INTRODUCCIÓN
Pedro Muguruza Otaño fue una figura fundamental en el desarrollo de la arquitectura española del siglo XX, destacando tanto por su obra proyectual como por su influencia en el ámbito institucional y académico. Formado en la Escuela de Arquitectura de Madrid, pronto se consolidó como uno de los arquitectos más destacados de su generación, combinando talento artístico, dominio técnico y una sólida formación cultural.
Su trayectoria abarcó desde grandes proyectos urbanos, como su participación en la Gran Vía madrileña, hasta importantes intervenciones en edificios históricos como el Museo del Prado. Además, desempeñó un papel clave en la organización de la arquitectura oficial durante la posguerra, contribuyendo a definir las líneas estéticas e institucionales del momento.
Muguruza Otaño, Pedro. Madrid, 25.V.1893 – 3.II.1952. Arquitecto.
Arquitecto relevante, antes y después de la Guerra Civil, que representa una figura clave para el entendimiento de la historia de la arquitectura española.
Hijo del ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Domingo Muguruza e Ibarguren (1857-1923) y de Matilde Otaño y Berroeta (1868-1943). Del matrimonio nacieron seis hijos, y su hermano José María (1899-1984) también fue arquitecto.
Acabó su bachillerato en Madrid. Su interés por la pintura y escultura le llevó a iniciar los estudios de estas artes con el pintor Emilio Sala y el escultor Lorenzo Coullaut Valera, con quien colaboró en importantes proyectos escultóricos (el Monumento a Cervantes en la plaza de España en Madrid, en los Monumentos al Sagrado Corazón de Jesús en Bilbao y en San Sebastián y en el Monumento a Bruno Zabala en Montevideo).
En 1908 comenzó sus estudios en la Escuela de Arquitectura de Madrid, obteniendo el título en 1916, años de carrera en los que tuvo la oportunidad de consolidar su fama de gran dibujante. A ello contribuyó, además de sus dotes sobresalientes entre una generación de grandes dibujantes, el ganar sucesivos concursos (el Premio Cebrián de 1913 y los concursos de dibujo de 1914 y 1915 convocados por el Círculo de Bellas Artes).
Su carrera docente comenzó un año después de haberse titulado. A propuesta del entonces director de la Escuela de Arquitectura de Madrid, Ricardo Velázquez Bosco, fue nombrado profesor auxiliar interino y, en marzo de 1920 obtuvo por oposición la Cátedra de Proyectos de Detalles Arquitectónicos y Decorativos, plaza que desempeñó hasta su fallecimiento a excepción de los paréntesis de 1932 a 1938 por excedencia voluntaria y de 1939 a 1946 por estar a cargo de la Dirección General de Arquitectura. Entre los años que transcurren desde su puesto de profesor auxiliar a catedrático, pasó a colaborar en el estudio de Antonio Palacios, con quien realizó el concurso para el edificio del Banco de Madrid (1920). A la vez, iría desarrollando sus primeros proyectos (Teatro de la Latina en Madrid, 1917) y publicando artículos y dibujos en revistas especializadas.
En sus primeros años indagó sobre distintos planteamientos formales y tipológicos (edificio de Correos y Telégrafos de Murcia; la Estación de Francia en Barcelona; Mercado de Maravillas en Madrid), pero pronto se centró en la arquitectura doméstica y construyó importantes viviendas en Madrid (casa para el marqués de Ibarra; casa en calle Hermanos Bécquer; dos viviendas en la calle de Alfonso XII). En esta ciudad la operación urbanística mas importante de la época fue la construcción de la Gran Vía, en la que fue notable su participación. Proyectó uno de los edificios más representativos de la misma, el palacio de la Prensa (1925), con el que se articulaba el paso del segundo al tercer y último tramo de la calle en una manzana irregular y compleja por sus dispares Ordenanzas respecto a la altura autorizada. Aunó un estilo de índole clasicista con las nuevas técnicas constructivas del hormigón armado.
A estos mismos criterios responde su posterior proyecto (para el que diseñó cuatro soluciones posibles) para el concurso del edificio Capitol. De distinto carácter por el racionalismo de su diseño, adaptado a un solar también irregular en el tercer tramo, aún en obras, fue el edificio Coliseum (1931), que realizó junto a Casto Fernández-Shaw. Con motivo de la “Reforma Interior de Madrid” estudió varias propuestas de intervención urbana para la zona.
Su interés por el urbanismo le llevó también a realizar los proyectos de urbanización en las playas de la Victoria en Cádiz, la de San Juan de Alicante y el ensanche de Zarauz. En el País Vasco, especialmente en las ciudades de Elgóibar, San Sebastián y Fuenterrabía —con las que estuvo vinculado de una u otra manera a lo largo de su vida— desarrolló una intensa labor arquitectónica y urbana.
Faceta suya de gran importancia fue su quehacer como arquitecto restaurador. Pronto alcanzó relevancia en este ámbito y tuvo la oportunidad de intervenir en destacados edificios históricos de Madrid (Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 1918- 1930; Monasterio de Santa María de El Paular, 1922- 1952). En el año en que concluía su aprendizaje con Antonio Palacios, fue premiado en la Exposición Nacional de Bellas Artes por el proyecto de restauración sobre un edificio anejo a la iglesia de San Jerónimo el Real, para el que diseñó un edificio —no construido— de carácter historicista, neogótico. De 1923 a 1951 fue el arquitecto conservador del Museo del Prado, cuya imagen actual responde en gran medida a sus intervenciones, entre las que cabe destacar la construcción de la bóveda de hormigón de la gran galería, de su antesala y de la rotonda final, la escalera central y la nueva escalera exterior de la fachada norte.
En 1928 proyectó para la Estación del Norte la nueva cabecera destinada a salidas; esta ampliación tuvo el carácter de novedad constructiva a través de su estructura de hormigón, pero la imagen exterior se encuadra dentro del historicismo clasicista. En la década de 1930 rehabilitó la Casa de Lope de Vega y realizó los primeros proyectos de ampliación para el Ministerio de Asuntos Exteriores (obra que no se acometió hasta 1942), cuyo diseño responde al modelo estilístico del edificio principal, adscribiéndolo al estilo desarrollado en edificios oficiales durante la posguerra.
De su última etapa es el monumento y Monasterio del Valle de los Caídos (realizado junto a Francisco Oyarzábal y Antonio Muñoz Salvador), cuyo resultado final responde al del posterior arquitecto responsable del proyecto, Diego Méndez.
Viajó a las principales capitales europeas, visitó París, Estocolmo, Londres (la primera vez en 1924 como delegado por la Escuela Superior de Arquitectura) y su libro Notas de un viaje por Inglaterra es el resultado de su estancia en este país en 1945. También viajó a Estados Unidos (en 1925) como arquitecto consultor en obras orientadas en una tendencia de estilo español, realizando los proyectos del Hotel Alba en Palm Beach, Florida, el proyecto de residencia de G. Moor en California y un proyecto de edificio comercial en la calle 58 en Nueva York. De su actividad fuera de España son también los proyectos de Consulado y Cámara Oficial de Comercio de España y la Embajada de España ambos en Lisboa (1936) y la Embajada española en Berlín (1940).
Fue elegido académico de Bellas Artes de San Fernando en la vacante de Manuel Zabala y Gallardo en 1934, pero la recepción oficial y lectura de su discurso, Servicios del País Vasco a la arquitectura nacional (contestado por Modesto López Otero), no se llevó a cabo hasta abril de 1938, en Burgos. Fue uno de los académicos encargados de la reorganización de las Reales Academias, lo que se materializó meses más tarde en la creación del Instituto de España, del cual fue canciller.
Durante la Guerra Civil ocupó el cargo de comisario general del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional (1938-1939), organismo creado por la Junta de Burgos para la recuperación y protección del Patrimonio Artístico Nacional (Mugurza se encargó de la exposición de las obras del Museo del Prado en Ginebra y su posterior traslado a Madrid).
Al finalizar la Guerra, asumió la Dirección General de Arquitectura (1939-1946), adscrita al Ministerio de la Gobernación. Dependiendo de esta Dirección se creó tanto la Sección de Urbanismo como el Centro Experimental de Arquitectura.
Intervino en la creación de organismos corporativos para la profesión, como la Hermandad Nacional de Arquitectos y el Consejo Superior de Arquitectos. Su labor profesional fue reconocida con la creación de la “Cátedra Muguruza” en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. Sus restos se hallan en la capilla de la Congregación de Arquitectos de Nuestra Señora de Belén en la madrileña iglesia de San Sebastián. El “Legado Muguruza” fue donado por sus familiares (entre ellos su mujer, Mercedes Peironcely y Puig de la Bellacasa) a la Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Parte de sus dibujos también se encuentran en la Escuela de Arquitectura de Madrid.
CONCLUSIÓN
La obra y trayectoria de Pedro Muguruza Otaño reflejan una profunda implicación con la arquitectura entendida como disciplina artística, técnica y al servicio del Estado. Su capacidad para integrar tradición y modernidad, así como su papel en la restauración y conservación del patrimonio, lo sitúan como una figura imprescindible para comprender la evolución arquitectónica en España.
Más allá de sus realizaciones concretas, su legado perdura en la configuración urbana de ciudades como Madrid y en las instituciones que contribuyó a desarrollar, consolidando su posición como uno de los arquitectos más influyentes de su tiempo.
