Estos recuerdos son más que suficientes para desmentir rotundamente la especie -creciente desde entonces y que en algunos momentos de la guerra civil se intensificó para combatir nuestro concepto revolucionario por los enemigos de dentro- de la falta de catolicidad de la Falange (Especie atribuida al fascismo en general y rebatida por José Antonio en el Punto 4 de la carta a Julián Pemartín, publicada en la Historia de la Falange de Sevilla (pág. 26 de la primera edición) y en el volumen III de las Obras Completas de José Antonio (Escritos), pág. 3). Desde luego, José Antonio no quería una Falange beata y gazmoña. Comprendía la religión como la vida, alegremente, sanamente, sin atormentar el alma del creyente con amenazas infernales. Y quería una Iglesia ceñida de manera exclusiva a su misión espiritual y eterna, sin intromisión en funciones ajenas a ella. Bien patente está en todos sus discursos y escritos. Pero como hombre moderno y culto, creía que debía mantenerse -puesto que el hombre es un ser capaz de salvarse o condenarse- una gran tolerancia hacia aquellos que han perdido la fe por accidentes de la vida o por un afán de buscar la Verdad Divina por caminos aparte de los Evangelios. Algunos de estos hombres habían llegado a la Falange, y José Antonio, gran conocedor del corazón humano, adivinaba cómo en sus almas ansiosas de creer sustituían con la idea de España la idea de Dios. ¿Iba a separarles de la Sagrada Hermandad por ese accidente desgraciado de su espíritu y a empujarles hacia los grupos humanos donde se empezaba por negar a Dios y se acababa negando todas las demás hermosas verdades del alma? ¿No era mucho más humano acercara su fe grandiosa a esos desventurados y salvarles para la Patria, librándoles de la desesperación y el desconsuelo del extremismo?
«-Yo soy católico convencido -decía José Antonio a Bravo el domingo 24 de junio de 1934, es decir, unos meses antes del incidente Eliseda-. Pero la tolerancia es ya una norma inevitable impuesta por los tiempos. A nadie puede ocurrírsele perseguir a los herejes como hace siglos, cuando era posiblemente necesario. Nosotros haremos un Concordato con Roma en el que se reconozca toda la importancia del espíritu católico de la mayoría de nuestro pueblo, delimitando facultades. La infancia será educada por el Estado; mas los padres que quieran dar a sus hijos una instrucción religiosa podrán utilizar los servicios del clero con plena libertad. El culto será respetado y protegido. Pero, como sostiene Mussolini -«hombre providencial deparado a Italia», según el Papa-, la formación de la infancia y de la juventud corresponde al Estado. Un acuerdo inteligente sobre el particular evitará todo equívoco».
La tolerancia de José Antonio era maravillosamente ejemplar. Y como en todos los aspectos de su vida de Jefe de Falange, hacía -según su consejo a los demás- «la propaganda con la ejemplaridad de su conducta»; y sin proponérselo, su sencillez en las prácticas religiosas, sin alharacas ni exhibiciones, incitaba a muchos a la imitación. Aunque jamás trataba de hacer de predicador, y menos en su actuación política. Como para Mettemich, para José Antonio la Iglesia era una fuente de moral individual, un consuelo de las almas piadosas, jamás una inspiradora de acción gubernamental (Como el famoso Canciller católico, pensaba también que un político debía tener con la Iglesia una actitud correcta y enérgica.).
Una vez, en conversación privada, le trasladé un ruego del camarada Manuel Mateo, Secretario de la Central Obrera Nacionalsindicalista, quien, procedente del campo comunista, había ingresado en la Falange, sin dejar sus aspiraciones de justicia social, puesto que «podían satisfacerse plenamente con el Estado nacionalsindicalista, que adquirirá un sentido profundo, permanente, total, y dejará de variar su aspecto y tono como ahora lo hace, según el partido político que predomina en su dirección» ( Número 4 de Arriba. Discurso de Manuel Mateo en un acto de propaganda de F. E. de las J.O.N.S. en Jaén.).
Mateo tenía verdadera admiración fanática por José Antonio, y una tarde, hablando con él en su despachito de la Cuesta de Santo Domingo, me contaba cómo había perdido la fe religiosa y cómo le era necesaria para vivir. «-¿Por qué, diplomáticamente, no le dices tú al Jefe que me hable de Dios? El sí lograría devolverme esta fe que me falta hace años.»
-Yo soy misionero de España, no misionero de Dios -me contestó José Antonio cuando le referí la charla con Mateo.
Andando el tiempo, para estupor de quienes le acusaron de laico, su vida y muerte serían glosadas en la altísima tribuna sagrada de la catedral de Burgos por el excelentísimo y reverendísimo Arzobispo de Valladolid, en palabras como éstas: «Aunque sólo tengan valor humano los elogios que voy a tributar a José Antonio Primo de Rivera, serán elogios esplendentes y bien merecidos, por cierto. El supo vivir y, sobre todo, supo morir como siervo bueno y como hijo bueno de la Patria y de la Iglesia. y Dios ordenó en su Providencia amorosísima que nos dejase José Antonio un retrato sublime de su corazón en aquellas horas que precedieron a su muerte: su testamento, que es prueba palmaria de mi afirmación: José Antonio, hijo preclarísimo de España e hijo ferviente de la Iglesia católica.
»No era estoico, era cristiano, y el cristiano es divino y es humano. Cristo es Dios y es hombre, hombre perfecto. Por ser Dios no pierde las características de la naturaleza humana. El cristiano, por ser divino, por llevar en su entendimiento la luz sobrenatural de la fe y las aspiraciones sobrenaturales de la esperanza en el corazón, y los ardores de la caridad en la voluntad, no por eso deja de ser humano; más aún: aquellas fuerzas sobrenaturales, bien aplicadas, aumentan, vigorizan y exaltan todas las fuerzas ordenadas de la humana naturaleza. Ved, pues, a José Antonio, valiente, activísimo, denodado hasta el sacrificio, hasta la muerte, y a la vez de corazón sensible. No merece la recriminación del apóstol San Pablo contra los gentiles: sine afectione: hombre sin corazón.
»Y al final del párrafo sexto (Del Testamento de Alicante, que glosa Su Eminencia), otra lección hermosísima de respeto a la verdad y al buen nombre y fama del prójimo. Ojalá todos la aprendan bien y a ella ajusten su proceder en esta hora en la que no sé cuál sea el arma más terrible y mortífera, si las máquinas de guerra que el ingenio humano produce o las lenguas viperinas que lanzan los proyectiles de la calumnia, de los gases deletéreos de la confusión y del odio, de las desconfianzas y recelos, de las suspicacias e inquietudes y desasosiegos.
»La España que soñaba el Fundador de la Falange es una España en consonancia con el espíritu español y católico que informa, y anima, y vivifica, y engrandece, y sublima el testamento de José Antonio» (Oración fúnebre pronunciada por el Excmo. y Rvdmo. Dr. Gandásegui, Arzobispo de Valladolid, en el funeral celebrado en la catedral de Burgos en sufragio de José Antonio Primo de Rivera el día 20 de noviembre de 1938. (Recogida en el libro Dolor y Memoria de España, Ediciones Jerarquía, págs. 68 y sigs.)).
Para terminar con el espíritu creyente de José Antonio, añadiré que en diciembre de 1935 o enero del 36 nos pidió, una tarde, a Agustín de Foxá y a mí, que le acompañásemos la próxima Cuaresma a hacer ejercicios espirituales. Como el ilustre poeta y yo ensayáramos alguna resistencia, José Antonio, serio, nos dijo: «Os haría un gran bien. Yo he hecho dos veces este retiro, una de ellas con ocasión de una gran crisis espiritual (No pudimos saber cuál: si la súbita muerte de su padre, seguida del feroz alboroto de odio contra su memoria, o si en otra más íntima, cuando la ruptura con «ella». ), y me sirvieron de gran alivio y vigorización.»
-Si nos lo ordenas, iremos contigo como subordinados falangistas, contestó Foxá.
Y José Antonio, vivamente, replicó: «Yo no puedo ni debo mandar eso como Jefe. Os lo aconsejo como amigo. Ahora, si no os ponéis a bien con Dios y os toca caer un día, no aleguéis allá arriba el acto de servicio para libraros del infierno.»
(Aquellos ejercicios espirituales que pensara hacer los seguiría en la Cárcel Modelo…)
Volviendo al asunto Eliseda, recordaré que si bien José Antonio le libró de sanciones «laxantes», no le libró de sanciones económicas. Por entonces, como ya creo haber dicho, la Falange tenía su domicilio en el hotel de la calle del Marqués del Riscal, número 16, alquilado para su oficina política por el Diputado a Cortes don Francisco Moreno Herrera. La Falange era pobre, alegre y pícara como una bandada de gorriones. (Si hubiera sido rica, seria y circunspecta, con oficinas, archivos, ficheros y teletipos, no hubiese sido, como era, el mismo corazón de España.) La ruptura con Eliseda la puso en el trance de reunirse en los bancos de los paseos públicos. No es que hubiese dejado de amar la intemperie ni que el Centro de Riscal, casi sin muebles, con cristales rotos y habitaciones destartaladas, fuese mucho más que la misma intemperie. Pero por aquel entonces empezaban a funcionar los Sindicatos y se había creado una oficina de parados, a la que cada día llegaban centenares de obreros, asqueados del marxismo, con la esperanza de obtener una colocación -que toda la Falange buscaba afanosa entre los patronos conocidos, sin grandes éxitos, por cierto, pues los patronos, no obstante ser antimarxistas, padecían de un miedo terrible a los Sindicatos ugetistas y cenetistas y no se atrevían a colocar a ningún obrero que no llevara sus carnets-. Las Milicias, que continuaban sus entrenamientos por pequeños grupos en las orillas del Jarama., necesitaban un lugar donde poder acuartelarse en un momento dado; F.E., que volvía a salir, necesitaba redactarse en algún sitio. Y el número de afiliados, aumentando perezosamente, exigía un local para su control y administración. El Marqués de la Eliseda pretendió inútilmente echar a la calle a la Falange que, bonitamente, se le quedó «en precario» en la oficina política.
Se intentó el desahucio y José Antonio puso toda su habilidad de abogado en defender la permanencia en Riscal. -No nos iremos –decía- hasta que Paquito Andes nos gane el pleito en el Supremo.
En efecto, la Falange, desahuciada, cortadas la luz y el agua, se sostuvo en el histórico hotelito hasta principio de 1935. Con la luz se empleaban todos los subterfugios -bien conocidos- de empalmes y combinaciones. Cuando a veces los agentes de vigilancia eléctrica veían iluminadas las ventanas y entraban a protestar y a amenazar con multas y otros fieros males, la Falange les remitía al inquilino.
«-A Paquito le va a dar un ataque -decía José Antonio-. Pero si le da será de frente y no alevoso, como el que él ha querido asestar a la Falange.»
