INTRODUCCIÓN
El Palacio de El Pardo ocupa un lugar singular en la historia contemporánea de España. Durante casi cuatro décadas fue la residencia oficial de Francisco Franco y el centro desde el que se ejerció la jefatura del Estado. Tras su fallecimiento, el edificio fue transformado en museo para mostrar al público cómo había sido la vida institucional y privada en aquel lugar cargado de significado político e histórico.
Sin embargo, el paso del tiempo y los cambios políticos han modificado profundamente el modo en que se presenta este espacio al visitante. Lo que en su origen fue concebido como un museo dedicado a explicar una etapa concreta de la historia española ha ido transformándose hasta convertirse, según algunos testimonios, en un recorrido en el que apenas quedan huellas visibles de quien habitó el palacio durante tantos años. A partir de su propia experiencia como antiguo cicerone del museo, Juan Cobos Arévalo ofrece en este texto una reflexión sobre cómo se creó aquel museo, cómo fue percibido por millones de visitantes y cómo se presenta hoy al público.
Si uno de nuestros jóvenes, ya nacidos en plena democracia, nos preguntara qué es un “museo”, posiblemente recurriríamos a la definición más ortodoxa, que no es otra que “una institución permanente, sin fines de lucro, al servicio de la sociedad y abierta al público, que adquiere, conserva, estudia, expone y difunde el patrimonio material e inmaterial de la humanidad con fines de estudio, educación y recreo”[1].
Sin embargo, hay en España un museo al cual es muy difícil, por no decir imposible, aplicar tan docta definición: el Museo de El Pardo. Porque, modestamente, creo que ni conserva, ni estudia, ni expone, ni difunde el patrimonio material e inmaterial de nuestra Historia reciente. Quedan, menos mal, los muros del palacio.
Permítame, amable lector, que, como cicerone que fui del citado museo, comente a continuación algunos aspectos sobre el mismo. No pretendo ni justificar ni cuestionar lo que, creo, es el papel de la Historia. Pretendo, eso sí, informar y dar testimonio. Asunto que abordaré en tres vertientes: a) cómo fue creado el museo; b) cómo lo vieron millones de españoles; c) cómo lo ven en la actualidad.
Pongo en antecedente histórico a ese joven lector, para hacerle saber que, el Caudillo, vino a vivir al Palacio de El Pardo el 15 de marzo de 1940, situando en él la Jefatura del Estado, ello en cumplimiento de una orden publicada en el BOE justo una semana antes, el 08-03-1940 en el BOE

Tras el fallecimiento del Caudillo, nada más su esposa abandonar la que había sido su residencia durante 35 años, el Gobierno de Adolfo Suárez sopesó situar en él o bien la “Fundación Nacional Francisco Franco” o bien un museo para ser visitado por los españoles. Finalmente, su sucesor en la jefatura del Estado a título de rey, Juan Carlos I de Borbón y Borbón, ordenaría lo segundo en 1976.
En los meses siguientes, quienes como el que escribe estas líneas habíamos servido directamente a las órdenes del Generalísimo en su residencia, nos pusimos a preparar el palacio para convertirlo en museo. Ardua tarea que, con sumo gusto, llevamos a cabo.

Fueron tiempos, aquellos primeros, en los que los visitantes contemplaban con verdadero entusiasmo cómo se había desarrollado, durante casi 40 años, la vida cotidiana del Generalísimo y su familia. Tanto en su parte oficial, sobradamente conocida por la exposición a diario en los medios de comunicación de la época, como en su parte privada, hasta el momento desconocida.
Entonces podía visitarse, además de la parte oficial, la biblioteca, la sala de liras o tapices, el comedor de diario montado, la sala de espejos, el salón de piano, el oratorio privado y confesionario (de SS.EE. y de la hija), los dormitorios de la institutriz y de la hija, la sala de estar del matrimonio, el cuarto de armarios con uniformes y condecoraciones, los cuartos de baño, los dormitorios de SS.EE., la antecámara del dormitorio, el teatro o cine y los departamentos de invitados de honor.




Para mostrarlo, se confeccionó un itinerario sin ninguna “censura”, al punto que no había ningún inconveniente de mostrar hasta el cuarto de baño de S.E.

Con la excepción de las buhardillas, las cocinas y la parte trasera, enseñábamos todo el palacio al público. Llegados a este punto, creo pertinente aclarar que en tal “parte trasera” están la piscina y la pista de tenis que Franco mandó construir en 1946. La piscina, usada por el Caudillo y el resto de su familia, es en la actualidad disfrutada por los jefes y oficiales de la Guardia Real junto con sus familiares amén de por los reyes y jefes de Estado en visita oficial a España. En lo que se refiere a la pista de tenis, donde jugaba el Generalísimo con su médico personal Vicente Gil o con su capellán Monseñor José María Bulart (del cual fui ayudante), parece que en estos días también pasará a formar parte del recuerdo…

Siguiendo con aquel primer itinerario, se colocaron a lo largo del recorrido algunos elementos novedosos, mientras otros quedaron tal cual estaban en vida del Caudillo. Permanecieron inalterables el Guion del Caudillo realizado en flores, el despacho oficial (con guiones y banderines de la época de la Guerra Civil y con fotografías dedicadas a S. E. de Juan XXIII, Eisenhower, Kurt Waldheim, Marcelo Caetano, Lanusse…, por él pasaron la friolera de 43 jefes de Estado, 3.023 comisiones compuestas de 68.996 personas en audiencias colectivas y 9.169 en audiencias individuales), el despacho privado (nunca visitado debido a ser una estancia de pequeño tamaño), los dormitorios (con el mueble-oratorio donde había estado alojada la famosa reliquia de la mano incorrupta de santa Teresa de Jesús), el oratorio privado (con su confesionario y reclinatorios), el salón (con el piano) y la Capilla de Corte (con el sitial de SS.EE.).

Se añadieron inscripciones en mármol (caso de las que se encontraban en el zaguán principal y en el “Patio de los Austrias”, ya eliminadas, la primera de ellas alusiva a las cerca de cuatro décadas que “el Caudillo trabajó sin descanso por la paz, el bienestar, la prosperidad y el engrandecimiento de la Patria, teniendo como única meta de su vida el mejor servicio a España”), las pinturas realizadas por el propio Franco (una de sus grandes aficiones, junto con la caza y la pesca), una vitrina con sus condecoraciones y medallas, un busto de su persona, la máscara fúnebre de su cara y manos (actualmente en el Museo del Ejército de Toledo, este singular conjunto lo realizó en bronce el escultor Santiago de Santiago Hernández en un momento donde “la práctica de las máscaras mortuorias conmemorativas estaba ya en plena decadencia, pero seguía siendo un recurso práctico de gran utilidad, especialmente si después se realizarían obras artísticas derivadas”[2]) amén de unos reposteros y maniquíes de la “Guardia interior” con sus respectivos uniformes.

El programa que entonces se narraba al público constaba de dos partes perfectamente diferenciadas: 1) la interesantísima y centenaria historia del palacio (tapices únicos, relojes, arañas…) desde los tiempos de Carlos V, que per se bien vale una visita; y 2) el uso que el Caudillo y su familia daban a cada salón, tanto en su parte privada como en su parte oficial. A las que se añadía la zona que S.E. el Generalísimo asignaba a los reyes y jefes de Estado (para nosotros la “zona de la perona”, pues en ella la primera en alojarse fue Eva Perón “Evita”, la esposa del presidente Juan Domingo Perón) en sus visitas oficiales a España. Con posterioridad a la muerte de S. E., estos visitantes ilustres pasaron a alojarse en los palacios de Aranjuez y de la Moncloa, aunque hoy día, coincidencias de la Historia, han vuelto de nuevo a El Pardo.

Los innumerables visitantes de aquellos años (quienes acudían al palacio distribuidos en grupos de 60-70 personas, con un horario de 10:00 a 13:00 y de 16:00 a 19:00 horas, pagando 50 pesetas como precio inicial de la entrada[3]) corroborarán mis palabras, espero, y no me dejarán mentir. Ya en los dos primeros meses de su apertura, agosto y septiembre de 1976, se contabilizaron algo más de cien mil visitas. Las colas eran interminables, bien lo recuerdo. Como interminables fueron las anécdotas vividas. No creo, pues, exagerar si afirmo que darían para un libro.


¿Qué ocurrió con el cambio de régimen, a partir de 1978? Adolfo Suárez mantuvo el museo con el mismo ideal que fuera creado. Leopoldo Calvo Sotelo, también. Felipe González lo “permitió” con escasas alteraciones. Pero, oh sorpresa, llegó José Luís Rodríguez Zapatero, y el museo que nos ocupa fue literalmente “borrado”. ¿A qué “borrado” me refiero? Al “borrado histórico” de quien lo habitó durante tanto tiempo. Para ello se encontró la excusa perfecta: la “Ley de la Memoria Histórica o Democrática”, ésa que presenta nuestra reciente historia con una sola cara y hace paréntesis donde interesa. Ésa, en fin, que no podrán ver los actuales visitantes del museo, pues no queda vestigio alguno en el mismo de quien un día tuvo el nº 1 del DNI de España: Francisco Franco Bahamonde.

Viene ahora a mi memoria, no a la “histórica”, obviamente, un espléndido artículo de opinión del famoso periodista Carlos Herrera que por su interés reproduzco en algunas de sus partes más destacadas:
En la España de la anormalidad todo es posible. Que acabe siendo normal que un coronel trabaje en la torre de control de Barajas, que el estado de Alerta, o de Alarma, que no lo tengo claro, persista durante quince días —como si durante quince días estuviese sonando la alarma de su casa— o que una Comisión de Seguimiento de la Memoria Histórica presione a Patrimonio nacional para que supriman el dormitorio de Franco del recorrido de visitas del Palacio del Pardo… Y que Patrimonio lo conceda. En España empieza a ser normal lo anormal, incluidos los anormales que gestionan la cosa pública, sean inútiles, caraduras o timoratos. […] El paternalismo estomagante de la izquierda más sectaria ha decidido que no somos lo suficientemente estables como para visitar la parte del Palacio desde la que se gobernaba España —o se dormía— en la noche perpetua de la dictadura franquista; y yo pregunto ¿quiénes son los necios de Patrimonio Nacional para decidir lo que puedo o no puedo visitar?, ¿quiénes son los cretinos de la Comisión de Seguimiento de la Memoria Histórica para decidir por mí lo que puedo ver o lo que no puedo ver?, ¿qué tipo de trampa y de mentira me quieren inocular esta serie de profesionales de ocultar los hechos, estos profesionales especialistas en reescribir la historia como si las cosas no hubieran ocurrido?[4].

Se ha hecho tal “limpieza histórica” de banderas, muebles, escudos (véanse los recientemente retirados de la verja y de un par de farolas ancladas a ambos lados de la puerta de entrada principal al recinto palaciego[5])…que en el Palacio Real de El Pardo “nunca vivió Francisco Franco”. Así y no de otra forma lo verán las jóvenes y las futuras generaciones. Tirando de ironía, si se me permite, hemos de agradecer que no se hayan derribado (todavía) los muros del centenario palacio levantado por los Austrias en el siglo XVI y ampliado por los Borbones en el siglo XVIII, para hacer otro que, realizando una pirueta histórica, “borre” ya totalmente esas casi “cuatro décadas malditas” donde fue el centro de la gran mayoría de decisiones políticas del país, al punto que por metonimia “El Pardo” designaba la propia jefatura del Estado español.
El itinerario que en nuestros días puede ver el visitante tiene el valor, que no es poco, de contemplar un antiquísimo palacio cargado de piezas de gran valor histórico: tapices, relojes, arañas… Todo ello bien descrito por los guías de Patrimonio Nacional. El “problema” surge a las primeras de cambio, cuando los turistas hacen las típicas y reiteradas preguntas: “¿no nos enseñan Uds. el dormitorio de Franco?”, “¡pues yo vine hace años y me lo enseñaron!”, “pero si el dormitorio está, ¿qué malo hay en que lo veamos?”, “¿si lo tienen por qué no lo enseñan?”, “¿y si no lo enseñan para qué lo tienen?”, etc.

Tengo constancia expresa que estas preguntas u otras similares se plantean constantemente. Repito, constantemente. Ignoro si a la dirección del Patrimonio le consta, aunque me extrañaría que no. Por otro lado, ¿serviría de algo? Sé que las respuestas a las quejas/comentarios antes citados suelen ser diversas. Cada guía, al igual que “cada maestrillo”, tiene su “librillo”. Eso seguro. En ese sentido, animo al lector a que en algún momento se acerque hasta allí y lo compruebe in situ.

Bueno, pues hasta aquí mi aportación. ¡El tema daría para tanto! En última instancia, siempre se puede recurrir a la “hoja de reclamaciones”… Espero, no obstante, que los amables lectores, con mi granito de arena, se hayan hecho una pequeña idea de lo que un día fue un museo y de lo que ahora no es más que “un simulacro de un museo”. Para más información (relación y fechas de las visitas oficiales a España de reyes y jefes de Estado, etc.) les remito a mis libros La vida privada de Franco (2009) y Los Borbones y los Franco en el Palacio Real de El Pardo. Analogías y divergencias de la Historia (2024).
Para finalizar, no puedo por menos que pensar en ese estudioso, en ese historiador que quiere saber cómo vivió un jefe de Estado español llamado Francisco Franco, y viene al Palacio de El Pardo a investigar. Se sorprenderá, sin duda. Comprobará cuan seca está la que, en circunstancias normales, debería de ser una “fuente histórica” de primer nivel. Habrá de recurrir a otra fuente: a la de la Fundación Nacional Francisco Franco. Eso sí, tendrá que hacerlo sin demora, pues cuando un humilde servidor escribe estas líneas acaba de ponerse en marcha el proceso de ilegalización de dicha fundación…

CONCLUSIÓN
El Palacio de El Pardo sigue siendo hoy un enclave histórico de enorme valor patrimonial, tanto por su arquitectura como por las obras artísticas que alberga desde los tiempos de los Austrias y los Borbones. Sin embargo, su significado como escenario central de una etapa decisiva de la historia española continúa siendo objeto de debate.
Para algunos, los cambios introducidos en el museo responden a una reinterpretación necesaria del pasado; para otros, suponen una pérdida de elementos fundamentales para comprender la realidad histórica del lugar. En cualquier caso, el debate revela una cuestión de fondo: cómo deben conservarse y mostrarse los espacios vinculados a episodios controvertidos de la historia.
La residencia de El Pardo fue durante décadas el centro del poder político en España. Preservar su memoria —con todos sus matices y complejidades— constituye también una forma de garantizar que las generaciones futuras puedan acercarse al pasado con conocimiento y espíritu crítico, comprendiendo la historia en toda su dimensión.
[1] Ley 16/1985, de 25 de junio, de Patrimonio Histórico Español.
[2] Gorka López de Munain, “(breve) La máscara mortuoria de Francisco Franco en el Museo del Ejército (Toledo)”, Post Mortem, 20 de junio de 2018. https://postmortem.hypotheses.org/48
[3] Ver Karmentxu Marín, “Ayer se abrió el museo de El Pardo”, El País, 5 de agosto de 1976. https://elpais.com/diario/1976/08/05/ultima/208044001_850215.html
[4] “El dormitorio de Franco”, ABC, 10 de diciembre de 2010. https://www.abc.es/20101210/opinion-colaboraciones/dormitorio-franco-20101210.html
[5] C. Fraile, “Patrimonio Nacional retira los escudos franquistas del Palacio de El Pardo”, ABC, 15 de marzo de 2024. https://www.abc.es/cultura/patrimonio-nacional-retira-escudos-franquistas-palacio-pardo-20240315142237-nt.html















