LA suspensión de Arriba no supuso la merma de actividad de la Falange. Por el contrario, durante ella, la Junta Política madura la decisión trascendental de sublevarse «sola o acompañada» y en el momento oportuno, tomada poco más de un mes antes de Gredos. Las Jefaturas Provinciales, cumpliendo con sus instrucciones, activan la puesta en pie de guerra de las organizaciones, y el Jefe empieza a tantear sobre terrenos propicios las colaboraciones posibles, siempre que -según el Punto 27- estuviese asegurado nuestro predominio.
La reunión de Gredos, de la que queda un interesantísimo documental fotográfico, en gran parte inédito (José Sainz guarda algunas fotografías muy curiosas del Jefe entrenándose con una pistola y bañándose en un arroyo.), tuvo para José Antonio, además de la importancia de las decisiones tomadas, una significación especialísima de orden privado, creo que desconocida hasta la fecha. La reunión se había convocado para el día 16 de junio. La víspera llegaron casi todos los componentes de la Junta Política y algunos camaradas más que -como dice Bravo- iban «para gustar de nuevo el placer de sentirse al lado del Jefe, de sentarse a sus manteles y embelesarse oyéndole y viéndole». Entre otros, Sánchez Mazas, Alfaro, Sáinz, Mateo, Fernández-Cuesta, Sancho Dávila, Luna, Montarco, Ruiz de Alda, Salazar, Valdés, Aizpurúa, etc. Por la mañana había llegado Bravo con tres falangistas de Salamanca. Por la noche, conduciendo su coche, con Luis Aguilar al lado, como siempre, llegó José Antonio procedente de Badajoz, en cuya Audiencia había defendido a los camaradas de Don Benito por los sucesos de enero en que las gentes de Ezquer anduvieron limpiamente a tiros con los marxistas. Llegó cubierto de polvo y cansadísimo. Abrazó a los camaradas que le esperaban y después de lavarse bajó al comedor con su habitual hambre de lobo. Escoltado por sus camaradas entra en el comedor. Hay poca gente. Gredos no es un sitio demasiado a mano para ir a comer desde Madrid. Gredos es un lugar para reposo, para meditación, para trabajo o para comienzos de luna de miel. En un rincón, iniciando la suya -se ha casado en Madrid por la mañana-, está «ella». José Antonio la ve en seguida. «Ella» le ve también y baja los ojos. El marido, probablemente, advierte la presencia de José Antonio. La situación es violentísima para los tres. José Antonio, -hombre de mundo-, avanza hacia los recién casados. Besa la mano de su antigua novia y estrecha la del marido. Les felicita y vuelve a su mesa, con el corazón lleno de amargura. Nadie advierte nada en su rostro. El hambre de lobo se le ha pasado súbitamente. Pero ha dicho que tiene hambre de lobo y no podría dejar de comer sin causar extrañeza en sus camaradas que se disponen a oírle elogiar la fuerte cena serrana. Come y habla maquinalmente. Su pensamiento se aparta un poco de España para volverse sobre el yermo de ilusiones de su corazón juvenil. Ninguno de los comensales advierte su honda tristeza íntima. Su ironía es más fina que nunca, quizá porque por vez primera tiene un ribete de amargura. Como ha venido cansado, puede irse pronto a dormir. ¿A dormir…? ¿Podría dormir, sabiendo que «ella» pasaba sus bodas tan cerca?
Pero José Antonio no ha ido a Gredos para vivir una noche de personaje romántico. Daría vueltas en su lecho, sin sueño, pero en su insomnio, la preocupación de España vencería su dolor particular, indigno de tenerse por él (Hay quien asegura que José Antonio se marchó del Parador y durmió en una casa aldeana de la misma sierra. Pero no es cierto. Durmió en el Parador). Probablemente se levantaría, se asomaría a la noche clara y estrellada, miraría al cielo con lágrimas en los ojos, y el cielo le daría la visión de los astros, donde la fuerte poesía de la Falange ha colocado a los mejores. Buscaría una estrella para él, en aquel enjambre de luciérnagas clavadas en la noche. «Su» estrella… sonreiría a la idea del pistoletazo de Werther. «La vida no es una bengala que se quema alegremente al final de una noche de fiesta.» Ni una antorcha que se encienda funeral para acabar una serie de desilusiones. Vivir es más. Es vencerse. El se ha vencido a sí mismo muchas veces, para servir la más alta Causa. ¿A qué espacio volaría su pensamiento místico aquella noche interminable? Pocas personas habrán tenido la confidencia. Rafael Garcerán -por quien yo conozco este episodio emocionante y novelesco- dice que le dijo al contárselo: «En mi vida he pasado una noche más horrible.»
Se le conoce en las fotografías. Hay una de la mañana siguiente en que está despeinado y con gesto de fatiga. Sonríe tristemente; sus ojos miran muy lejanos -cosa extraña en él, que siempre mira a lo inmediato, con fijeza y precisión irresistible- y su mano empuña la pistola con que se ha entretenido en pegar tiros a los aguiluchos y a sus preocupaciones personales (Número extraordinario de la revista Y, 2ª edición, octubre 1938.). Nadie lo advirtió, sin embargo, aunque es probable que si ahora me leen recuerden un algo especial en la voz o en el gesto del Jefe. Aunque lo más probable es que su entereza de carácter venciese su dolor íntimo y sobrepusiera a él las consideraciones urgentes de la Patria. «Ella» desapareció del Parador de Gredos aquella misma mañana en que «a la sombra de los copudos pinos», sentados como moros, comenzaron las reuniones de la Junta Política (Todo el relato de la Junta es del libro de Francisco Bravo). «José Antonio habló como una media hora -acompañado de la música del viento serrano que jugaba con la fronda, con caricias del sol sobre su frente altiva-, trazando un bosquejo, certero y pesimista, de la situación de España por aquel entonces.» (Situación fijada con máxima precisión en los últimos discursos y en los artículos citados de Arriba.)
«-Yo os digo -decía José Antonio- que en las próximas elecciones el triunfo será de las izquierdas y que Azaña volverá al Poder. Y entonces a nosotros se nos plantearán días tremendos, que habremos de soportar con la máxima entereza. Pero creo que en vez de esperar la persecución debemos ir al alzamiento, contando, a ser posible, con los militares, y si no, nosotros solos. Tengo el ofrecimiento de 10.000 fusiles y un General. Medios no nos faltarán ( Ni el nombre del General ni la procedencia de los medios fueron revelados entonces -y creo que nunca- por José Antonio, que no quería comprometer a nadie…, ni aun hablando a los suyos.). Nuestro deber es ir, por consiguiente, y con todas las consecuencias, a la guerra civil.
»Si a todos los camaradas se les hubiera podido medir el júbilo ante palabras tan trascendentales y decisivas, se habría tenido que reseñar con una cifra desmesurada. Si acaso, a la manera de astrónomo, «con años de luz». Hasta aquel magnífico Aizpurúa, flemático y tranquilo, exultaba como ahora un jefe de escuadra nuestro, después de un asalto provechoso a una posición roja. De los hombres de armas tomar, de Ruiz de Alda, Aguilar, Luna, etc., no hay que hablar. Alfaro y Sánchez Mazas veían nuestra concentración y la marcha consiguiente sobre Madrid desde un punto de vista literario y poético. Onésimo vibraba con aquella pasión suya de castellano requemado por dentro, dispuesto siempre a lo que fuera por su España y sus ideales. Y como tantas otras veces -ayer, hoy y mañana-, tuve que cargar, para restablecer un poco el equilibrio y sujetar a los camaradas aun plano realista y objetivo, con el papel desagradable de crítico, un tanto escéptico. Pero mis razones se las llevaba el viento, hundiéndolas en el agua fría de la Fuente Tormella, donde nace un río universitario y socarrón; en el que quizá aprendí yo, tanto como en la Historia, a no confundir nuestros deseos con los hechos y a no creer en que las cosas son como queremos que sean, sino sencillamente como son.
»José Antonio, conteniendo la alegría que le rebullía por dentro (¿No sería su exaltación fruto de la noche amarga pasada en la soledad de la alcoba del Parador y un poco de deseo de aturdirse para olvidar? Generalmente, el Jefe era muy mesurado y poco optimista.), nos expuso sus planes. Haríamos concentrar en un punto próximo a la frontera portuguesa -luego me enteré que se había elegido Fuentes de Oñoro, en mi provincia salmantina- unos miles de nuestros hombres. Allí serían armados. Allí aparecería a su frente un general, del que se nos ocultó el nombre, pero cuya figura maciza y fuerte vagaba por nuestras mentes, tal como si lo viéramos al frente ya de nuestras centurias. Y nos lanzaríamos a la lucha, planteando un hecho consumado a los patriotas de corazón que no tuvieran borrado el sentido del honor y de la vergüenza, bien por contacto con los grupos políticos exentos de quijotismo y de virtud heroica, o por la contaminación con las ideas antinacionales.
»Dedicamos cerca de dos días al examen, en principio, de todas las contingencias del difícil plan que José Antonio había pensado, sintiendo dentro de sí, no sólo su amor inimaginable por España y la Falange, sino también una vocación guerrera de casta. Era el genio familiar y militar de sus antepasados el que le hacía creer factible la concentración de «camisas azules» y la marcha sobre Madrid. No es que se creyera un estratega ni un organizador de ejércitos. Para tal menester esencial estaban Ruiz de Alda y los militares inscritos ya en nuestras filas. Pero en José Antonio se daba siempre, y paralelo al político y al polígrafo, un guerrero inteligente y capaz. Auténtico napoleónida, el arte bélico no le podía ser ajeno.
»Y así fue acordado que Falange -que iría a las próximas elecciones para hacer propaganda y nada más- cifrara todos sus anhelos en la preparación para la guerra insurreccional.
»Desde aquel junio de 1935 -¿quién puede aludir a fecha históricamente tan remota, al hacer valer los títulos de santa rebeldía por la nueva España?-, Falange se dedicó a conspirar.» A conspirar, pero con el deseo de embarcar en la conspiración a todo lo mejor de España. Sin exclusivas ni fobias. Y sin embargo, muchas gentes, deseosas de cambiar el sistema estúpidamente suicida, no se decidían por si nuestro plan no era el cambio de régimen o por si lo era. No les convencía la revolución nacionalsindicalista al solo grito de Arriba España. Necesitaban que se hiciera con vivas o mueras a esto y a lo otro. Creían también que el momento no era llegado; que aún podrían hacer algo el Parlamento agónico y la Democracia estéril. Creían que aun en el caso de acertar José Antonio en su reiterada profecía de la vuelta de Azaña, los hombres del bienio podrían sujetar el furor torvo de las masas marxistas. Creían que nada podría hacerse sin contar con el Ejército, y temblaban ante la idea de una Dictadura militar. Pero mientras la timidez, el miedo, la comodidad y el egoísmo aconsejaban prudencia a los otros, a José Antonio y a su Falange les encendía la sangre el ruido y el olor de la pólvora marxista que, implacablemente, les rondaba por todos los cruces de calles y caminos.
