Centuria azul
Érase en aquellos tiempos de luchas heroicas… España vivía horas de dolor y de tragedia, sometida al yugo y dictado de la pistola asesina esgrimida en nombre de la libertad de los pueblos y de los derechos del hombre, cuando se formó en España una milicia revolucionaria, temeraria y clandestina, titulada «Falange Española».
La incomprensión suicida de unas derechas enfermizas y decadentes situaron a la Falange tan distante de ellas como de aquellas izquierdas no menos egoístas, que vivían tan sólo para el pillaje y el crimen.
Sumida la Patria en una confusión de ideas y doctrinas políticas que la conducían irremediablemente al caos, la Falange ofreció para la salvación de España unas juventudes en orden de combate que oponían sus pechos de adolescentes como barrera infranqueable en defensa de las más puras esencias tradicionales, a las embestidas de la bestia marxista, al grito guerrero de ¡Arriba España!
En ambiente de lucha, hermandad, servicio y sacrificio, se formó en Barcelona en el mes de abril de 1936 la «Centuria Azul», una de las unidades de combate de las que componían la Bandera de Cataluña de la primera línea de F. E. de las J. O. N. S. y de las que con mayor entusiasmo resistía estoicamente la persecución, el riesgo y hasta la muerte.
Exactos en el cumplimiento de las consignas difíciles que se imponían a las fuerzas de choque de la Vieja Guardia de José Antonio en aquellos días que antecedieron al de la sublevación, camaradas pertenecientes a la «Centuria Azul» demostraron en todo instante el elevado espíritu que siempre ha distinguido a los hombres revolucionarios de la Falange.
Las escuadras de la «Centuria Azul» se dedicaron a la repartición de hojas clandestinas, al manejo de las armas y al espionaje en los centros de Izquierda en donde con toda impunidad se repartían armas con las que se armaba al pueblo para lanzarlo a la cruenta guerra civil en defensa de unos principios falsos y unas teorías políticas producto de una importación extranjera auténticamente antiespañola.
Los puntos de concentración y conspiración de la «Centuria Azul» fueron: Plaza Urquinaona, Palacio del Cinema, Centro Andaluz, Plaza del Duque de Medinaceli, Plaza del Pino y Rambla Volart (Guinardó), lugares que en más de una ocasión tuvieron que ser variados por la persecución policíaca de que era objeto la Falange en los últimos días anteriores al Movimiento.
Fueron enlaces de la «Centuria Azul» los camaradas Cándido Magdaleno Prieto (¡Presente!), C. Julio Muntaner Roca (¡Presente!), José María del Pulgar y Noes (¡Presente!) y C. Demetrio Rodríguez Andrés.
Mandaban las Falanges los camaradas Francisco Saenz Iñigo, C. Manuel Izquierdo Coronil, C. Florencio Morales Ramón y fueron escuadras que merecen ser citadas por su alto espíritu nacional-sindicalista de los camaradas Mariano Barberán Valios, C. Eduardo Cassou Villolodo (¡Presente!), C. Eduardo Isuar Ortiga, C. Luis Pastor Sala y C. Víctor Martín.
Con estas Falanges y escuadras la «Centuria Azul», pese a los pocos años de edad de los falangistas que la componían, cumplió exactamente cuantos servicios le fueron encomendados.
El día anterior a la sublevación fueron detenidos los camaradas Eduardo Cassou Villolodo (¡Presente!), jefe de Escuadra; C. José Pastor, Escuadrista y C. José Fernández Ramírez, jefe de la «Centuria Azul», a los cuales se les exigió violentamente declarasen la organización del Movimiento, siendo puestos en libertad el día 18 de julio de 1936 a las siete y media de la tarde.
La «Centuria Azul» recibió orden de movilización el día 18 de julio de 1936 a las ocho y media de la noche, orden transmitida directamente por el C. Santiago Martín Busutil (¡Presente!), sub-jefe de la Bandera, en la que se decía en estos parecidos términos:
«Camarada José Fernández Ramírez. Jefe de la Centuria Azul. Esta noche a las once te encontrarás con todos los camaradas pertenecientes a tu Centuria en el Kennel Club para tomar parte en la revolución nacional-sindicalista. La consigna es Fernando, Furriel, Ferrol, la cual te servirá para entrar con tus camaradas en el cuartel de Pedralbes a la una en punto de la madrugada. ¡Arriba España! Firmado: C. José María Poblador. (Jefe Provincial de Milicias).»
Después de vencer infinidad de dificultades los falangistas de la «Centuria Azul» fueron concentrándose por escuadras en el punto indicado, en número aproximadamente de unos treinta y ocho, de los cuales varios fueron detenidos a la salida del Kennel.
No es de extrañar que de una Centuria acudiese tan escaso número a la hora de la verdad, pero esto fue debido a la falta de tiempo material y de enlace, ya que hay que tener en cuenta que en aquellos días la policía no descansaba para hacer fracasar nuestro Glorioso Movimiento.
Como estaba mandado, a la una de la madrugada del 19 de julio de 1936 los camaradas de la «Centuria Azul» entraban en el cuartel de Pedralbes presentándose al Jefe Territorial C. Luys Santa Marina y al Jefe Militar, comandante López Amor (¡Presente!). Se recibió la orden de que encima de la Camisa Azul, y sin perder el carácter de milicia de primera línea de F. E. de las J. O. N. S., como lo había ordenado José Antonio, se honrase a los falangistas vistiendo la guerrera del glorioso Ejército español, tomando el mando técnico de esta gloriosa Primera Bandera de Cataluña, oficiales del Ejército, ejemplo y paladines de las grandezas militares de nuestra Patria.
A las cuatro en punto de la madrugada del 19 de julio de 1936, al grito de ¡Arriba España!, salía la «Centuria Azul», junto con el resto de la Bandera y del Ejército, del cuartel de Pedralbes, avanzando en orden de combate bajo un amanecer esplendoroso, promesa de la salvación de nuestra Patria, por la siguiente ruta: Avenida del Generalísimo, Carretera de Sarriá, Urgel, Avenida de José Antonio hasta la Plaza Universidad, donde quedó incorporada a la defensa de la misma y a las órdenes del comandante Gispert.
Se distinguieron en los primeros combates varios camaradas, que junto con los C. Eduardo Cassou Villolodo (¡Presente!), C. Augusto Alegret y C. Federico Alegret (¡Presente!), herido en combate, resistieron uno de los primeros ataques.
Durante todo el día se mantuvieron heroicamente los puestos de avanzada que conducían a la calle Pelayo, Ronda de San Antonio, Ronda de la Universidad, Cortes y Aribau, haciendo infinidad de prisioneros, en particular elementos de la F. A. I., que pese a sus esfuerzos se estrellaron ante los camaradas de la Vieja Guardia de Barcelona.
La aviación mantuvo a todas las fuerzas situadas en la Plaza Universidad en constante ataque, sin que por parte de los elementos sublevados se pudiese iniciar una contraofensiva al carecer de aviación y de máquinas apropiadas para la misma.
Nadie podrá decir que la Falange y el Ejército demostró en un solo instante desaliento o falta de espíritu combativo y se hubiera resistido en la Universidad y su Plaza con toda fe y entusiasmo si la traición no hubiese dado su golpe de muerte con la mentira, arma que tan magníficamente manejaban los enemigos de España.
Serían aproximadamente las cuatro de la tarde del 19 cuando al grito de ¡Viva el Ejército! ¡Viva España!, se acercaron a las primeras líneas defensivas de los sublevados la Guardia Civil. Jamás se podía creer que unos hombres que para todos los españoles eran ejemplo de españolismo se aliasen con los rojos separatistas, y por eso no se dudó ni un solo instante de que los refuerzos que se necesitaban para pasar de la defensiva a la ofensiva, habían llegado, y puede imaginarse cuál sería la estupefacción y la amargura que sintieron los sublevados cuando los guardias, apuntando por la espalda a falangistas, soldados y requetés, iban desarmando a los que en defensa de la Religión y de la Patria se habían alzado en armas.
El comandante Gispert ordenó la rendición al jefe de la Centuria, diciendo:
—Alto el fuego, que no se derrame más sangre. Me asegura el coronel Escobar que el Movimiento se ha perdido y que somos los únicos que resistimos.
Sólo con la villanía de una traición era posible rendir al Ejército, a los Requetés y a la Vieja Guardia de Barcelona.
La «Centuria Azul» cumplió todos los objetivos que el mando le señaló y disciplinadamente obedeció la orden última, la más amarga, la más triste y la que más sangre le ha costado.
Hechos prisioneros los camaradas de la «Centuria Azul», unos fueron fusilados, otros fugitivos, sufrieron infinidad de calamidades y, otros, pasaron a la España Nacional, donde siguieron la tarea revolucionaria en las filas del Glorioso Ejército español.
Una de las muchas páginas gloriosas de la Cruzada española fue escrita en la Universidad y en su Plaza por la «Centuria Azul», página escrita con sangre y heroísmo que más tarde o más temprano habrá de ser considerada y tenida en cuenta y servir de ejemplo a las generaciones futuras.
¡Arriba España!
Centuria roja
En los primeros tiempos de la Falange, el Alto Mando de las Milicias de Cataluña, cuya Jefatura detentaba nuestro camarada José Fernández Ramírez, creó entre otras unidades, la llamada Escuadra Roja, otorgándoseme el mando de la misma.
Actuó la Escuadra bien, entre los que se hallaban los C. Andrés Campos Martínez, Guillermo Labruschini (¡Presente!), Tomás Martínez, Manuel López (¡Presente!), Ángel Saenz de Ynestrillas y otros muy buenos falangistas que con riesgo y sangre cometían toda clase de locuras por España.
Más tarde formáronse en estos espíritus las cualidades del apóstol y atrajeron mayores contingentes, que encuadrados en otras tantas escuadras, nutrieron los cuadros de Falanges, y la Centuria se hizo.
Campo escogido para actuaciones y luchas fué, entre otros, la barriada del Paseo de San Juan (jamás lo denominamos de García Hernández), donde los falangistas fueron multiplicándose, quizás un poco debido a la gran labor realizada por nuestro inolvidable C. Emilio Bernados (¡Presente!) y a mi modesta labor de predicador por bares, cafés y barberías, donde desde luego, no escaseó el entusiasmo y la fe ciega en nuestro triunfo tarde o temprano.
Ocho días antes de iniciarse nuestro Movimiento se recibió la orden de concentrar el máximo número de camaradas y conseguimos citar a muchos de la barriada y sus contornos, a pesar de las grandes dificultades que encontraban los enlaces encargados de transmitir las órdenes y consignas.
Luego el asesinato del gran patriota Calvo Sotelo provocó un gran revuelo entre nuestras filas y enardeció la sangre de los militantes de forma extraordinaria, quienes anhelaban la lucha para terminar con tan horribles crímenes y llevar a cabo cuanto antes nuestra Revolución.
En la mañana del 17 de julio, cuando me dirigía a mi puesto de trabajador cotidiano, alguien me aseguró que las fuerzas marroquíes se habían sublevado al tiránico y absurdo Gobierno de la República. Era tan magnífica la noticia que no quería creérmela por temor al desengaño, y con la duda y la alegría me fui…
Durante toda la mañana se recibieron toda clase de noticias, y al dejar la oficina aquel sábado, me despedí de mis compañeros de trabajo, que ya empezaban a simpatizar con la Falange. Dios sabe cuándo y dónde nos veremos, les dije, y tras violenta discusión con un cabecilla rojo llamado Luque, dejé aquel lugar para trasladarme a otros más heroicos.
Por la tarde muchos camaradas y amigos me pedían órdenes de las que carecía y les recomendaba disciplina y estar atentos y prestos a empuñar las armas. La efervescencia crecía e iba en aumento el nerviosismo general; se respiraba un ambiente cargado en aquella tarde tranquila de calor y brisa.
Junto con los camaradas Armenteros, Rufasta (¡Presente!) y Carreras fuimos a avisar a Santa Marina, quien no había recibido la menor noticia, y departimos sobre la situación.
Procuré movilizar el máximo número de camaradas, pues aunque no había recibido todavía la orden, la presumía y el tiempo apremiaba. Efectivamente, cuando pasé por casa supe que la policía trataba de localizarme. ¡La orden ya estaba! Había telefoneado el C. Santiago Martín Clivillés (Busutil), que más tarde, con el grado de capitán, murió heroicamente en los montes santanderinos al mando de falanges.
La Centuria debía concentrarse en el Kennel, en la carretera de Sarriá, y tras dar los últimos avisos, fui a hacerme cargo de los falangistas a mis órdenes.
Hacia la una recibí la consigna. Fernando, Furriel, Ferrol, tres palabras que nos abrían las puertas de los cuarteles de Pedralbes.
Mi hermano Félix Antonio no quiso desperdiciar la ocasión de morir por España y lo consiguió, pues poco más tarde, el 6 de diciembre de 1936, era vilmente fusilado por la canalla roja en los fosos de Santa Elena del Castillo de Montjuich, cuna de tantos que nacieron para la vida eterna, mártires de España y que en lo alto velan por la Unidad, Grandeza y Libertad de nuestra Patria.
Formamos en el patio del cuartel debidamente equipados, y después de entonar la canción de la Falange, salimos hermanados ya para siempre con el Ejército, en aquel amanecer sonrosado que precedía el de España, a luchar por los destinos imperiales de un pueblo que resucitaba sin haber muerto nunca.
Eran tres Centurias: la Amarilla, Oro de España; la Azul, color de nuestra Camisa y color del cielo, y la Roja, color de la sangre joven de la España nueva que nacía.
En la Roja, merecen destacarse los C. Manuel Ribot (¡Presente!), Félix Antonio García Teresa (¡Presente!), Enrique Castillo (¡Presente!), José María Gutiérrez (¡Presente!), Emilio Bernados (¡Presente!), Enrique Barlet, no sublevado (¡Presente!), José Ignacio Pardo (¡Presente!), Eduardo Unceta Fernández, falangista de dieciséis años y jefe de Escuadra, que resultó herido en la defensa del Casino Militar.
Es curioso el caso del falangista Rufasta. Al pobre le faltaba una pierna y era sustituida por una artificial que le permitía andar con dificultad. En medio del combate recibió un balazo que le atravesó la pierna postiza y, sonriendo, nos dijo: «Ya veis que no es mucha desventura el cojo; gracias a ello puedo proseguir combatiendo como si nada». Y más tarde, con todo y salvarse en aquella memorable jornada, era asesinado alevosamente por nuestros enemigos.
La entereza de mi hermano Félix Antonio, que en aquel día fué hecho prisionero, tras luchar como corresponde a un verdadero héroe, es de sobra conocida por todos nuestros camaradas; antes de morir con la resignación de un santo y la alegría del que sube a los luceros, compuso un Himno a la Falange, cuya letra de los camaradas Santa Marina y Pidemunt, dejó grabada en su última celda; es una marcha que bien podríamos titular de los «Héroes y de los Mártires», de rígido altivez, pleno el semblante, cantando el Cara al Sol con alegría…
Y Eusebio Jou… y Castillo y tantos otros…
Cabino Ovejero, al que Luys llama el «legionario todo corazón», que luchó con el valor y la pericia del que durante seis años ha guerreado en África, y que gracias a la Providencia Divina se salvó.
Luis Moreno Mayordomo, Antiago Bohera, Víctor Martín, Degollada, Francisco Eyré y todos los demás porque entre aquellos camaradas no pueden hacerse distingos, todos valientes, todos falangistas, por la salvación de España.
Fué dura la lucha, tan dura que siendo nosotros proporcionalmente muy inferiores en número, necesitaron de la traición para cogernos, no para vencernos, puesto que aquí estamos gritando más fuerte que nunca ¡Arriba España!
La Centuria se dividió entre la Universidad, el Hotel Colón y el Casino Militar.
Resulta imposible decidir cuál de los tres grupos se portó mejor. Baste decir que cada sección semejaba, verdaderamente, un batallón de guerreros bien fogueados, cuando de cierto era que muchos de ellos manejaban el fusil por primera vez.
Tras enconado fuego de fusil y ametralladoras en la Plaza de Cataluña y algunos morterazos contra la Telefónica, se ocuparon casi todos los edificios que circundan la Plaza, desde luego, todos cuantos objetivos se señalaron pasaron a nuestro poder. Por consiguiente, la Infantería Falangista cumplió.
Hacia las tres de la tarde, aproximadamente, se divisaron algunos tricornios e inmediatamente el clarín sonó ordenando el «Alto el fuego».
¡Viva España! ¡Viva el Ejército!, gritaba la «benemérita».
¡Viva la Guardia Civil! ¡Arriba España!, contestó la Falange.
Entraron, y cuando la Patria iba a abrazarles encarnada en Falange… unas estúpidas palabras abominables en labios de quienes se titulaban patriotas, no sé si nos heló o nos encendió aún más la sangre, lo cierto es que la sierpe de la traición mordía con el peor de los venenos.
¡Ay, capitán Cortés!, tú aún vivías y tu sangre tuviste que dar a la Patria en compensación de lo que aquel día de gloria y de pena habían escrito en mármol aquéllos sin nombre. Que las malas obras cuando son muy malas también se graban para no borrarse nunca.
Y luego lo que todos sabemos, los asesinatos de los sicarios de Moscú y nuestra guerra de liberación, para el logro de nuestra Revolución Nacional-Sindicalista.
¡Arriba España!
Centuria amarilla
Se obscureció el sol de España…; el que resplandecía en las torres de Granada bajo las miradas de Isabel la Católica, augusta matrona del Imperio; el que bronceó los pechos de los bravos navegantes que descubrieron un mundo para la Patria; el que se mezcló con la sangre de tantos héroes en múltiples combates, formando un estandarte sacrosanto que paseó siempre victorioso ante el temor y el respeto del Universo. En un día aciago y lúgubre, una faja morada intenta cubrirlo para que deje de reflejarse en el pendón nacional, subyugado ya por el internacionalismo del triángulo.
Si su colorido en la materia puede suplirse, no así su candencia espiritual, que rápidamente prende en corazones aguerridos, desentendidos en claudicaciones y vilezas; altivos y fieros como el león de su escudo, que se levantan airados contra tamaño oprobio, apretados en escuadras de paladines que se aprestan a la reparación de tanta injusticia, dispuestos a que su sangre se cristalice bajo el resplandor solar de un Imperio futuro que borrará definitivamente la vergonzosa mancha de su estandarte.
Son los heraldos de un amanecer henchido de glorias, son las almas sedientas de Justicia Social que el gran César José Antonio caudilla y que la Centuria Amarilla de las Milicias de los «tiempos difíciles» enrola, para lanzarlos a la lucha tan apetecida y que trocará en realidad el eterno ensueño.
¡Con qué precisión se infiltra en ella el alto significado de su símbolo! ¡Con qué prontitud quedan identificados en haz de amor y sacrificio cada uno de sus componentes! ¡Con qué orgullo y esplendor puede ondear de nuevo el color amarillo y reafirmar la unidad rojigualda de nuestro emblema bicolor, después de tan decidido y heroico rescate!
El Mando confía su Jefatura a uno de los camaradas predilectos: José Noya Insa. —¡Presente!— Falangista de recio temple, forjado en continuada lucha, que desde su niñez le muestra la cruda realidad de la vida por su condición de activo productor, lo que hace que su carácter sea grave y rígido, sin caer en orgullo y despotismo; idealista y soñador, se entrega al romanticismo de su sagrada ideología, sin dejarse arrastrar por ilusiones quiméricas; sabio conocedor del problema social, es de los principales propulsores del Sindicalismo falangista, encarnándose perfectamente en él el nervio de la Milicia en el trabajo y en la producción.
Primero en el Mando y primero en la lucha; donde quiera que sus escuadras pasan del verbo a la acción, allí está, con sus órdenes y con su gesto, en exacta interpretación de nuestra dialéctica. Incansable en los días tranquilos, igual que en los accidentados y que en los sangrientos, continuamente hace llegar a sus falanges las consignas superiores, siendo el primero en su cumplimiento.
Ejemplo ininterrumpido del jefe que irradia en forma directa hacia todos sus subordinados, logrando encumbrar la Centuria en el nivel que le corresponde. No la calificaré de la mejor, puesto que en nuestro estilo las tres restantes cumplieron a la perfección con su deber, pero sí fué con preferencia la que se colocó en la encrucijada más difícil, saliendo siempre triunfante y victoriosa, pese a la acometida enemiga, frecuentemente autorizada y reforzada por agentes gubernamentales.
Difícil es enumerar los actos en que intervino, ya que, fiel a su cometido y disciplinada a sus Jerarquías, estaba en todas partes. El bar Colonial, de la calle Aribau, fué preferentemente su punto de conexión y las luchas de la Universidad el de expansión más decidida para la defensa de una España exenta de vilezas, disgregaciones y cobardías. Las paredes del Gran Price, ornamentadas con consignas de Revolución y de Imperio, supieron con qué ímpetu fueron salpicadas por el plomo de nuestras armas en respuesta a la chusma roja que intentaba derrocar el lema enarbolado.
Persecución continuada en los días grises de una primavera aciaga, que no cesa hasta que la Falange en su mayoría y la Centuria Amarilla en su totalidad, están sujetadas por los barrotes de los infectos calabozos del Palacio de Justicia y de la Cárcel Modelo; acusaciones sin escrúpulos, dictámenes de magistrados sin conciencia y sin honor, con proyectos de largas condenas… Todo lo escucha la Vieja Falange con serenidad, sabiendo vencerlo con hábil gallardía, para salir nuevamente a la calle donde hallar la comida y el calor para los camaradas que seguían en el encierro.
Ofensiva más rigurosa, dirigida ya a la perfección por el propio gobierno «frentepopulista», a la que se responde con el invariable «modo de ser» que inspira el «no importa», bajo cuya norma se sigue en la batalla de mutua defensa, ya que por militar en las escuadras de «Yugo y Flechas» se nos quería negar el derecho a una justa existencia.
Banderín amarillo, firme y esbelto a través de las tormentas, que, azotado por la brisa mediterránea, mira la rigidez de la montaña, indicando la ruta a seguir para el logro definitivo de los ansiados anhelos… Y es allá en lo alto de la ciudad, en el Canódromo primero y en el reducto del Bruch (cuartel de Pedralbes) después, donde se concentran los auténticos luchadores, a través de la obscuridad de la noche sofocante, para escuchar por última vez las consignas de los camaradas Jefes y, cubriendo su camisa azul con la guerrera militar, hermanados con sus camaradas del Ejército, esperan aquel amanecer de sol radiante y cielo despejado, para lanzarse a las calles de Barcelona, reconquistarla y reincorporarla al seno de la Patria, ofreciéndole en holocausto, contentos y orgullosos, el florón de sus juveniles vidas.
Día glorioso que la traición convierte en desdichado y en preámbulo de un calvario de tres años, que pondrá a prueba elevadísima el temple de su estilo y espíritu falangista.
Cruenta y larga contienda, sostenida con múltiples martirios, cuyo foco de ignominia radica en las «chekas», tenebrosos laboratorios de refinamiento criminal, donde se mantiene enhiesta la ideología sagrada de un ideal, ante el que se estrella la maldad sangrienta de los seres inhumanos que, exasperados por su fracaso, intentan en el foso de Santa Elena dar fin a lo interminable: el espíritu de una raza y el latir de unos corazones heroicos, fieles intérpretes de un «modo de ser y de pensar» pretérito, grandeza de un Imperio inmortal que inundó el mundo con sus sabias enseñanzas y santos ejemplos.
Camino y cumbre por donde pasaron los mejores con la alegría en los labios y la paz en la conciencia, como en una acción más, como en un simple y último «acto de servicio». Entre ellos, el Subjefe de la Centuria, Antonio Noya Insa, los Jefes de Falange J. Chinchilla e Ignacio Noya Insa, los Jefes de Escuadras Eduardo Fisac y Enrique Zúñiga; los Escuadristas Eusebio Jon, Tomás Martínez, E. Daimau, J. Beneitc… y otros tantos cuyo gesto perdurará a través de los siglos.
Y… sigue todavía la epopeya de la Centuria Amarilla. No se resigna a cumplir en lo que se llama «zona roja», sino que los que pueden burlar la estrecha vigilancia de que son objeto y vencer los diversos riesgos, ya por el frente, ya por las fronteras, pasan a la que se denomina «zona nacional», donde reclaman un lugar preferente en el peligro de la primera línea, a la que acuden con el afán y entusiasmo del primer día; son los novios de la muerte, a la que se abrazan en eterno beso antes de ceder un átomo de terreno a las huestes que han asesinado inicua mente a sus camaradas.
Todos los frentes de combate son regados con su sangre, la que queda simbolizada en la caída heroica del camarada Guillermo Lambruschini, Jefe de una de las Escuadras.
Finalmente ya, cuando las banderas victoriosas volvían al paso alegre de la paz y el Jefe de Centuria, sonriente, escuchaba el eco de los cantos victoriosos, exige la Patria un nuevo y supremo sacrificio y son los últimos reductos del enemigo, en cobarde huida al extranjero, los que retumban ante la virilidad de su voz que, ahogada en eterno suspiro, pronuncia el ¡Arriba España!, acallando ya para siempre el rugir de la bestia marxista.
No hay literatura suficientemente floreada para describir tantos heroísmos ante los cuales sólo cabe el saludo rígido, el silencio profundo y la emoción cristiana y revolucionaria que inspira el afán de imitación y de continuidad en el sendero trazado.
Me cabe el honor de reseñar brevemente parte de ellos. Fui el enlace del Jefe caído y es ésta una orden más que él me confiere desde el Más Allá; creo haberla cumplido con el espíritu y estilo que, únicamente en la cantera de aquellos «tiempos difíciles» pudo aprenderse.
Sólo he de añadir:
A tus órdenes, Jefe. Tu mandato ha sido cumplido y tu recuerdo nos acompaña constantemente; la Centuria sigue fiel en el cumplimiento de su supremo cometido para el logro de una España auténticamente Nacional-Sindicalista, por la que tan perfectamente supiste luchar y morir.
