Federico García Lorca
El asesinato de García Lorca fue una total monstruosidad (como todos los asesinatos) y no tiene posible justificación (como ningún asesinato). Pero, desde un principio, se presentó como un crimen del Estado franquista, lo cual ya no es cierto. Primeramente, porque cuando se produjo, todavía no existía Estado ni siquiera Gobierno en la zona nacional. Históricamente ya no es ni discutible que aquella vileza fue obra de un pequeño grupo de incontrolados, tolerada por la incompetencia del gobernador civil de Granada, en circunstancias de total aislamiento con los mandos franquistas. No trato con esto -quede claro- de disminuir ni, menos aún, de justificar el vituperable asesinato. Pienso, únicamente, en los inacabables alegatos que hemos leído últimamente (por ejemplo) para dejar a Santiago Carrillo al margen del holocausto masivo de millares de españoles en Paracuellos del Jarama. Y eso que las circunstancias fueron muy distintas. Carrillo ejercía la máxima autoridad en materia de Orden Público en el Madrid sitiado, que se regía por una Junta de Defensa, en contacto inmediato con el Gobierno, trasladado a Valencia. Tampoco fue un fusilamiento aislado, sino multitudinario. Y, sin embargo, los mismos que responsabilizan de él a grupos incontrolados, cargan la culpa del crimen de Víznar al régimen de Franco. (Que entonces no existía.)
Pero hay algo más grave en este luctuoso hecho: la capitalización por el marxismo de la figura de García Larca. Cuando quienes le conocieron y gozaron de su amistad y de su frecuente relación, saben de sobra que Federico era ajeno a la política; que incluso había hecho constar más de una vez su irritación por ser usado con fines publicitarios (así, cuando Izquierda Republicana le organizó un homenaje); que, sintiéndose plenamente identificado con el pueblo que, en Andalucía, sufría toda clase de abandonos, jamás hizo de ello bandera en favor de ningún partido. Pertenecía a la clase media y sus hábitos eran burgueses (en el mejor sentido del concepto). Y de su total independencia ideológica da fe su relación con José Antonio Primo de Rivera, a quien incluso hizo un donativo en metálico para las necesidades de la Falange. (Me remito al testimonio personal de Liliana Ferlosio, viuda de Rafael Sánchez Mazas)
El bombardeo de Guernica
El otro gran mito de la guerra civil, éste a niveles colectivos, es el del bombardeo de Guernica. Extendido a los terrenos del arte, porque aquel lamentable hecho bélico parece ya indisoluble del lienzo de Pablo Picasso. Que no fue pintado premeditadamente como homenaje al pueblo arrasado, puesto que ya estaba comenzado antes de que se produjera el bombardeo. Que tampoco es, ni de mucho, la mejor obra del genial artista malagueño. y que, sin embargo, ha sido tan hábilmente utilizada siempre, que nadie puede ya negarle el valor de símbolo que se le confirió por los derrotados.
El hecho en sí del bombardeo comienza siendo neciamente desfigurado por la propaganda nacional, que pretende cargar la culpa de la destrucción de la villa vasca a los dinamiteros. Es una excusa sin consistencia, y pese a ello, utilizada durante algunos años, incluso por historiadores escasos de documentación. Más tarde se restablece la verdad: fueron los aviones de la legión Cóndor, en una operación militar a todas luces excesiva. La contra propaganda republicana teje, por su parte, una versión tampoco cierta y, desde el primer momento, ofrece una lista de víctimas exagerada en proporción de diez por una. Todavía ahora se sigue escribiendo que fueron más de tres mil los muertos, cuando la investigación seria los fija (con nombres y apellidos) en unos trescientos. (Véase la obra fundamental de Vicente Talón Arde Guernica, publicada en pleno franquismo.) (Vicente Talón, Arde Guernica, Ed. San Martín, Madrid, 1970)
Trescientos o tres mil, no por ello pierde gravedad el bárbaro bombardeo de Guernica. Pero forzosamente debe incitar al recelo acerca de las verdaderas intenciones de quienes vuelven sobre el tema y lo hacen bandera propagandística, el recuerdo de monstruosidades de mucha mayor entidad, que, en cambio, se olvidan o se disculpan. Nagasaki, Hiroshima, Dresde, fueron tres ciudades literalmente arrasadas por la aviación aliada durante la segunda guerra mundial. Allí, los muertos inocentes se contaron por cientos de miles. ¿Y qué decir de los bombardeos con napalm sobre el Vietnam, a cargo de la aviación norteamericana?
Por ello, cuando ingleses, franceses o norteamericanos movilizan la sensibilidad de las gentes con el recuerdo de Guernica, hay que contener un gesto de asqueado escepticismo. No se diga si son los soviéticos quienes claman por la pretendida violación de los derechos humanos.
La represión
He aquí otro de los grandes tabúes, otro de los tópicos inevitables en esta escalada de desprestigio contra el franquismo, a la que estamos asistiendo. Efectivamente, en la retaguardia llamada nacional se cometieron tropelías y asesinatos. Pero ¿por qué se olvida totalmente lo que ocurrió en la roja? Ahí está la Causa General, incontestada en su alucinante acusación de crímenes y desmanes. Me resulta especialmente triste tener que entrar en polémica sobre algo tan sagrado como las vidas humanas. Es más; lo encuentro vergonzoso. Pero no hay más remedio que efectuar algunas precisiones, para salir al paso de los infundíos, de las manipulaciones, de las parcialidades con las que, de unos años a esta parte, se cuenta en el papel impreso aquel lamentable aspecto de la guerra civil.
Insisto: me repugna meterme en una especie de estadística de horrores. Pero quienes se empeñan en resaltar únicamente los de un bando, obligan a hacerlo. Ya se que se me dirá: antes nos contaban que los rojos eran los únicos que habían asesinado a sangre fría. Evidentemente, se trataba de otra mentira intolerable. Pero ¿por qué se cae en la misma falacia, ahora con el signo contrario? Salvando las distancias, ocurre con esto como con la fiebre actual de cambiar los nombres de las calles. Fue una estupidez del anterior régimen, en muchos casos. Mas hete aquí que, los mismos que tan acremente la criticaron, inciden ahora en el mismo ridículo error.
Reconozcamos, humildemente, avergonzadamente, que en las dos zonas se cometieron asesinatos intolerables. Pero sin desmentir la verdad histórica. y ésta nos demuestra que en la zona republicana estos actos vandálico s fueron muchos más y duraron mucho más tiempo. Lo cual no intenta paliar la gravedad de los que se llevaron a cabo por los franquistas; pero restablece la mayor culpabilidad de los cometidos bajo la pasividad o la indiferencia del llamado por muchos Gobierno legítimo de la República. No es honesto pretender olvidarlo, a estas alturas.
Ni tampoco, hurtar al conocimiento de las jóvenes generaciones la existencia de las checas, abundantes en Madrid, en Barcelona, en Valencia, en todas las poblaciones sometidas a ese mismo Gobierno republicano, cuyo funcionamiento duró hasta el mismo final de la guerra y en las que tan espantosas torturas se prodigaron. Claro es que existe hoy como una conjura para encubrir todas las atrocidades que se cometieron entonces en nombre de la Libertad y de la Democracia. Quizá por ello, cuando se ha estrenado en España el viejo filme ¿Por quién doblan las campanas?, que neciamente estuvo prohibido por la censura franquista, se ha suprimido la mejor secuencia: aquella que corresponde al capítulo, también mejor, de la mediocre novela de Hemingway. El que relata el masivo asesinato, en un pueblo serrano, de los vecinos de derechas, que son despeña- dos entre el alborozo de las milicias marxistas. Lo que demuestra que, con unos o con otros, aquí siempre se trata de engañar al ciudadano, hurtándole la realidad cabal de las cosas.
En cuanto a la represión de la posguerra no cabe (obviamente) establecer comparaciones. Pero sí destacar la exagerada cuantificación que de sus consecuencias se está haciendo. Resulta que El Campesino (otro incalificable personaje marxista) se suelta el pelo en unas declaraciones y dice que Franco mandó asesinar después de la guerra a más de un millón de españoles. Yeso se publica y nadie lo desmiente ni llama mentiroso a Valentín González, cuya biografía no le faculta, ciertamente, para erigirse en acusador de nadie. Claro que todavía resultó más grotesca la demencial afirmación hecha, en verso y todo, en el poema (?) «Los cinco dados», incluido en el Cancionero Popular editado en Italia en 1969, donde se escupían estas estrofas: Maldito, que en treinta años has matado / SEIS MILLONES de nobles compatriotas. El panfleto, naturalmente, fue secuestrado aquí por el Ministerio de Información y Turismo. Y algunos se escandalizaron por ello! .
También éste es un tema definitivamente aclarado por los historiadores. Las víctimas de la guerra civil fueron entre 270.000 Y 340.000, en ambos bandos y contando en ellas tanto a los muertos en combate como a la población civil y a los represaliados, asimismo, en las dos zonas.(Según Salas Larrazábal, en un estudio publicado en ABC en julio de 1.974.) En cuanto a los presos del franquismo, la cifra máxima de la población penal durante la posguerra alcanzó 270.719 personas en enero de 1.940 y en ella se engloban tanto los comunes como los políticos. (Datos de Ricardo de la Cierva, en Francisco Franco, un siglo de España, Edit. Nacional, 1.972). Pero en años inmediatos descendió grandemente por los sucesivos indultos y amnistías.
Tampoco intento minimizar el alcance de la represión que siguió al final de la guerra. Pero también considero imprescindible efectuar dos consideraciones. Una: que el fenómeno no es exclusivamente español. En Francia o en Italia, por ejemplo, la represión contra los colaboracionistas, al término de la segunda guerra mundial, fue feroz e implacable y muy superior, en cifras absolutas y aun relativas, a la de España. Que después de una guerra, los odios se desatan y las cuentas se liquidan, con lamentable olvido de la generosidad y aun de la justicia, es un hecho históricamente repetido. ¿Habrá que recordar la monstruosidad aparentemente legalizada del proceso de Nuremberg? ¿O los increíbles casos de Philippe Pétain y de Rudolf Hess, encarcelados de por vida, con olvido absoluto de todas las razones humanas y jurídicas? y una última y nada despreciable consideración. A la vista de lo que está sucediendo, de la violenta reacción que (cuarenta años después de terminada la guerra civil y, por tanto, sin posibilidad de aducir razones emocionales cercanas) se ha producido por parte de los vencidos contra los vencedores, ¿no resulta perfectamente lícito imaginar que, de haber cambiado el signo de los triunfadores, el1 de abril de 1939, la conducta de unos hubiera sido, en definitiva, igual que fue la de los otros? O quizá, más enconada todavía. Por. desgracia, el rencor, el odio, la insolidaridad, el revanchismo y la envidia no son patrimonio de una sola clase de españoles.
En un debate sobre Libertad de expresión patrocinado por las Juventudes Socialistas de Madrid, con la colaboración del Ayuntamiento, el subdirector del diario El País, José Luis Martín Prieto, planteó el interrogante de si fue un acierto o un error histórico el no proceder, con el advenimiento de la democracia, a una depuración política. (Referencia en El País, 20-V-80.) O sea, que los mismos que tanto se duelen de la depuración realizada por el franquismo, después de una victoria bélica, aceptan la posibilidad de haberla impuesto como consecuencia de la llamada transición pacífica.
La conjura internacional
Tópico de la propaganda antifranquista, mantenido a lo largo del anterior régimen, fue el vacío internacional, la animadversión de las grandes potencias al sistema dictatorial. Lo que se correspondía, en la propaganda franquista, con la constante referencia a la conjura internacional contra España.
Pues bien; parece que las cosas ya se han clarificado lo suficiente para poder afirmar que esa postura negativa del extranjero respecto de nuestro país, es una constante ajena a los regímenes que aquí podamos tener. Por encima de huecas declaraciones de amistad oficial, al margen de posiciones coyunturales, determinadas naciones conservan una inalterable actitud antiespañola. No se trata de que les molestase el franquismo; les molesta, sencillamente, España.
Piénsese que la democracia actual no ha impedido que en Francia se boicoteen las exportaciones españolas. Ni que en Bélgica y en Suiza se apedreen las sedes de las representaciones diplomáticas españolas, como en los mejores tiempos del franquismo. Ni que se asalten nuestras Embajadas en América. Ni que nuestros pescadores sean hostigados y perseguidos por países que, hasta hace bien poco, teníamos por subsidiarios.
Lo cierto es que, desde nuestro Siglo de Oro, medio mundo fue guardando un rencor histórico hacia España y no se ha despegado de él.
Abunda en esta misma opinión Manuel Blanco Tobío, cuando escribe en ABC: «Yo no sé si España habrá sido popular alguna vez. Me parece que no y nada tiene de extraño: ninguna nación que haya dominado el mundo lo ha sido. El poderío es antipático porque siempre lo ostenta un país; o dos, y el resto lo aguanta. Esto le pasó a España y esto le está pasando a los Estados Unidos. Primero se tiene el peso y después la pesadumbre de la púrpura.» «Cómo nos ven», 3-V-80.) y Vicente Blasco Ibáñez, viajero por el mundo, llegó a afirmar: «Somos el pueblo más calumniado que hay en la tierra; el más odiado.» (Cit. por Francisco Belda Planas en ABC, «Blasco Ibáñez y España», 18-VII-79.)
A nivel de anécdota, recojo el artículo de Anna Llauradó, en Diario de Barcelona (2-IV-80), titulado «Muy pocas atenciones», que relata el trato displicente y hasta grosero recibido por los periodistas e invitados catalanes que acudieron a Toulouse, al acto de entrega por aquel ayuntamiento de su Medalla de Oro al presidente Tarradellas. Tras detallar las muchas vejaciones padecidas (no obstante el carácter de hermandad de la ceremonia), la periodista concluye: «Resulta indigno comprobar cómo minutos antes, el rector de la Universidad destacaba las «bellas y profundas relaciones entre el pueblo catalán y el francés» y minutos después los franceses trataban a los catalanes casi como el «massa» a Kunta Kinte.»
Tal es la constante en la actitud de gran parte de Europa con nosotros; constante histórica, de la que Franco, ciertamente, no tuvo la culpa.
Motivaciones económicas han impuesto distintas actitudes, pero, en el fondo, la animadversión nunca ha desaparecido. Aunque razones políticas la hayan tamizado en épocas muy concretas. La diferencia entre la postura del Estado franquista y la del actual es clara: aquél se crecía ante los desaires exteriores y éste se amilana. Aquél echaba por delante el antiguo orgullo español (en una reacción que el pueblo compartía: sobran los ejemplos a lo largo de los llamados 40 años) y éste olvida la dignidad y encaja impertérrito todas las ofensas y todos los desprecios.
Es la distancia justa que existe entre la política exterior del franquismo y la actual. El acierto de una o de otra, la eficacia de tan dispares posturas, tendrá que juzgarlos el futuro. A nosotros, demasiado cercanos todavía para enjuiciarlas, sólo nos corresponde apuntar el hecho de que después de la reforma política, asumidos en plenitud los derechos democráticos, devuelta al pueblo su soberanía (según nos dicen), tampoco se ha operado por parte de las potencias extranjeras la reacción favorable que tanto se nos había anunciado. Porque, naturalmente, las frases pomposas y los cánticos protocolarios de tradicional amistad de nada nos sirven. En el frío terreno de las realidades, la España-80 está relegada a ínfimos niveles en el concierto internacional. Quizá el Gobierno es consciente de ello y de ahí que se incline a fomentar las relaciones con el tercer mundo, con los países no alineados, con las naciones del subdesarrollo. De la ingenua ambición imperial hemos pasado a la aceptación expresa del papel de comparsas.
Medítese, como clara prueba de los tópicos manejados para acusar al franquismo de ser responsable de nuestro alejamiento de los países poderosos, en la gran farsa del Mercado Común. Durante años la propaganda contra Franco le acusó de ser el único responsable de nuestra marginación de la CEE, insistiendo en que ésta se debía a razones puramente políticas. Era otra gran mentira. Entonces, como ahora, motivaciones sólo económicas eran las que nos cerraban el paso a la integración. Las dificultades que encuentra don Leopoldo Calvo Sotelo en su gestión, son las mismas con las que tropezaba don Alberto Ullastres. Con la diferencia de que, entonces, el Mercado Común no impedía el desarrollo económico de España y, gracias a él, la industria española se colocaba en primera fila mundial. Ahora seguimos careciendo de las muy discutibles ventajas de la CEE y, por si algo faltara, hemos dado frenazo y tremenda marcha atrás a nuestra prosperidad económica. Entre otras razones, porque los inversores extranjeros, que se volcaron aquí durante el franquismo (pese a vituperarlo), han renunciado a ayudar económicamente a la España democrática (que tanto elogian).
La asfixia de las regiones
Se trata de otro de los tópicos hoy en circulación: el franquismo asfixió a las regiones, marginó sus peculiaridades históricas, acogotó su posibilidades de desarrollo, maniató todas las manifestaciones características y tradicionales de su cultura. En definitiva, las anuló como individualidades con personalidad propia, peculiar y definida.
Vamos por partes. Efectivamente, en los meses inmediatamente posteriores a la finalización de la guerra civil, se desató una hostilidad clara contra el hecha regional. Una vez más habrá que insistir en las especialísimas circunstancias emocionales de la época: quedaban todavía muy cerca 32 meses de lucha cruenta y fratricida, en la cual el bando vencido había puesto en línea de combate (física e ideológica) a las regiones autónomas. Si bien merece la pena releer con calma a don Manuel Azaña y sopesar sus ácidos comentarios acerca de la actuación de los dos líderes más caracterizados de ellas, José Antonio Aguirre y Lluís Companys. Ambos quedan maltrechos (incluso destrozados) en las memorias del entonces presidente de la Segunda República. Y no menos violentos son sus ataques a la labor de los gobiernos autónomos de Vizcaya y Cataluña. (Es curioso destacar que, durante la República, la exigencia autonómica sólo se manifestó seriamente en el País Vasco y en Cataluña. Compárese con los actuales entes en preparación).
En su libro Cataluña bajo el régimen franquista,(Josep Benet, Cataluña bajo el régimen franquista, Editorial Blume, Barcelona, 1979, p. 243) el comunista Josep Benet reproduce unas declaraciones del entonces ministro del Interior, Ramón Serrano Suñer, pretendiendo extraer de ellas una inequívoca prueba de la persecución sañuda de los valores regionales por el franquismo; lo que llama el genocidio cultural. Sólo la constante demagogia que aparece en todas y cada una de las páginas de esta obra y un odio feroz y no disimulado al régimen de Franco, pueden llevar a semejante conclusión. Ya que la respuesta de Serrano Suñer a la pregunta sobre su postura frente a la lengua catalana fue ésta: Respetaremos el lenguaje catalán. ¿Por qué no? Si el catalán es un factor y un vehículo de separatismo, lo, combatiremos. […] Si el catalán es un elemento de la grandeza de la Patria, ¿por qué no respetarlo, como respetó Francia los versos de Mistral, y España los de La Atlántida?
Sentada semejante declaración de principios el 24 de febrero de 1939 (es decir, todavía en plena guerra civil), no parece justo interpretarla hoy negativamente. Antes al contrario, se recoge en ella lo que sería la norma inspiradora de toda la política del franquismo respecto de las regiones en sus primeros años: de 1939 a 1945. Cuando la tolerancia, el respeto e incluso el fomento de las peculiaridades de cada hecho regional andaban siempre frenados por el fantasma (tan cierto) de los separatismos. Pienso que la actual postura, en tal sentido, del señor Benet abona la razón de semejantes cautelas de entonces.
Para situar debidamente los idearios originales de ciertos «catalanistas». considero muy interesante recoger estas opiniones de Manuel Tarín Iglesias, en un artículo publicado el 14-VI-80: «La manipulación vigente ha corrido un silencio sepulcral sobre el aserto de que las primeras manifestaciones nazis en España sur- gen de la mano de Estat Català. Era la época en la que los totalitarismos estaban de moda en Europa, pero existía una cierta pugna, escasamente analizada, entre el totalitarismo mediterráneo, fascismo de Mussolini, y el germánico, nazi de Hitler. Pues bien, el nazismo entra por los Pirineos del brazo del separatismo catalán y así se propugna la creación del partido único, y así, en la última decena del mes de octubre de 1933, se celebra el desfile del nazismo catalán -escamots- con pardas camisas hitlerianas, por el parque de Montjuich, todo ello bajo los auspicios del Estat Catala que don Francisco Macia había proclamado dos años antes.»
Cataluña
Consta que, a la toma de Barcelona (26-1-39), las intenciones respecto de la cultura catalana, por parte del núcleo falangista que dirigía la política intelectual en la entonces llamada zona nacionalista, nada tenían que ver con la estúpida realidad que después se impuso. Dionisio Ridruejo lo ha dejado suficientemente explicado.(Dionisio Ridruejo, Casi unas memorias, colección Espejo de España, Editorial Planeta, Barcelona, 1976). Aquella majadería del habla la lengua del Imperio y demás excesos represivos quedaban muy lejos de lo que tenía previsto el inteligente equipo cultural de Serrano Suñer. Es lo cierto, sin embargo, que en los primeros meses de la posguerra se desató el anticatalanismo, con tanta violencia como manifiesto error.
Aunque la trágica versión de Benet, en su ya citado libro, sea por demás exagerada y en todo caso, se refiere a los años 1939 y primeros meses de 1940, cuando, en efecto, la represión marcó su punto álgido. A partir de entonces, la poderosa personalidad catalana se fue abriendo paso de modo inexorable: Guillermo Díaz-Plaja ha podido escribir que la función indiscutible que realizó Barcelona al terminar la guerra civil (fue) abrir las puertas a Europa. En su inagotable revanchismo, en cambio, Benet generaliza actitudes particulares y pasa muchas veces de la anécdota a la categoría. Incluso con errores tan garrafales como cuando, en la obra citada, página 242, escribe que, si se sorprendía a algún ciudadano hablando en catalán, se le decía Haber (sic) cuando deja de ladrar. Esperemos a ver si el señor Benet aprende a escribir bien el castellano, caramba.
En 1.941 se vuelven a editar obras en catalán. En 1943 se publican cuarenta y tres; entre ellas, las Obras completas de Verdaguer. y El somni encetat, de Miquel Dolç. Funciona el lnstitut d’estudis catalans, del que es presidente Puig i Cadafalch. Y en la institución Amics de la poesía se dan clases particulares de lengua catalana. En 1944 estrena Joan Brossa su pieza teatral El cop desert; en 1946, Pío Daví y Maria Vila realizan campañas de teatro vernáculo, estrenando L’hostal de la gloria, de Josep Maria de Sagarra, que desarrolla en los años inmediatos una constante labor dramática. Auspiciada por Tristán La Rosa, aparece en 1945 la revista Leonardo; en 1948, Dau al set, dirigida por Brossa, donde son habituales las firmas de Ponç i Cuixart, Tapies y Tharrats. Editorial Aymá convoca en 1947 el Premio Joanot Martorell, que seguirá impartiéndose sucesivamente. También la revista Antología patrocina un concurso mensual de cuentos en catalán. Escriben poesía en su lengua Salvador Espriu, Pérez Amat, Pedroto, J. V. Foix, Maurici Serrahima, con dificultades, pero cumpliendo una espléndida tarea, pese a ellas. En 1948, los libros publicados en vernáculo son ya sesenta.
La senyera de Cataluña y la bandera de Barcelona ondean libremente en los edificios públicos a partir de 1940. Se bailan otra vez sardanas en las Fiestas Mayores y no se limita la tradición dominical de hacerlo frente a la catedral. Un libro sobre Joan Miró, de J. E. Cirlot (Editorial Cobalto) gana uno de los premios del INLE a las mejores ediciones, en 1949. La Orquesta Municipal se ha presentado, con inenarrable éxito, en 1944, en el Palau de la Música, bajo la dirección del maestro Toldrá. Vuelve a actuar, en triunfo, el Orfeó Catala. Tiene una gran acogida el Teatre selecte de Frederic Soler (Serafí Pitarra). En los años 60 se doblan al catalán varias películas (Verd madur, La filla del mar, etc.); no tienen éxito. (Es interesante destacar que, durante la Segunda República, no se realizó ni una sola película larga en catalán. En Valencia, en cambio, Luis Martí produjo y dirigió El faba Ramonet, en 1933). Tampoco lo tendrá el semanario Tele/estel, lanzado en esta década. Ni la posterior reaparición de En Patufet. (Ni lo tiene actualmente el diario Avui. Es un hecho verdaderamente significativo.) .
A partir de 1945, pues, se hace patente la liberalización en materia cultural. De tal manera que, superada la primera y lamentable etapa de persecución indiscriminada, no hay obstáculos serios para aquellas manifestaciones catalanistas no politizadas; o, para concretar mejor, no tendentes a fomentar de nuevo los afanes separatistas y antiespañoles. Por eso ha podido escribir Guillermo Díaz-Plaja celebrando la restauración de la Generalitat (tras resaltar su emoción al volver a oír gritar al presidente Tarradellas un visca Espanya! en catalán, lo que le hace recordar un articulo memorable de Maragall) que lo que Cataluña ha recuperado, en verdad, nunca se había perdido.
Claro que no es ésta la versión que ahora suele ofrecerse. Otro libro plenamente tendencioso, Els anys del franquisme llega a presentar a El Facerías y a Quico Sabater, tristemente famosos en su época por su dilatado historial de delincuentes comunes, como héroes de la lucha antifranquista. Se quiere asimismo desvirtuar la creciente pujanza de la cultura catalana, que alcanza singular auge a finales de los años 50, para consolidarse irresistiblemente en la siguiente década. La revista Serra d’Or (1959); Ediciones 62, fundada ese año y dedicada tan sólo a publicar libros en vernáculo; el Omnium Cultural (1961), que tiene por misión fomentar la cultura y la lengua catalanas; la Escala d’art drama tic Adrià Gual; la Agrupació dramática de Barcelona, son muestras irrebatibles de ello. Y los nombres (pese a todos los obstáculos) de Carles Riba, Vicens Vives, Santiago Sobraqués, Gabriel Ferraté, Xavier Benguerel, Ferran Soldevila, Maria Aurèlia Capmany, Joan Reglá, Pere Quart, Jordi Sarsanedas (que gana en 1953 el premio Victor Catala, con su libro de narraciones Mites), Folch y Camarasa, Josep Pla (premio Joanot Martorell, en 1951, con El carrer estret). A mediados de los 60 nace la nova cançó, en las voces. de Joan Manuel Serrat, Lluís Llach, La Trinca: esta llena de Implicaciones políticas. En 1966 ha aparecido la Historia de la premsa catalana. Comienza a publicarse en 1970 la espléndida Enciclopedia catalana. Los libros en vernáculo ya se editan entonces por centenares.
Si descendemos a la esfera deportiva, bueno será recordar que la Selección de Barcelona, como tal, jugó varios encuentros internacionales de fútbol en los años 40, en el viejo campo de Las Corts (bien es verdad que su capitán era el medio azulgrana Franco). Y que la más esplendorosa época deportiva del Barcelona C. de F. se sitúa en los años 50, con el famoso equipo de las cinco copas. Por lo visto, entonces no existía la animadversión de los órganos deportivos centralistas al club azulgrana, de la que, paradójicamente, tanto se queja ahora, en plena democracia, don José Luis Núñez.
Parece innecesario exaltar el tremendo desarrollo económico de Cataluña bajo el franquismo, que le llevó a situarse en cabeza de todas las regiones españolas en renta per cápita. Tras una primera fase, que propició las fortunas individuales (los estraperlistas de Rigat), llegó la prosperidad colectiva. A la vista están las realizaciones materiales logradas, los puestos de trabajo creados, la desbordante industrialización conseguida, la masiva inmigración que se produjo. Quizá por ello, Josep Maria de Sagarra escribía, en ocasión del XXXV Congreso Eucarístico Internacional de 1952 (que otra vez más en su historia colocó a Barcelona a los más altos niveles europeos): el primer milagro ha sido la transformación material y moral de Barcelona.
Volvió, pues, la capital del Principado a tomar el cetro cultural de España. Ocurría, sin embargo, que ahora Madrid se lo disputaba con mayor igualdad que antes de 1936; pero ése era otro problema. Del cual, obviamente, sólo podían derivarse beneficios para la cultura española. Hoy, en cambio (al decir de Jaime Guillamet, Informaciones, l-XII-79), una grave amenaza de extinción pesa sobre la lengua catalana. Tan sorprendente afirmación la basa en el estudio hecho por los siete lingüistas que forman el equipo de redacción de las revistas Els marges. Para ellos (Joaquín Molas, Joan A. Argente, Enric Sulla, Jordi Castellanos, Manuel Jorba, Josep Murgades y Josep M. Nadal), el catalán está ahora mucho peor que en los años 40 y 50, por la castellanización que sufre, derivada de las inmigraciones. Los políticos catalanes (dicen) adoptan ante el problema de la lengua actitudes híbridas y contemporizadoras. Bien; se trata de una opinión respetable, interesante. Pero, posiblemente, alarmista en exceso.
Lo que no puede negarse es que existen otra vez (como en tiempos del franquismo) autores catalanes malditos, que son objeto de sañuda marginación; Josep Pla puede ser su más característica muestra. También Joan Maragall, evidentemente a causa de su famosa Oda a Espanya, que le valió la malquerencia de los separatistas. En esta línea de politización (que incurre en el mismo vicio anterior, tan justamente criticado) puede tomarse como prueba el rechazo de dos catalanes eminentes, pero a la vez claramente españolistas: Eugeni d’Ors, en literatura, y Salvador Dalí, en pintura.
Digan lo que quieran algunos, Cataluña y, más todavía, Barcelona fueron objeto de una atención constante por parte del franquismo. Que se debiera más a razones políticas que afectivas, es cuestión de difícil prueba. Pero que existió, no puede negarse. Correlativamente a ello, ¿fueron los catalanes tan mayoritariamente franquistas como el resto de los españoles? Yo pienso que sí. Resumiré mis razones para ello, en una anécdota personal vivida la tarde en que regresó del exilio el honorable Tarradellas. Recuérdense la manifestación ciudadana que su vuelta supuso, los millares de personas que le aclamaron a lo largo de su recorrido, la masa congregada en la plaza de San Jaime, hecha un puro vítor.
Estaba yo en el hotel Avenida Palace, después de haber seguido el clamoroso suceso a través de la televisión. Se me acercó un periodista francés, de los muchos que vinieron para cubrir la información de la noticia y me preguntó:
-¿Qué le parece esta apoteosis? Es realmente impresionante, ¿verdad?
-Sí, en efecto -le respondí-. Yo no recordaba nada igual, desde aquellas visitas de Franco a Barcelona, en los años sesenta.
Pais Vasco
Academia de la Lengua Vasca (Euzkaltzaindia) subsistió enteramente durante el franquismo, establecida en Ribera, 6, Bilbao; incluso celebró en 1968 sus bodas de oro. Sobre ella escribió en 1970 Javier María Pascual: Hoy cuenta 53 años. Con sólo cinco presidentes. Bajo tres regímenes políticos sucesivamente antitéticos. ¿Cabe prueba mejor de una constante nacional de respeto? Celebró distintos congresos, reeditó el Cancionero Popular Vasco y obras clásicas como Gero, de Axular; Testamentu herriko Kandaira, de Lardizábal, y el Olerkiak, de Arvese-Beitia. En aquella misma fecha y censadas por el propio Pascual (navarro) se publicaban íntegramente en euskera las revistas Zeruko Angia y Goiz-Argi (donostiarras), el suplemento de Príncipe de Viana (navarra), Anaitasuna, Agur y Karmel (vizcaínas) más Aránzazu, Artzaideya, Egan y Euskera, esta última, órgano de la Academia de la Lengua vasca.
Diario de Navarra ofrecía una página quincenal totalmente escritas en vascuence y se publicaron numerosos libros en la misma lengua.
La Euzkaltzaindia convocaba los premios literarios Domingo de Aguirre de novela; Toribio Alzaga de teatro; Lizardi de poesía y Xenpelar de bertsopaperak (hojas volantes de bersolaris).
Jamás se prohibió hablar en vasco
La verdadera extensión del idioma vasco, la realidad de su uso cotidiano, está siendo objeto en la actualidad de evidentes exageraciones. De manera total, íntegra excluyente del español, nunca se habló más que en algunas zonas rurales, alejadas de las ciudades y pueblos importantes. Existía, eso sí, una semántica local, hecha de vocablos de origen tanto euskaro como castellano. Consúltense Emiliano de Arriga (Lexicón bilbaino) y Martín Alonso (Enciclopedia del idioma). Pero, sobre todo, léase el precioso artículo de Indalecio Prieto «Chocholadas-EI lenguaje bilbaíno» en De mi vida, Edics. Oasis, México, 1970, pp. 81 y ss.
ni, menos todavía, el uso del chistu. Sin embargo, esto se ha llegado a afirmar recientemente, motivando una enérgica y fundada aclaración de Adolfo Prego, en ABC. El folklore regional no sólo pudo manifestarse libremente, sino que incluso fue potenciado (como el de toda España) por la espléndida labor de los Coros y Danzas de la Sección Femenina. Quienes visitábamos con frecuencia las Vascongadas, somos testigos de que sus más ricas tradiciones -en baile, música y deporte- seguían manifestándose públicamente, sin ninguna limitación. y se grabaros discos por Ez Dok Amaira y otros grupos y artistas individuales.
Otra cosa es que, como en Cataluña y en todas partes, no se tolerara la politización de tales manifestaciones y, menos aún, su interpretación separatista. Pero externamente no se apreciaba en el País Vasco esa sensación de esclavitud, aherrojamiento y opresión que ahora se nos quiere presentar como constante a lo largo de los últimos cuarenta años. Recuérdese, como dato harto elocuente, que durante ese período el jefe del Estado, Francisco Franco, pasaba el mes de agosto en el palacio de Miramar, de San Sebastián, donde funcionaba el ministerio de jornada. Sus apariciones públicas eran continuas y, hasta 1972, sin que se produjera el menor incidente. Al contrario; las muestras populares de afecto y adhesión resultaban frecuentes. (Curioso contraste: a les cinco años del nuevo régimen, S. M. el Rey no ha visitado todavía el País Vasco.)
Otro dato importante; fueron autorizadas también las ikastolas, y subvencionadas en las tres provincias vascas y en Navarra. Sólo en esta provincia funcionaban diez, en 1969. En Vizcaya había 43, y en Guipúzcoa, 78.
Al margen de las ikastolas, en 1966 se impartían clases de euskera para adultos, en distintas academias. Con sede en Bilbao (calle Colón de Larreategui, 14), existía también, desde enero de 1968, una Asociación Vizcaína para el Fomento del Vascuence (Euskerazaleak), con más de dos mil socios. Editaba material didáctico (distribuyó cuarenta mil ejemplares de un método de iniciación al estudio del euskera), un catón (Aurtxoa) y el leccionario de cosas Ikasteko. A través de Radio Popular de Bilbao se difundió el método de iniciación al estudio del vascuence, publicado también en los diarios locales El Correo Español-El Pueblo Vasco y Hierro (órgano de la Prensa del Movimiento).
Seguía apareciendo el tradicional calendario Arantzazu´ko Andre Mariaren egutegia, con ediciones en dialecto guipuzcoano (20 000 ejemplares) y vizcaíno (9000). Se lanzaron los cuadernos para niños Lau ta lau y las hojas Idarteko orria y Aditz-jokoa, donde, sobre dibujos del personaje infantil Kili-Kili, se enseñaban gramática, ortografía, geografía e historia vascas.
Como ejemplo definitivo del respeto tenido. a las culturas regionales, merece recordarse que en 1968 la editorial bilbaína Kriselu-2 publicó 14 fábulas del poeta y escritor socialista vasco Tomás Meabe, traducidas para una edición cuatrilingüe (castellano original, catalán, vascuence y gallego) por Ricard Salvat, Xesús Alonso Montero y Gabriel Aresti. Del mismo autor publicó la editorial bilbaína Zero-2 y X, en mayo de 1975, Fábulas del errabundo, con notas de Víctor M. Arbeloa y Miguel de Santiago. Tomás Meabe había sido fundador de las Juventudes Socialistas.
En el orden económico, ¿será preciso recordar (como en el caso de Cataluña) los altos índices de prosperidad alcanzados por las Vascongadas, bajo el franquismo? En cabeza de las provincias con mayor renta per cápita, el desarrollo industrial creciente produjo asimismo una enorme inmigración de mano de obra. Las obras públicas se intensificaron (y ahí están) y el paro no existía. El Festival Internacional de Cine de San Sebastián, iniciado en 1953, alcanzó la máxima categoría (A) en esta clase de certámenes, desarrollándose sin interrupción hasta 1975, mayoritariamente subvencionado por el Ministerio de Información y Turismo. A partir de 1976, reivindicada su organización por organismos locales de carácter independentista, perdió todo el prestigio anteriormente logrado, para perder también su categoría en 1980.
Por lo demás, el tema de la cultura y de la lengua vasca ha sido siempre ampliamente controvertido. El mismo Madariaga sienta afirmaciones como éstas en su obra antes citada: «En puridad no existe el vascuence y, desde luego, no existe literatura vasca» (p. 182). «Porque aquí, en el País Vasco, no hay Ramón Llull, no hay pintores primitivos, no hay historia autónoma, no hay literatura, no hay más cultura que la española en general, sólo hay de distinto veinticinco lenguas arcaicas, estrechamente emparentadas»
El país valenciano
Puedo afirmar, por conocimiento propio, que desde el mismo día de la liberación de Valencia por las fuerzas del general Aranda (29 de marzo de 1939), ondeó en el balcón del ayuntamiento valenciano (y en todas partes) la senyera regional y se siguió hablando en lengua vernácula y se continuaron editando en ella libros y revistas. Todas las manifestaciones populares (las fallas, las fogueres, las gayatas, los milacres de Sant Visent) utilizaron como siempre el idioma valenciano sin limitación. Los Jocs Florais continuaron premiando poesías en vernáculo. Y en vernáculo se siguió cantando el himno a la Mare de Deu, ese que comienza diciendo: La terra va lenciana s’ampara baix ton mant…
Los premios literarios de la Diputación de Valencia, instituidos en 1949, se ofrecían a trabajos en castellano y valenciano. La poesía asimismo bilingüe presentaba, desde los años 40, nombres tan preclaros como Xavier Casp, Vicente Andrés Estellés, María Beneyto, José María Bayarri, Jacinto M. Mustieles. Francisco Almela y Vives escribía La columna i les roses y otras muchas obras, también en los dos idiomas, indistintamente. y Martín Domínguez. Y Manuel González Martí (Contes del plá i la muntanya, 1947). y CarIes Salvador (El fang i l’esperit, 1952). Y Sanchis Guarner. Y Eduardo López-Chávarri y Bernat Artola (Llantia viva, 1947). Y Maximiliano Thous.
El sainete valenciano conocía los éxitos populares de La cotorra del mercat (1946), de Paco Barchino; El tío estraperlo (1948), de Jesús Morante Borrás; L’hort embruixat, de Sendin Galiana (1951). Se reeditó L’agüelo pollastre, de nernat i Baldoví. Joan Fuster publicaba (naturalmente en Barcelona) su obra Nosaltres, els valencians (1962), dando comienzo a la gran polémica sobre la identidad de la cultura valenciana, que actualmente ha alcanzado lamentables excesos, propiciando un enfrentamiento por demás violento entre Cataluña y Valencia. Los organismos culturales más tradicionales (Lo Rat Penal y El Micalet) desarrollaron sus actividades con normalidad, reforzados más tarde por la institución Alfonso el Magnánimo.
En definitiva, el valenciano se hablaba y se desarrollaba sin ningún problema, en todas partes y como siempre. Sólo que entonces no estaba de moda (como ahora) que la gente bien acudiera a tomar clases de vernáculo.
Galicia
En testimonio personal al autor de este libro, el escritor gallego Luis Moure Mariño ha afirmado que, a lo largo del período franquista, la cultura gallega se desenvolvió con ABSOLUTA LIBERTAD, aunque ahora una ridícula, huera y pedante minoría quiera decir lo contrario.
Basta repasar el catálogo de la editorial Galaxia para comprobarlo y el catálogo de libros ISBN, publicado por el INLE, en su edición de 1979. Además de la ya citada, otras varias editoriales (Xistral, Do Castro, Castrelos, etc.) publicaron de continuo obras en lengua vernácula. El libro de versos más divulgado de Celso Emilio Ferreiro (Longa noite da pedra) apareció durante el franquismo.
Alvaro Cunqueiro (As crónicas do sochantre, Escola do manciñeiros), Filgueira Valverde, Blanco Amor (La esmorga), Neira Vilas, Otero Pedrayo, no cesaron de producir (y publicar) artículos, ensayos y libros en lengua gallega. La obra de Alfonso Rodríguez Castelao sufrió restricciones, en cuanto tenía de separatista; pero parte de su producción pudo también leerse. Por supuesto, el citado Moure Mariño (son sus propias palabras) se hartó de publicar artículos periodísticos y libros en gallego: como, por ejemplo, Sempre matinando.
Desarrolló una importante labor en pro de la cultura vernácula el Seminario de Estudios Gallegos Padre Sarmiento. A las tradicionales masas corales, ya existentes, se unieron otras nuevas, como la de Monforte de Lemos, independientemente de la difusión del folklore gallego que llevó a cabo (como en toda España) la Sección Femenina, en sus Coros y Danzas. Se fundó el Ballet de Rey de Viana, hoy consagrado internacionalmente. Y, en definitiva, todas las manifestaciones culturales autóctonas mantuvieron un desarrollo normal y sin restricciones.
En resumen
En los meses inmediatos a la terminación de la guerra civil, el Estado franquista reprimió duramente las manifestaciones de las culturas regionales, especialmente en Cataluña y el País Vasco. En 1941 se inicia una política de tolerancia, que desde 1945 es cada vez mayor. A partir de los 50, cesan muchas limitaciones. En la década de los 60 y hasta el final del régimen, se normaliza la situación e incluso se fomentan las tradiciones, el folklore y las lenguas regionales: recuérdese su reconocimiento escolar en la Ley de Educación, del ministro Villar Palasí. Con el condicionamiento, ya único, de no deriva,» su exaltación hacia los separatismos.
En este sentido, los famosos sucesos de mayo de 1960, en el Palau de la Música de Barcelona, fueron consecuencia de una total falta de tacto de la autoridad, frente a un evidente desafío del grupo catalanista (y separatista) encabezado por el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol
Conclusiones de Vizcaino Casas
En un último intento de clarificar mis intenciones y fijar mi postura, precisaré (sin demasiada esperanza en ser atendido) las siguientes conclusiones, únicas que pretendo que se extraigan de los anteriores capítulos:
1.- El pueblo español fue víctima de un inmenso engaño. Votó por la reforma política; nunca por el repudio, violento y agresivo, del régimen anterior.
2.- El franquismo político murió con Franco. Carece de sentido cualquier especulación, ni siquiera teórica, acerca de su posible vigencia actual.
3.- Lo cual no supone despreciar, olvidar ni difamar los impresionantes logros del régimen del Caudillo, que elevó a España a la categoría de nación desarrollada y propició la prosperidad de los españoles.
4.- Al cabo de casi cinco años de transición, cambio, ruptura o como se le quiera llamar, el balance resulta absolutamente desolador, a todos los niveles materiales.
5.- Ello ha ocasionado el desencanto de los ciudadanos frente a la reforma y a la solución democrática.
6.- De semejante desencanto no son culpables ni la reforma, ni la democracia, sino lo pésimamente que se han interpretado.
7.- ¿O será que el sistema no sirve para los españoles o, quizá, que los españoles no servimos para el sistema?
