Era pronto todavía para ir al cuartel. Hice propósito de salir a la calle; luego vería cómo matar el tiempo. Tía Martina vieja y gorda, sin una gota de entendimiento, pero con un corazón enorme, me llamó para la cena. Me reñía como a un crío por la cosa más insignificante; me hablaba con el tono de juez de instrucción que interroga a un criminal. Estaba cohibido con su autoridad. Siempre tenía razón, hasta cuando refunfuñaba y decía que yo sólo quería mis caprichos si alguna noche, ya tarde, cuando volvía no me llegaba a besarla; por ella siempre estaba despierta hasta que yo volvía. Hubiera preferido no cenar.
Pensé que los toreros no comen nada antes de salir a la plaza, en prevención de las cogidas. No tendría nada de particular que a mí me pegaran un tiro en el jaleo que se venía encima. Cené sin gana para que tía Martina no me saliera con el estribillo de siempre: que si no cenaba porque ella no sabía guisar; que no tenía la culpa de ser una inútil; que mañana mismo, sin falta, buscaría una criada que acertara mis gustos —aunque yo sabía, y ella también, que se hubiera hundido el cielo antes de que eso sucediera—; otras veces me pone de tragón y de derrochador porque tengo apetito. El día que se muera —que esté muy lejos ese día— si no se queja de que es incómoda la caja y no regatea los gastos, pueden enterrarla con la seguridad de que está muerta y muy muerta.
Me puse mi camisa azul bordada con cinco flechas. Aquella pistola riñosa del 7’65 aún podía tirar.
Salí a la calle. Era una noche soberbia, una de esas noches hechas para aprender a querer a Dios.
Fui hasta la Plaza de Cataluña. Son muy buenos amigos míos todos los rincones de esta plaza; y en especial las estatuas. Como si fuera un capitán general, les pasaba revista todas las noches. Estoy seguro que en sus corazones de bronce o de piedra tienen algo de simpatía por mí. Sin decirnos palabra nos entendemos de sobras. El atleta que sujeta la bravura del caballo encabritado es el que con más ardor me saludaba siempre:
—Buenas noches, amigo. Parece que traéis buena cara hoy. Algún asunto llevaréis entre manos, ¿eh?
Pero como yo soy discreto de por mí…
Hay una mocita lozana y desnuda enteramente que siempre me decía:
—Estoy aburrida, señor; siempre el mismo sitio; siempre las mismas perspectivas, los mismos árboles y los mismos edificios enfrente. ¡Quién pudiera ser como vos y correr y no parar nunca en el mismo sitio! Estoy segura que llegaría a quereros…
De verdad que me sofocaba pensar en tal posibilidad, porque a mí no me ha querido nadie, como hombre, se entiende. Sólo he tenido dos medias novias en mi vida, y fue hace años, en los tiempos de estudiantes, cuando teníamos el corazón muy joven, en aquellos tiempos que han pasado como pasa todo; pero que parecen todavía frescos en nuestros ojos, como si fueran de ayer y como si para alcanzarlos sólo hiciera falta extender el brazo.
Han sido las únicas: una se fue muy lejos, hacia el norte, donde todo es más frío; no he sabido ni una palabra de ella. La otra se casó y ya tiene un chaval rubio como las espigas del trigo de julio, con unos ojos azules muy claros, como los de su madre.
Me senté en el banco de costumbre, al pie de la alegoría a la Agricultura, «La Familia del Toro», como la llamo yo. Es muy seria esta familia; y es que pesa sobre ella una gran tragedia. Me la contaron una noche que se hallaban confidenciales. Ellos nunca sintieron inclinaciones demasiado vehementes hacia la agricultura; eran lo que pudiéramos llamar unas estatuas burguesas que miraban el campo desde un punto de vista subjetivo. Pero como en este mundo de Dios manda quien puede mandar, un mal día se le acudió al escultor echarles una ojeada y decirles:
—Tú, tú y tú: tomaréis los atributos de campesinos mal que os pese, pues para algo soy yo aquí el que hace y deshace, y puestos así, así y así en torno de este toro, quedaréis convertidos en una hermosa alegoría de la Agricultura que vendrá pintiparada para cumplir el encargo que me tiene hecho el Ayuntamiento.
El primer impulso de ellos fue protestar, ni más ni menos como lo haría cualquier cómico que no le gustara el papel que le asignaron de la comedia; pero reflexionaron a tiempo y se dieron cuenta de la inutilidad de su intento. Otro día, de buenas a primeras, se los llevaron del taller.
—Y aquí nos tiene usted convertidos en agricultores, aguantando las inclemencias del tiempo, mientras otras estatuas con iguales derechos se hallarán confortablemente instaladas en cualquier salón de algunos señores de campanillas.
Repasé mis pensamientos. Me costaba hacerme a la idea de que aquella noche era víspera de combate. Estaba tan sereno como si el día que tenía que venir no fuera ni más ni menos que los otros días, como si la noche que se tenía que marchar no fuera ni más ni menos que las otras noches. Y sin embargo, eran vísperas de combate.
Tenía el presentimiento de que me había de quedar con el corazón partido sobre los adoquines de alguna calle. Y tenía ganas de empezar pronto. Yo siempre he sido muy impaciente, y más para las cosas de tanta trascendencia como la que se iba a ventilar entonces.
Pensé que ya era hora de acudir al cuartel. Y me acordé de tía Martina. El reloj luminoso del Banco de Vizcaya marcaba la medianoche. ¡Y qué medianoche! Al volverme para mirarlo, me di cuenta de que en el mismo Banco, al otro lado, había alguien. El primer impulso fue alejarme de allí; pero me quedé por curiosidad. Yo siempre he sido muy curioso. El cliente de encontrar una cosa nueva me produce la alegría infantil que debe experimentar un niño en vísperas de estrenar el primer triciclo.
Examiné con disimulo el «alguien» del otro lado del Banco. Era una mocita, pero, ¡santo cielo!, si estaba llorando… No hay nada que me impresione tanto como unas lágrimas más; porque unas lágrimas sinceras cuestan mucho. En un periquete, sin saber por qué, me llegué hasta ella. Me miró con unos ojos sobresaltados muy claros y muy grandes.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere usted?
—A punto fijo no sabría explicarle quién soy ni lo que quiero. Hasta hace un momento era un aburrido que no sabía cómo matar el tiempo; y como quiero creer que sólo debo querer ver a todo el mundo alegre, porque de otra manera no se explica que me impresionen tanto las lágrimas de los demás. —Y luego—: ¿Por qué llorabais?
—Él no ha venido. Y tenía que venir, como vino siempre. Una transición. —¿Pero a usted qué le importa que él venga o deje de venir? Al fin de cuentas ni siquiera sabe quién es él. —Hizo intención de marcharse, pero se quedó.
—¿Su novio?
—Quizá. Él viene de Madrid las noches 18 de todos los meses sólo por mí y porque lo vea llegar desde este mismo sitio, que es nuestro sitio. Pero hoy no ha venido como siempre. Sin duda se habrá olvidado de su pobre Ana…
—No se aflija usted. Más fácil es pensar que no haya podido coger el tren por mil motivos que siempre están a la que salta.
Se me quedó mirando con sus ojos grandes y claros como si le hubiera encontrado la gran solución.
—No tendría nada de particular dadas las circunstancias.
—¿Las circunstancias? ¿Qué quiere usted decir? No lo comprendo.
—Quiero decir que Madrid a estas horas andará algo salido de tono. Una sublevación, ¿entiende?
—¿Una sublevación? ¡Dios mío!… ¿Y cómo lo sabe usted?
—Porque esta noche es víspera de lucha aquí también. Mire —le enseñé mi camisa azul—. Para nosotros, los falangistas, ha llegado la hora de ser o no ser. Ya me deben aguardar en el cuartel.
—¿Y habrá sublevación? ¿Y habrá lucha? ¿Y habrá muertos? ¡Dios mío! ¡Dios mío! Y todo esto ¿por qué? ¿A santo de qué? Ahora usted está hablando conmigo y mañana podría ser que… ¿No le asusta a usted esta posibilidad?
—No. Nosotros hemos aprendido a festejar la muerte sin tener años para festejar la vida. Al fin de cuentas, por arriba, por el cielo, es por donde mejor se escapa si te cierran los caminos de la tierra. ¿Pero no cree que ahora es cuando estamos hablando de cosas que nada le importan a usted? Tendré que advertirle que está hablando con un desconocido.
Se rió.
—Ahora me parece que ya le conozco a usted un poco. Hasta le confesaré que me es simpático. ¡Son éstas unas circunstancias tan raras!
Hubo un silencio. Luego, de sopetón, me dijo—:
—Os acompañaré hasta el cuartel si me lo permitís. ¿Hacia dónde cae?
—En la Plaza de España. Cuartel de Caballería de Numancia.
Se apoyó en mi brazo y, sin decirnos palabra, nos fuimos calle de Pelayo arriba hacia la Universidad. Noté que iba temblando. Ella, a veces, me miraba de reojo, a hurtadillas. Pensé en toda mi vida, y no encontré unos momentos tan hermosos como aquéllos. Ya sé que para muchos esto no tendría importancia. Lo sé, pero para mí era una cosa tan nueva y tan bella que no merecía acabarse nunca. Pero acabaría. Dentro de unas horas yo andaría metido en un fandango del que sabe Dios o el diablo cómo saldría, y ella, cuando todo hubiese pasado, volvería las noches 18 de todos los meses a esperar que viniera él como de costumbre. Y yo no he sido nunca envidioso; siempre he estado conforme con lo mío, pero entonces reconozco que le tuve envidia a él. ¡Debía ser algo muy hermoso que le quisieran a uno como podía querer ella!
Luego, calle de Cortes adelante, hablamos. Ella me contó su vida: una vida intensa. Yo le conté la mía. Se rió cuando le dije que nunca había llevado una mano de mujer apoyada en mi brazo, y se volvió a reír cuando, muy serio, la dije que era muy hermosa. Y llegamos por fin a la Plaza de España.
—Se concluyó el paseo, Ana. Ahora Dios sabrá cuándo volveremos a vernos. ¿De verdad, de verdad, que no he dicho muchas necedades?
—De verdad, de verdad, que no habéis dicho ninguna. Para cualquier mujer que no sea una mala mujer o una simple, lo que habéis contado tiene mucho interés. Porque no puede dejar de tener interés todo lo que venga de un corazón que sabe sentir las lágrimas de los demás. Yo os dejo y deseo que no os pase nada. Tendré una oración para que Dios os proteja, y por si puede serviros, os daré esta medalla de la Pilarica. A mí siempre me ha sido muy útil. Hoy creo que la necesitáis más que yo.
Estaba emocionado. Ella ya no temblaba. Después, cuando me dio un beso, suave y sin sangre, cuando se fue de mi lado sin una palabra, me quedé contemplando la medalla con el corazón muy lleno de amor.
Llegué al cuartel. Los centinelas mataban la guardia de garitón a garitón como si tal. La procesión iba por dentro. Después de aquella víspera, todos sabéis lo que pasó…
Esta es la aventura del camarada P… Él acostumbraba a contarla una vez y otra con las mismas palabras, sin quitar punto ni coma. Y si entre los oyentes había alguno nuevo, le enseñaba, como un Custodio, la medalla. La última vez que la contó fue dos noches antes de que se lo llevaran para matarlo como a un perro. Muchos no la creyeron. Yo, sin embargo, una vez concluida la guerra, me llegué por curiosidad un día 18, a la medianoche, hasta la Plaza de Cataluña; y en el banco que hay bajo «La Familia del Toro» vi una muchacha que cuando pasé me miró con unos ojos muy claros y muy grandes. ¿Que a quién esperaba? No sabría decírtelo, lector.
