizaron en la Academia de Pamplona, incorporándose a la IV Bandera de Navarra, donde permaneció hasta la culminación de la Contienda. En el año de la Victoria, sale a la luz la ediciíon española del libro “Roma Madre” (1939).
Como hecho significativo, que debe ser resaltado, el día 4 de julio de 1941, se ofreció como voluntario para combatir en la División Azul, solicitud que no pudo culminarse con éxito, a pesar de su firme decisión de empuñar las armas, junto con los ejércitos del Eje, en el frente del Este, contra el comunismo. Del 23 al 26 de octubre de 1941, acude a Weimar al Europaische Schrisfsteller Vereinigung, presidido por el ministro de Propaganda, Josef Goebbels. Dos años más tarde, en abril de 1943, visitó, formando parte de una Comisión para determinar las responsabilidades soviéticas en la matanza de las fosas de Katyn, en Polonia, y el 7 de octubre, de 1943, Adolfo Hitler le concede y firma el correspondiente diploma de la Cruz del Águila Alemana von Deutscher Allez, como mérito a su brillante ejecutoria.
Su aportación al mundo de la cultura fue reconocido, nacional e internacionalmente. En España le fue otorgado el premio Nacional de Literatura, en dos ocasiones, y en los últimos años de su vida, en 1985, la Editorial Planeta le distuinguía con el prestigioso premio, Espejo de España, por su obra “Retratos españoles -bastante parecidos-”.
Ernesto Gimenez Caballero fallecía en Madrid, en su vivienda de la calle Guadalquivir, a los ochenta y ocho años de edad, el día 14 de mayo de 1988, siendo enterrado en el panteón familiar, en la Sacramental de San Isidro.
Con la edición de esta antología de textos, de Ernesto Giménez Caballero, reverdece y se pone a disposición de los lectores un estilo literario extraordinario y singular, que vanagloria nuestra cultura, manifiestamente silenciado por los eunucos de turno y se explica, de forma original y directa, sin intermediarios ni intérpretes, sin filtros, un pensamiento, que fue el que dio vigor al nuevo resurgimiento, que tuvo lugar en el siglo XX en Europa.
