¿A quién que, además de espectador, hubiera de intervenir en su preparación no le llena de orgullo cerrar los ojos y evocar la inmensa sala abarrotada de un gentío inmenso, y entre él, millares de camisas azules despechugados y remangados, alzando los brazos con un fervor nunca visto en España?
Yo recuerdo la tarde anterior en el Centro. José Antonio estaba preocupadísimo.
-No se va a medio llenar la sala -decía. Mateo, contagiado de pesimismo, gruñía a los de Prensa y Propaganda:
-Tenéis monomanía de grandezas. Podíais haber buscado otro lugar más pequeño y no quedaríamos desairados. Julio preguntaba:
-¿Es verdad que habéis repartido diez mil invitaciones? Y cada uno de nosotros -un poco temerosos también- repetíamos:
-Y las cincuenta que yo he entregado personalmente se recogerán a la entrada. Ya lo veréis. Cadenas, que siempre argumentaba con realidades y no con esperanzas, animaba a José Antonio:
-¿No recuerdas la noche del Círculo Mercantil? También creías que ibas a tener poca gente, y ya viste.
-Es distinto ahora, Vicente. Esto es un mitin de la Falange, no una conferencia en un casino privado. Los marxistas han lanzado bravatas y la gente se atemorizará. La gente tiene mucho miedo a los tiros y a la «provocación» de los señoritos fascistas. Habrá muy poca gente y os ganaréis la Jefatura en pleno, más un litro de ricino.
-Más castigo te pedimos si el acto no resulta digno de ti y de la Falange, José Antonio -replicó Cadenas.
A solas en la Jefatura de Prensa y Propaganda, nos mirábamos luego confusos. ¿Saldría bien? ¿Saldría mal?… ¿Qué habíamos hecho para prepararlo? Todo cuanto podíamos. Redactar unas circulares dirigidas a las Jefaturas Provinciales, unas notas enviadas a los periódicos -que la mayor parte, como de costumbre, no publicaron- y unos modestos carteles pegados por las calles. Para el resto -el éxito- contábamos con la pujanza de nuestra organización interna. Todos los órganos de las J. O. N. S. de Madrid -Jefaturas de distrito, de barrio y de grupo-, las Milicias y la Segunda Línea, se encargaban de transmitir las consignas con entusiasta energía, pero ¿sería suficiente? Queríamos creer que sí, pero teníamos un miedo horrible al fracaso.
A la noche fuimos al cine Madrid. Cuando se acabó la sesión de cine y vimos vacía e iluminada la enorme sala, nos volvió a asaltar el horror de dejar en ridículo a la Falange si no conseguíamos abarrotar el local. Puedo afirmar que si esto hubiera sucedido, algunos se habrían pegado un tiro.
Aizpurúa, Cadenas, Gaceo, los demás camaradas de la Jefatura de Prensa y Propaganda y los afiliados a la Central Obrera que les prestaron ayuda no durmieron en toda la noche, enloquecida de trajín. Martillazos, voces, prueba de altavoces y reflectores. Se colgaron las barandillas de los cuatro pisos de palcos con banderas nacionalsindicalistas y carteles alusivos. A la madrugada hubo un momento solemne: aquel en que se izó el enorme telón de fondo. El antiguo frontón tenía la pantalla en lo que fue pared de bote. Había que cubrir enteramente su superficie, de más de doscientos metros cuadrados, y a ese efecto se construyó un inmenso telón de paño negro, con un emblema en rojo de cinco metros de alto. A ambos lados de las flechas, los nombres, en letra de oro, de los camaradas caídos, por el riguroso orden cronológico en que habían rendido su vida a la idea de una Patria mejor. El telón tenía dieciocho metros de ancho y hubo que izarlo lentamente, tirando por igual de las varias cuerdas de que pendía, para que no se rompiera la larguísima vara de madera que lo armaba. La operación fue larga y penosa. Pero cuando al fin el imponente repostero de duelo por los muertos cubrió el extremo del frontón, vacío, cuantos trabajaban en el decorado de la sala experimentaron una sacudida. Ya clareaba el amanecer.
Entre tanto, empezaban a llegar a nuestro Centro expediciones de camaradas de provincias. Cada Jefatura las organizó con sus propios medios. Vinieron en trenes, en autobuses, en camiones, en bicicletas y a pie. Como anticipo de un recorrido glorioso y tristísimo de toda la Falange, unas escuadras de Alicante, caminando día y noche por las huertas y las llanuras, llegaron a pie con sus banderas a las ocho de la mañana, presentándose directamente en el cine. Los camaradas de las provincias traían un aire fresco, juvenil y alegrísimo, que nos aliviaba de preocupaciones.
Al pie del telón, un zócalo de banderas, sostenidas por los abanderados con los uniformes de Primera Línea: camisa azul de cuello legionario, abierto, adolescente y proletario, con las mangas remangadas los brazos desnudos hasta el codo. En el centro, el guión de Madrid y el del Jefe Nacional.
A los lados, las banderas de las Provinciales. Delante de las banderas, una larga mesa para la Junta Política que, en pleno, presidiría el acto.
Ante la tribuna, ya en el suelo, los banderines de los distintos grupos de Madrid, y de arriba abajo del salón, en cuatro filas interminables, nada más que la Primera Línea de Madrid de uniforme. En todos los pisos, las entradas, las escaleras y dependencias tenían montado un servicio de orden impecable, varios cientos de camaradas con brazal rojo y negro.
Poco a poco empezó a entrar gente. A las diez, rebasando las ilusiones más optimistas, las filas de palcos, las cuatro espaciosísimas galerías detrás de éstos, los pasillos central y laterales del patio de butacas -más de dos metros de ancho-, el vestíbulo, el bar, las escaleras, todo estaba lleno de una muchedumbre tan impresionante como impresionada, que se apiñaba en pie, cercando, aplastando materialmente a los madrugadores que habían logrado butacas y sillas. Superando a nuestros cálculos, bastante más de las diez mil personas con invitación habían acudido a oír al Jefe. Pues los escuadristas formados habían entrado sin ella, cediéndola a familiares o amigos que la noche anterior la suplicaban. Jamás, en local cerrado, se había concentrado en España una multitud semejante. Y jamás los espectadores que no habían visto en Alemania o Italia concentraciones fervorosas de juventudes habían imaginado en el Madrid cursi o desgreñado de las derechas, o de las izquierdas que le llevaban al martirio, nada tan riguroso, ordenado, limpio, alegre, joven, nuevo y ardoroso. En nuestras miradas de falangistas resplandecía el orgullo. En la de los curiosos, el estupor y la curiosidad. Los de la Jefatura de Prensa y Propaganda -a quienes cariñosamente zaherían las Milicias cuando les entregábamos los papeles, las hojas clandestinas y los carteles para vender, repartir y pegar entre tiros o estacazos- sonreían radiantes. Los escuadristas – impasible el ademán- nos sonreían también, como diciendo que los de Prensa «éramos dignos de ellos». Nosotros, en nuestros cuchicheos, gozábamos con la magna sorpresa que iba a recibir el Jefe.
José Antonio, precedido por el grito de «Atención: El Jefe Nacional», apareció en el pasillo central a las once en punto. Le seguía la Junta Política -Raimundo, Julio, Onésimo, Valdés, Mateo, Sánchez Mazas, Salazar, Sancho Dávila y Sainz ( Bravo estaba enfermo en Salamanca.)-, algunos Consejeros y Jefes de servicio y el Jefe de la J.O.N.S. de Madrid. Toda la concurrencia se puso en pie aclamando, brazo en alto, a aquel puñado de valientes de los que tantos se nos fueron a un puesto más alto. El cortejo recorrió la larga distancia de la puerta a la tribuna. José Antonio iba con su rostro aniñado, lleno de timidez. Toda su figura resplandecía arcangélicamente. Por fortuna, para no dejarme mentir, se conservan fotografías suyas de aquel acto. Resplandecían el azul de su camisa y el tono claro de sus ojos. Resplandecían las tres estrellas de plata de su jerarquía y las bellotas de oro de sus cordones de Consejero Nacional. Resplandecía su frente como besada ya por los luceros que le aguardaban temblorosos. Resplandecía su voz de diamante, dura, transparente y luminosa. Ocupó su sitio en el centro de la tribuna, teniendo a su lado a los miembros de la Junta Política, al Jefe de Asistencia y al de la J. O. N. S. de Madrid. El Secretario General, Raimundo Fernández-Cuesta, ocupó la mesa lateral donde estaba instalado el micrófono.
Los oradores anunciados eran: Raimundo Fernández-Cuesta, Manuel Valdés, Manuel Mateo, Onésimo Redondo, Julio Ruiz de Alda y José Antonio.
Con su voz y su gesto magníficos, con su oratoria contundente y enérgica, Raimundo pronunció un breve discurso, al final del cual, en medio de un religioso silencio de la multitud puesta en pie -que contestó con ¡Presentes! unánimes-, leyó los nombres de los dieciocho caídos.
Seguidamente Valdés, Mateo, Onésimo y Julio enardecieron a la concurrencia. En un pasaje del discurso de Mateo, interrumpido con algún muera, José Antonio vigorosamente gritó: «Orden: no se dan más gritos ni se contestan más gritos que los que de aquí partan.»
Onésimo, en una maravillosa exposición de sus acontecimientos y en un alarde de su elocuencia arrebatada y arrebatadora, arrancó ovaciones frenéticas. Julio, con su famosa e inolvidable alusión a Gibraltar, interrumpió por dos minutos el acto en uno de los momentos de mayor tensión nacional que hemos vivido en la Falange.
Poco después de las doce empezó a hablar José Antonio. En el momento de ponerse en pie estalló un verdadero clamor de entusiasmo, de admiración, de alegría, de frenesí. La temperatura de la sala, caldeada por los oradores precedentes, estaba al rojo vivo. Se hizo ese silencio denso de las misas solemnes cuando el sacerdote eleva a Dios. José Antonio, místico del amor a España, iba a tomarla en sus dedos finos de conductor y de poeta para elevarla, para ponerla arriba. El silencio era sobrecogedor y escalofriante, como si los dieciocho caídos primeros penetrasen solemnemente en la sala para oírle.
Es tan conocido el discurso del Jefe en aquella fecha memorable que sería superfluo tratar de hacer aquí una glosa o resumen. Fue un examen de conciencia nacional, desde el fracaso de la revolución del 14 de abril hasta el de la Revolución roja y la contrarrevolución del populismo. Las declaraciones más trascendentales fueron las de que habíamos llegado al patriotismo «por el amargo camino de la crítica» y que no nos emocionaba, «ni poco ni mucho, esa patriotería zarzuelera que se regodea con las mediocridades, con las mezquindades presentes de España y con las interpretaciones gruesas de su pasado. Nosotros amamos a España porque no pos gusta. Los que aman a su Patria porque les gusta, la aman con voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos, con una voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España». Además, nosotros «entendemos sin sombra de irreverencia, sin sombra de rencor, sin sombra de antipatía, muchos incluso con mil motivos sentimentales de afecto, nosotros entendemos que la Monarquía española cumplió su ciclo, se quedó sin sustancia y se desprendió, como cáscara muerta, el 14 de abril de 1931. Nosotros hacemos constar su caída con toda la emoción que merece y tenemos sumo respeto para los partidos monárquicos, que, creyéndola aún con capacidad de futuro, lanzan a las gentes a su reconquista; pero nosotros, aunque nos pese, aunque se alcen dentro de algunos reservas sentimentales o nostalgias respetables, no podemos lanzar el ímpetu fresco de la juventud que nos sigue para el recobro de una institución que reputamos gloriosamente fenecida».
En lo del populismo nos entendemos todos. «La escuela populista es como una de esas grandes fábricas alemanas en que se produce el sucedáneo de todas las cosas auténticas. Por eso, camaradas, ni estamos en el grupo de la reacción monárquica ni estamos en el grupo de la reacción populista. Nosotros, frente a la defraudación del 14 de abril, frente al escamoteo del 14 de abril, no podemos estar en ningún grupo que tenga, más o menos oculto, un propósito reaccionario, un propósito contrarrevolucionario, porque nosotros, precisamente, alegamos contra el 14 de abril no el que fuese incómodo, sino el que fuese estéril, el que frustrase una vez más la revolución pendiente española. Y por eso nosotros, contra todas las injurias, contra todas las deformaciones, lo que hacemos es recoger de en medio de la calle, de entre aquellos que lo tuvieron y lo abandonaron y aquellos que no lo quieren recoger, el sentido, el espíritu revolucionario español que, más tarde o más pronto, por las buenas o por las malas, nos devolverá la comunidad de nuestro destino histórico y la justicia social profunda que nos está haciendo falta. Por eso nuestro régimen, que tendrá de común con todos los regímenes revolucionarios el venir así del descontento, de la protesta, del amor amargo por la Patria, será un régimen nacional del todo, sin faramallas de decadencia, sino empalmado con la España exacta, difícil y eterna que esconde la vena de la verdadera tradición española, y será social en lo profundo, sin demagogia, porque no hará falta; pero implacablemente anticomunista. Ya veréis cómo rehacemos la dignidad del hombre para sobre ella rehacer la dignidad de todas las instituciones que, juntas, componen la Patria.» Y enumerando las dificultades pasadas, presentes y futuras de la Falange, se pronunció contra el Descanso, ni aun en el Paraíso. «El Paraíso está contra el Descanso. En el Paraíso no se puede estar tendido: se está verticalmente como los ángeles. Pues bien, nosotros, que ya hemos llevado al camino del Paraíso las vidas de nuestros mejores, queremos un Paraíso difícil, erecto, implacable, un Paraíso donde no se descanse nunca y que tenga, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas» (Esta imagen del Paraíso se la sugiere a José Antonio este verso romántico que ha recordado hace días ante un pequeño auditorio: «No quiero el Paraíso, sino el descanso.» Por más que me he esforzado, no he logrado obtener detalle alguno de esa velada literaria. ¿Sabe alguien cuándo, dónde y cómo recordó José Antonio ese verso y de quién es? Sería interesante para futuras biografías más amplias que este modesto ensayo mío conocer el origen exacto de este párrafo final del discurso del 19 de mayo, que tanto se ha repetido. Tengo idea de que por aquellas fechas intervino José Antonio con José María Pemán en el Centro Andaluz de Madrid, con ocasión de un homenaje a Bécquer. ¿Sería en aquel acto? ).
De todos modos, el verso tampoco me parece de ningún poeta español, lo que me hace pensar que su recuerdo fuera en alguna tertulia literaria de las que frecuentaba en «La Ballena Alegre», en el Café Europeo, en las «Cenas de Carlomagno» o en casa de la Condesa de Yebes, de Marichu de la Mora o de Rafael Sánchez Mazas. Creo interesantísimo que quien recuerde algún dato sobre esto lo haga público (*).
| -En la carta de José María Pemán -citada anteriormente a propósito del mitin de Córdoba-, el ilustre académico y orador confirmó mi sospecha de cuándo recordó José Antonio el verso romántico. Dice así Pemán:
«Acabo de leer su bellísima ‘biografía apasionada’ de José Antonio, lo más completo y humano que sobre él se ha escrito. En una nota pide usted, si alguien los recuerda, datos sobre la gestación, en la mente de José Antonio, de su imagen del Paraíso difícil. Efectivamente, poco antes del famoso discurso que finalizó con dicha imagen, José Antonio intervino conmigo en el Centro Andaluz de Madrid en un homenaje a Bécquer; y recuerdo que haciendo tiempo para la hora de la velada, paseando por la Carrera de San Jerónimo, en unión de Sánchez Mazas, nos dijo el verso ‘No quiero el Paraíso, sino el descanso’. Y en torno de él se detuvo en divagaciones que tenían ya toda la sustancia y sentido de sus futuras palabras en el mitin. Acaso Sánchez Mazas recuerde algo más concreto. En el acto del Hogar Andaluz, en las breves palabras que dijo, no recuerdo que citara el verso dicho, aunque sí que su peroración anduvo rondando, en parte; la misma, incluso, en algún momento, en torno al Adelfos de Manolo Machado.» «Y ya con la pluma en la mano -continúa la primorosa carta de Pemán, por cierto escrita a máquina-, perdóneme que le moleste con alguna cosa más, que acaso pueda interesar a su fervoroso deseo de reunir cuantos detalles pueda de José Antonio. Siempre he visto citada como primera empresa electoral de José Antonio la de las Constituyentes de la República contra Cossío. Nunca he visto consignado su anterior propósito de presentarse diputado y aun su inicio de campaña electoral, cuando la convocatoria de elecciones a Cortes que hizo el General Berenguer, y que, al fin, no llegaron a realizarse, siendo sustituidas por las elecciones municipales que trajeron la República. Para aquellas proyectadas Cortes, José Antonio pensó presentarse diputado por Jerez de la Frontera, ya con el solo y único propósito de defender la memoria de su padre. A ese fin. fue a Jerez por mayo de 1930, cuando aún no se habían convocado las elecciones, pero ya se había anunciado el propósito de celebrarlas. Tuvo una reunión de unas cuarenta personas en su casa. a las que expresó en una breve plática sus propósitos, y empezó a visitar los pueblos del distrito jerezano. Le acompañé en todas esas excursiones. en unión del ex alcalde jerezano de la Dictadura don Enrique Rivero, y alguna vez de mi primo Julián Pemartín. José Antonio visitaba en los pueblos a los antiguos amigos de su padre, y en alguno en donde, por ser éstos más numerosos o haber permanecido más fieles, el auditorio era mayor, llegaba su visita a adquirir proporciones de verdadero mitin. Así en Villamartín hablamos en el paseo, desde el tablado de la música. Lo mismo sus conversaciones que sus discursos en éste su primer esbozo de campaña electoral iban dirigidos a su solo propósito de defender la memoria de su padre. Pero hay una excepción que estimo interesantísima. En Alcalá de los Gazules, por ser el antiguo jefe de la U.P. hombre de humilde posición, el auditorio que esperaba a José Antonio, en un corralillo o patio, eran unos treinta o cuarenta auténticos campesinos renegridos por el sol. Allí José Antonio, insospechadamente, varió totalmente de tono, y, tocando apenas el asunto de la vindicación paterna, les habló a aquellos hombres del campo de su vida mísera y de una España más justa, con palabras reveladoras, que ya hubieran empezado a inquietar, si las hubieran oído, a muchos de los que en aquella ocasión se disponían a ser sus ‘electoreros’. Sin recordarla textualmente, sí recuerdo que terminó con palabras muy parecidas a aquellas que más tarde dijo: que si incumplía sus propósitos cogieran las piedras de la calle para tirárselas. ¿No fue aquél el primer discurso falangista de José Antonio? »En aquellas excursiones visitamos, entre otros, el pueblecito de Paterna de la Rivera, y allí se le ocurrió aquella soleá: “Jardin de Paterna, el tiempo”, etc., que usted cita en su libro. Yo le dediqué, al terminar nuestro viaje, un ejemplar de un libro mío, con esta evocación humorística: “Jerez. Mayo. Mucha luz. Un ex alcalde andaluz. Dos poetas de postín. Un auto que viene y va. ¡Parra verde de Alcalá! ¡Niñas de Villamartín!” »El ex alcalde era don Enrique Rivero. El y yo, los dos poetas de postín. La ‘parra verde’, aquella bajo la cual tuvo su primer discurso revolucionario. Las ‘niñas de Villamartín’, unas que se le acercaron en dicho pueblecito y con las que estuvo bromeando un rato. José Antonio -que, dicho sea de paso, no estimaba ni pizca mis versos ni mis discursos, y sólo apreciaba mis cuentos- se sabía de memoria estos versillos v me los recordaba continuamente.» El verso motivo de estas largas citas pertenece, en efecto, a Lord Byron. discurso |
¡Cómo fue dicho este final! La voz de José Antonio llegó en aquel momento a una de sus cimas más altas. Su dicción clarísima, en perfecto equilibrio con la voz y el ademán de las manos llenas de armonía, formaron ese conjunto mágico de los últimos acordes del preludio de «Parsifal» o de la «Novena Sinfonía». No era el final del discurso acostumbrado, de latiguillo más o menos efectista. Este final, dicho por José Antonio, era nada menos que descorrer el velo del misterio y presentar radiante, luminoso, magnífico, el nuevo Paraíso de los que mueren por la Patria. Presentido para él y para su ardientes seguidores, constelado de luceros vigilantes, lo han adoptado para sí todos los Héroes puros de una guerra liberadora. En pocos momentos de la historia de la Elocuencia se llegará a una emoción mayor del orador y de los auditores. Por todos nosotros pasó, como una ráfaga de puñales de hielo y de fuego, la imagen de aquel Paraíso anunciado, en el que aspirábamos entrar con él por nuestra España, Una, Grande y Libre. La congoja nos sobrecogió un instante, en el que alzamos el brazo para tocar con las puntas de los dedos aquel Cielo próximo, y remoto. Los no falangistas juntaron sus manos en una de las más abrasadoras ovaciones que han escuchado oídos, que duró larguísimo rato, mientras el Jefe y sus jerarquías salían a la calle. A una calle radiante de Madrid en mayo.
Unos cuantos cientos de camaradas marchamos en grupos de cinco o de seis hasta la Bombilla. El almuerzo tradicional se celebró en Casa de Juan, entre una tensión y un entusiasmo inmensos. La comida fue sencilla y popular. Se cantaron todas las viejas canciones falangistas, con músicas de todas partes y palabras magníficamente violentas. Y al final, después de un brindis de Rafael Sánchez Mazas, como de Rafael Sánchez Mazas contundente y emocionado, apoyando en un verso de Eurípides -«amor del cielo y de la tierra»- nuestro espíritu de amor, nuestra leal compañía de españoles, nuestra Hermandad y capitanía juradas, nuestro fervor, nuestra doctrina y nuestra disciplina, nuestro símbolo yugal y la pasión de nuestros muertos, habló José Antonio, refiriéndose a los deberes del falangista contenidos en el juramento: obediencia y alegría, ímpetu, gallardía y silencio. Concluyó así: «Volvamos al silencio ahora. El ímpetu de hoy nos hace dignos del silencio. Y en ese silencio volverá a germinar nuestro ímpetu.»
Estaba satisfecho. Parco en sus elogios, los tributó, sin embargo, a los camaradas que intervinieron en la organización del acto. Como un chiquillo, gozaba recordando detalles del acto y del almuerzo. Y como un novillero o un comediógrafo novel que gozan de su primer éxito, buscó en los periódicos las críticas. El mismo redactó para Arriba este comentario de aquellos comentarios:
El acto de Madrid y la Prensa
»Con recortes de Prensa se podrían demostrar respecto al acto de Madrid las más diversas cosas, desde la realidad de su gran importancia hasta la suposición de que no se ha celebrado nunca. Entre los de la mañana, ABC se produjo con una probidad informativa que a quien más favorece siempre es al periódico que la usa, reflejando la verdad ante sus lectores. Dedicó al acto del domingo casi una plana en su edición de Madrid y dos en su edición de provincias. Más que la extensión nos interesa la calidad, y las noticias y extractos de los discursos eran fieles. Otro criterio siguió su colega El Debate. Pretendió restar importancia al acto no sólo en volumen, sino en estilo, y dijo, por ejemplo, “que se habían tomado toda clase de precauciones para evitar incidentes”, mientras ABC, más veraz, cerraba su información señalando que “no hubo alarde de precauciones”. La autoridad estaba bastante informada para saber que no eran necesarias. En la prensa de izquierdas circuló la consigna masónica del silencio. Hicieron la política del avestruz, en la cual brilló sobre todo Diario de Madrid, imparcial, equilibrado y sereno, mitad capitalista y mitad masónico. Algunos diarios de izquierdas a sus referencias brevísimas añadieron comentarios breves al discurso del Jefe Nacional. El número de asistentes fue calculado, por cuantos periódicos asistieron a él, con cifras aproximadas, en 10 a 12.000. Se dio a entender también en diversos diarios que estos 10 a 12.000 no eran precisamente curiosos, sino en su inmensa mayoría, por no decir unanimidad, gentes de “Arriba España” y brazo en alto. Informaciones (En la Redacción del segundo periódico madrileño inspirado por don Juan March figuraban varios camaradas: Víctor de la Serna, Alfredo Marqueríe y Federico de Urrutia; entre otros. La reseña del acto la hizo Federico de Urrutia, que colaboraba alguna vez en Arriba) hizo honor a su espléndida carrera de periódico vivo y rápido, y dio una información amplia y exacta, con una fotografía magnífica bajo grandes titulares que recogían la vibración del acto. No quedó a la zaga La Época en fidelidad informativa, y en su fondo publicó un comentario lleno de ponderación e inteligencia, fértil en objeciones, pero que puede servir de modelo de disparidad polémica por la limpieza y la claridad de las actitudes doctrinales. Ya se supo conducir también como un gran periódico. Su descripción del aspecto de la inmensa sala revelaba una percepción excelente de nuestra ritualidad colectiva ( 213). De triste excepción en la prensa de la noche dio muestra La Nación, y aunque la decadencia manifiesta de este diario en la consideración del público nos incite a ser piadosos, no dejaremos de notar que La Nación ha caído bajo las peores influencias que podía elegir en su campo ( 214). Un día este diario quiso ser exponente de nuestro Movimiento, con comprensión, por cierto, escasa de nuestro espíritu, y ahora se llama a engaño porque no somos los que se había figurado y por otras razones. La información gráfica del acto y de la comida que hubo después fue amplísima. Pero esas fotografías apenas se publicarán. Son un testimonio vivo y patente, y no exigimos demasiado. La prensa, dadas las posiciones en que nos movemos, ha hecho, esta vez bastante.
El 29 de mayo, don Federico Santander publico en ABC el siguiente artículo -dedicado al aspecto que menos importaba a José Antonio de su discurso-, no lleno precisamente de profecías históricas:
«La Monarquía y el Fascismo »
Expresé hace ya tiempo, en estas mismas columnas, la simpatía que me inspiraba la figura política de don José Antonio Primo de Rivera. Inteligente, culto, serio, intrépido, valeroso, con un valor sereno y sin desplantes, el tercer Marqués de Estella atesora las dotes necesarias al conductor de multitudes. No ha de olvidarse entre esas felices cualidades su juventud. Hoy, más que nunca, la fortuna “es una dama joven”; el tono deportivo de la época exige modos y siluetas de campeón en el caudillo.
»Sin coincidir con el fascismo, antes al contrario, creyendo que el fascismo es reprobable por ser anticristiano (la apelación a la violencia y la divinización del Estado son opuestas a la doctrina de Cristo), seguía con interés benévolo la actuación del joven aristócrata que, en lugar de consumir su vida en el ocio y la frivolidad, ejercía con entusiasmo y fruto una profesión, se entregaba apasionadamente a la política, subía a estrados vistiendo y honrando la toga en que podía poner una nota sangrienta la roja cruz gladiada y capitaneaba falanges ardorosas y simpáticas, compuestas, en gran parte, por mozos de oficina y de taller.
»El tercer Marqués de Estella era, y es, lo que más conviene ser: un ejemplo. (Si algo hay que apuntar en el haber de este momento, muy poco amado por mí, es ese laudable despertar por el que las gentes van saliendo de su pasividad suicida, comprendiendo que su propio interés, ya que no otros impulsos más meritorios y elevados, exige la cooperación de todos a la obra social.) Por cuanto llevo escrito puede calcularse el dolor con que habré leído algo de lo que dijo el señor Primo de Rivera en su último discurso, como todos los suyos bello y elocuente. El Marqués de Estella extiende a la Monarquía su certificado de defunción y canta su responso, diciendo que murió después de haber cumplido gloriosamente su misión en la Historia. Esta rotunda afirmación, que no pasaría de ser un tópico vulgar hecho por un republicano más o menos auténtico en un mitin de Cuatro Caminos, sorprende por lo atrevida y desentona, por lo incongruente, en labios de un grande de España que adoctrina y guía legiones entusiastas, unidas en el culto a la disciplina y a la autoridad y en el amor a la tradición.
»El caso parece inexplicable, pero no es único. Es el caso de todos los contaminados por la preocupación novelera, morbo el más pernicioso e invasor, que ataca principalmente a los jóvenes, aunque haya cuarentones y hasta cincuentones que se inoculen el virus para estar a la moda y presumir de juventud. El señor Primo de Rivera es un “postguerriano”. Postguerrianos son aquellos nacidos o formados después de 1914, que creen que la cruel contienda que asoló a Europa fue un colosal tajazo de la espada suprema que escindió la vida de la Humanidad. “Antes de la guerra: después de la guerra.” Dos mundos, dos ideologías; en medio, un abismo infranqueable: lo viejo queda allá, en la otra orilla, en el “antes”; todo ha de ser nuevo y flamante en el “después”, que es el ahora actual, recién nacido, sin antecedentes y sin herencia, alojado en una anaquelería cubista, con radio, bar, piscina y muebles de dentista o de clínica. »La guerra de 1914 es, en efecto, un hito histórico; marca la separación entre dos épocas, pero esta separación no puede tener la hondura que pretenden los estrenamundos, que en su ambición (o en su vanidad) no se contentan con menos que con gozar una existencia nueva en cada amanecer. Las grandes conmociones históricas podrán arrasar y borrar lo que es histórico, pero no lo que es del alma y por ser del alma es de la eternidad. Pasaron Persia, Egipto, Grecia y Roma; desaparecieron, después de ser emporios, Nínive, Babilonia, Tebas; decayeron Alejandría y Atenas. Pero al suceder en la hegemonía un pueblo a otro pueblo y en el rodar del pensamiento y de los usos a una cultura otra cultura, una civilización a otra civilización, persistieron en todas ellas como supremas formas políticas estas dos: Imperio y Democracia; Uno o Todos; el canto aislado o el coral.
»Monarquía y Poliarquía. En Aristóteles, antes de Aristóteles y después de Aristóteles, ésta es la alternativa ineludible; habrá formas mixtas, transacciones circunstanciales para conciliar voluntades y evitar discordias, pero no se descubrirá ninguna forma de Gobierno que contradiga esos dos modelos inmutables. »Ahora los inventores de alambiques han dado en propugnar lo que creen peregrina invención: “los reyes naturales”. El Caudillo improvisado, que salió rápidamente de la nada, encumbrado a la mejor fortuna y al más fuerte poder, mandando sin freno ni rendaje. Claro es que esto, como otras muchas “invenciones” actuales, es muy antiguo. Los bosques de Germania y las llanadas de Lusitania y de Bardulia sabían de esos encumbramientos sobre el pavés. Zamora tiene en una gran plaza la estatua de Viriato (Con la que, por cierto, no estaba muy conforme José Antonio, pues aun admirando el gesto de independencia -romántico- del pastor celtibérico, le agradaba más el orden clásico, romano, contra el que se alzara el primer guerrillero español. Pero la opinión de José Antonio sobre Viriato nada tenía que ver con la monarquía constitucional hereditaria.). Exaltar como forma de Gobierno moderna y progresiva los métodos que empleaban los godos y celtíberos es un evidente retroceso.
»Al señor Primo de Rivera, como a otros muchos, le ha fascinado algo de lo que hoy ocurre por el mundo. Portugal, Alemania, Austria, Hungría…, situaciones equívocas, Estados intermedios con forma republicana y esencias imperiales. Pero los que quieren que imitemos esos ejemplos extranjeros no se han percatado de que tales situaciones obedecen a causas puramente locales. Si esos países están como están, no es por su gusto, ciertamente, sino porque no pueden estar de otro modo. Portugal, extinguida la línea directa de su dinastía, espera que se ultime su reconstrucción interior y que el príncipe D. Duarte gane plenamente la popularidad, muy creciente, y complete su educación de rey. Alemania necesita liquidar su derrota, cuya responsabilidad gravita de un modo abrumador sobre los Hoenzollern. Austria y Hungría no pueden dar realidad a sus anhelos restauradores porque se lo impide el veto de las Potencias y la vigilancia de la Pequeña Entente, temerosa siempre de que pueda resucitar el Imperio cruel e inicuamente desmembrado. Mas en todos estos países, ¡en todos!. late el deseo monárquico; todos están en camino de ser nuevas monarquías, y llegarán a serLo. Italia, alto ejemplo irrecusable para el señor Primo de Rivera, es a la vez monárquica y fascista. Y por ello su situación actual es más limpia, clara y desembarazada que la de los países del fascismo imitado e incompleto. Si la obra de Mussolini tiene un sentido de permanencia y una solidez que no ha logrado la de Hitler, es porque por encima de Mussolini está el Rey, que consolida y remacha en la Historia lo que el Duce va clavando con su martillo de dictador.
»¿Fascismo antimonárquico? ¿Puede darse contradicción más evidente? La Monarquía puede no ser fascista (y yo deseo que no lo sea), pero el fascismo tiene que ser monárquico o no será. Porque el fascismo es amor a las glorias del pasado, exaltación de los valores espirituales, patriotismo ardoroso, deseo de una España mejor; lo que el fascismo tiene de más noble, elevado y simpático es, con su disciplina y su entusiasmo, su afán apasionado de nutrir sus falanges con la nata sabrosa de la ciencia de nuestros sabios, y embriagarlas con el fuerte licor caliente de la sangre de nuestros héroes y encenderlas en la llama de nuestros santos. Y todo eso -pasado glorioso, amor a la patria, sabios, héroes y santos- en España es, esencialmente, Monarquía y nadie puede separarlo de la idea monárquica.
»Menos que nadie podrá hacerlo quien, como el tercer Marqués de Estella, conserva -y hace muy bien en conservarlos- los títulos, prerrogativas y preeminencias que sus ilustres antepasados recibieron de manos del Rey y en su servicio.»
Invito a mis lectores a releer el discurso de José Antonio, motivador de este artículo del señor Santander, y advertirán la serie de incongruencias entre las frases del fundador de la Falange y su poco acertado -como escasamente bien intencionado- comentarista en el periódico monárquico.
Así como otras observaciones a sus discursos crisparon los nervios de José Antonio, la crítica de ABC a su concepto histórico de la caída de la Monarquía le hizo sonreír, sugiriéndole comentarios donosos y agudos, reflejados -a través de una de las plumas magistrales de la Falange: la de Rafael Sánchez Mazas- en un picante artículo-réplica publicado en el número 11 de Arriba con el título de «Vista de Santander, o Ideas a la Federica». Aunque es fuerza reconocer que la pulcritud de la prosa de Sánchez Mazas no expresó el pensamiento de José Antonio con la fuerza irónica que manaba de sus labios en aquellos días.
La Nación, el 20 de mayo, había publicado unas «aclaraciones» al concepto de la Monarquía, en las que decía: «Sentimos hacia José Antonio Primo de Rivera un afecto y una admiración que él no desconoce. Por su persona y por su glorioso apellido, del que está impregnado el ambiente de esta casa y llenos nuestra memoria y nuestros corazones. Júzguese lo que ha de dolernos una discrepancia respecto a él, aunque lo hagamos con el mayor cariño y la consideración que nos merece.
»José Antonio Primo de Rivera ha dicho ayer que la Monarquía cayó como un fruto maduro, porque había cumplido su misión, y que no podrá volver. »Eso, en labios de un hombre de apetencias políticas, que deseara hallarse cerca del Poder, sería justificable. En un espíritu noble, limpio de ambiciones, como el del Marqués de Estella, sólo puede representar un momento de ofuscación, tanto más extraña cuanto que si el batallador Jefe de Falange Española defendía con ardimiento, en 1930, próxima la proclamación de la República, la supervivencia de la Monarquía en los actos resonantes de la Unión Monárquica, no puede ahora sentir ni pensar otra cosa diametralmente contraria (Precisamente porque había defendido la supervivencia de la Monarquía por su esfuerzo de renovación, de regeneración y de superación, y la Monarquía desoyó las voces salvadoras, entregándose a sus enemigos a fines de 1930, es por lo que José Antonio pudo advertir cómo su misión histórica estaba terminada, y se hacía necesario un nuevo régimen que superase sus errores y defectos.).
»Nosotros, que seguimos defendiendo la política del inolvidable General Primo de Rivera, tal como nos la inspiró en el transcurso de su gloriosa vida de gobernante en los días anteriores a su muerte, y sabemos que, fueran las que fuesen sus apreciaciones de carácter personal, creía que la permanencia del régimen monárquico era consustancial con la unidad y el engrandecimiento de España, con su paz interna y su prestigio histórico en el exterior, no podemos admitir lo contrario y tenemos la seguridad de que si José Antonio Primo de Rivera, con su claro entendimiento, su probado desinterés, su alto patriotismo y una visión certera del porvenir, medita sobre las palabras que en una fogosa improvisación ha pronunciado (Es muy interesante señalar que el párrafo dedicado a la Monarquía lo escribió José Antonio dos o tres días antes en casa de Julio Ruiz de Alda, en la calle de Abascal. Al terminarlo llamó al inolvidable camarada y a su mujer -Amelia- para leérselo y pedirles opinión. Ambos se entusiasmaron. José Antonio exclamó: «Puesto que os ha gustado tanto, me convido a cenar en vuestra casa.»), ha de esclarecerlas de acuerdo con nuestras objetivas apreciaciones.»
No fue así. José Antonio siguió viendo claramente el problema de la Monarquía española y aquilatando en su pensamiento las razones históricas que habían ocasionado su caída. Nunca llegó a ver claro lo que los diarios monárquicos aseguraban: la resolución de los complejísimos problemas nacionales por que se restauraran las Capillas públicas, los Lavatorios, el Tiro de Pichón, las dos Cámaras y las diversas camarillas. El morbo del separatismo, los encrespados problemas sociales, el paro, la incultura, la falta de higiene, la pobreza de ideas nacionales, la lucha de clases, la vida chata y alicorta de España, no se podían resolver con la vuelta al Trono de la dinastía en destierro. Era necesario algo mucho más trascendental: la Revolución Nacional con toda energía y la instauración de un Estado nuevo. Al final de este ciclo revolucionario y evolutivo, tal vez –y a este supuesto no cerró jamás su pensamiento- por imperativo de toda la Nación, volviese, transformada, la forma monárquica a coronar el edificio estatal. A ello, si redundaba en bien de España, jamás se opondría la Falange.
En este sentido había contestado en París a un redactor de la Agencia Havas algún tiempo antes del discurso del cine Madrid. A la pregunta de si era monárquico o republicano, contestó sonriendo: «Qué pregunta más rara me hace usted. Monárquico o republicano; acaso ni lo uno ni lo otro. ¿No cree usted que existe, si no específicamente otro régimen, por lo menos otras formas de esos regímenes más adecuadas a nuestra exigencia actual y a sus exigencias?»
No hay que decir cómo sentó de mal este comentario de comentarios en El Debate y en La Nación. Algunos redactores de este último periódico lo encontraban injusto, agrio y provocador.
Con buena o mala Prensa, nos daba igual. Por encima de todo, el mitin había tenido una resonancia inusitada, y en los días siguientes se notó una gran animación de gente que acudía a afiliarse (El día antes, el Sindicato sevillano de camareros y afines dependientes de hoteles celebró Junta general, y acordó por aclamación pasarse al nacionalsindicalismo e instalarse en el local de Falange. José Antonio tuvo una gran alegría con la noticia, y afirmaba que a algunos señoritos de Sevilla se les iban a atragantar las tapas, como a los capitostes rojos.). Falange había afirmado su posición de una manera indudable. Por primera vez en su historia, Arriba -que publicó íntegros los discursos y duplicó la edición- se agotó a las pocas horas de ponerse a la venta.
Claro que el éxito de la Falange y su Jefe en Madrid no tuvo comparación con el apoteósico de Azaña en el campo de Mestalla, de Valencia, celebrado a los pocos días. Al contrario que el nuestro, el del hombre símbolo de la revolución roja -indemne e inmaculado, por la gracia de la Constitución y el respeto a las esencias democráticas, de todas sus tremebundas responsabilidades- se autorizó con gran antelación y el dinero de los Sindicatos marxistas y de las logias masónicas circuló a manos llenas para organizar trenes especiales y caravanas de autobuses. Por aquellos días se iba a celebrar el proceso contra Companys y sus compañeros de traición en la sublevación de Cataluña. El Gobierno autorizó el mitin triunfal de Azaña, concentración revolucionaria con todo el carácter de una coacción al Tribunal que había de juzgar a los traidores separatistas. Pero el Tribunal de Garantías podía llamarse de «garantías revolucionarias», y la actitud del Gobierno, tolerando en la Prensa de izquierdas la glorificación del presidente y consejeros de la Generalidad mientras se censuraba implacablemente nuestro Arriba, no dejaban lugar a dudas de que se estaba urdiendo una nueva farsa política de gran envergadura y trágicas consecuencias. Semanalmente, José Antonio la seguía denunciando, sin que se le hiciera caso.
