INTRODUCCIÓN
La Guerra Civil española dejó tras de sí un rastro de violencia, persecución y martirio que marcó profundamente la historia del país y de la Iglesia. Entre los episodios más dramáticos se encuentra el sacrificio de María Pilar Gullón, Octavia Iglesias y Olga Pérez-Monteserín, tres jóvenes enfermeras de la Cruz Roja que acudieron voluntariamente al hospital del puerto de Somiedo para atender a heridos y enfermos.
El 28 de octubre de 1936 fueron asesinadas tras sufrir un brutal cautiverio por odio a su fe cristiana. Décadas después, la Iglesia ha reconocido su martirio y ha abierto el camino hacia su beatificación. Su historia, recogida con intensidad literaria por Concha Espina en Princesas del martirio, no solo recuerda el sufrimiento de aquellos años, sino que también reabre el debate sobre la memoria histórica, el reconocimiento de los mártires cristianos y el silencio o la incomodidad que aún rodea estos hechos en la sociedad española.
LAS MÁRTIRES DE SOMIEDO
Hace unos días, el pasado martes 11 de junio, el Papa Francisco autorizó promulgar los decretos de martirio para la beatificación de María Pilar Gullón Iturriaga (1911-1936), Octavia Iglesias Blanco (1894-1936) y Olga Pérez-Monteserín Núñez (1913-1936), tres enfermeras católicas laicas de la Cruz Roja, que fueron martirizadas por odio a la fe el 28 de octubre de 1936, en Pola de Somiedo (Asturias), durante la Guerra Civil española.
Poco antes de quedarse ciega, Concha Espina relató el suplicio y el martirio de estas tres mujeres en uno de sus libros publicado en 1941, que es una auténtica joya literaria, desde el título, Princesas del martirio, hasta la última página. Concha Espina describe la geografía donde tuvieron lugar los hechos con estas palabras: “San Pedro de Somiedo, una collación montaraz en el límite de dos provincias, trágico frente de guerra que divide a dos marcas españolas: la de León, llena de la fe en Cristo; la otra de Asturias, envenenada por los enemigos de Dios, enemigos también de la Humanidad”.
El victimario fue un socialista leonés, Genaro Arias Herrero, presidente de la Casa del Pueblo, que la noche antes de asesinarlas encerró a las tres enfermeras en la Casa del Pueblo del PSOE, convertida en checa, para que cuantos quisieran pudieran violarlas. El jefe de los socialistas trató de amortiguar los gritos de estas tres mujeres con el chirriar de una carreta de bueyes, que hizo circular alrededor de la checa durante toda la noche. La carreta llevaba el cadáver de un sacerdote, que él mismo había asesinado unas horas antes.
El socialista leonés Genaro Arias Herrero, la noche antes de asesinarlas, encerró a las tres enfermeras en la Casa del Pueblo del PSOE, convertida en checa, para que cuantos quisieran pudieran violarlas.
Genaro Arias Herrero, conocido en la comarca por el alias de “El Patas”, tenía 34 años cuando asesinó a las tres enfermeras y todo un historial criminal, que le había convertido en el terror de su comarca. Había nacido en una aldea cerca de Cistierna (León), pero residía en Villaseca de Laciana a poca distancia de Villablino (León), donde era el líder del socialismo de la zona, ya que había sido elegido presidente del sindicato minero de la UGT y de la Casa del Pueblo del PSOE de Villaseca de Laciana.
Desde que se proclamó la Segunda República en 1931, El Patas dirigió todas las huelgas y las manifestaciones revolucionarias de la comarca. Cuando los socialistas fueron derrotados en las urnas y dieron el golpe de Estado en 1934, que algunos llaman falsamente Revolución de Asturias, Genaro Arias Herrrero asaltó la mina “Teófilo”. Y cuando estalló la Guerra Civil, concentró a un grupo de unos trescientos hombres, de los que se valió para realizar registros y saqueos en la zona de Villaseca de Laciana, robando animales, dinero y pertenencias de los vecinos. El Patas asaltó las casas cuartel de la Guardia Civil y detuvo a los guardias civiles de Villaseca de Laciana, Caboalles de Abajo, Villablino y Murias de Paredes y a las mujeres de los guardias civiles se las llevó a la zona roja.
A una de las vecinas, llamada Trinidad Feito, el socialista Genaro Arias Herrero le manifestó que no se ganaría la guerra, hasta que no se matara a todas las personas de derechas. El Patas, incluso, trató de asesinar a la madre de Trinidad Feito, alegando como motivo que cuatro de sus hijos luchaban en el ejército de Franco, crimen que el socialista no consiguió consumar, gracias a que los vecinos protegieron a aquella pobre mujer.
“El Patas” dirigió huelgas, robos, asaltos de casas cuartel de la Guardia Civil y cometió asesinatos y robos en el Valle de Somiedo, donde sembró el terror
Cuando llegaron las tropas de los nacionales a Villaseca de Laciana, el 10 de agosto de 1936, El Patas huyó a Pola de Somiedo, donde se impuso como presidente del Comité revolucionario. En esta localidad asesinó a un guardia civil retirado, que ejercía como juez municipal, al secretario del juzgado y a otro vecino. Y aquello solo fue el principio de una serie de asesinatos y robos cometidos por él en el Valle de Somiedo, donde sembró el terror. Tras el asalto del ejército rojo al hospital de Somiedo, acudió al lugar para participar en la masacre, asesinó por su propia mano al sacerdote y se hizo cargo de los prisioneros de aquella avanzadilla del ejército nacional, entre las que se encontraban nuestras tres enfermeras de la Cruz Roja.
María Pilar, Octavia y Olga habían acudido voluntarias para atender a los enfermos del hospital del puerto de Somiedo. El 27 de octubre de 1936 comenzó su calvario, cuando los rojos asaltaron esa posición y arrasaron el hospital, rematando hasta matarlos a los heridos en sus camas y haciendo prisioneras a las tres enfermeras.
De nada valieron las súplicas de los mandos militares, del médico y del sacerdote en favor de los heridos y de los convalecientes del hospital de Somiedo. El comportamiento de quienes solicitaron piedad para los asaltados, lo describe Concha Espina con estas palabras: “Acaso esperaban compasión para ellos, con esa hidalguía natural del que es «hijo de algo», miembro de las alcurnias del alma, brote de una creencia y de una virtud que decoran al soldado, lo mismo que al general, dentro del ejército católico”. Por otra parte, a los socialistas que asesinaron a los enfermos y apresaron a las tres enfermeras, Concha Espina les enjuicia así: “Pero los asaltantes eran «hijos de nada», producto del anarquismo y la disolución de Europa, mortífero veneno de la sociedad”.
Durante el asalto, a las tres enfermeras se les presentó la oportunidad de huir y ponerse a salvo de sus captores, pero se negaron a abandonar a sus enfermos. Olga, la más joven de las tres pues tenía solo tenía 19 años recién cumplidos, fue alcanzada en una ceja por el roce de una bala y de la herida brotó la sangre, que tiño de rojo su uniforme blanco. Al momento uno de sus pacientes le sugirió que dejase de atenderlos, para curarse ella misma, pero la enfermera le respondió:
—“¿Curarme? ¿Para qué? Ya es inútil; no hay tiempo. Vamos a morir y enseguida a resucitar entre los mártires del Señor. Nos separaremos apenas unos instantes para reunirnos eternamente”.
Indudablemente que una respuesta como esa solo brota en un alma cristiana, alimentada por la oración y los sacramentos. Las tres enfermeras durante octubre, mes del Rosario, practicaron esta devoción mariana y asistían a diario a la Santa Misa, que celebraba el sacerdote en el hospital de Somiedo. María Pilar pertenecía a las Hijas de María y a las Conferencias de San Vicente de Paúl. Octavia era de las mismas asociaciones que María Pilar y además estaba inscrita en Acción Católica.
Los que quedaron vivos del asalto del día 27 de octubre fueron hechos prisioneros y la mayoría llevados a Gijón. A las tres enfermeras, junto con dos falangistas de la guarnición, José Fernández Marvá y Salvador González, les condujeron desde el hospital del puerto a Pola de Somiedo, distantes doce kilómetros, que recorrieron a pie.
En torno a los milicianos que conducían a los prisioneros —escribe Concha Espina— “se había formado un cortejo de furias, un bronco sartal de milicianas vestidas de mono, arisco el pelo y el semblante, agresivas las voces salpicadas de blasfemias y de insultos. Llevaban como botín de su mezquina victoria varias prendas mujeriles: un abrigo largo, una chaqueta de cuero, un estuche de tocador y un bolso elegante. Se lo repartieron a las milicianas entre burlas y denuestos. Y todos juntos cambiaron opiniones a gritos sobre la terrorífica suerte que esperaba a los prisioneros”.
Conocemos el nombre de esas mujeres y su rango, descrito por Concha Espina. Lola Sierra, “número visible del ejército rojo mujeril”; Evangelina, la secretaria, “con aberraciones intelectuales”; Milagros, “la valiente rematadora de moribundos” y Emilia Gómez, “un monstruo infernal de veinte años y degeneración humana hasta el fondo satánico de la materia”. Ellas forman parte del cortejo de los verdugos y con todos los recursos de la indecencia de sus palabras, de sus gestos y de sus manoseos excitan todas las bajezas animales de los que pronto van a ser los depredadores sexuales de las tres enfermeras.
Así es que cuando llegan a la Pola de Somiedo separan a los dos falangistas de las tres enfermeras y las hacen subir a una habitación de la checa, que era la anterior Casa del Pueblo de los socialistas. Y allí, en la Casa del Pueblo del PSOE, donde dicen los seguidores de Pablo Iglesias que se democratiza la cultura para ponerla al servicio del pueblo, el socialista Genaro Arias Herrero, El Patas, les entregó a los suyos los cuerpos de aquellas tres mujeres, para someterlas al espantoso abuso de ellos durante toda una noche, antes de asesinarlas, a los que les dio la siguiente instrucción con estas palabras textuales: “Que aquella noche podían quedarse con las enfermeras y hacer de ellas lo que mejor les pareciera”.
Al día siguiente, cuando ya había salido el sol, El Patas sacó a las tres enfermeras de la checa, para fusilarlas. Y como hicieran el día anterior con las capas y los estuches de las cautivas, las «tiorras» —el calificativo es de Concha Espina— echan a suertes el gozo de matarlas. Y como discuten y no se ponen de acuerdo, tercia una de ellas:
—“A ver, que las señoritas escojan su propio verdugo, ¡Vamos, pichonas! ¿Quién mata a quién?”
Por fin, Evangelina, Lola y Emilia se reparten la matanza. Se sitúan a tres metros de sus blancos y cuando las tiorras van a encarar el arma, un sargento detiene la ejecución y propone indultarlas, si levantando el puño gritan: ¡Viva Rusia! Pero como respuesta inmediata, tres gritos al unísono suben al Cielo:
—¡Arriba España! ¡Viva Cristo Rey!
Su respuesta deja paralizados a los milicianos y a las tiorras. María Pilar y Octavia rezan con los ojos fijos en el cielo. Y Olga, quizás por ser la más joven, la más atrevida, les mira a todos fijamente y les dice:
—¡Hasta para matar sois cobardes!
Entonces comienzan a temblar las tiorras, y como no consiguen apuntar, tres milicianos se colocan detrás de cada una de ellas, para sujetarles el arma y ayudarlas a apuntar con firmeza. El desenlace se lo dejo contar a Concha Espina:
“Al fin las mujeronas disparan temblando. Y se desploman las muchachas de un solo golpe, una caída sorda en la hierba. Que, no obstante, levanta un eco pavoroso en todo el orbe civilizado. Y entonces cada mártir extiende el haz de sus cinco dedos, para balbucir todavía, un grito de fe en España y en la Cristiandad.
—Ya se acabaron las señoritas —ruge un cobarde.
—Falto yo.
Hay un espasmo de terror y alarma entre el público. El capitán Sánchez se acerca a la moribunda, pistola en ristre.
—A ver ¿quién vive aquí? —protesta, iracundo.
Pilar, transfigurada su hermosura por una angélica lucidez, responde:
—¡Dios!
Recibe, sonriendo, el tiro de gracia, y se duerme entre sus compañeras”.
Y concluye su libro Concha Espina con una propuesta, que bien podría llevarse a cabo el día que tenga lugar la ceremonia de la beatificación de estas tres mártires. Esto es lo que propuso la autora de Princesas del martirio en 1941, cuando entonces ningún campanario de las iglesias españolas, fueran altos o bajos, se avergonzaba de nuestros mártires de la Segunda República y de la Guerra Civil y todos sin excepción llamaban a las cosas por su nombre: “Y desde el humilde tributo de estas páginas, yo solicito para las enfermeras de Astorga, un volteo nacional de los bronces, que aún se afirman en nuestros campanarios, un repique gozoso de aleluya, como cuando un niño transita, por inocente y puro, desde los brazos de su madre hasta el trono de la Virgen María”.
Javier Paredes
Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá
Ocho años después de la entrada de la Ley, y puesto que el Ejecutivo del Partido Popular no modificó una sola coma del texto legal, han llegado al poder nuevos partidos a los ayuntamientos de varias capitales españolas, como Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, La Coruña, Santiago de Compostela o Cádiz, que se han fijado como prioridad la aplicación rigurosa de la ley en aquellos puntos que aún no se hubieran aplicado. Como, por ejemplo, el del cambio de nombre a las calles dedicadas a personalidades y acontecimientos vinculados al franquismo.
El último Consistorio en ejecutar la Ley de Memoria Histórica ha sido el de Madrid: el 22 de diciembre, con los votos de Ahora Madrid (Podemos y otras formaciones), PSOE y Ciudadanos, el pleno municipal aprobaba la creación de un Plan Integral de Memoria de Madrid, cuyo primer paso ha sido el cambio de nombre de 30 calles dedicadas a generales, personajes y acontecimientos destacados de la Guerra Civil y de la dictadura franquista. La concejal de Cultura, Celia Mayer, explicó que en torno al mes de abril se habrá elaborado un listado completo de las calles y vías que cambiarán de nombre, gracias al trabajo conjunto de la Concejalía y la Cátedra de Memoria Histórica de la Universidad Complutense.
Monumentos a los mártires
Sin embargo, y a pesar de que el artículo primero de la ley explica que busca «reconocer y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas, o de creencia religiosa», y el artículo 15 señala que no se retirarán calles y monumentos «cuando las menciones sean de estricto recuerdo privado, sin exaltación de los enfrentados, o cuando concurran razones artísticas, arquitectónicas o artístico-religiosas», la disposición del Ayuntamiento de Madrid también ha incluido la supresión de un monumento a los mártires que murieron a causa de su fe, sin connotaciones políticas, y que estaba situado junto a las tapias del cementerio de San Isidro, donde numerosos católicos fueron fusilados entre 1936 y 1939 solo por el creer en Cristo.
Católicos de la posguerra
El listado de calles que el Ayuntamiento madrileño estudia retirar incluye vías dedicadas a los mártires maristas, a los mártires de la Ventilla, a los mártires concepcionistas, al padre Justo Dorado Dellmans (un sacerdote de 31 años asesinado a causa de su fe), a los mártires de Paracuellos, al Cerro de los Ángeles (santuario de Getafe cuya imagen del Sagrado Corazón fue fusilada en la guerra), al padre Huidobro (capellán del bando nacional muerto en el frente mientras ejercía su ministerio), y a todos los mártires de la guerra. Además, también figuran las vías dedicadas a personalidades eclesiales como el arzobispo Morcillo, primer arzobispo de Madrid; el cardenal Herrera Oria, fundador de El Debate y de la ACdP, o varias dedicadas al patriarca Leopoldo Eijo y Garay, arzobispo de Madrid.
Valencia, Barcelona, Cádiz…
El de Madrid no es un caso aislado. En Valencia, el Ayuntamiento formado por el PSOE-PSPV, Compromís y Esquerra Unida anunció en julio, por boca de su alcalde Juan Ribó, que aplicará la ley «lo más rápido posible» y «rigurosamente y con cariño». Los posibles cambios del callejero valenciano podrían afectar a la calle y al monumento en memoria del arzobispo Olaechea, y a la plaza de los Mártires, entre otras vías.
Similares son los casos de Cádiz, La Coruña y Santiago de Compostela, cuyos alcaldes han creado comisiones e incluso concejalías para aplicar la Ley de Memoria Histórica; o Barcelona, donde la alcaldesa Ada Colau ya prohibió el pasado mes de julio una Misa en los fosos del castillo de Montjuic, que fueron testigos del fusilamiento de numerosos mártires por su fe durante la guerra.
Sectarismo ideológico
Esta equiparación de los mártires y otras personalidades de la Iglesia con personajes del régimen franquista responde, según el historiador valenciano Vicente Cárcel Ortí, «a un claro interés de desprestigiar todo aquello que tenga que ver con la fe católica, y a un intento sectario de imponer el laicismo radical, a costa de borrar la historia». «Intentar cambiar los vestigios del pasado por motivos políticos no es algo nuevo: viene de tiempo de los romanos y lo hizo también la Segunda República. Pero no deja de ser injusto que se trate del mismo modo a generales y ministros que participaron en la guerra y en la dictadura, y a personas como el arzobispo Olaechea o el arzobispo Morcillo que se destacaron, entre otras cosas, por favorecer la promoción social de las clases populares durante la posguerra, aunque por su cargo eclesial tuviesen algún tipo de representación en las instituciones civiles», añade.
Una relectura sesgada
También Alfonso Bullón de Mendoza, catedrático de Historia contemporánea en la Universidad San Pablo CEU y ex vicepresidente de la sección de Historia del Ateneo de Madrid, explica que «es un grave error hacer una relectura de la historia desde parámetros actuales. Por un lado, se omite que la Iglesia no tuvo demasiadas opciones para posicionarse durante la guerra, pues en un bando a los generales les gustaba desfilar bajo palio, y en el otro, a los generales les gustaba matar curas. Y mientras tanto, se obvia que la gran oposición al régimen desde los años 60 vino precisamente desde el seno de la propia Iglesia».
Posibles medidas legales
No obstante, Bullón aclara que «lo que están haciendo estos ayuntamientos en principio es solo aplicar una ley que aprobó el PSOE y que el Gobierno del PP ha mantenido intacta tras cuatro años de Gobierno, así que no es nada ilegal». Sin embargo, «en el caso de que la ley se aplique de forma incorrecta y se violente el respeto a aquellos represaliados a causa de su fe, como pueden ser los mártires, es necesario denunciar judicialmente la situación para evitar que se cometa una injusticia histórica». «Un Ayuntamiento –añade– puede cambiar las calles que quiera y por los motivos que quiera, porque es su competencia. Pero si se aduce la Ley de Memoria Histórica, entonces habría un conflicto legal que debería denunciarse».
Ignorancia o malicia
¿Por qué, entonces, se ha retirado un monumento a los mártires situado en las tapias un cementerio? Para Bullón de Mendoza, «puede ser por ignorancia o por malicia. Lo primero no es descartable, pues han demostrado su falta de conocimientos al retirar una calle a Francisco Iglesias, un industrial de Vallecas que murió antes de la Segunda República al que han confundido con aviador del bando nacional. Y lo segundo, la malicia, tampoco es descartable, pues la retirada del monumento a los mártires de San Isidro ha sido solicitada por los votos del Partido Socialista, que fue el mismo partido que ordenó aquellos fusilamientos».
Un barrio levantado por el obispo
El sacerdote Julio Rodrigo Peral, experto en Historia de la Iglesia, coincide en señalar que «es ilógico retirar del callejero cualquier homenaje a personalidades de la Iglesia de la posguerra solo porque fueran homenajeadas durante el franquismo. La mayoría de las calles y plazas dedicadas a obispos durante estos años, como es el caso de Eijo y Garay no suponen un homenaje del régimen, sino un agradecimiento de los vecinos porque la Iglesia se implicó mucho en la creación de barrios enteros».
Ese es el caso del arzobispo Olaechea, en Valencia, o de los arzobispos Morcillo y Eijo y Garay, en Madrid. «Eijo y Garay –explica Julio Rodrigo Peral– puso a disposición de las clases obreras miles de viviendas populares, levantadas en solares cedidos por la diócesis y financiadas con rifas y donaciones. Entre 1952 y 1963, gracias al Patronato Virgen de la Almudena, creado por Eijo y Garay, se levantaron 3.189 viviendas populares en barrios humildes como Carabanchel, Vallecas, Usera, Alto de Extremadura o López de Hoyos, muchas de las cuales entregó el mismo arzobispo a sus propietarios».
En resumen, y como señala Alfonso Bullón de Mendoza «intentar ahora borrar la presencia de la Iglesia en la sociedad, modificando la cultura y la historia, es un ejercicio que dice muy poco de quien lo practica, perjudica a todos los ciudadanos al sustraerles la memoria, y terminará por dejar en evidencia, con el tiempo, a quienes lo promueven».
Ángel Herrera Oria, antes de ser sacerdote creó la Editorial Católica, la Escuela de Periodismo, el diario El Debate, el CEU, la ACdP y el Instituto Social Obrero. Como obispo de Málaga, creó más de 200 escuelas-capillas en zonas rurales.
Marcelino Olaechea promovió en Valencia la creación del barrio de viviendas populares San Marcelino, el Banco Nuestra Señora de los Desamparados para necesitados, y un instituto para trabajadores.
Juan y Demetrio de Andrés fueron ayudantes del Padre Rubio en la barriada chabolista de La Ventilla, donde ejercían como maestros para niños pobres. Fueron asesinados por su fe en Cristo a comienzos de la Guerra Civil.
CONCLUSIÓN
El testimonio de las mártires de Somiedo trasciende el contexto histórico en el que vivieron y murieron. Su decisión de permanecer junto a los enfermos, su fidelidad a la fe incluso ante la muerte y su valentía frente a sus verdugos las convierten en un símbolo de entrega y de convicción espiritual.
Sin embargo, su memoria también plantea preguntas incómodas en el presente. Mientras algunas políticas públicas buscan reinterpretar o retirar símbolos vinculados a determinados episodios del pasado, el recuerdo de quienes murieron únicamente por su fe corre el riesgo de quedar relegado o silenciado.
Recordar a las mártires de Somiedo no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino también una invitación a reflexionar sobre la libertad religiosa, la justicia con el pasado y el deber de preservar íntegramente la historia, sin olvidos selectivos ni lecturas parciales. Solo desde ese reconocimiento completo de la verdad histórica puede construirse una memoria colectiva verdaderamente reconciliada.
