El siguiente texto está extraído del libro Matanzas en el Madrid republicano, de Félix Schlayer, diplomático alemán que durante los primeros meses de la Guerra Civil desempeñó una intensa labor humanitaria en Madrid y fue testigo directo de la situación de las cárceles y de la persecución sufrida por numerosos presos.
En sus páginas, Schlayer dedica una atención especial a Melchor Rodríguez, dirigente anarquista que ocupó el cargo de delegado de Prisiones y que destacó por su oposición a las llamadas sacas y a los asesinatos de presos. El testimonio resulta especialmente significativo porque procede de una persona que conoció de primera mano aquellos acontecimientos y que mantuvo contacto directo con las autoridades responsables de las prisiones.
El relato muestra a un Melchor Rodríguez muy alejado de la imagen simplificada que podría ofrecer su condición de militante anarquista. Schlayer destaca su defensa de la vida de los presos, su enfrentamiento con quienes pretendían continuar las ejecuciones y su determinación para impedir que las cárceles se convirtieran en lugares de muerte.
Uno de los episodios más reveladores narrados por Schlayer tuvo lugar en Alcalá de Henares, donde una multitud pretendía asaltar la prisión para asesinar a los presos. Rodríguez acudió personalmente al lugar y, pistola en mano, se enfrentó a la muchedumbre, logrando impedir la entrada y salvaguardar la vida de los internos.
El testimonio que reproducimos a continuación constituye, por tanto, un documento de especial interés para conocer la actuación de Melchor Rodríguez durante la Guerra Civil, así como para comprender la complejidad de las actitudes individuales en un contexto dominado por la violencia y la radicalización política.
Aprovecho la oportunidad para ensalzar aquí el mérito de un hombre que, en su comportamiento y protección a los presos, se distinguió y superó en mucho, en cuanto a relaciones humanas se refiere, en relación con cualquiera de los demás funcionarios rojos. Me refiero a Melchor Rodríguez, natural de Triana, barrio de Sevilla, anarquista de unos cuarenta y cinco años, de cuño idealista. Chapista de profesión, especialista carrocero de automóviles, buscado y muy bien pagado por los talleres de Madrid como el obrero hábil, experimentado y de confianza que era, había pasado, pese a todo ello, más de la mitad de los últimos quince años en la cárcel, pues tan pronto como lo soltaban su orientación idealista le llevaba inmediatamente a hablar en las asambleas anarquistas en contra del gobierno. Con excepción de las escasas semanas en las que, trabajando, llevaba a su casa un salario importante, era su mujer la que, haciendo de lavandera, ganaba el sustento de la familia. Haciendo gala de sus ideales, expresaba en prosa y en verso, con un lenguaje rico en cuanto a sus ideas y hermoso en cuanto a su forma, su entusiasmo por la pura anarquía. En el siguiente himno (que por lo bien que suena transcribo en español) se refleja la clase de imagen nada vulgar y apolítica que él se hacía de las cosas. Anarquía es:
Belleza, Amor, Poesía,
Igualdad, Fraternidad,
Sentimiento, Libertad,
Cultura, Arte, Armonía,
La Razón, suprema Guía,
La Ciencia, excelsa Verdad,
Vida, Nobleza, Bondad,perse
Satisfacción, Alegría,
Todo eso es Anarquía,
Y Anarquía, Humanidad.
Tuvo que ver con desilusión de qué modo se traducía en la práctica la palabra «anarquía». ¡Tan distinto a cómo se veía en el papel! Pero él, por su parte, intentaba vivirlo. Cuando hablé por segunda vez con él y me describió, con palabras elocuentes, su concepto ideal de convivencia humana, le dije: «Usted no es un anarquista, sino un cristiano primitivo, de los de las catacumbas, y tropieza como ellos con el escollo de que la humanidad es, en realidad, totalmente distinta de cómo usted la sueña».
A este hombre, lo nombraron el 10 de noviembre, por primera vez, Delegado de gobierno para las Prisiones. Acababan de consumarse las matanzas masivas de presos por parte de comunistas y anarquistas, de las que hemos tratado en las páginas anteriores. Melchor prohibió inmediatamente cualquier saca que mermara la población de las prisiones. Su programa, que, el día de su nombramiento, me reveló en presencia del Delegado del Comité Central de la Cruz Roja, se lo ratifiqué yo del modo siguiente en nombre del Comité Internacional:
Confirmamos nuestra conversación de esta mañana y nos congratulamos de recibir de usted las siguientes promesas, a saber: usted considera a sus presos como prisioneros de guerra y está firmemente decidido a impedir que los maten, a no ser en razón de una sentencia judicial. Usted procederá a clasificarlos en tres categorías. Primera: aquellos que hayan de ser considerados como enemigos peligrosos, a los que piensa enviar a otras prisiones como Alcalá, Chinchilla o Valencia. Segunda: los dudosos, que habrán de ser juzgados por los tribunales de aquí. Y tercera: los restantes, que deberán ser puestos inmediatamente en libertad. Nos ha asegurado usted que los transportes de presos se practicarán de ahora en adelante con toda la vigilancia y custodia necesarias, para garantizar incondicionalmente sus vidas en ruta, y que usted mismo o su Secretario Técnico acompañarán a las expediciones de transporte hasta su lugar de destino, estando dispuestos a arriesgar sus vidas en defensa de los presos. Que las mujeres presas quedarán aquí bajo suficiente custodia que garantice incondicionalmente su vida, quedando libres en breve plazo cuantos no hayan tenido ninguna responsabilidad grave en el movimiento de la sublevación. Que, a partir de hoy, usted se hace plenamente responsable de la vida de todos los presos, y que también con fecha de hoy dejarán de existir todos los comités de investigación, poniéndose fin a la policía irregular y las detenciones arbitrarias. Nos complacen sus afirmaciones y al mismo tiempo nos damos por enterados con especial satisfacción de que en el futuro usted se servirá comunicarnos las listas de los presos transportados afuera, así como los lugares de destino a donde se encamine cada expedición.
En los próximos días nos proponemos tratar con usted las medidas de seguridad que hayan de tomarse para garantizar la vida y la libertad de los hombres y mujeres que, según su promesa, y en número considerable, pronto van a quedar en libertad.
Melchor, al aceptar su cargo, había renunciado expresamente al sueldo de mil quinientas pesetas mensuales que le correspondía, a pesar de que, al carecer de ingresos fijos, tenía que vivir de la caridad de sus amigos. Pero ya a los cuatro días se vio obligado a renunciar al cargo. A sus espaldas, de nuevo los comunistas habían sacado de una cárcel a una docena de hombres y los habían fusilado; al exigir Melchor un inmediato y ejemplar castigo para ellos, se encontró con la cobardía del ministro, también anarquista, a quien, tras una escena violenta, le arrojó el nombramiento.
Dado que, a pesar de todo, en los últimos días de noviembre y en los primeros de diciembre se produjo una nueva ola de asesinatos masivos de presos, el mismo ministro volvió a llamar a Melchor Rodríguez, el cual aceptó el cargo con la condición de que ningún preso saldría de la cárcel sin su firma.
A partir del 6 de diciembre, fecha de su segunda entrada en servicio, no se produjo ya ningún asesinato de presos sacados de las cárceles. Se había acabado la terrible pesadilla que, durante meses, había acosado a los angustiados presos, cuando por las galerías de las cárceles oían de noche deambular a los hombres que, a la luz de las linternas, iban a pasar lista a sus víctimas.
En enero de 1937 tuvo Melchor Rodríguez ocasión de mostrar toda su hombría. En Alcalá de Henares, pequeña ciudad a treinta kilómetros de Madrid, se produjeron diversas víctimas a causa de las bombas lanzadas por los aviones nacionales. Los milicianos y el enfurecido populacho se presentaron ante el centro penitenciario allí existente, que en tiempos de paz era un reformatorio para jóvenes y ahora albergaba a mil doscientos presos políticos procedentes de Madrid. Su pretensión era clara: que los dejaran entrar para matar a los presos.
El director de aquella cárcel, persona de toda confianza y muy humano en su proceder, se resistía, y pidió ayuda al general Pozas, con mando en dicha plaza de Alcalá (Comandante en Jefe que fue luego del frente de Aragón, y posteriormente destituido), ayuda que éste denegó, diciendo que no permitiría que se disparara un solo tiro contra el pueblo, hiciera éste lo que hiciera.
Entonces, en el momento de máximo peligro, apareció de repente y por pura casualidad Melchor Rodríguez, que estaba en viaje de inspección por la provincia de Madrid. Pistola en mano, se plantó delante del portalón de entrada a la cárcel y tuvo a la muchedumbre en jaque. Desde las cinco de la tarde hasta las tres de la madrugada estuvo luchando entre discursos persuasivos y amenazas con las distintas «autoridades» de la pequeña ciudad, que habían hecho causa común con el populacho, y les obligó a retirarse. Por la mañana temprano pudo volver a su casa con la conciencia de haber cumplido con su deber como un hombre. A ninguno de los que estaban bajo su custodia le había pasado nada.
No es de extrañar que a Melchor Rodríguez acudieran innumerables mujeres que temían por sus maridos, hijos y hermanos, así como los diplomáticos que querían proteger y salvar a los perseguidos. Pero tampoco es de extrañar que tal espíritu de humanidad, a la larga, no pudiera avenirse con la reinante embriaguez de odio y destrucción, y que Melchor Rodríguez, a los pocos meses, fuera de nuevo sacrificado por el mismo ministro, a los malvados propósitos de los auténticos representantes de la política bolchevique.

Una persona medio buena y decente. Parece increíble.
Una persona medio buena y decente. Parece increíble.