I. EL PERSONAJE, LA SITUACIÓN, EL ESTILO
José Antonio Primo de Rivera, cuya vida breve e intensa impresiona al más desapasionado, es, como he dicho en otro lugar, una de las figuras más representativas de la primera mitad del siglo XX español, a la vez que ejemplo y exigencia para quienes hemos de vivir y actuar en la segunda.
De 1903 a 1936, cada hito de su biografía coincide con los pasos sucesivos que el país da hacia la gran convulsión en que definitivamente ha de abandonar los moldes de nuestro siglo XIX para enfrentarse de modo nuevo con los problemas de la reconstrucción nacional, después de cien años de intentos estériles de crear un cauce político para las grandes transformaciones que la revolución demográfica, económica y cultural han impuesto a nuestra sociedad contemporánea. Sintió plenamente la vocación de enfrentarse con este problema. Asumió la tragedia de un pueblo sin Estado y consagró su vida a darle uno a la medida de los tiempos: un señor digno a tan buen vasallo.
A esta empresa consagró dotes excepcionales de inteligencia, de liderazgo, de valor. Si su sangre, vertida en flor, ha sido una siembra fecunda, y la aureola poética que rodea su prematura ausencia embellecen el perfil histórico de su biografía, sólo cabe lamentar que España no pudiera disponer por más tiempo de sus dotes presentes de dirección.
Porque José Antonio fue, ante todo, un hombre de Estado. «La posteridad no verá en José Antonio ni un poeta, ni un profeta, ni un teórico de la revolución», sino que le deberá considerar «el primer político español contemporáneo, frustrado por anticipada muerte». Lo que impresiona hoy es la penetración de los análisis de José Antonio, la exactitud de sus interpretaciones y previsiones, la capacidad para afrontar situaciones difíciles, la seguridad para moverse en la mayor escasez de recursos, la fecundidad de sus ideas para inspirar un gran movimiento nacional.
Como político, José Antonio Primo de Rivera hubo de enfrentarse con la institución más característica de la política española de su tiempo, el Parlamento. Aún está por escribir una buena historia del parlamentarismo español; la empresa ha desanimado a cuantos la han empezado, quizá por la frustración que supone el continuar un análisis de tanta discusión estéril.
Una cosa es cierta: si el Parlamento ha sido fecundo, y ha tenido días gloriosos en otros países, y singularmente en los anglosajones, éste no ha sido el caso de España. Este elemento es esencial para comprender la posición de José Antonio frente al Parlamento y dentro de él. Porque él no era un profesor, sino un hombre de acción; no hablaba para la historia de las instituciones, sino para buscar una solución al mal de España. E indudablemente, nuestro parlamentarismo —que en la Segunda República llegó a su nivel más bajo, en lo moral como en la ineficiencia— era una de sus raíces más claras en lo político.
José Antonio Primo de Rivera fue, por ello, un decidido adversario de aquel Parlamento; lo dijo dentro y fuera del salón de sesiones. Leídos hoy, sus discursos impresionan: «Voz que grita en el desierto», pusieron en las paredes del viejo Congreso el «Mane, tecel, fares» de la Historia. No recogidos ni glosados por la prensa, hoy se nos presentan como la categoría frente a la anécdota. Demuestran, por una parte, que si José Antonio hubiera querido, hubiera sido un gran parlamentario. Todo le acompañaba: la figura, la facilidad y precisión de la palabra, el nombre, el ingenio rápido.
Pero José Antonio Primo de Rivera sabía perfectamente lo que quería y lo que debía sacrificar para lograrlo. Sabía que debía estar en el Parlamento para dejar allí constancia de su posición en los momentos decisivos; sabía que la inmunidad parlamentaria sería una de sus mayores posibilidades de acción política, en un movimiento perseguido por todos aquellos a quienes venía a desplazar. Por ello se presentó a las tres elecciones parlamentarias de la República, si bien sólo logró ser elegido en el segundo y más largo de los Parlamentos.
Pero en ningún momento ocultó su posición antiparlamentaria. Su papel en las Cortes fue característico. Los discursos, poco frecuentes y muy bien preparados, demostraron su preparación y su categoría y le ganaron el respeto hasta de los enemigos, como consta de Azaña y Prieto. Pero en cada caso se subrayaba la posición exacta de un hombre que estaba más allá y por encima de la Asamblea y sus infecundos debates.
De aquí las reiteradas declaraciones de falta de fe y de respeto al sistema. Un día dirá: «Soy el menos parlamentario de los diputados que aquí se sientan». Otras veces se referirá a su notable situación de independiente ante los independientes: «Este diputado que no pertenece a ninguna minoría». «Mi minoría en el Parlamento es una minoría reducida a su mínima expresión.» Recuerda a la Cámara que no representa a la nación, que desprecia sus debates; lo importante no es «la visión, siempre deformada», del Salón de Sesiones, sino la de fuera. En medio de una gran confusión, con agresiones personales en los escaños, comenta irónicamente los esfuerzos del Presidente por restablecer el orden: «Lo que tiene que hacer el señor Presidente es dejar que nos peguemos alguna vez».
Estas declaraciones se reiteran incluso en período electoral y siendo candidato. En el discurso fundacional de la Comedia, cuando era ya candidato por Cádiz, dirá: «Soy candidato, pero lo soy sin fe ni respeto. Y esto lo digo ahora, cuando ello puede hacer que se me retraigan todos los votos».
En un discurso electoral pronunciado poco después en Cádiz, describe la España perdida y abandonada de los pueblos y de las sierras, siempre en manos de la oligarquía partidista, y dice: «Yo no me atrevo a aseguraros que esa España la encontraremos en las futuras Cortes. Las Cortes son un instrumento invertido por la Constitución y por todas las corrientes y pensamientos que en la Constitución desembocaron; son un aparato que se detiene con que unos cuantos, con habilidad y mala intención, quieran detenerlo».
¿Qué papel hacía, pues, un hombre así en el Parlamento? En primer lugar, el de centinela en medio del campo enemigo y frente a la subversión marxista: «Me clavaré en aquellas Cortes como un centinela», grita a los electores de Cádiz. Nadie como él denunció la organización y armamento de los grupos marxistas y su preparación para el asalto del débil Estado republicano. Así, en el discurso del 8 de noviembre de 1935, después de denunciar el asesinato de los falangistas sevillanos Eduardo Rivas y Jerónimo de la Rosa, dirá: «Vengo a formular una acusación», a saber, que «en las calles de Sevilla se están sustanciando a tiros las cuestiones entre los bandos políticos desde hace un año». A continuación precisa que «la Falange tiene el orgullo de decir que ni una sola vez ha iniciado las agresiones». Presenta a la Cámara el libro «Octubre», de la juventud socialista, prologado por un diputado de aquella fracción, que claramente incita a aquellos grupos —ya entonces infiltrados por el comunismo— con frases tales como el «triunfo de la revolución bajo la forma de la dictadura proletaria» y la «reconstrucción del movimiento obrero nacional sobre la base de la revolución rusa».
En segundo lugar, José Antonio será el censor implacable de lo que él mismo llama «las normas de una buena ética política». En los célebres debates sobre el «estraperlo» y el «caso Nombela» planteará la «descalificación de un partido», el radical, y, con él, la llamada a la conciencia al equivocado sector de la derecha, que intentaba sostenerlo por razones oportunistas. Se sabe solo en la empresa, pero la lleva hasta el final: «Estoy decidido a no dimitir mi puesto de acusador, aunque me insultéis». José Antonio demuestra claramente que él «no es de derechas»; que «está dispuesto a tirar de la manta». Exige «una declaración de que la política española quiere sanearse». En una requisitoria implacable, exige la condenación moral expresa del señor Lerroux y su partido. Una vez más fija sin ambigüedad su posición: «No creo que sea el Parlamento el instrumento mejor para ganar la vida de los pueblos», pero en él están la mayoría de los dirigentes del país, y «en la deshonra del Parlamento irá envuelta la deshonra de casi todos nosotros».
Un observador ajeno al país y más bien hostil hacia cuanto representaba José Antonio, se ha hecho eco del tremendo impacto que hizo en la Cámara su dramática acusación. Mientras una voz anónima gritaba desde las tribunas: «¡Viva el estraperlo!», este testigo diplomático vio cómo «los diputados miraron con rencor la cara traviesa de José Antonio Primo de Rivera, que con la exuberancia de un muchacho bromista se sonreía de sus mayores». Algo había roto la siesta moral del Congreso: «Los diputados pusieron agrio ceño y salieron en fila hacia la calle desierta…»
Porque no se atrevieron a declarar la condena expresa de los maltrechos radicales. José Antonio se lo echará en cara a los pocos días; la mayoría derechista creyó «que con eso se evitaba la crisis y se prolongaba la vida del Parlamento». En realidad, con este acto de cobardía «el Parlamento se había suicidado». Los hechos lo confirmaron poco después. Así, «en una madrugada fatigosa, cuando ya comenzaba a clarear sobre la mampara del salón de sesiones el amanecer nublado del postrer domingo, las Cortes del segundo bienio se fueron al diablo».
En tercer lugar, José Antonio fue al Parlamento a servir a la Falange que acaudillaba. En uno de sus primeros discursos en el Congreso (el 1 de febrero de 1934), al discutirse los disturbios provocados por la FUE en la Universidad de Madrid —intervención llena ya de seguridad en el planteamiento y de garbo e ironía en las réplicas a los interruptores—, Primo de Rivera iniciará sus intervenciones para defender a sus camaradas de la persecución y la calumnia, y lo hará siempre con una elegancia máxima, al lado de una gran eficacia. Una y otra culminarán en este párrafo lleno de la más auténtica dignidad: «Nosotros hemos sufrido hasta ahora todas las víctimas, y las hemos sufrido en silencio, y si no lo hemos dicho antes, y si lo digo ahora, sobria y solemnemente, para contestar a las imputaciones salidas de esos bancos, es porque nosotros, con nuestros muertos —y esto es lo más serio que os digo de todas mis palabras—, podemos hacer símbolo de enseñanza o escuela de sacrificio; lo que no queremos nunca es pasear sus despojos por el terciopelo ajado de estos bancos para convertirlos en efectos políticos desdeñables».
Pero, como es lógico, lo importante para José Antonio en el Parlamento era utilizarlo como tribuna para presentar ante el país y ante los jefes de las facciones políticas su gran movimiento nacional. En reiterados discursos José Antonio planteó la gran cuestión: la República ofrece al país una revolución y no se la cumple. Las izquierdas no saben unir el sentido nacional y el de la reforma social. Frente a su actitud rencorosa y antinacional, la derecha, ni fuerte, ni inteligente, ni verdaderamente nacional, ofrece alternativa adecuada. La victoria de 1931, por ser una «victoria revolucionaria», tuvo posibilidades; la de 1933, por ser una simple «victoria electoral», sin «fe ardiente ni masas resueltas», no sirvió para nada. José Antonio quisiera salir de esta situación tremenda, volver a empresas nacionales sobre la infecundidad de la lucha partidista, a partir de «un gran movimiento nacional, esperanzado y enérgico», que se proponga como meta «la realización de una España grande, libre y unida». Para ello hace falta «una fe, una alegría y una fuerza»; no bastan aficiones eficientes; sin ellas «las victorias electorales no sirven más que para deparar a unos cuantos señores el privilegio de viajar de balde mientras las Cortes duran».
La República así se frustra porque, nacida de una revolución, pretende ser conservadora. El mecanismo parlamentario es el menos adecuado para una acción decidida de reforma económico-social y para hacer frente a situaciones políticas extraordinarias. Hace falta una política decidida, que busque y afronte los problemas en sus causas.
Y José Antonio, elegido en una lista de derechas, mientras los pistoleros de la izquierda persiguen a sus camaradas, declarará sin rodeos que es necesaria una transformación profunda del orden social. En el debate sobre reforma agraria tomará posición clara y terminante: no hay que dar marcha atrás, sino avanzar más de prisa. La derecha le abucheará en las Cortes, pero él sigue impertérrito: «el espectáculo de vuestras risotadas, de vuestros gritos y de vuestras interrupciones demuestra que no tenéis en poco ni en mucho la intención de hacernos caso a los que venimos con estas consideraciones prudentes». El diario ABC le llamará «bolchevique». Primo de Rivera, contundente, replicará que el bolchevismo es materialista, y que él pide sacrificios. El 31 de julio denunciará el «bolchevismo de los privilegiados».
Decididamente, José Antonio era un problema para el Parlamento. La coalición cedo-radical entendió, con razón, que un hombre así era el mayor obstáculo a una solución permanente conservadora. La reacción no se hizo esperar; cuando se pidió un suplicatorio para procesar a José Antonio por tenencia de armas y reunión ilegal, la Comisión propuso que se considerara, el 27 de junio de 1934. El pleno, sin embargo, lo rechazó, pero fue porque Prieto llevó a los socialistas a votar en contra.
A finales de 1935, después del bienio derechista, tan infecundo como el bienio izquierdista, se acercaba el desenlace. José Antonio lo vio venir con acento profético: «El año 1936 se presenta más confuso quizá que ninguno de los anteriores del siglo». Otra vez el destino nacional lo va a decidir el azar de las urnas, el sorteo de los partidos. Su alma joven se desespera: «¡Y España sin hacer! España sufriendo las alternativas del vapuleo y del pasmo. A lo lejos, la estrella de su eterno destino…» Su entusiasmo dolorido no le impide ver con frío vigor el resultado previsible, que el 25 de diciembre de 1935 expone en sus declaraciones a Ortega Lissón, en un diagnóstico exacto de lo que va a ser el resultado de las próximas elecciones. «Las izquierdas burguesas —dice— volverán a gobernar, sostenidas en equilibrio dificilísimo entre la tolerancia del centro y el apremio de las masas subversivas»; y si, como es probable, no logran «encontrar una política nacional», entonces «la suerte de España se decidirá entre la revolución marxista y la revolución nacional».
Tal ocurrirá en los años de la Cruzada, de 1936 a 1939.
II. LA CRÍTICA DEL SISTEMA Y DE SU FUNCIONAMIENTO.
José Antonio Primo de Rivera, que actuó en el Parlamento en la forma y circunstancias que hemos visto, basaba su actitud antiparlamentaria en una doctrina coherente que, por una parte, criticaba a fondo el principio mismo de un Estado basado en los partidos, que utilizaban el Parlamento como Cámara de compensación de sus propios intereses; y por otra parte, denunciaba la bajísima calidad de nuestro parlamentarismo republicano, verdadera enciclopedia de la ineficiencia y del mal gusto.
A) La crítica del régimen parlamentario.
José Antonio consideraba superado el liberalismo, «cuya máquina es el Parlamento». Para José Antonio, liberalismo y parlamentarismo son fenómenos oligárquicos, favorables a «los señoritingos», que los «cultivaban artificiosamente», como propios de «las castas superiores». Ello había sido realmente así en el país de «oligarquía y caciquismo». Las libertades políticas fueron propugnadas por «petimetres» que hablaban de «liberalismo y de nivelación social para entretener sus ocios con las duquesas en los elegantes salones en sus medios artificiales»; las libertades económicas, por «el capitalismo» que, «mientras acumulaba formidables fortunas y numerosas fábricas, lanzaba a la desesperación a millones y millones de seres». De lo uno y de lo otro llegó muy poco al pueblo.
Por otra parte, José Antonio rechaza sistemáticamente el voluntarismo jurídico, la posibilidad de someterlo todo a decisiones mayoritarias. Defiende el Derecho natural, la «norma permanente», que se opone lo mismo a la neutralidad ética del Estado «encogido de hombros», que al Estado totalitario divinizado.
Ahora bien, si filosóficamente las bases del parlamentarismo son discutibles y si sus realizaciones sociales son insuficientes, lo que no cabía duda para José Antonio era su total fracaso en España. Por eso, en la conferencia que pronunció en el Círculo Mercantil de Madrid el 9 de abril de 1935 —quizá su texto doctrinal más trabajado y sistemático—, después de un examen general de la crisis del Estado liberal, la crítica se centra en el fracaso de nuestro propio liberalismo, destructor y negativo, sin eficacia a la hora de construir. El liberalismo español, en lo político y lo económico, fue, en realidad, una farsa. El sistema funcionable sobre la base de la falsificación: «Las elecciones, hasta tiempo muy reciente, se organizaban en el Ministerio de la Gobernación, y aun muchos españoles se felicitaban de que anduvieran así las cosas. La República había traído, de pronto, la versión contraria y revolucionaria. Cuando dejó de ser esto, cuando hubo unas elecciones sinceras, hemos asistido al espectáculo de unas Cortes que, convencidas de que su triunfo las autorizaba a hacer lo que les viniera en gana, lo hicieron verdaderamente, hasta arrollar al resto de los mortales».
El Parlamento falso y el Parlamento irresponsable tenían, sin embargo, una cosa en común: estar dominados por múltiples facciones, olvidadas del interés nacional. Y el país no puede permitirse el lujo de seguir esperando a que los partidos políticos hagan el favor de dar por terminadas sus querellas sobre si van o no a liquidar las pequeñas diferencias que tienen pendientes en el Parlamento y fuera del Parlamento.
B) El fracaso y mediocridad de las Cortes republicanas.
Si todo Parlamento es un instrumento mediocre para una política enérgica; si los Parlamentos españoles, en general, habían sido cuerpos de mucha palabrería y poco trabajo, las Cortes de la República justificaban como ninguna el apóstrofe de Rafael Sánchez Mazas: «El arte y el derecho político que quieren defender, ¿han embellecido en alguna manera la Historia española?».
José Antonio ha criticado de modo sistemático la ineficiencia, la mediocridad, la apatía, la esterilidad, la cursilería del Congreso de los Diputados. Aparte de otras ocasiones, dedicó al tema una serie de artículos bajo el título general «El Parlamento visto de perfil», que constituyen un documento extraordinario y lleno de sentido del humor, sobre los tópicos, las interrupciones, las «sesiones de hule», etcétera.
Las Cortes, por de pronto, no hacen nada. «El Parlamento sestea», «el Parlamento sigue su siesta», son los partes que se repiten una y otra vez en el cuaderno de bitácora de José Antonio. «El día 8 de diciembre de 1933 se abrió el Parlamento. El día 8 de enero de 1934 aún el Parlamento no había hecho nada». «Se ha vociferado acerca de mil cosas», pero no se han discutido leyes, ni se han aprobado medidas. Este trabajo no interesa a los diputados; los proyectos avanzan cuando no hay nadie en el salón y nadie escucha a nadie: «A ese balbuceo deslizado entre ruido de conversaciones se le da después el sonoro nombre de leyes de la República».
José Antonio pone ejemplos concretos. En el artículo «Apatía y esterilidad» dice que en la semana precedente en el Parlamento se trataron «tres problemas fundamentales», a saber: Presupuestos, paro obrero y repoblación forestal. Pues bien, «a pesar de ello, o, mejor dicho, a causa de estos asuntos, la sala del Congreso ha estado desanimada, pues no sienten ni les interesan los grandes problemas a los partidos políticos». En cambio, «los pasillos, el bar, las salas de conferencias han estado animadísimos, pues se susurraba y se comentaba con fruición, en sabrosas y esperanzadas conversaciones, próximas maniobras políticas, jugarretas y zancadillas, y esto sí que es interesante, divertido, democrático y liberal». No interesa el estudio de «problemas aburridos», ni «dedicar, con el calor que hace, el tiempo a pensar, reflexionar y trabajar para conseguir que el Estado funcione y cumpla con sus deberes».
Y sus fines. Los diputados «no están para eso»; ellos «tienen un fin», el de «conseguir que sus caciques amigos manden en los pueblos; es el conseguir que sus pandillas, necesarias para mantener su eficacia electoral, estén contentas, viviendo del presupuesto del Estado», y que «ellos puedan seguir preparando nuevas e inéditas jugarretas y zancadillas».
Ante esto, del Parlamento hay que hablar en términos necrológicos. Después de reiterar que «las Cortes llevan poco más de un mes de vida y ya se arrastran a la mediocridad», José Antonio comenta los efectos cómicos de un apagón de las luces en el Congreso y concluye, pasando de las bromas a las veras: «Se adivinaba el día en que el pueblo, no contento del todo con aquellas luces medio apagadas, habría de entrar en el salón de sesiones para decir: Apaga y vámonos». En el propio Parlamento, ante sus pares, lo repite José Antonio: «Habrá un día en que España, defraudada y exasperada, entre en este salón a retorcernos a todos el pescuezo».
Día tras día, José Antonio reitera su desesperanza ante el Parlamento republicano. El mismo escenario le disgusta por su falta de grandeza: «Nosotros formamos parte de este cuerpo legislador; discutimos en este edificio, en el que parece que está volatilizado, entre las horribles pinturas del techo y el horrible terciopelo de los bancos, eso que se llama la soberanía nacional». Le molesta la falta de toda lógica en los debates partidistas: «El Parlamento tiene una lógica que no es una lógica de los demás sitios». No ve más que un permanente «espectáculo de frivolidad», en el que no hay nada que aprender: «Yo creía… que la experiencia parlamentaria se adquiriría con el tiempo». El tiempo se pierde en medio de sorpresas: «En el Parlamento lo mismo pueden pasar las cosas hoy que la semana que viene, que dentro de un mes». No hay serenidad: «Las Cortes ofrecen el espectáculo de un sanatorio de neurasténicos; todos pasean arriba y abajo desasosegadamente». Todo ello en medio de un tono «gris, gris, gris», que sólo puede provocar el «bostezo nacional».
El fin no podía estar lejos. José Antonio vaticina que Fernández Flórez, el sofisticado autor de las «Acotaciones de un oyente», será el «último cronista del Parlamento», y cuando en Valladolid, el 4 de marzo de 1934, se celebre la fusión de las JONS con Falange Española, dirá a los mozos castellanos que le escuchan: «Tengo en mis pulmones demasiados miasmas del Congreso de los Diputados». Y añade: «¡Si vierais vosotros… lo que es aquello!».
III. UNA NUEVA IDEA DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA.
«Primero, la estrella; después, la estela.»
José Antonio Primo de Rivera vio con claridad que los dogmas liberales sobre la representación, llenos de confusión en la teoría, eran ineficientes para resolver los problemas de España. Esto es lo único que le interesaba y, por supuesto, más lo segundo que lo primero. Él creía que el fenómeno de renovación política sería general: «No creo en el Estado vigente; creo que España y Europa cuajarán en nuevas formas políticas». Sentía viva simpatía por la persona del Duce italiano, si bien expresamente se negó a considerar el movimiento español como una imitación del fascismo. Está convencido de «la total exterminación del sistema», de que «ya apenas queda nada de lo que fue el Estado liberal». Pero lo que es seguro es que, además, el sistema no funciona. José Antonio afirma que «el Estado constitucional español, tal como lo vemos configurado en la carta fundamental y en las leyes accesorias, no existe: es una pura broma, es un puro simulacro de existencia». No existe «ninguna de sus instituciones más importantes» y, lo que es peor, «no realiza ningún servicio».
Ahora bien, una cosa es que una determinada idea y sus técnicas de representación política estén agotadas o inexistentes, y otra muy distinta que haya que renunciar a un tipo u otro de representación. Precisamente, en un Estado que vuelva a centrarse en el principio de autoridad la representación es más necesaria y puede ser más real. José Antonio dejó asimismo bien claro que el nuevo Estado, superador del liberalismo y del socialismo, no sería en modo alguno un Estado reaccionario. Eugenio Montes ha subrayado con frase exacta que «la Falange puede ser un movimiento postliberal, pero no un movimiento preliberal».
José Antonio, hombre de realidades, no quiso adelantarse a precisiones prematuras sobre cómo habría de organizarse en detalle el nuevo sistema representativo. Sin embargo, dejó bien establecidas tres bases fundamentales.
Primera: La representación orgánica.—Desde los Puntos Iniciales (diciembre de 1933), la Falange rechaza la «interposición artificial del Parlamento y de los partidos políticos» y afirma que los sindicatos y gremios los representarán como «órganos directos del Estado». Progresivamente, esta doctrina se completará con los otros dos pilares de la representación familiar y municipal, muy de acuerdo con las ideas tradicionalistas.
Segunda.—Esta representación culminaría en «una Cámara corporativa que encarne las verdaderas realidades españolas».
Tercera: La solución corporativa no basta.—El Estado corporativo, sin más, en realidad estabiliza el orden social y no promueve su mejora. Hay que empezar por alterar «de arriba abajo la organización de la economía», es decir, pasar por una etapa de agresiva acción reformista, para luego organizar la representación orgánica de la nueva sociedad. Ello supone una fuerte impulsión política a través de órganos adecuados de elaboración de doctrina y acción, con órganos adecuados, como el propio Consejo Nacional que él creó en la Falange.
Pero no debemos continuar. Él fue la Estrella; nosotros, la estela; esta es nuestra responsabilidad y aquella su grandeza. Ahora nos toca a nosotros.
Al escribir estas líneas, un cuarto de siglo después de su muerte, uno recuerda estremecido las líneas que estampó desde la Cárcel Modelo el 23 de mayo de 1936. En un artículo titulado «Aquí estamos». Allí dijo: «Primero, derrotados; luego, perseguidos; al fin, según dicen, disueltos. No somos nadie ni importamos nada.» Pero… «ya nuestras palabras están en el aire y en la tierra». Mientras «nosotros, en el patio de la cárcel, sonreímos bajo el sol». Era ya el sol del 18 de Julio.
MANUEL FRAGA IRIBARNE
