INTRODUCCIÓN
La Guerra Civil Española es uno de los acontecimientos más estudiados y debatidos de la historia contemporánea de España. Las interpretaciones sobre sus causas, sus protagonistas y el contexto político previo siguen generando intensos debates historiográficos y políticos.
Durante los años anteriores al conflicto, especialmente en el periodo de la Segunda República Española, España vivió una fuerte polarización política, con enfrentamientos ideológicos entre diferentes proyectos de país. Las tensiones sociales, los discursos radicalizados y los conflictos políticos fueron configurando un clima de creciente inestabilidad que acabaría desembocando en el estallido de la guerra en 1936.
En ese contexto histórico, muchos autores recurrieron a la literatura y a la poesía patriótica como una forma de expresar su visión sobre España, la nación y los acontecimientos políticos que estaban transformando el país.
Entre los axiomas repetidos hasta la saciedad por la actual manipulación histórica, se califica a la Guerra Civil Española como una guerra de la “democracia contra el fascismo”, e incluso como la “primera batalla de la II Guerra Mundial”, pero en realidad cuando nos ponemos a estudiar las causas de la guerra civil y a profundizar en la naturaleza de sus personajes, descubrimos que ni los unos eran demócratas ni los otros eran fascistas.
Para empezar, creer que aquel gobierno del Frente Popular de 1936 era un gobierno de demócratas es simplemente un insulto a la inteligencia que sólo ha podido calar tras décadas de constante propaganda y manipulación; una falacia que es más fácil de inocular en las nuevas generaciones que por edad ya no vivieron aquellos acontecimientos.
Aquel gobierno y aquella coalición de partidos adoptó el nombre de “Frente Popular”, siguiendo el dictamen de la Internacional Comunista y las instrucciones del totalitarismo genocida de Stalin, que pasó de llamar a los socialdemócratas como “socialfascistas” a hacer un llamamiento para que los comunistas de cada país se agruparan en coalición con los socialistas en frentes populares; y así se hizo en España, con un PSOE marxista que facilitó la coalición, pues se había volcado a la revolución que preconizaba su líder Largo Caballero.
Fíjense que aquel Frente Popular estaba integrado por gentes tan “demócratas” como socialistas marxistas, comunistas estalinistas, terroristas anarquistas, nacionalistas racistas y separatistas, como el PNV, y por republicanos de izquierda golpistas, además de con una tercera parte de masones entre sus filas. Y todos los integrantes de aquel Frente Popular antes que los militares en 1936, ya se habían sublevado previamente o habían conspirado contra esa misma II República. El golpe revolucionario más conocido, fue el de 1934, unos meses después de que los “demócratas” del Frente Popular no aceptaran que la derecha ganase las elecciones.
El derrumbe de la legalidad republicana no se produjo el 18 de julio de 1936 con el golpe militar, sino que previamente las izquierdas ya la habían dinamitado. Existen testimonios sobrados para afirmar que el resultado de las elecciones de febrero de 1936 fueron un fraude, porque la izquierda dio un pucherazo. Algo que atestiguan por escrito, por ejemplo, dos presidentes de aquella república, el izquierdista Manuel Azaña y el liberal Alcalá Zamora, cuyos diarios vinieron a confirmar las irregularidades de aquellas elecciones, diarios que se recuperaron recientemente tras 75 años en que fueron sustraídos de la caja de un banco por los saqueadores de la milicia del Frente Popular.
EL FRAUDE EN LAS ELECCIONES DE 1936
Las numerosas irregularidades que hubo en las elecciones de febrero de 1936, las invalidan de plano para considerarlas como democráticas o legales. Esta cuestión es la guinda del pastel de la manipulación histórica sobre aquellos acontecimientos que desencadenaron una guerra civil y cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. La propaganda repite machaconamente que hubo unas elecciones democráticas que ganaron las izquierdas y que después “4 militares fascistas se levantaron contra el pueblo con el apoyo de la Iglesia, y contra el progreso social que había traído la democracia republicana”. Es un lenguaje simple pero eficaz, sin embargo la realidad fue muy distinta.
Por el lado de los nacionales, el Ministerio de Gobernación, en diciembre de 1938 designó una comisión de 22 juristas de prestigio para que elaborasen un dictamen sobre la ilegitimidad del gobierno del Frente Popular, que se llamó “Dictamen de la comisión sobre ilegitimidad de los poderes actuantes el 18 de julio de 1936”, y en él se decía:
“Al realizarse el escrutinio general de las elecciones se utilizó en diversas provincias el procedimiento delictivo de la falsificación de actas, proclamándose diputados a quienes no habían sido elegidos; con evidente arbitrariedad se anularon elecciones de diputados en varias circunscripciones para verificarse de nuevo en condiciones de violencia y coacción que las hacían inválidas; se declaró la incapacidad de diputados que no estaban real y legalmente incursos en ella, apareciendo acreditado también que, como consecuencia de tal fraude electoral, los partidos del llamado “Frente Popular” aumentaron sus huestes parlamentarias y los partidos de significación opuesta vieron ilegalmente mutilados sus grupos…”
Por el lado de los republicanos, contamos con las declaraciones que hizo el presidente de la II República, Niceto Alcalá Zamora, al Journal de Geneve, publicadas en 1937:
«A pesar de los refuerzos sindicalistas, el Frente Popular obtenía solamente un poco más, muy poco, de 200 actas, en un Parlamento de 473 diputados. Resultó la minoría más importante, pero la mayoría absoluta se le escapaba. Sin embargo, logró conquistarla consumiendo dos etapas a toda velocidad, violando todos los escrúpulos de legalidad y de conciencia.
Primera etapa: desde el 17 de febrero, incluso desde la noche del 16, el Frente Popular, sin esperar el fin del recuento del escrutinio y la proclamación de los resultados, la que debería haber tenido lugar ante las Juntas Provinciales del Censo en el jueves 20, desencadenó en la calle la ofensiva del desorden, reclamó el Poder por medio de la violencia. Crisis: algunos Gobernadores Civiles dimitieron. A instigación de dirigentes irresponsables, la muchedumbre se apoderó de los documentos electorales: en muchas localidades los resultados pudieron ser falsificados.
Segunda etapa: conquistada la mayoría de este modo, fue
fácil hacerla aplastante. Reforzada con una extraña alianza con los reaccionarios vascos, el Frente Popular eligió la Comisión de validez de las actas parlamentarias, la que procedió de una manera arbitraria. Se anularon todas las actas de ciertas provincias donde la oposición resultó victoriosa; se proclamó diputados a candidatos amigos vencidos. Se expulsó de las Cortes a varios diputados de las minorías. No se trataba solamente de una ciega pasión sectaria; hacer en la Cámara una convención, aplastar a la oposición y sujetar al grupo menos exaltado del Frente Popular. Desde el momento en que la mayoría de izquierdas pudiera prescindir de él, este grupo no era sino el juguete de las peores locuras”.
Y añade el presidente Alcalá Zamora:
Manuel Becerra (…) conocedor como último ministro de Justicia y Trabajo de los datos que debían escrutarse, calculó un 50% menos las actas, cuya adjudicación se ha variado bajo la acción combinada del miedo y la crisis».
Niceto Alcalá Zamora escribiría también:
“A instigación de dirigentes irresponsables, la muchedumbre se apoderó de los documentos electorales; en muchas localidades los resultados pudieron ser falsificados. Muestra elocuente de la “pureza” con que el mismo Portela ganó su acta en Pontevedra, fue la condescendencia con que el Frente Popular pagó tal vez su complicidad, haciendo que se lucrara con 22.000 votos absolutamente falsos, pero que necesitaba para derrotar a un derechista. A tanto llegó el desenfado, que en otras localidades, como en Málaga, después del asalto del Frente Popular, aparecieron, no una sección sola, sino múltiples, y alguna de tradicional fama derechista, con los censos totalmente volcados y aún con mayor número de sufragios que el de electores en favor de la conjunción revolucionaria y “ni un solo voto” en favor de los candidatos de derechas”.
Es importante también indicar que en 1936 las milicias rojas sustrajeron de la caja de un banco en Madrid las memorias y documentos del presidente de la II República, Niceto Alcalá Zamora, en los que se hablaba entre otros asuntos del fraude electoral de febrero de 1936, afortunadamente en 2008 la Guardia Civil recuperó estos documentos puestos a la venta por un empresario de Valencia.
Manuel Azaña explicaba con sorna cómo manipularon los resultados para conseguir más escaños en una carta a su cuñado Cipriano Rivas Cherif, fechada el 19 de marzo de 1936:
“En la Coruña íbamos a sacar cinco o seis (diputados). Pero antes del escrutinio surgió la crisis, y entonces los poseedores de 90.000 votos en blanco se asustaron ante las iras populares, y hemos ganado los trece puestos… ¡Veleidades del sufragio!… Han sacado al otro… para que no saliera Emiliano, a quien metimos preso la misma noche de formarse el gobierno, para salvarle la vida, decían los de allí… hemos sacado… otro en Guipúzcoa… y no tenemos dos, porque los comunistas se llevaron las actas pistola en mano”
Los escrutinios fueron realizados en muchos lugares en condiciones de coacción de las hordas izquierdistas, Azaña reconoce que “los gobernadores de Portela habían huido casi todos. Nadie mandaba en ninguna parte y empezaron los motines». Basta pensar que los gobernadores eran los responsables de velar por los democráticos recuentos. La segunda vuelta no fue presidida ya por Portela que fue obligado a dimitir, sino ilegalmente por Azaña. Y en una Escandalosa y posterior revisión de actas a cargo de los frentepopulistas, erigidos en juez y parte, se despojó todavía de más escaños a la derecha. Para acabar, Azaña advirtió que el poder no saldría ya de manos de la izquierda.
La izquierda republicana siempre trató de hacer una república a su medida y en la que la derecha tuviera muy pocas posibilidades de gobernar como sucedía en la república mejicana, con el hegemónico PRI, a su vez dominada por la masonería, como masones eran todos los integrantes del nuevo gobierno: Manuel Azaña, Augusto Barcia Trelles, el general Carlos Masquelet Lacaci, Santiago Casares Quiroga, Manuel Blasco Garzón, Marcelino Domingo Sanjuán, José Giral Pereira, Antonio de Lara y Zárate y Mariano Ruiz-Funes García. Un gobierno constituido antes de la segunda vuelta y bajo la presidencia de Azaña tras la dimisión de Portela.
Los resultados de dichas elecciones nunca fueron publicados oficialmente, un elemento que ya hacía a esas elecciones ilegales. Hubo irregularidades contra las candidaturas de derechas en las provincias de Cáceres, La Coruña, Lugo, Pontevedra, Granada, Cuenca, Orense, Salamanca, Burgos, Jaén, Almería, Valencia y Albacete, entre otras. En Cuenca hubo colegios electorales en los que la derecha no sacó un solo voto, pues las actas que eran adversas al Frente Popular fueron robadas por los propios delegados del gobierno. Pero a pesar de que nunca se conocieron los datos oficiales, hoy tras diferentes estudios e investigaciones podemos afirmar que el Frente Popular no obtuvo más votos que la derecha, sin embargo todas estas irregularidades sirvieron para aumentar exponencialmente sus escaños.
Otra ilegalidad manifiesta fue la propia disolución de las Cortes por segunda vez por el presidente Alcalá Zamora para convocar nuevas elecciones, algo inconstitucional, pero que aceptó debido a las presiones de la izquierda y al clima de inestabilidad que se respiraba. Después Azaña, en un acto de justicia poética, le pagó el favor a Alcalá Zamora derribándolo de la presidencia con el apoyo del Frente popular el 7 de abril, indicando precisamente el hecho de que había disuelto inconstitucionalmente las Cortes dos veces, sin importar que hubiera beneficiado a la izquierda.
LA CONFIRMACIÓN DEL FRAUDE
Tras escribir el anterior artículo, unos meses después y en marzo de 2017, se publicaba el libro «1936 FRAUDE y VIOLENCIA en las elecciones del Frente Popular» que venía a confirmar lo que ya sabíamos, el pucherazo en las elecciones de 1936 en las que las izquierdas le robaron al menos 50 diputados a la derecha y que fue la derecha la que ganó las elecciones al obtener unos 700.000 votos más que la izquierda. Este libro recoge el trabajo de investigación de Roberto Villa García y Manuel Álvarez Tardío, ambos profesores de la universidad Rey Juan Carlos, que han revisado las actas y los documentos pertenecientes a Alcalá Zamora y que estaban bajo llave con el gobierno de Zapatero desde el día que la Guardia Civil los había incautado a un empresario que trataba de venderlos. Este estudio pormenorizado determina las dimensiones del pucherazo y sobre todo el proceso de falsificación y violencia que acontecieron en aquellos días.
«Cuando empezamos esta investigación éramos escépticos sobre la profundidad del fraude. Sabíamos de irregularidades en dos provincias concretas, pero no estaba en nuestra hipótesis de partida que el fraude pudiera alterar los resultados tanto. Los datos han demostrado que la victoria del Frente Popular en la primera vuelta solo fue posible con esta falsificación», explicó Roberto Villa García, especializado en historia electoral, para el periódico ABC.
EL TALANTE «DEMOCRÁTICO» DEL PSOE QUE AMENAZÓ CON LA GUERRA CIVIL Y CON LA REVOLUCIÓN
A la cabeza de la izquierda del gobierno del Frente Popular estaba el PSOE que a diferencia de los partidos socialdemócratas europeos era convencidamente marxista y estaba resueltamente entregado a la causa de la revolución y a la implantación de la dictadura del proletariado, que era el nombre que daba Marx a la forma primera de gobierno socialista hasta alcanzar la segunda etapa: el “paraíso comunista”.
Entre los líderes del PSOE destacaba Largo Caballero, que fue su secretario general de 1932 a 1935, y también secretario general del sindicato socialista UGT de 1918 a 1938. A Largo Caballero sus partidarios lo llamaban “el Lenin español”. Como entre las aspiraciones del PSOE no estaba la democracia, el partido socialista colaboró activamente con la dictadura de Miguel Primo de Rivera, dictadura acaecida seis años antes a la franquista y en la que Largo Caballero fue Secretario de Estado, colaboración de la que el PSOE se benefició enormemente para consolidarse como el partido de masas de la izquierda española durante los años 20 frente a los anarquistas.
El «Lenin español», como llamaban al líder socialista Largo Caballero habló largo y tendido en sus discursos de la «República burguesa» como despreciaba a la II República, de sus deseos de ir a la guerra civil si ganaban las elecciones las derechas y de hacer la revolución para imponer «la dictadura del proletariado». Aquella república sólo les interesaba si la controlaban sectariamente y progresivamente iban anulando a los adversarios, saltándose su propia legalidad y utilizándola como un periodo de tránsito hacia la república socialista, al igual que los bolcheviques aplicaron las tesis de Lenin.
Entre las pruebas de que aquel gobierno no luchaba por la democracia sino por la revolución se encuentra la carta que en diciembre de 1936, Stalin envió a Largo Caballero aconsejándole que abra un Parlamento aparentemente democrático como estratagema para así ganarse la ayuda de las democracias liberales, y no sus justificadas sospechas. Largo Caballero le contestó que en la zona frentepopulista, en la que él presidía el Gobierno, nadie sentía la menor inclinación hacia las formas parlamentarias, y en su carta del día 6 de enero de 1937, le contestaba a Stalin: “Cualquiera que sea la suerte que el porvenir preserva a la institución parlamentaria, ésta no goza entre nosotros, ni aun entre los republicanos, de defensores entusiastas.”
Al mes de empezada la guerra civil los republicanos hicieron presidente del gobierno a Largo Caballero para apuntalar el carácter revolucionario del Frente Popular y no la malherida legalidad republicana y su escasa democracia, con leyes como la de “en defensa de la república” por la que se habían cerrado numerosos medios de la derecha y encarcelado a muchos opositores durante los cortos años de la II República.
Sigamos viendo el talante democrático del PSOE, en contra de la propaganda y el lavado de cerebros actual, no sólo de su fundador sino de su máximo exponente durante los años 30, Largo Caballero, aquel que ya antes había sido secretario de estado con la dictadura de Primo de Rivera, un rápido vistazo a sus discursos nos hará ver el carácter genocida, antidemocrático, totalitario, revolucionario y violento, del «Lenin español». Como dijo el socialista Besteiro: «Largo Caballero nos lleva a la guerra civil y no tenemos ninguna garantía de ganarla». La izquierda socialista habló de guerra civil incluso años antes de 1936, organizó la fracasada revolución de 1934 contra el gobierno elegido en la república, el de la derecha de 1933, y por tanto la izquierda buscó la guerra civil y la perdió, porque media España no se iba a dejar exterminar ni robar o verse atacada en su religiosidad por las hordas socialistas de los años 30 ni por el resto de la izquierda y la masonería sin actuar en legítima defensa.
FRASES DE PABLO IGLESIAS, FUNDADOR DEL PSOE:
«Los socialistas estarán en la legalidad mientras la legalidad les permita adquirir lo que necesitan; fuera de la legalidad cuando ella no les permita realizar sus aspiraciones»
«Tal ha sido la indignación producida por la política del gobierno presidido por el Sr. Maura, que los elementos proletarios, nosotros de quien se dice que no estimamos los intereses de nuestro país, amándolo de veras, sintiendo las desdichas de todos, hemos llegado al extremo de considerar que antes que su señoría suba al poder debemos llegar al atentado personal» (diario de sesiones de las cortes).
PALABRAS DE LARGO CABALLERO, LÍDER DEL PSOE:
«El jefe de Acción Popular decía en un discurso a los católicos que los socialistas admitimos la democracia cuando nos conviene, pero cuando no nos conviene tomamos por el camino más corto. Pues bien; yo tengo que decir con franqueza que es verdad. Si la legalidad no nos sirve, si impide nuestro avance, daremos de lado a la democracia burguesa e iremos a la conquista revolucionaria del Poder».
«La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la revolución».
«Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos».
«Nuestro partido, es ideológicamente, tácticamente, un partido revolucionario […] cree que debe desaparecer este régimen».
«En esta acción nos lo jugamos todo y debemos hallarnos dispuestos a vencer o morir. Nadie espere triunfar en un día en un movimiento que tiene todos los caracteres de una guerra civil».
«Cada pueblo tiene que hacerse a la idea de que tiene que ser un firme sostén de la insurrección. El triunfo del movimiento descansará en la extensión que alcance y en la violencia con que se produzca, más el tesón con que se defienda. En esta acción nos lo jugamos todo y debemos hallarnos dispuestos a vencer o morir. Una vez empezada la insurrección no es posible retroceder».
«Se prohíbe sacar copias de estas instrucciones. Quemad estas instrucciones tan pronto os hayáis enterado».
«No creemos en la democracia como valor absoluto. Tampoco creemos en la libertad».
«La transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas… estamos ya hartos de ensayos de democracia; que se implante en el país nuestra democracia».
«Si no nos permiten conquistar el poder con arreglo a la Constitución… tendremos que conquistarlo de otra manera».
«En España, afortunadamente, no existe peligro de fascismo».
«No es así como lo entendemos. La dictadura del proletariado no es el poder de un individuo, sino del partido político expresión de la masa obrera, que quiere tener en sus manos todos los resortes del Estado, absolutamente todos, para poder realizar una obra de Gobierno socialista».
«Cuando el Frente Popular se derrumbe, como se derrumbará sin duda, el triunfo del proletariado será indiscutible. Entonces estableceremos la dictadura del proletariado, lo que […] quiere decir la represión […] de las clases capitalistas y burguesas».
«La lógica histórica aconseja […] soluciones más drásticas […] Si el estado de alarma no puede someter a las derechas, venga, cuanto antes, la dictadura del Frente Popular. Es la consecuencia lógica e histórica del discurso de Gil Robles. Dictadura por dictadura, la de las izquierdas ¿No quiere el gobierno? Pues sustitúyale un Gobierno dictatorial de izquierdas […] ¿No quiere la paz civil? Pues sea la guerra civil a fondo […] Todo menos un retorno de las derechas».
«La democracia es solo el primer paso hacia la consecución de la dictadura del proletariado. Que nadie dude que el poder será nuestro, por las buenas o por las malas. […] Quiero decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos».
«Hay que apoderarse del poder político; pero la revolución se hace violentamente: luchando, y no con discursos».
«Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera de mi participación en el movimiento revolucionario de 1934. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria. Estoy exento de responsabilidad en la génesis de aquel movimiento, pero la tengo plena en su preparación y desarrollo. Por mandato de la minoría socialista, hube yo de anunciarlo sin rebozo desde mi escaño en el Parlamento. Y yo acepté misiones que otros rehuyeron, porque tras ellas asomaba, no sólo el riesgo de perder la libertad, sino el de perder la honra».
«En las elecciones de abril [de 1931], los socialistas renunciaron a vengarse de sus enemigos y respetaron vidas y haciendas; que no esperen esa generosidad en nuestro próximo triunfo. La generosidad no es arma buena. La consolidación de un régimen exige hechos que repugnan, pero que luego justifica la Historia».
«Vamos a la Revolución social. ¿Cómo? (una voz del público: “como en Rusia”) No nos asusta eso… Habrá que expropiar a la burguesía por la violencia».
«Tenemos que recorrer un periodo de transición hasta el socialismo integral, y ese período es la dictadura del proletariado, hacia la cual vamos. Había que ‘preparar la ofensiva socialista'».
«Se dirá: ¡Ah ésa es la dictadura del proletariado! Pero ¿es que vivimos en una democracia? Pues ¿qué hay hoy, más que una dictadura de burgueses? Se nos ataca porque vamos contra la propiedad. Efectivamente. Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (“Como en Rusia”, dice una voz del público). No nos asusta eso. Vamos, repito, hacía la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas habrá que obtenerlo por la violencia… nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente (Gran ovación). Eso dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil… No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. El 19 vamos a las urnas… Más no olvidéis que los hechos nos llevarán a actos en que hemos de necesitar más energía y más decisión que para ir a las urnas. ¿Excitación al motín? No, simplemente decirle a la clase obrera que debe prepararse… Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista».
«Ese intento [Disolver las Cortes por falta de mayoría para formar un gobierno] sólo sería la señal para que el PSOE y la UGT lo considerasen como una provocación y se lanzasen incluso a un nuevo movimiento revolucionario. No puedo aceptar la posibilidad, que sería un reto al partido, y que nos obligaría a ir a una guerra civil».
«Un recuerdo para todas las víctimas ocasionadas por la represión brutal de octubre [de 1934]… y que prometemos que hemos de vengarlas… No vengo aquí arrepentido de nada… Yo declaro… que, antes de la República, nuestra obligación es traer al socialismo… Hablo de socialismo marxista… socialismo revolucionario… somos socialistas pero socialistas marxistas revolucionarios… Sépanlo bien nuestro amigos y enemigos: la clase trabajadora no renuncia de ninguna manera a la conquista de Poder… de la manera que pueda…La República… no es una institución que nosotros tengamos que arraigar de tal manera que haga imposible el logro de nuestras aspiraciones… Nuestra aspiración es la conquista del poder… ¿Procedimiento? El que podamos emplear!… Parece natural que se aprovechase ahora la ocasión para inutilizar a la clase reaccionaria, para que no pudiera ya levantar cabeza».
EL TALANTE DEMOCRÁTICO DE LAS DEMÁS FUERZAS DEL FRENTE POPULAR
Al leer las crónicas en la prensa, como la prensa oficial transmisora de los alegatos de los partidos de izquierda, o los discursos de los líderes, o las instrucciones de los órganos de los partidos del Frente Popular, sean socialistas, comunistas, trotskistas o anarquistas, nos encontraremos con la misma diatriba violenta y revolucionaria de Largo Caballero y de los socialistas del PSOE. Unas posturas obviamente nada democráticas y todo lo contrario a lo que ha venido afirmando la propaganda histórica con visos a influir en la realidad política actual.
Es cierto que las fuerzas políticas del Frente Popular, una vez empezada la guerra civil, añadieron a su tónica revolucionaria un continuo llamamiento a defender la “democracia republicana”, pero se trataba de puro postureo de cara a la galería internacional. No les interesaba la “democracia republicana” sino una república dominada por la izquierda, y entendida como una etapa previa hacia la república socialista, no existía la tolerancia hacia las fuerzas contrarias sino el deseo de aniquilarlas. La izquierda hablaba de democracia pero cuando la derecha ganó las elecciones de 1933, sin irregularidades, la izquierda organizó una revolución que fracasó en todo el país.
En realidad el Frente Popular tenía interés en enarbolar cierta apariencia democrática de cara a las democracias europeas, como Inglaterra y Francia. Pronto los comunistas españoles, que según avanza la guerra se convierten en el partido con más peso en el gobierno y en el ejército, reciben instrucciones de Stalin y de la Comintern, la directriz de “primero ganar la guerra y después hacer la revolución”, una política que iba encaminada a no espantar a estas democracias europeas, con las que Stalin intuía que habría de aliarse en el futuro en una nueva guerra con Alemania, como después sucedió. En cualquier caso los estragos de la revolución llegaron a cada rincón de la España del Frente Popular, a pesar de los intereses de la política internacional de Stalin, y a pesar del gobierno del Frente Popular que trataba de ocultar la revolución en España, esperando cierto respaldo.
Las democracias europeas no se llevaron a engaño, especialmente Inglaterra, pues estaban bien informadas por sus delegaciones diplomáticas en Madrid sobre el clima de violencia revolucionaria que se vivía en las calles frentepopulistas; con las huelgas, los disturbios, asesinatos, saqueos, con el asesinato del líder de la oposición José Calvo Sotelo, con los “paseos” de las checas o el genocidio de Paracuellos.
Pronto el gobierno de Inglaterra impulsó el tratado de no intervención en la guerra civil española, en perjuicio de la España del Frente Popular; a Inglaterra tampoco le agradaba la idea de que se instalase en España una dictadura militar que podía convertirse en un país satélite de la Alemania nacional-socialista, hecho que después tampoco sucedió, pero lo prefería a tener un país comunista en Europa occidental.
Francia, cuyo gobierno se asemejaba más al del Frente Popular, le vendió armamento al gobierno de la II República, pero después se abstuvo. Por tanto tras la negativa de las democracias europeas a intervenir en la guerra en España, la URSS se convirtió en el gran suministrador de material militar a la España autodeno-minada como “roja”. Un armamento que Stalin se cobró a precio de oro con las reservas de oro del banco de España. Mucho se ha escrito del armamento comprado a italianos y a alemanes por el bando nacional, con su correspondiente condena, pero poco se ha escrito y condenado sobre las ingentes cantidades de material soviético que llegaron a España. Mucho se ha condenado a Franco por recibir armamento de Mussolini y de Hitler, pero poco a los que lo recibieron de Stalin, y más si tenemos en cuenta que los crímenes de Stalin en 1936 ya se contaban por millones, pero aún no se había producido el holocausto ni los crímenes de la Alemania-nacional socialista durante la II Guerra Mundial.
En 1938 y antes de acabar la guerra civil, Inglaterra reconoció a la España de Franco. Finalmente la Rusia socialista firmó el Pacto Ribbentrop-Mólotov, o Tratado de no Agresión con la Alemania nacional-socialista y para sorpresa de todos. En aquel pacto ambos países secretamente se repartieron el este europeo, pues no hay que olvidar que cuando Hitler invade Polonia (lo que termina de provocar la guerra con Francia e Inglaterra) a la vez la URSS invade la otra mitad de este país, algo que no suele destacarse, además de invadir los países bálticos y Finlandia por el ejército rojo. En 1939 la desidia del Frente Popular francés facilitó que Francia fuera invadida por la Alemania nacional-socialista en apenas un mes. Y tras la caída de la URRS en 1991 se desclasificaron los acuerdos que hizo el último presidente de la República Española, el socialista Negrín con Stalin para una vez acabada la guerra civil establecer en España una dictadura en forma de república popular al estilo de las que pocos años después veríamos en los países del este europeo.
Pero veamos ese “talante democrático” de las fuerzas que integraban el Frente Popular, el de los socialistas ya lo vimos antes, y saquemos nuestras propias conclusiones:
Por ejemplo, el 23 de enero de 1936(los militares se alzaron en julio), el Mundo Obrero, órgano del PCE, escribía:
“Siempre hemos intentado formar un partido unido que no tuviera nada que ver, directa o indirectamente con la burguesía: un partido que adoptara como norma la insurrección armada para la conquista del poder y el establecimiento de la dictadura del proletario…”.
Y el 5 de marzo de 1936, el Mundo Obrero abogaba por el “reconocimiento de la necesidad del derrocamiento revolucionario de la dominación de la burguesía y la instauración de la dictadura del proletariado en la forma de soviets”.
Manuel Azaña, de Izquierda Republicana, escribía el 19 de marzo de 1936, al mes de ser proclamado Presidente del Gobierno, otra carta a su cuñado en la que dejaba testimonio de la anarquía revolucionaria por la que se deslizaba el país:
“Creo que van más de doscientos muertos y heridos desde que se formó el Gobierno, y he perdido la cuenta de las poblaciones en que han quemado iglesias y conventos: ¡hasta en Alcalá!… Habían comenzado los motines y los incendios. En las cárceles andaban a tiros. Aquella noche se escaparon tranquilamente de las de Gijón mil cien presos… En Oviedo los imitaron… los republicanos empezaron a enfadarse… Hasta los desórdenes me los perdonaban, y el que más y el que menos los encontraba… naturales. Ahora vamos cuesta abajo por la anarquía persistente de algunas provincias, por la taimada deslealtad de la política socialista… por las brutalidades de unos y otros, por la incapacidad de las autoridades, por los disparates… en casi todos los pueblos, por los despropósitos que empiezan a decir algunos diputados republicanos de la mayoría. No sé, en esta fecha como vamos a dominar esto”.
José Mª Gil Robles denunciaba en las Cortes el 16 de junio de 1936, los ataques que había sufrido la España que no comulgaba con el Frente Popular en manos de la izquierda, desde el 16 de febrero al 15 de junio de 1936, y los enumeraba de la siguiente manera:
“Iglesias totalmente destruidas: 160. Asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto, etc.: 251. Muertos: 269. Heridos de diferente gravedad: 1.287. Agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan: 215. Atracos consumados: 138. Tentativas de atraco: 23. Centros de Acción Católica, políticos, públicos o particulares destruidos: 69. Asaltados: 312. Huelgas generales: 113. Huelgas parciales: 228. Periódicos destruidos: 10. Asaltos a periódicos, intentos y destrozos: 33. 207Bombas estalladas y petardos: 146. Halladas sin explotar: 78.
El 2 de febrero de 1936 en un mitin del POUM celebrado en el Price de Barcelona, Andrés Nin, decía a sus seguidores: “La Iglesia será destruida. Se dará la tierra a los campesinos y la libertad a las nacionalidades. Las revoluciones burguesas dejan intacto el aparato del Estado. El proletario destruirá este aparato…”
El alcalde masón de Alicante, Lorenzo Carbonell, de Coalición Republicano Socialista dijo antes de las elecciones de 1936: “El 16 de febrero no dejéis votar a las beatas ni a las monjas; cuando veáis a alguien que lleve en la mano una candidatura de derechas, cortarle la mano y rompérsela en las narices y se la hacéis comer”.
Los anarquistas de la CNT, por su parte publicaron un folleto para sus afiliados titulado “Uno en tres”, que en la primera parte enseñaba la “táctica revolucionaria”; en la segunda daba los detalles técnicos, y en la tercera explicaba detalladamente cómo fabricar bombas.
El 16 de abril de 1936, José Díaz, secretario del PCE se dirigía a Gil Robles, líder de la oposición, en las cortes: “Decía Gil Robles que era preferible morir en la calle a morir no sé de qué manera… Yo no sé cómo morirá el señor Gil Robles… pero sí puedo afirmar que morirá con los zapatos puestos”.
En el Congreso Provincial del Partido Comunista de Madrid, el diputado Jesús Hernández señalaba: “Bien cerca de nuestros Pirineos, en la Francia de 1789 los trabajadores franceses cargaban carretas de nobles para llevarlos a la guillotina. Hay que deplorar que la República española no haya cargado todavía ninguna carreta”.
El escritor alemán Hellmuth Günther Dahms, en su libro “La guerra española”, señala lo siguiente:
“El 6 de junio el Partido Comunista comunicaba a todos sus funcionarios “órdenes y consignas” precisas, directrices para el comienzo de la lucha. Estas órdenes disponían el armamento y el ataque de los grupos de choque, la colaboración con las células rojas de los cuarteles y las localidades que debían tomarse, y determinaban qué miembros del Gobierno, gobernadores civiles, funcionarios de Seguridad, oficiales, miembros de los partidos y propietarios tenían que ser fusilados con sus familiares. Los “elementos neutrales” debían ser amedrentados por el terror, y se daba gran importancia a las luchas callejeras, a los asaltos nocturnos, a los medios rápidos de transporte, a los vehículos blindados, a las pistolas ametralladoras y a los uniformes falsos. En el documento se habla siempre de “milicias” o de “milicianos de filiación marxista”, es decir, de las tropas revolucionarias de todos los grupos del Frente Popular”.
El que fuera después ministro de Gobernación, Ángel Galarza Gago, en la sesión del 1 de julio de 1936, dos semanas antes del asesinato a Calvo Sotelo, se dirigió al diputado monárquico en estos términos: “La violencia puede ser legítima en algún momento. Pensando en Su Señoría encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida”.
A finales de Junio de 1936, el diario “New York Times”, señalaba que en España reinaba la anarquía pre-revolucionaria, que el PSOE era un partido revolucionario de fanáticos, y afirmaba que sólo en cuarenta y ocho horas habían sido quemadas en España treinta y seis iglesias. Dicha nota de prensa terminaba así: “No hay en España ni seguridad ni tranquilidad. Ni en las ciudades ni en las carreteras”.
Es difícil imaginar que con este tipo de mensajes emitidos por la izquierda, se podría vaticinar un futuro halagüeño para España. Y con estas muestras es suficiente para hacerse una idea de que las fuerzas políticas del Frente Popular no eran democráticas como sostiene la manipulación histórica. Tampoco al bando nacional les movía el espíritu democrático a partir de 1936, pues para el bando franquista el liberalismo en la II República había traído el caos, la división y la revolución, pero en este caso nadie intenta manipularnos para convencernos que los nacionales eran unos demócratas.
CONCLUSIÓN
La Guerra Civil española sigue siendo un episodio complejo que requiere un análisis riguroso y plural para comprender sus causas y consecuencias. Los acontecimientos políticos de los años previos, las tensiones ideológicas y la polarización social contribuyeron a crear un escenario extremadamente conflictivo.
La literatura y la poesía patriótica surgieron como una forma de canalizar emociones, ideas y posicionamientos políticos en un momento de profunda crisis nacional. A través de estos textos se puede observar cómo distintos sectores de la sociedad interpretaron la situación histórica que vivía España.
Analizar estas expresiones culturales permite comprender mejor el clima intelectual y político de la época, así como la importancia que la memoria histórica y la identidad nacional han tenido en la construcción del relato sobre aquel periodo de la historia española.
