Se entiende por Transición el período histórico en el que se tuvieron lugar las oportunas transformaciones a fin de pasar del franquismo a un Régimen, oficialmente democrático, o eso aseguraban todos; lo suficiente, al menos en apariencia, como para que España fuera aceptada en la Europa, dicen que unida, sea bajo un nombre, ya con otro: Mercado Común, Unión Europea… ¿Cuál será el siguiente, “Emiratos del Norte”, tal vez?
Pues bien, historiadores y opinantes varios han estudiado, a su manera, este interesante proceso. Aunque, a la vista de las conclusiones más divulgadas, estudiar, lo que se dice estudiar…
Unos sitúan su comienzo en el asesinato del Almirante Carrero Blanco (1973); otros, en la muerte de Franco, dos años después; los hay que se inclinan por el nombramiento de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno (1976)…
En lo que parecen estar de todos acuerdo es en que el pueblo español, en una exhibición de madurez, tolerancia y reconciliación, ofreció al mundo un glorioso ejemplo al pasar, sin graves sobresaltos, de un Régimen totalitario a otro plenamente democrático. En el que el progreso y el bien hacer han sido constantes para fortuna de sus felices beneficiarios, el pueblo español al completo.
Que no han dado una, vamos.
Tal pareciera que no han querido enterarse de nada. O, mucho más probablemente, que no nos enterásemos nosotros.
Dado que, a mis más de ochenta abriles, he vivido los tiempos de este proceso con edad suficiente como para enterarme, voy a dar mi versión, ésta no interesada, de todo lo que entonces vi pasar por delante de mí y lo que, dada mi edad, he podido escuchar a mis mayores, testigos directos de la guerra y los años anteriores a aquellos en los que empecé a formarme, por mi mismo, una opinión acerca de cuanto observaba y escuchaba.
Cuando yo era niño, vino a vivir al piso, puerta con puerta del nuestro, un simpático matrimonio, él, entonces, un joven Oficial del Ejército de Tierra. En seguida hizo amistad con mi padre y eran frecuentes sus visitas, después de cenar, en las que ambos se enredaban en una partida de ajedrez. Abundaban, como es lógico, los comentarios de uno y otro sobre la candente actualidad de entonces, en plena posguerra, que yo escuchaba con creciente interés, según también era yo el que iba creciendo. Este simpático e inteligente militar tuvo siempre la impresión de que Franco, ya a pocos días de la Victoria (Abril de 1939), empezó a pensar en cuánta debería ser la duración de su Régimen (él lo llamaba “Capitanía”), en qué otro tendría que desembocar y cómo se habría de proceder, siempre bajo su atento control, para pasar suavemente a él. Ya en aquellos primeros instantes, el Generalísimo se estaba planteando, pues, la necesidad, entonces lejana, pero necesaria, de una bien planificada transición.
Este vecino militar se lo escuchó, más de una vez, a sus Superiores más inmediatos, aquellos a los que se lo habían contado algunos Generales de trato directo con el Caudillo, quien, a su vez, les había manifestado, en más de una ocasión, que, como nadie es eterno y los procesos históricos deben ser lentos y cuidadosamente graduados, bueno sería empezar a plantearse ya el futuro, por muy lejano que pareciera entonces. El futuro tras él, se entiende. Sé perfectamente que todo eso me llegó, digamos, de tercera mano; eso es cierto; pero no lo es menos que aquellos testimonios, de diversas fuentes, eran siempre coincidentes; además, ¿quién podría tener interés en mentir acerca de todo aquello?
Como quiera que, además, los sucesos posteriores han confirmado todos y cada uno de los términos de cuánto aquel militar nos iba contando, no creo que mis lectores tengan motivo para dudar de cuánto les estoy relatando.
Con la Segunda Guerra Mundial en puertas, poco después, cruda y trágica realidad, bastante tuvo Franco a lo largo aquellos turbulentos años con preocuparse de mantener a España al margen de la contienda y de que, aproximadamente, la gente pudiera comer de vez en cuando.
Lo que sí me ha llegado, también de forma indirecta, pero más que fiable, es que Franco, en aquella época, comentó a varios de sus allegados lo diferente que habría de ser el mundo, según ganaran la Guerra unos u otros; y, en consecuencia, la forma en que el Régimen debería adaptarse a la nueva situación europea y mundial, fuera ésta la que finalmente fuera; lo que supondría plantearse el futuro más adecuado a la realidad internacional, sin por ello, renunciar, en modo alguno, a los sólidos principios en que la nueva España habría de basarse.
Desde el primer momento tenía decidido que la forma futura del Estado sería la Monarquía; nuestras dos experiencias republicanas le habían demostrado, bien a las claras, que ese sistema político no se hizo para nosotros.
Tanto es así, que, en 1947, planteó al pueblo español la Ley de Sucesión, que, tras ser aprobada masivamente en el correspondiente referéndum, convirtió oficialmente a España en un Reino; sin Rey, de momento, porque a Franco no se le había pasado por la cabeza ceder el Poder a un Monarca sin antes dejar asentadas muchas cosas. Y, por supuesto, despejar, si ello fuera posible, las muchas dudas que le ofrecía el legítimo heredero de la Corona, el infante Juan de Borbón. Dudas que eran muchas… y más que preocupantes.
Pero de que Franco pensaba en la España después de él y, por supuesto, en la correspondiente y necesaria Transición bajo su constante vigilancia, ya en aquellos años, no parece caber la menor duda.
Así que, de situar el comienzo de ese proceso en la década de los setenta, nada de nada. La cosa, con toda seguridad, venía de mucho antes.
Franco sabía muy bien que debería procederse con cautela, que las transformaciones bruscas no son el mejor método; que el pueblo español por entonces con muchas heridas y rencores a cuestas, no estaba para convulsiones.
Su primera tarea consistió en despolitizar a la gente; a la que se dejó muy claro que siempre habrá minorías manipuladas con ganas de armarla; que resultaba imprescindible curar a los españoles de la gravísima enfermedad de las ideologías, causa primera y principal de la reciente tragedia.
La población siempre estará dividida en dos grupos: una minoría dirigente y el resto, o sea, casi todos, los gobernados.
Para Franco, el convencer a la gente de que obligatoriamente, o poco menos, ha de tener alguna ideología, o sea, de que todo español ha de ser de derechas, de izquierdas, liberal, socialista, conservador… constituía una agresión de tamaño sideral; un cuento, una estafa para dividir a la sociedad en beneficio de ambiciosos Partidos políticos, generalmente corruptos.
Esa gentuza necesitará siempre el enfrentamiento, crear forofos que se dejen la piel, tanto apoyando a unos, como atacando a los otros, a poder ser de modo violento. Así, inmersos en esa pelea, no se fijarán demasiado en cómo gobiernen unos u otros: lo importante, para cada uno de los así manipulados, debe ser aterrorizarse ante la posibilidad de que se hagan con el Poder los de enfrente. Eso, a ningún precio. Y, naturalmente, ese precio, el que pagan por su credulidad, terminará siendo enorme.
El trabajar, desde Gobierno e Instituciones, en pro de los españoles, pasaría a ser una cuestión secundaria. Lo fundamental, para cada Partido, será siempre hacerse con el Poder, entiéndase, con el dinero.
El timo estaba claro; no es de extrañar, pues, la profunda alergia que el Generalísimo sintió siempre a los Partidos políticos.
El propio Franco puso este ejemplo a uno de sus Generales, lamento no recordar su nombre, pero mi vecino estaba seguro de quién era; nos lo contó en varias ocasiones, siento haber olvidado ese dato: una familia ha ahorrado dinero suficiente y se plantea cómo utilizarlo para mejorar su vivienda; esa es la principal cuestión, la verdaderamente difícil, la decisiva: ¿pintar las paredes? ¿revisar grifos y tuberías? ¿tal vez la instalación eléctrica?
Una vez tomada la decisión, el resto será sencillo: buscar al pintor, al fontanero o al electricista más competente y que presente un presupuesto ajustado a los posibles de la familia; eso no ofrecería, en principio, la menor dificultad pues se sabe perfectamente dónde buscar el profesional más adecuado.
Trasladado esto a la política, lo importante es conocer las prioridades de la población en cada momento; porque lo que quiere la gente, lo que necesita, está siempre claro: paz, seguridad, prosperidad, igualdad ante la Ley y de oportunidades, libertad…
¿En consiste la verdadera ideología? Claramente en el orden en que cada español sitúe cada uno de estos deseables objetivos.
La segunda parte, la de contratar el equivalente a pintores o fontaneros, no presenta graves dificultades.
De hecho, Franco procedió siempre de acuerdo con este agudo y eficaz planteamiento: elegía para poner al frente de cada Ministerio a la persona que juzgaba más competente, en función siempre de su titulación académica (la mayoría, números uno o dos de sus promociones) y, todavía más importante, una dilatada y exitosa experiencia en la gestión; después, les señalaba objetivos (viviendas, embalses, fomento industrial, atención al campo…) y, por supuesto, les dejaba hacer.
De ese modo, España pasó, de ocupar un puesto, posiblemente en los alrededores del número cien, destrozada y sin recursos al terminar la Guerra, al octavo entre las potencias industriales del planeta, en los años finales del Régimen.
¡Pues claro!
Igualito que ahora: de ese honrosísimo lugar en la clasificación mundial, hemos descendido al diecinueve… y seguimos bajando.
Si eso no demuestra demasiadas cosas… la más importante de ellas, que Franco, por la indiscutible vía de los hechos, demostró que sabía perfectamente lo que hacía. Y por qué.
Si comparamos aquello con lo que ahora tenemos encima, es para no echar gota.
La durísima posguerra se prolongó hasta bien entrado el año 1953; se dio por terminada con la admisión de España en diversos Organismos Internacionales y, sobre todo, a partir de los pactos con los Estados Unidos y la correspondiente llegada de abundantes créditos; la señal más clara de que amanecían nuevos tiempos fue la desaparición de las cartillas de racionamiento.
¿Cuándo decidió Franco que su Régimen había de durar tanto como él? Resulta difícil saberlo, pero no me extrañaría que ya desde los primeros momentos lo tuviera muy claro; desde luego, según mi vecino, yo en 1953 era un crío de once años, por lo que él escuchaba a unos y otros, en 1945 cuando Juan de Borbón promulgó el llamado “Manifiesto de Lausanne” exigiendo a Franco que le cediera el Poder, el Caudillo tomó la determinación, si no la tenía de antes, de descartar como su sucesor al que siempre llamó Pretendiente. Eso suponía que habría que esperar, cuando menos, a que el hijo de Juan, Juan Carlos, que tenía entonces sólo siete años de edad, estuviera en condiciones de convertirse en un candidato fiable a futuro Rey de España. Décadas, sin duda, habrían de pasar para eso y ya puestos…. Todo apunta, pues, a que fue entonces cuando el Caudillo se convirtió en vitalicio. En cierto modo apoya esta opinión el hecho de que Franco esperara tres años para llamar a España a Juan Carlos, ya con los diez cumplidos, a punto, por lo tanto, de comenzar el Bachillerato, para que se formara aquí. Está claro que deseaba vigilarlo de cerca y conducir su educación de modo que se hiciera merecedor de la alta misión que probablemente le habría de ser encomendada algún día.
La primera parte parecía encarrilada: Juan Carlos, si se portaba bien, sería nombrado, en su día, su sucesor como Rey.
Pero Franco tenía muy claro, como quedó dicho, que la necesaria transición hacia la nueva etapa debería ser larga y gradualmente controlada. Y que, cuánto antes empezara, mejor que mejor.
Téngase en cuenta que el Generalísimo reunía entonces en su persona los tres Poderes del Estado. Fue su intención ir delegándolos poco a poco para que, llegado el momento, al futuro Rey le llegara una España con sólidas Instituciones eficazmente rodadas y a pleno rendimiento. Habría que acometer reformas, desde luego que sí, pero sobre esa sólida base, todo sería más fácil.
Como el movimiento se demuestra andando, en fecha tan temprana como Julio de 1942 se crearon las Cortes, que, en adelante se encargarían eficazmente de las tareas legislativas sin que, por ello, renunciara Franco a la facultad de dictar Leyes en cualquier momento; creo recordar que en los siguientes treinta y tres años sólo lo hizo en dos ocasiones.
Paralelamente, los Tribunales de Justicia funcionaron con total independencia del Poder político; tanto, que setenta años después, un grupo de sociólogos italianos rebajó el carácter del Régimen de Franco de “totalitario” a “autoritario” precisamente en función de esa manifiesta independencia.
Es contundente la anécdota: un importante personaje se quejó al Generalísimo de las no pocas veces que las Cortes enmendaban, cuando no devolvían al Gobierno, proyectos de Ley. La respuesta de Franco fue clara: “para eso exactamente, señor mío, están las Cortes”
En su transición hacia la futura Monarquía de Juan Carlos se hacía preciso actualizar las llamadas Leyes Fundamentales entonces vigentes, en algunos casos, confusas y contradictorias.
Era necesario dotar a España de una Constitución y regirse por ella, sometiéndola, si fuera preciso, a las modificaciones que aconsejara el correr de los tiempos para, una vez más, dejar a Juan Carlos un país en pleno y eficaz funcionamiento, de modo que los cambios necesarios para adaptar nuestras Leyes a la nueva situación hubieran sido fáciles de realizar… y de aceptar.
Franco encargó la elaboración del correspondiente proyecto a su Ministro Secretario General del Movimiento, José Luis Arrese (1905/1986), un arquitecto bilbaíno, afiliado a Falange Española en 1936. A consecuencia de los llamados “Sucesos de Salamanca” de 1937, o sea, del Decreto de Unificación por el que Franco impuso la fusión de Falange y el Requeté, Arrese fue condenado a muerte; estaba casado con una prima-hermana de José Antonio; quizá fuera esa la causa de que se le indultara; poco tiempo pasó en la cárcel, puesto que en diciembre de 1939 fue nombrado Gobernador Civil de Málaga; se consideró siempre uno de los Ministros de Franco que más cerca estuvo del Caudillo, hombre poco dado a cultivar amistades.
En 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, fue nombrado Secretario General del Movimiento, cargo que ocupó, con el rango de Ministro, hasta el final de la contienda, cuando Franco decidió, dada la poco favorable situación internacional, atenuar en lo posible los rasgos totalitarios de su Régimen.
Franco, en aquél 1956, tenías sesenta y tres años; entendió que había llegado el momento de dejar el porvenir “atado y bien atado”, frase que debió de caerle en gracia, porque la repitió varias veces a lo largo de su vitalicia capitanía.
Era su intención diseñar con veinte años de anticipación, más o menos los que pudieran quedarle de vida, se equivocó en pocos meses, la España de los años setenta y posteriores; no sé si pensaba en otro Régimen de los mil años como el derrotado Hitler, pero, ciertamente, pretendía dejar bien fijado uno robusto que pudiera perdurar en el tiempo; la clave estaría en que la necesaria transición se desarrollara bajo su vigilante batuta; de ese modo, el rodaje de la nueva situación transcurriría lento y pacífico, de modo que pudieran efectuarse suavemente cuántas correcciones se fueran entendiendo deseables.
La idea era buena; su desarrollo, no tanto; sobre todo porque no hubo desarrollo alguno, salvo, eso sí, en lo económico, que, poco después, emprendió su fructífero camino ascendente; bien llamado por todos “el milagro español”.
El proyecto de Arrese se ajustaba como anillo al dedo a la situación oficial; quiero decir, a la teoría del Régimen.
Todo se desarrollaría, según el iluso y bienintencionado Ministro, a través del Movimiento; dentro de su Cámara, el Consejo Nacional, y bajo su estricta vigilancia, tendrían lugar todos los nombramientos y destituciones; también sería la encargada de garantizar que todas las Leyes que elaboraran las Cortes se ajustaran a la más estricta ortodoxia. Por supuesto, sin la menor posibilidad de que aparecieran algún día en el horizonte los temidos Partidos políticos; habría representación ciudadana, por supuesto que sí; pero sin salirse jamás de los “cauces naturales” preconizados por José Antonio: la familia, el municipio y el sindicato; este último, vertical, muy vertical, por supuesto.
Todo, como digo, dentro de la más pura doctrina franquista; pero, como era de esperar, la práctica no estaba muy de acuerdo con esa teoría.
Estrictamente no había entonces Partidos políticos; pero, en realidad, funcionaban cuatro como tales: la Falange, los tradicionalistas, los católicos y los monárquicos adictos a Franco y, en mayor o menor medida, con toda clase de equilibrios para no apartarse demasiado del principal pretendiente al trono, Juan de Borbón.
Y, como era de esperar, los otros tres, a coro, pusieron el grito en el cielo cuando se les dio el borrador de la nueva Constitución para que aportaran las enmiendas que juzgaran convenientes. ¡Y vaya si lo hicieron!
A través de unas u otras palabras, los tres grupos venían a decir lo mismo: demasiado protagonismo del Movimiento Nacional; o sea, demasiado protagonismo del proclamado oficialmente Partido Único; vamos, que lo que pretendía cada uno de esos semi-Partidos, familias se llamaban entonces, era meter la cuchara lo más posible en el Poder; por supuesto, marginando a todos los demás. Lo de siempre, para que se me entienda mejor.
Fueron tantas las presiones, que Franco optó por la solución más cómoda: meter el proyecto de Arrese en un cajón y nombrarle Ministro de la Vivienda para que no se sintiera derrotado del todo; hay que decir que, en su nuevo cargo, lo hizo de maravilla: buena parte de las viviendas sociales conseguidas durante el Régimen, empezaron a construirse a partir de su eficaz trabajo. Llegaron a ser algo más de cuatro millones; igualito que ahora, vamos. Les recuerdo que este hombre era arquitecto; lo que significa que algo entendería de edificar viviendas; actualmente, con un Gobierno que, por ejemplo, pone al frente de la red eléctrica a una abogada y, claro, nos dejan a oscuras, cualquiera sabe qué inútil estará al cuidado de la construcción de viviendas que tanto prometen… y nada hacen por construirlas. ¡País!
Lo que, desde luego estaba claro para el común, es que fuera lo que fuera finalmente el posfranquismo, allí no se iba a consentir la menor oportunidad de que aparecieran en escena los temidos Partidos, y, de uno u otro modo, el objetivo final sería siempre una España gobernada por los mejores.
Sanos propósitos aquellos, como demuestra la actual etapa en la que sucede, exactamente, todo lo contrario.
Habrían de pasar diez años más hasta que saliera a la luz otro proyecto de Constitución.
El Almirante Luis Carrero Blanco (1904/1973) fue el más estrecho y fiel colaborador de Franco.
También puso su granito de arena a la hora de echar abajo los trabajos de Arrese, pero, en su caso, sin ambición personal de ninguna clase. Era un hombre honrado y fiel. Sirva una anécdota: en diciembre de 1973, a pocos días de su asesinato, recibió la visita del entonces Secretario de Estado norteamericano, el poderoso Henry Kissinger. Cuando, como Presidente del Gobierno que era entonces, preparaba junto a su equipo la entrevista, uno de sus colabores le recriminó que utilizara un raído bolígrafo de lo más barato, indigno de la altura de su cargo. La réplica del Almirante lo retrata de modo contundente:
- Señor, mío, cada céntimo del contribuyente es sagrado; mientras este bolígrafo funcione, estará de servicio; y, cuando me vea obligado a darle de baja, otro semejante ocupara su lugar.
¡Igualito que ahora, repito una vez más!
Fracasado el proyecto de Arrese, Carrero Blanco, fiel monárquico, aunque jamás vinculado a grupo alguno, salvo, quizá, cierta proximidad al Opus Dei, empezó a proyectar otra Constitución que pudiera tener más éxito que la del líder falangista.
Los borradores se fueron sucediendo; uno de los factores de la exagerada lentitud del proceso, fue sin duda, eso, las dudas de Franco a la hora de designar sucesor; entendía que Juan era el pretendiente con más derecho, por su lugar en la dinastía; pero su carácter voluble, siempre al compás del último que le soplara al oído, le hacía poco recomendable.
Por fin, en diciembre de 1966, con Franco cumplidos ya los setenta y cuatro años y su decisión sucesoria firmemente tomada en favor de Juan Carlos, un nuevo proyecto de Constitución fue sometido a los españoles en referéndum.
Éste se ajustaba bastante más a la realidad de entonces; seguía proscribiendo los Partidos políticos, pero consentía, muy a regañadientes, ciertas llamadas “asociaciones” que, serían esbozos de futuros Partidos o se quedarían en nada.
La gente, como suele hacer en estos casos, en muy escasa proporción se tomó la molestia de leer a fondo el texto sobre el que debía pronunciarse; que en vez de ser llamado lo que realmente era, una Constitución, salió al ruedo bajo el nombre de Ley Orgánica del Estado.
Los españoles, en su inmensa mayoría, interpretaron la pregunta como “Franco sí o Franco no”. Y así votaron prácticamente todos; como era de esperar, el apoyo al proyecto fue mayoritario: 95,86% de votos a favor, 1,81% en contra. Y es que la gente, en aquella época, por mucho que intenten engañarnos, estaba con Franco; el país prosperaba, ellos también y, aunque privados de libertades políticas (que casi nadie echaba de menos) se sentían seguros y plenamente optimistas en cuanto a su futuro. (¿Les suena lo de “¡igualito que ahora!”?)
Conviene señalar que, justo diez años después, cuando los españoles fuimos llamados de nuevo a referéndum, ahora sobre la llamada “Ley para la Reforma política” exactamente lo opuesto a aquello de 1966, el resultado fue casi un calco del que se produjo una década antes: 97,36% a favor, 2,64% en contra.
Ciertamente, en esos diez años, el censo había sufrido notables cambios: muchos españoles habían muerto y otros, alcanzado la mayoría de edad; pero, aún así, ambos casi idénticos resultados muestran bien a las claras, lo fácil que resulta manejar a la ciudadanía; semana a semana estamos comprobando ahora eso mismo; para nuestra desgracia.
Aprobada la Ley, comenzó ese primer amago de Transición. Período que duró casi diez años.
No se hizo prácticamente nada.
Era evidente que, a la muerte de Franco, las circunstancias exigirían otras normas de convivencia, tales que permitieran a España incorporarse plenamente a las instituciones europeas; que seguían exigiendo, de modo terminante, el carácter plenamente democrático de nuestro Régimen.
Había, dentro de él, cada vez más personalidades, casi todas jóvenes y de convicciones reformistas, que estaban por la labor, eso sí, sin salirse demasiado de la ortodoxia franquista.
Sobre todo, cuando, aunque tímidamente, empezó a desarrollarse la Ley Orgánica, ya en vigor. En su virtud debían ser elegidos por votación libre, directa y secreta, un buen numero de Procuradores en Cortes a través del llamado “tercio familiar”. Prácticamente en su totalidad, los recién llegados intentaron darle al Régimen un sincero y efectivo impulso hacia la democracia.
No lograron avanzar un solo paso en ese deseable sentido.
En la práctica, el único cambio significativo se produjo en Junio de 1973. Franco nombró Presidente del Gobierno al Almirante Carrero. Con el Caudillo metido en los ochenta y un años, parecía claro que Carrero habría de pilotar la necesaria Transición tras la desaparición de Franco. Se produjo ésta dos años después; pero, para entonces, el propio Carrero llevaba casi dos años muerto.
¿Cómo habría sido la Transición bajo la firme batuta del Almirante? Nunca lo sabremos, lo que significa que está la cuestión abierta a todo tipo de especulaciones. Ahí va la de mi vecino militar: contra lo que nos han querido colar, Carrero era un hombre inteligente, culto y monárquico fiel.
Su relación con Juan Carlos, ya Rey, hubiera sido muy diferente a la que mantuvo el Monarca con Adolfo Suárez. Tengo la certeza de que Juan Carlos hubiera escuchado a Carrero, muy superior a él en conocimientos y experiencia.
Y, de nuevo según la opinión de mi vecino, el Almirante habría democratizado el Régimen, pero sólo lo justo; quiero decir, hasta los Partidos Políticos, que jamás habrían aparecido en escena como tales.
Se habrían ampliado notablemente nuestros derechos y libertades, siempre bajo una estricta vigilancia que mantuviera los entonces magníficos niveles de seguridad en la vida ciudadana; y, los españoles, mayoritariamente, tan contentos. con una mayor apertura en los espectáculos que, era, en el fondo, lo que mayoritariamente se entendía como plena y deseable libertad; el resto, importaba poco a la inmensa mayoría; estar bien gobernados, prósperos y seguros y, en los ratos libres, ver películas sin cortar, era lo verdaderamente importante.
¿Cómo hubieran reaccionado las Instituciones europeas? Pues, exactamente, como lo hicieron años atrás: entonces, primero, rechazo frontal al franquismo; después, por pura conveniencia, pasar de la retirada de embajadores a aceptar nuestra plena integración en la O.N.U. Del mismo modo, del acuerdo preferencial que teníamos con el entonces Mercado Común, habríamos pasado a miembros de pleno derecho en lo que, probablemente, para entonces, ya se llamaría Unión Europea.
Como tal incorporación española convenía a los intereses de unos y otros, hubieran llegado a algún apaño que convirtiera oficialmente en democrática nuestra convivencia política y todos contentos.
Otra cuestión habría sido qué modificaciones habrían sufrido las Leyes con el sucesor de Carrero.
Imposible, no ya saberlo con certeza; ni siquiera las especulaciones contarían con una base suficiente.
De nuevo, ofrezco el pronóstico de mi vecino: tras el Almirante, el nuevo Presidente, muy probablemente con mucho menor prestigio y capacidad de imponer su criterio, lo más probable es que hubiera cedido a las presiones de los más ambiciosos y faltos de escrúpulos para, finamente, con algunos años de retraso hubiéramos ido a parar a una situación no muy diferente a la actual.
Y así llegamos, por fin, al período mayoritariamente considerado como Transición; recuérdese, según quieren colarnos, un modelo de eficacia y sensatez.
¡Nísperos!
Aquello constituyó una gigantesca traición al pueblo español cuyas consecuencias son hoy fácilmente perceptibles para quien tenga ojos para ver y oídos para escuchar; lamentablemente, el número de ciegos y sordos sigue siendo enorme.
Como quiera que las líneas generales de aquel proceso son sobradamente conocidas, me centraré en el análisis del timo y en su posible solución.
Los protagonistas de aquello pueden dividirse en tres grupos: los ingenuos, los aprovechados y los sinvergüenzas. Desgraciadamente fueron estos últimos los que se llevaron el gato al agua.
El ya Rey Juan Carlos, Manuel Fraga y Adolfo Suárez creían sinceramente que se estaba construyendo, a partir de la Constitución en curso, un nuevo Régimen, fruto del consenso en el que cabríamos todos. Se la jugaron.
Mi vecino, un indignado espectador de aquellos lamentables sucesos, se llevaba las manos a la cabeza: “Si yo, un simple español, lo estoy viendo claro, ¿cómo es posible que estos tres no se estén enterando de nada? ¡Dios mío, cómo les están timando!”
Otros tres, Carrillo, Pujol y Arzallus, sabían perfectamente lo que se estaba cociendo, pero como les venía bien para sus manejos, se dejaron querer.
He dejado para el final a los dos grandes culpables de nuestras desgracias: Felipe González y Alfonso Guerra.
Este par de sinvergüenzas madrugaron a unos y otros.
Otra vez cito a mi alarmado vecino: “¡Socialistas tenían que ser! ¿Pero es que nadie recuerda el daño que hizo aquella gentuza durante la República? ¡Si está más claro que el agua que lo que estos dos canallas pretenden es que no tengamos Constitución!”
Lo explicaba así: “examinemos un artículo del Código Penal que rezara “se prohíbe robar bajo pena de multa o prisión” Pues bien, si contáramos con una Policía eficiente y unos jueces honrados, el tal Artículo estará vigente; por el contrario si permitimos que la delincuencia campe por sus respetos, lo que realmente proclamaría es “se permite robar a cualquier hora del día o de la noche”. Dicho de otra manera, en la práctica ese Artículo será sólo papel mojado. Y eso es exactamente, lo que está sucediendo ahora: la Constitución que quieren que votemos está llena de artículos ¡pero no contiene uno solo que garantice, razonablemente, el cumplimiento de todos los demás! Estos socialistas, en cuanto lleguen al Gobierno, que llegarán, veréis en qué poco me equivoco: aplicarán la Constitución cuando les convenga y se la saltarán a la torera cada vez que les salga de las narices.”
Mi vecino vivió lo suficiente para comprobar lo acertado de su predicción; el felipismo certificó la exactitud de cada una de sus palabras. Demostró bien a las claras su intención de imitar al eterno PRI mejicano. No lo consiguieron por poco; pero seguirán intentándolo; si se lo permitimos, claro.
Ya no está con nosotros, pero seguro que me diría: “¿Ves la razón que tenía entonces? Por ejemplo, hay muchos más, la Constitución obliga al Gobierno a presentar anualmente su proyecto de Presupuestos; prohíbe los indultos generales y, en consecuencia, las amnistías. Y ahí tienes a Sánchez limpiándose el trasero con los correspondientes Artículos”
Mi vecino votó “no” en el referéndum; yo, confieso amargamente mi culpa, me limité a abstenerme; pensaba entonces, ingenuo de mí, que, aunque con alguna que otra coz a la Constitución, se cumpliría, en general, de modo razonable. Y como quiera que estaba llena de buenos propósitos, quién sabe…
¡Yo era el que no sabía!
En aquellos momentos eran frecuentes los comentarios de mi vecino acerca de cómo debería ser una Constitución digna de tal nombre.
Recuerdo muy bien una agradable reunión que mantuvimos en el salón de mi casa, mi padre, mi vecino, un buen amigo mío, Luis también de nombre, y yo. Bajo la atenta mirada de mi madre, que sonreía desde su butaca favorita mientras tejía para mí un jersey que todavía conservo. Su principal preocupación era que no nos faltaran cervezas ni patatas fritas o aceitunas que consumimos abundantemente; se ve que el discurrir estimula además de los intelectuales, otros apetitos.
Explicaba mi buen vecino que con tres Artículos bastaba y sobraba.
“Yo no soy experto constitucionalista, pero, simplemente, con sentido común, entiendo que el primer Artículo debería garantizar el cumplimiento de las Leyes. De no ser así, sobrarían todos lo demás. Para ello se hace imprescindible dotar de total independencia a las Fuerzas de Orden Público y a los Jueces. Jamás debemos consentir que dependan, aunque sólo sea un poquito, del Gobierno de turno.
No se me ocurre mejor manera que ésta: ¿para qué queremos al Rey? ¿No debe ser, acaso, el garante de la limpieza de nuestra convivencia? Pues que nombre, todo lo asesorado que sea necesario, las cúpulas de esos Poderes. Respondan ante él y, a su través, ante toda la ciudadanía.
Los otros dos Artículos, determinen el funcionamiento del Ejecutivo y del Legislativo. Con la elemental precaución de prohibir terminantemente a los miembros de los Partidos políticos manejar dinero público o Poder. Se acabarían así las mafias; limítense su función a proponer planes, proyectos, programas en suma. Los golfos, entonces, no pintarían nada en política.
Lo explicaré de otro modo: supongamos que un Partido consiguiera que se aprobara una Ley que obligara a erigir un Hospital. ¿Alguien, en su sano juicio, pretendería que los miembros de ese Partido se dedicaran después a poner ladrillos? ¡Por favor!
Vote la gente lo que quiere que se haga con su dinero, programas, en suma.
Después, fíjese el mejor método para que los diversos Ministerios queden al cargo de los mejores.
Tal vez la cosa se pudiera reducir a que la gente eligiera Presidente del Gobierno; por supuesto entre, por ejemplo, los tres mejores candidatos que serían propuestos por el Rey. Y que este Presidente fuera el que nombrara y depusiera libremente a sus Ministros.
O algo así, pónganlo en limpio quienes entiendan de eso, pero respetando siempre estas líneas maestras”
Mi amigo Luis, profesional de TVE, entonces con diez años de experiencia, añadió:
“Olvida usted quizá lo más importante de todo; aún con todas las sensatas precauciones que propone, como la golfería se haga con la Comunicación, estaremos perdidos. Un Régimen en el que la gente vote, mucho o poco, siempre será un Régimen basado en la opinión.
Se hace imprescindible contar con una Radio y una Televisión verdaderamente públicas, no como ha sucedido hasta ahora, siempre a las órdenes del Poder político.
Me parece magnífica su idea de confiar en el Rey; pues bien, que sea él quien nombre a tres expertos, preferiblemente jubilados: uno en información, otro en programación y el tercero en economía para que dirijan RTVE. Garantizada su neutralidad, su estricta profesionalidad, los españoles, ahora sí, estaremos razonablemente protegidos contra esa golfería que usted, cargado de razón, ve venir.”
Termino este trabajo, como no podía ser menos, con el capítulo de agradecimientos: en primer lugar, a mi vecino. Y tal vez un poquito, sólo un poquito, a mi padre, a mi buen amigo Luis y a mí mismo.
